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ANTONIO DE GUEVARA - RELOJ DE PRINCIPES. EL SEGUNDO LIBRO

Comiença el segundo libro llamado Relox de príncipes, en el qual va encorporado otro muy famoso libro llamado Marco Aurelio. Es auctor del un libro y del otro el Reverendo Padre fray Antonio de Guevara, de la Orden de los frayles menores de observancia, predicador de la Capilla Real, y coronista de las Imperiales Corónicas del Emperador y Rey Nuestro Señor, don Carlos, Quinto deste nombre. Y tracta el auctor en el presente libro de la manera que los príncipes y grandes señores se han de aver con sus mugeres y de cómo han de criar a sus hijos.

Capítulo primero

De quánta excellencia es el matrimonio, y que si los hombres de la república se casan por voluntad, los príncipes se deven casar de necessidad.

Entre todas las amicicias y compañías desta vida no ay tan natural compañía como la del marido y de la muger que biven en una casa; porque todas las otras compañías se causan por voluntad, pero ésta se causa por voluntad y necessidad. No ay oy en el mundo león tan feroz, ni serpiente tan venenosa, ni víbora tan fiera, ni onça tan brava, ni animal tan esquivo, que por lo menos no se junten macho y hembra una vez en el año; porque los animales, aunque carezcan de razón para bivir, tienen un natural instinto para en uno se juntar y por la generación se conservar. En este caso tanto son de reprehender los hombres quanto son de loar los animales, entre los quales después que una vez las hembras se sienten preñadas no consienten que los machos más lleguen a ellas. Según la variedad de las naciones, así entre sí mismos son muy diferentes los hombres unos de otros, es a saber: que difieren en las caras, en los lenguajes, en las leyes, en las cerimonias; pero al fin en una cosa concuerdan todos: en que todos celebran el matrimonio de ser casados. Según lo que nos enseñan las divinas letras, después que fue el mundo criado, no ay cosa más antigua que es el sacramento del matrimonio; porque el día que fue el hombre criado, aquel día celebró bodas con su muger en el Paraýso. Los antiguos escriptores, assí griegos como latinos, muchas y muy grandes cosas escrivieron en alabança del matrimonio; pero, dexado lo superfluo y recogiéndose hombre a lo más necessario, podemos [352] dezir que siete bienes se siguen al hombre sabio de aver tomado sobre sí el yugo del matrimonio.
El primero beneficio del matrimonio es la memoria que queda en los fijos que susceden de los padres que murieron; porque, según dezía Pithágoras, quando un padre passa desta presente vida y dexa fijo eredero en su casa, no le pueden dezir que muere viejo sino que se remoçó en su fijo, pues el fijo eredó la carne, y la hazienda, y la memoria del padre. Proverbio muy usado era entre los antiguos que el olor de los olores es el pan, y el sabor de los sabores es la sal, y el amor de los amores son los fijos; porque (fablando la verdad) no ay otros tan naturales amores como son los amores que ay entre padres y fijos. Si acaso alguna vez vemos a los padres mostrar algún desamor a los fijos, no es a la verdad porque los tienen aborrecidos, sino que es tan grande el amor con que el padre ama a su fijo, que no puede sufrir en él algún caso siniestro. No sólo los hombres racionales y los animales brutos, mas aun las plantas verdes y los árboles silvestres y domésticos procuran en quanto pueden de perpetuar sus individuos, lo qual parece muy claro en que primero que se formen las frutas para comer, primero se crían los granos y pepitas para se perpetuar. Naturalmente dessean los hombres honra en la vida y memoria después de la muerte; pues digo yo que la honra se alcança con fechos heroycos y la memoria se ha de dexar en fijos virtuosos y legítimos; porque los fijos que de adulterio son nascidos en pecado se engendran y con cuydado se crían.
El segundo beneficio de matrimonio es que evitan el pecado del adulterio. Y no se tenga en poco evitar este vicio, ca los hombres adúlteros y amancebados no sólo en la religión christiana son tenidos por pecadores, mas aun entre muchos de los gentiles eran tenidos por infames. En las leyes que dio Solón Solonino a los athenienses so estrecho precepto les mandó que todos fuessen casados y evitassen los adulterios, so pena que el fijo que naciesse de adulterio fuesse del común de la ciudad esclavo. Los romanos, como hombres que en todas las cosas eran muy proveýdos, ordenaron y mandaron en las leyes de las diez tablas que los fijos adulterinos no fuessen de los bienes de sus padres erederos. Quando el orador [353] Eschines fue desterrado de Athenas y se vino para Rodas, en ninguna cosa tanto cargó la mano ni empleó su exercicio como fue en persuadir a los rodos a que fuessen casados y no amancebados; porque entre aquellos bárbaros no eran perpetuos los matrimonios, sino que solamente eran casados los que en la república tenían oficios. Dize Cicerón en una epístola familiar que, governando la república el gran romano Marco Porcio, jamás consintió que hiziessen maestro de los cavalleros a un tío suyo llamado Rufo, al qual oficio el Senado avía promovido, diziendo que lo que Rufo merecía por esforçado, desmerecía por amancebado; y que nunca sería en voto que a hombre que no tuviesse muger legítima le cometiessen cosa de la guerra. Diría, pues, yo agora que si los gentiles o paganos tuvieron en tanto los matrimonios y aborrescieron los adulterinos casos, mucho más los christianos deven ser en esto cautos y cuydadosos; porque los gentiles no tenían sino la infamia, pero los christianos han de tener la infamia y la pena. Pues el linaje humano de necessidad se ha de aumentar, y vemos que los hombres se dexan de la carne vencer, más vale que se casen y mantengan muger y casa, que no que gasten la hazienda y pierdan la conciencia con una concubina; porque muchas vezes acontesce que con lo que da y espende un cavallero con una muger errada sosternía muger y hijos en honra.
El tercero beneficio de matrimonio es la loable y amigable compañía que ay entre los casados. Los antiguos philósophos, difiniendo qué cosa era hombre, dezían que el hombre era un animal que de su propria naturaleza era comunicable, sociable y risible, de do se sigue que el hombre encogido y solitario no puede en su condición sino ser enojoso. La inclinación buena y la condición mansa en los hombres la desseamos y en los animales la loamos; porque el animal rixoso y el hombre cosquilloso aun lo que comen damos por mal empleado. Un hombre triste, un hombre solo, un hombre sacudido y apartado, yo no sé qué provecho puede él fazer en el pueblo; porque si cada uno se encierra a estar solo en su casa, en breve tiempo perescerá la república. Es mi intención de hablar contra los hombres solteros y vagabundos que sin tomar [354] estado se les han passado quarenta y cincuenta años, los quales no quieren ser casados por andarse toda su vida viciosos. Afrenta y vergüença y conciencia es de muchos hombres que jamás acaban en determinarse a elegir estado de ser casados, o continentes, o seculares, o ecclesiásticos, sino que como un corcho sobre agua se van en pos de la sensualidad do los lleva. Una de las más loables y sanctas compañías que ay en esta vida es la compañía del varón con su muger, en especial si la muger con que se casó es virtuosa; porque la generosa y virtuosa muger aparta a su marido de los enojos que le dan pena y házele servicios con que descansa. Quando la muger es virtuosa y el marido es cuerdo, es de creer que entre los dos está el amor verdadero; porque, no estando el uno del otro sospechoso y teniendo de por medio los fijos, es impossible sino que vivan muy concertados. Por lo que he leýdo y por lo que he visto, diría yo que do el marido y la muger viven bien avenidos no sólo se pueden llamar buenos casados, mas aun llamarse hombres sanctos; porque (hablando la verdad) son tantas las cargas del matrimonio, a que no se pueden cumplir sin mucho merescimiento. Lo contrario se deve y se puede dezir de los que son malcasados, a los quales los llamaremos no compañía de sanctos, sino casa de demonios; ca la muger que tiene mal marido faga cuenta que tiene en su casa el demonio, y el marido que tiene alguna muger mala faga cuenta que tiene el infierno en su casa. Y digo que las mugeres malas son peores que las infernales furias porque en el infierno no atormentan sino a los malos, pero las mugeres indómitas atormentan a malos y buenos. Resolviendo lo que tengo dicho, digo y afirmo que entre el marido y muger que son bien casados entre ellos están los verdaderos amores, y ellos y no otros se pueden llamar perfectos y perpetuos amigos. En los otros amigos y parientes, si nos aman agora, aborrécennos después; si nos aman en presencia, aborrécennos en absencia; si nos dizen buenas palabras, házennos malas obras; finalmente en la prosperidad nos aman y en la adversidad se descuydan. No es assí entre los virtuosos y generosos casados, ca ámanse en casa y fuera de casa, en prosperidad y adversidad, estando ricos y estando pobres, en absencia y en [355] presencia, viéndose alegres y sintiéndose tristes; y si no lo fazen, dévenlo por cierto assí de hazer; porque el marido a la muger y la muger al marido, quando dolieren los calcañares duros al uno, lo ha de sentir en las entrañas tiernas el otro.
El quarto beneficio del matrimonio es que las mugeres y hombres casados tienen más autoridad y gravedad que no los mancebos. Muchas y muy varias fueron las leyes que se hizieron en el tiempo antiguo en favor del matrimonio. Ca Phoroneo, en las leyes que dio a los egyptios, mandó y ordenó so graves penas que el hombre que no fuesse casado no pudiesse en la governación tener oficio; porque, según dezía él, el que no ha aprendido a regir su casa mal podrá governar la república. Solón Solonino, en las leyes que dio a los de Athenas, a todos los de la república persuadió que se casassen por su voluntad, pero a los capitanes que governavan la guerra mandólos casar por fuerça, diziendo que a los hombres efeminados pocas vezes los hazían los dioses victoriosos. Ligurgo, famoso governador y dador de leyes que fue entre los lacedemonios, mandó que los capitanes de los exércitos y los sacerdotes de los templos fuessen casados; porque dezía él que los sacrificios de los casados eran a los dioses más aceptos que otros. Según dize Plinio en una epístola que escrive a Falconio, su amigo, reprehendiéndole porque no era casado, los antiguos romanos tenían por ley que el dictator, y el prector, y el censor, y el qüestor y el maestro de los cavalleros, todos los destos cinco oficios de necessidad fuessen casados, ca dezían ellos que los oficios de cuya governación dependen los pueblos no deven estar en poder de mancebos no casados; porque el hombre que no tiene muger y hijos en casa no puede tener mucha auctoridad en la república. Plutharco, en el libro que hizo De las alabanças del matrimonio, dize que los sacerdotes romanos no consentían a los mancebos por casar assentarse en los templos, sino que las moças por casar oravan defuera delante las puertas, y los moços y biudos oravan de rodillas; solos los hombres casados estavan arrimados o assentados. Plinio, en una epístola que escrive a su suegro Fábato, dize que el Emperador Augusto tenía en costumbre que jamás mandava dar silla al mancebo por casar, ni dexava [356] negociar en pie al hombre casado. Plutharco, en el libro que fizo De las alabanças de las mugeres, dize que, como en el reyno de Corintho oviesse más amancebados que casados, ordenaron entre sí que el hombre o muger que no oviesse sido casado y mantenido fijos y casa no le diessen después de muerto sepultura. [357]


Capítulo II

En que el auctor prosigue su intento, y pone cómo mediante los casamientos muchas vezes los enemigos se tornan amigos.

Por los exemplos que emos dicho, y por muchos más que dexamos de dezir, se puede assaz conoscer de quánta excellencia sea el matrimonio, no sólo para las cosas de la consciencia, mas aun para las cosas que tocan a la honra; porque (hablando la verdad) los hombres que en la república son casados, poca ocasión tienen para ser viciosos y mucha razón ay para ser honrados. No podemos negar que los matrimonios no sean costosos y enojosos para los maridos (lo uno en criar los fijos, lo otro en sufrir las importunidades de sus madres); pero al fin no podemos negar que la generosa y virtuosa muger es la que hinche la casa y por ella tiene auctoridad su marido en la república; porque en las cosas públicas más fe se da a uno que está rodeado de hijos que no a otro que está cargado de años.
El quinto beneficio que se sigue del matrimonio es la paz y reconciliación que se haze con los enemigos mediante los casamientos. Son los hombres desta vida tan interesales, son tan codiciosos, son tan importunos, son tan maliciosos, a que muy pocos ay que no vengan a parar en tener enemigos y en tener émulos; porque por nuestros pecados tropeçamos en mil ocasiones para estar enemistados y apenas hallamos una para reduzirnos a ser amigos. Presupuesto lo que los hombres quieren, lo que los hombres procuran, lo que los hombres dessean y a lo que los hombres anhelan, no me maravillo yo cómo tienen tan pocos amigos, sino cómo no tienen más enemigos; ca en las [358] cosas que traen consigo interesse ni miran que han sido amigos, ni miran que son parientes, ni miran que son próximos, ni miran que son christianos, sino que, pospuesta la consciencia y raýda de la cara la vergüença, cada uno encamina para sí el negocio, aunque sea en perjuyzio de su vezino. ¿Qué amistad puede aver entre dos hombres sobervios, pues el uno quiere preceder y el otro no se quiere humillar? ¿Qué amistad puede aver entre dos hombres imbidiosos, pues procura el uno lo que possee el otro? ¿Qué amistad puede aver entre dos hombres avaros, pues el uno no se atreve a gastar y el otro no se harta de allegar? Por mucho que leamos, por mucho que veamos, por mucho que andemos, jamás veremos ni oyremos de hombres que ayan carescido de tener enemigos; ca o ellos son viciosos o ellos son virtuosos: si son malos, siempre son retraýdos de los buenos; si son buenos, siempre son perseguidos de los malos.
Muchos de los antiguos philósophos gastaron su tiempo, y aun perdieron de su sueño, en buscar remedios para reconciliar los enemistados y traerlos a ser amigos, en que los unos dixeron que era bueno olvidar las enemistades por algunos años; porque muchas cosas con la razón no se acaban y después con el tiempo se curan. Otros dixeron que para aplacar los enemigos era bueno ofrescer dineros; porque los dineros no sólo quebrantan los coraçones blandos, mas aun rompen las peñas duras. Otros dixeron que el mejor remedio era poner de por medio nuestros amigos, en especial si eran hombres sabios y cuerdos; porque los rostros vergonçosos y los coraçones generosos en ofrecerles dineros se afrentan y con ruegos de buenos se amansan. Pensados todos los medios, y tanteados todos los remedios para reconciliarse los enemigos, no ay otros tan promptos y tan verdaderos como son los casamientos; porque es de tanta excellencia el sacramento del matrimonio, que en unos causa amicicias nuevas y de otros quita enemistades antiguas. Todo el tiempo que Julio César fue suegro del gran Pompeo y Pompeo se tuvo por yerno de Julio, nunca entre ellos se conosció malquerencia ni odio; pero después que Pompeo hizo divorcio con la casa de Julio, nascieron entre ellos enemistades tan formadas, que [359] después pararon en guerras muy crudas; y fueron tales y tan grandes que al gran Pompeyo quitaron contra su voluntad la cabeça y a Julio César vendimiaron muy temprano la vida. Quando los que moravan en Roma hurtaron muchas vírgines de tierra de los sabinos, si después no mudaran el consejo, en que de ladrones se tornaron maridos, por aquel hecho perescieran todos los romanos; porque los sabinos avían jurado de perder las haziendas y vidas por vengar la injuria fecha a sus hijas. No podía ser mayor enemistad que la que tenía Dios con el hombre, a causa de estar de por medio el pecado, y después acá jamás uvo ni avrá tan grandes amigos, no por más de por averse entre ellos fecho los admirables matrimonios, en que Dios se fizo hombre y el hombre se fizo Dios, y para más autorizar y confirmar el matrimonio quiso el Fijo de Dios que fuesse su madre desposada. Y después Él mismo fallarse en una boda do él tornó el agua en vino, como oy los mal casados tornan el vino en agua.
No se habla aquí de los varones religiosos, ni ecclesiásticos, ni de los que están en lugares devotos retraýdos; porque estos tales, huyendo las ocasiones del mundo y eligiendo el camino más sin peligro, ofrescieron a Dios sus ánimas y de sus cuerpos fizieron gratos sacrificios; porque no acontesce en la religión christiana lo que acontescía en la sinagoga; porque allí ofrescían cabrones y terneras, pero acá no se ofrecen sino sospiros y lágrimas. Dexados, pues, aparte aquellos como hombres que están para Dios secrestados, digo y afirmo que es santo y loable consejo aprovecharse del sacramento del matrimonio, el qual (aunque todos le tomen por voluntad) los príncipes y grandes señores le han de tomar por necessidad; porque el príncipe que no tiene muger y fijos, mucha soledad y tristeza tienen sus reynos. Plutharco, en un libro que fizo De los sacramentos, dize que era ley muy guardada entre los lidos que sus reyes fuessen de necessidad casados, y tenían en esto tanto extremo, a que si un príncipe moría y dexava hijo ya en edad para governar, no le dexavan governar el reyno hasta que fuesse casado; y (lo que más era) que el día que la muger muría, juntamente con su muerte la governación y la auctoridad real vacava, por manera que si mucho tiempo [360] estava biudo, mucho tiempo estava sin reyno. Como los príncipes estén en el miradero para mirar a todos y también ellos sean de todos mirados, obligación tienen a ser honestos y retraýdos, lo qual en este caso no serán si no son con matrimonio ligados; porque al fin, viéndose de la carne vencidos, forçado les será andar por casas desonestas derramados. [361]


Capítulo III

De muchas y muy varias leyes y costumbres que tenían los antiguos en contraer los matrimonios, no sólo en las electiones de las mugeres, mas aun en la manera de celebrar las bodas.

En todas las naciones passadas y en todos los reynos del mundo siempre fue el matrimonio aceptado y manifiesto; porque, de otra manera, ni el mundo se podría poblar ni el linaje humano continuar. En aprobar el matrimonio, en loar el matrimonio, en aceptar el matrimonio, jamás los de un siglo fueron contrarios al otro; mas en las cerimonias y manera de contraer el matrimonio, aquí uvo grandes diferencias entre los del tiempo passado; porque tantas diferencias tenían ellos en contraer los matrimonios quantas tienen oy en comer los manjares los golosos.
El divino Platón, en los libros de su República, amonestava y aconsejava que todas las cosas fuessen comunes, no sólo los animales y eredades, mas aun también fuessen comunes las mugeres, ca dezía él que si se quitassen estas dos palabras -«esto es mío», «esto es tuyo»- de por medio, no avría contiendas en el mundo. A Platón llámanle divino por muchas cosas buenas que dixo, pero agora justamente le pueden llamar humano por este consejo que dio tan profano; porque no sé yo qué ygual brutalidad se puede dezir, ni qué mayor bestialidad se puede pensar, que las vestiduras fuessen proprias y las mugeres fuessen comunes. Los brutos animales no conocen más a sus hijos por hijos del tiempo que los crían a sus pechos. Y desta manera (y aun peor) acontesciera entre los hombres si en la república las mugeres fuessen comunes; porque si [362] conociesse uno a la madre que le parió, desconocería al padre que le engendró.
La ciudad de Tharento, que entre los antiguos fue assaz bien nombrada y de los romanos no poco temida; tenían los tharentinos en ella por costumbre de casarse con una muger legítima para procrear fijos, pero junto con ella podían elegir otras dos mugeres para sus plazeres proprios. Sparciano dize que el Emperador Helio Vero era en cosas de mugeres muy absoluto y aun dissoluto; y como su muger fuesse moça y hermosa, y se quexasse dél que no hazía vida con ella, dixo él a ella esta palabra: «No tienes tú razón, ¡o! muger, de tener de mí quexa, pues hago vida contigo hasta que estás preñada; que en el restante de tiempo licencia tenemos los maridos de buscar con otras mugeres nuestros passatiempos; porque este nombre de llamar a una muger es nombre que trae consigo honrra, que en lo demás es una muy enojosa y penosa carga.» Lo que acontesció a este emperador romano acontesció al rey Tholomeo de Egypto, el qual tenía a la reyna su muger muy quexosa y a una amiga suya muy contenta.
Caso que todos los griegos son tenidos por sabios, entre todos ellos los athenienses fueron tenidos por sapientíssimos; y la causa desto era porque en Athenas residían los sabios que governavan la república y los philósophos que enseñavan la sciencia. Ordenaron los sabios de Athenas que todos los vezinos pudiessen tener dos mugeres legítimas, y junto con esto mandaron so graves penas que ninguno fuesse osado de tener concubinas, ca dezían ellos que por andar los hombres en pos de mugeres agenas dan mala vida a sus mugeres proprias. Según dize Plutharco en su Política,, el fin que tuvieron los griegos en hazer esta ley fue pensar que no podía ni devía el hombre bivir sin compañía de muger, y que por esso querían que se casassen con dos, para que si la una estuviesse mala o parida, oviesse en casa quien ocupasse la cama y sirviesse la mesa. Tuvieron los de Athenas otro respecto de hazer aquella ley; y fue para que, si aconteciesse que la una fuesse estéril y mañera, la otra procreasse hijos en la república; y en tal caso a la que paría tenían por señora y a la que no paría se tratava como sierva. [363]
Quando esta ley se fizo, ya Sócrates el philósopho era casado con Xantipa, y por complir la ley uvo de tomar otra muger que se llamava Mitra, nieta que era del philósopho Aristes; las quales dos mugeres, como tuviessen entre sí muchos enojos, de manera que escandalizavan a los vezinos, díxoles Sócrates: «Bien me veys vosotras, mugeres, que tengo los ojos vizcos, las piernas tuertas, los cabellos crespos, el cuerpo pequeño, la calva pelada, las manos vellosas y las barbas blancas. Pues si esto es verdad, ¿por qué vosotras, siendo hermosas, reñís y contendéys sobre un hombre feo?» Aunque Sócrates dezía burlando aquellas palabras, fueron ocasión a que cessaron las renzillas de veras.
Los antiguos lacedemonios, que en tiempo de paz y de guerra fueron siempre de los atenienses contrarios, ý tenían por legítima ley no que un hombre se casasse con dos mugeres, sino que una muger se casasse con dos hombres, y la ocasión que tomaron para hazer esto fue que, si el un marido se fuesse a la guerra, le quedasse otro en casa; porque dezían ellos que por ninguna manera se avía de consentir en la república estar una muger en su casa sola.
Plinio, en una epístola que escrive a Locracio, su amigo, y Sant Hierónimo, escriviendo a un monge llamado Rústico, dizen que los athenienses tenían en costumbre de casarse hermano con hermana, pero no se permitía casarse sobrino con tía; porque dezían ellos que casarse hermanos con hermanas era casarse con sus yguales, pero casarse tíos y sobrinos era casarse padres con hijas. Melcíades, que fue varón assaz famoso entre los griegos, tuvo un hijo que se llamó Cimonio, el qual se casó con su hermana, que avía nombre Pinicea; y, como preguntasse uno a Cimonio por qué se casava con Pinicea su hermana, respondió: «Mi hermana es hermosa, es sabia, es rica, es a mi condición hecha; y su padre y mío me la dexó muy encomendada; y como el ruego de los padres le han de tener por mandamiento los fijos, he acordado que, pues naturaleza me la dio por hermana, de mi voluntad la tome por muger.»
Diodoro Sículo dize que ante que los egypcios rescibiessen leyes cada uno tenía quantas mugeres quería y podía, y esto [364] con libertad de ambas las partes, en que libremente ella se despidiesse dél quando quisiesse y él despidiesse a ella quando no le contentasse; porque dezían ellos que era impossible vivir el hombre y la muger muchos años juntos sin que entre ellos oviesse muchos y muy grandes enojos. Una cosa dize Diodoro Sículo hablando en este caso, la qual jamás la leý en libros, ni la oý de los passados, es a saber: que entre los egypcios ninguna diferencia avía entre los hijos, sino que indiferentemente los tenían a todos por legítimos aunque fuessen de esclavas nascidos; porque dezían ellos el principal auctor de la generación era el padre y no la madre, y que por esso los hijos que nascían la carne solamente tomavan de las madres, pero la honra y dignidad eredavan de sus padres.
Julio César dize en sus Comentarios que en la Gran Bretaña (la qual agora se llama Inglaterra) tenían los bretones en costumbre de casarse una muger con cinco maridos, la qual bestialidad de ninguna nación se lee en los tiempos passados; porque si tener un hombre muchas mugeres es cosa escandalosa, ¿por ventura una muger tener muchos maridos no sería cosa escandalosa y vergonçosa? Las mugeres generosas y virtuosas por dos cosas han de ser casadas: la una porque el Señor les dé hijos de bendición en quien dexen su hazienda y memoria; la otra para que con sus maridos vivan acompañadas y honradas cada una en su casa; porque de otra manera dende agora digo y afirmo que la muger que no se contentare con un marido no se contentará con todos los del barrio.
Plutharco en su Apothémata dize que tenían en costumbre los cimbros casarse con sus propias y naturales hijas, la qual costumbre les quitó el cónsul Mario después que los venció en Alemania y triumphó dellos en Roma, ca el hijo que de tal matrimonio nascía era hijo y nieto de un solo padre; y era hijo y hermano de una sola madre; y era primo, y era sobrino, y era hermano de un solo hermano. Por cierto la tal costumbre más era de bestias silvestres que no de criaturas racionales; porque muchos o los más de los animales a los que antaño tuvieron por hijos, tienen ogaño por maridos.
Estrabo, De situ orbis, y Séneca, en una epístola, dizen que los lidos y los armenios tenían en costumbre de embiar a sus [365] hijas a los puertos y a las riberas de la mar a ganar sus casamientos, vendiendo a los estrangeros sus cuerpos proprios, por manera que las que se quisiessen casar primero su virginidad avían de vender.
Los romanos, que en todas las cosas eran sabios y moderados, muy mejor que todas las otras naciones usavan de los casamientos, ca tenían de ley muy antigua y costumbre muy usada que cada romano se casasse con una muger sola, de manera que assí como entre los christianos tener dos mugeres es conciencia, assí entre los romanos tener dos mugeres era vergüença y infamia. Entre los antiguos y famosos oradores de Roma, uno dellos fue Metello Numídico, el qual dixo estas palabras estando un día orando en el Senado:
«Padres Conscriptos, yo os fago saber que he mucho estudiado en pensar qué tales serían los consejos que os daría en esto de los casamientos; porque el consejo súbito y repentino no todas vezes suele salir provechoso. A que os caséys, yo no os persuado; pues dezir que no os caséys, yo no os lo aconsejo. La verdad es que si pudiéssedes sin mugeres vivir, de muchos enojos os podríades ahorrar; pero ¿qué faremos, ¡o! romanos, que nos hizo tal nuestra naturaleza que tener mugeres es muy gran peligro y vivir sin ellas es muy gran trabajo? Osaría yo dezir, si en este caso mi parescer se quisiesse tomar, que no sería mal consejo resistir al deleyte, pues es momentáneo; y no tomar muger, pues es un cargo perpetuo.»
Éstas, pues, fueron las palabras que dixo Metello Numídico, las quales no fueron gratas a los padres del Senado, ca no quisieran ellos que dixera lo que dixo contra el matrimonio; como sea verdad que ningún estado se puede elegir en esta vida en el qual no haga sus mudanças fortuna.
Es agora de saber que, si fueron varios los modos y maneras que tuvieron los antiguos en ordenar sus matrimonios, no por cierto uvo en ellos menor variedad y aun liviandad en contraerlos. Bocacio florentino, en un libro que hizo De nuptiis antiquorum, pone muchas y diversas costumbres que tenían los [366] antiguos en el modo de hazer los casamientos, de las quales diré algunas no para aprovarlas ni admitirlas, sino para condenarlas y burlar dellas; porque los escriptores no para más escriven los errores que tienen unos, sino para que se conozcan mejor las verdades que tienen los otros.
Los cimbros tenían en costumbre que, al tiempo que se querían casar, después ya que entre los parientes estava concertado el matrimonio, que el esposo se cortase las uñas y embiávalas a su esposa, y la esposa por semejante se cortava las uñas y embiávalas al esposo; y, si él rescibía las della y ella rescibía las dél, luego se davan por casados, y dende en adelante vivían como marido y muger juntos. Los teuthonios tenían por cerimonia que el esposo rayesse la cabeça a la esposa y la esposa rayesse la cabeça al esposo, y en la ora que consentían el uno al otro raerse las cabeças, luego celebravan las bodas. Los armenios tenían por ley que el esposo rompiesse la oreja derecha a la esposa y la esposa rompiesse la oreja yzquierda al esposo; lo qual hecho, ella se quedava por su muger y él se declarava por su marido. Los elamitas tenían en costumbre que el esposo punçava el dedo del coraçón de la esposa y chupávale la sangre que de allí salía; ella por semejante punçava el dedo del coraçón del esposo; y, después que ambos a dos se avían chupado la sangre de los dedos, luego fazían vida de casados. Los numidanos tenían por cerimonia que el esposo escupía en tierra, y la esposa por semejante, y de la escopetina de ambos se hazía un poco de lodo; y luego el esposo untava con aquel lodo la frente de la esposa y la esposa untava la frente del esposo, por manera que la señal del casamiento era ponerse el uno al otro del lodo. Los daços, quando se querían casar, careávanse en uno el esposo con la esposa; y, después que estavan assí juntos, el esposo ponía un nombre nuevo qual él quería a su esposa, y la esposa ponía otro nombre nuevo al esposo; de manera que, si consentían el uno y el otro los nombres nuevos, era señal que se davan por casados. Los pannonios, quando se querían casar, embiava el esposo a la esposa un dios familiar hecho de plata (que le llamavan ellos lares, que eran dioses de casa); y por semejante la esposa embiava otro dios de plata al esposo; y a la ora que [367] el uno rescebía el dios del otro se avía de dar por casado. Los de Tracia tenían una muy estraña costumbre en el modo de se casar, y era que la esposa tomava un hierro muy subtil ardiendo y en la frente del esposo hazía un carather; y el esposo en la frente de la esposa con otro hierro ardiendo hazía otro carather, por manera que en señalándose con aquellos hierros se avían de dar por casados. Los siciomios tenían por ley para averse de casar que el esposo embiasse un çapato a la esposa y la esposa embiasse otro çapato al esposo; y si el uno rescebía del otro el çapato, era señal que consentían en el casamiento. Los tharentinos tenían en costumbre que, quando dos se querían casar, assentávanse a comer; y el esposo no comía sino por mano de la esposa, y la esposa comía por mano del esposo; y si por descuydo alguno dellos comía alguna cosa de su propia mano, no era firme ni valedero el tal casamiento. Los scithas tenían por ley que al tiempo que se avían de casar hombres y mugeres, que assí como agora se dan las manos, se tocassen el esposo a la esposa los pies; y luego se tocassen rodillas con rodillas, y luego manos con manos, y luego codos con codos, y luego cabeças con cabeças; y al fin, después que se davan sendos abraçados, quedavan ya confirmados los casamientos. [368]


Capítulo IV

Que las princesas y grandes señoras deven amar a sus maridos si quieren con ellos ser bien casadas, y que el tal amor se ha de procurar con ser ellas virtuosas y no con hechizos de hechizerías.

Todas las personas que quieren en esta vida alcançar alguna cosa muy ardua inventan y buscan muchos medios para conseguirla; porque muchas cosas ay que se acaban con tener en ellas buena maña, las quales se perderían si las quisiesen llevar por fuerça. Como en el matrimonio de la religión christiana no se sufra que los maridos y mugeres sean parientes (dexado aparte que el uno es hombre y la otra es hembra, él es rezio y ella es flaca), muchas vezes acontesce que el marido y la muger son más contrarios en las condiciones que diferentes en los parientes. Daría, pues, yo por saludable y aun necessario consejo a las princesas y grandes señoras, y a todas las otras mugeres plebeyas, que (pues con sus maridos han de comer, han de dormir, han de conversar, han de tratar, han de hablar; finalmente han de vivir y morir) pusiessen gran solicitud en saber sus condiciones llevar; porque (hablando la verdad) la muger deve en todo seguir la condición de su marido y el marido deve en algo comportar la condición de su muger. Ora que ella con su paciencia sufra los dessabrimientos dél, ora que él con su prudencia dissimule las importunidades della, de tal manera tengan tan concertada y acordada la armonía de su vida, que todos huelguen de su vida y prosperidad en la república; porque los hombres casados que son bulliciosos y reboltosos y renzillosos en lugar sus vezinos de llorar, pídense albricias unos a otros de verlos [369] muertos. Caso que el marido sea en el gastar avaro, sea en el gesto feo, sea en la condición duro, sea en linaje ínfimo, sea en el hablar inconsiderado, sea en las adversidades tímido y sea en las prosperidades incauto; al fin al fin siendo como es marido no le podemos quitar que en su casa no sea señor único, por cuya razón es necessario que demos agora a las mugeres algún saludable consejo mediante el qual ellas puedan llevar tan importuno y tan largo trabajo; porque no ay oy marido tan virtuoso ni tan amoroso en el qual no halle su muger algún mal siniestro.
Lo primero que deven trabajar las mugeres es amar muy de veras a sus maridos y trabajar que no de burla sean ellas amadas dellos; ca (según vemos por experiencia) el matrimonio muy pocas vezes se desata por pobreza, ni se perpetúa por riqueza, sino que los mal casados con el odio se descasan dentro de una semana y con el amor se conservan hasta la sepultura. Para las carnes secas y insípidas búscanse salsas para comerlas. Quiero dezir que las cargas del matrimonio son muchas, son enojosas y son prolixas, las quales todas sólo con el amor pueden ser comportadas; porque, según dezía el divino Platón, no se ha de dezir ser una cosa más penosa que otra por las fuerças que en ella empleamos, sino por el mucho o poco amor con que la hazemos. Por áspero y impraticable que sea algún grave negocio, quando con amor se comiença, con facilidad se prosigue y con alegría se acaba; porque muy aplazible es el trabajo en el qual anda el amor por medianero. Bien conozco, y assí lo confiesso, que es consejo muy áspero esto que a las mugeres aconsejo, es a saber: que una muger virtuosa ame al marido vicioso, una muger honesta ame al marido dissoluto, una muger prudente ame al marido simple, y una muger sabia ame al marido loco; porque, según nos enseña cada día la esperiencia, ay algunos hombres de tan baxa condición, y ay algunas mugeres de tan generosa conversación, que con muy sobrada razón ellos avían de tener a ellas por señoras, más que no ellas tener a ellos por maridos. Caso que esto en algunos casos particulares tenga verdad, digo y afirmo que generalmente las mugeres son obligadas de amar a sus maridos, pues por su voluntad y no por fuerça [370] se casaron con ellos, ca en semejante conflito (es a saber: si el casamiento le sale a la muger aviesso), no tiene tanta razón de quexarse del marido que la pidió, quanta razón tiene de quexarse de sí misma que tal aceptó; porque los infortunios que por nuestra inadvertencia nos vienen, si tenemos mucha ocasión para llorarlos, también tenemos mucha razón para dissimularlos. Por silvestre y indómito que sea un hombre, es impossible que si su muger le ama que él no ame a ella. Y, si acaso no pudiere forçar a su mala condición para que la ame, a lo menos no terná occasión de aborrescerla, lo qual no se ha de tener en poco sino en mucho; porque muchas mugeres ay (no sólo de las plebeyas, mas aun de las generosas) las quales perdonarían a sus maridos los regalos que les avían de hazer y los amores que les avían de mostrar sólo porque cessassen las palabras injuriosas y estuviessen algunas vezes las manos quedas. Muy notables exemplos tenemos en las hystorias de muchas mugeres generosas, assí griegas como romanas, las quales después de casadas tuvieron tanta lealtad y fidelidad a sus maridos, a que no sólo los siguieron en sus trabajos, mas aun los libraron de grandes peligros.
Cuenta Plutharco en el libro De las yllustres mugeres que los lacedemonios a muchos nobles de los mimos, los quales eran a la sazón sus muy capitales enemigos, que como estuviessen sentenciados a muerte acordaron sus mugeres de yr a las cárceles do estavan presos, y al fin alcançaron de los carceleros que pudiessen entrar a ver a sus maridos; porque fueron muchas las lágrimas que delante dellos derramaron y no fueron pocos los dones que les ofrescieron. Entradas, pues, las mugeres en la cárcel trocaron con sus maridos no sólo las vestiduras, mas aun la libertad; de manera que ellos se salieron vestidos como mugeres, y ellas se quedaron presas y vestidas como hombres. Y, como sacassen a justiciar a las innocentes mugeres pensando que sacavan a los condemnados hombres, determinaron los lacedemonios que no sólo fuessen perdonadas, mas aun premiadas y honradas; y esto no por más de por el buen exemplo que dexavan a las otras mugeres a que fuessen bien casadas. [371]
La muy antigua y muy nombrada Panthea, como le viniesse nueva que su marido era muerto en la batalla, acordó ella misma de le yr a buscar, con esperança que aún no era acabado de morir; al qual, como le hallasse muerto, lavóse con la sangre dél todo su cuerpo y rostro, y, firiéndose el coraçón con un cuchillo, abraçada con el marido dio el ánima, y assí juntos los llevaron a la sepultura.
Porcia, hija que fue del gran Marco Porcio, como le dixeron que Bruto, su marido, era preso y muerto, hizo tan gran sentimiento, que acordaron los suyos de asconderle todos los instrumentos con que se podía matar, y assimismo guardarla de todos los peligros do podía perescer; porque era tan excelente romana y tan necessaria en la república, que si la muerte de su marido avían llorado con lágrimas de los ojos, a ella avían de llorar con gotas de sangre del coraçón. Sintiendo, pues, de todo su coraçón Porcia la muerte de su muy querido marido, para mostrar que no lo hazía de burla sino de veras; no por cumplir con el pueblo, sino por satisfazer a su amor tan desordenado; como no hallasse cuchillo con que se matar, ni soga con que se ahorcar, ni pozo donde se ahogar, acordó de llegarse al fuego, del qual con tanta facilidad y presteza comió de aquellas vivas brasas con quanta comería un hombre sano de un buen razimo de uvas. Podemos dezir que fue muy nuevo y inopinado tal género de muerte que para engrandecer su amor halló esta romana; pero no lo podemos negar sino que alcançó para los siglos advenideros immortal memoria; porque a manera de generosa dama quiso quemar con brasas de fuego las entrañas que tenía quemadas en brasas de amor.
Según dize Diodoro Sículo, costumbre era entre los yndos tener y casarse con muchas mugeres; y por caso, quando moría algún marido, juntávanse a pelear sus mugeres públicamente en la plaça; y la muger que quedava por vencedora, aquélla se metía viva con su marido en la sepultura, por manera que assí peleavan aquellas mugeres para morir, como pelean oy los hombres para vivir. [372]


Capítulo V

De la vengança que tomó una muger greciana del que mató a su marido por casarse con ella.

Plutharco, en el libro De las illustres mugeres, cuenta un caso digno de saber y aun a la memoria de encomendar, y es éste. Avía en la ciudad de Galacia dos ciudadanos famosos que avían nombre el uno Sinato y el otro Sinoris, los quales eran en sangre parientes y en familiaridad amigos, y competían sobre el amor de una donzella greciana generosa y hermosa, sobre quál dellos la avría por muger. Y para conseguir este fin ambos la servían, ambos la seguían, ambos la amavan y ambos por ella morían; porque la herida del amor es como el golpe del terrón, el qual lastima a uno y ciega a otro. La fortuna que lo quiso assí hazer, y en hados destos dos ciudadanos que avía de acontescer, el Sinato diosse a servir tanto aquella dama (que se llamava Camma), que al fin la alcançó por su muger propria; lo qual como lo viesse su competidor Sinoris, quedó dello no menos afrentado que lastimado; porque no sólo perdía lo que avía servido, mas aun de alcançar lo que desseava quedava desconfiado. Como vio Sinato, marido de Camma, que su muger era generosa, era afable, era graciosa, era amorosa y, sobre todo, que era muy hermosa, acordó de ofrecerla a la diosa Diana para que tuviesse por bien de guardar a él de peligro y a su muger de infamia. Y con verdad no podemos argüir a este cavallero ser inconsiderado en lo que hizo, ni ser precípite en su consejo, pues veýa que en ser como era su muger tan hermosa era de tantos desseada; porque con muy gran dificultad se guarda lo que por muchos se dessea. [373]
Aunque ya Camma era casada y estava so protectión de la diosa Diana, todavía su antiguo amigo Sinoris moría por ella, y por todas las vías y maneras la servía, la importunava, la seguía y requiría; y todo esto hazía él con cierta esperança que tenía que abastarían sus servicios de mudar a Camma los pensamientos para que, como eligió a Sinato por su marido público, escogería a él para que fuesse su amigo secreto; porque muchas mugeres son como los gustos dañados, las quales comen antes de lo que les es proybido que no de lo que les es sano y provechoso. Con razón era entre todas las de Grecia muy nombrada Camma por su hermosura, pero con mucha más razón era estimada entre todas las virtuosas por muy virtuosa; lo qual paresció muy claro en que jamás después que fue casada pudo con ella Sinoris que rescibiesse dél una joya, ni que le escuchasse una palabra, ni que se pusiesse a una ventana, ni menos que le mirasse a la cara; porque las generosas y virtuosas señoras no cumplen con ser simplemente buenas, sino que no muestren indicios a que si osassen serían malas.
Como sea verdad que el coraçón que de amor está preso por cumplir su desseo se ofrezca a cualquier peligro, visto Sinoris que a su querida Camma, ni con ruegos la podía ablandar, ni con dones la podía convencer, determinó de matar a Sinato, con presupuesto que, quedando Camma biuda, fácilmente se podría casar con ella; ca imaginava él que si Camma dexava de ser mala, no era porque le faltava desseo de serlo, sino que no tenía lugar para cumplirlo. Muerto su marido de Camma, luego fue de Sinoris requerida y de sus parientes importunada para que tuviesse por bien de celebrar con Sinoris matrimonio, y que perdonasse la muerte de su marido. Y, como ella era muger tan heroyca y que por ocasión de aquel casamiento tenía oportunidad de hazer lo que desseava, dixo a los parientes que aceptava su consejo, y dixo a Sinoris que le elegía por marido; y esto más lo hazía ella con ánimo de le segurar que no con intención de le perdonar.
Como fuesse costumbre entre los de Galacia que el novio y la novia comiessen en un plato y beviessen en un vaso el día que se celebravan las bodas, acordó Camma de buscar un [374] vaso de ponçoña, y assimismo una vihuela, la qual tañiéndola con sus manos començó a cantar delante la diosa Diana en esta manera:
«A ti, diosa Diana, que eres mayor de todas las diosas y muy querida de todos los dioses, protesto y juro que si hasta agora he conservado la vida, no ha sido sino con propósito de tomar esta vengança. Si no tuviera yo propósito de vengar la muerte de Sinato, mi marido, ¿para qué avía yo de bivir más que no él en este tan peligroso mundo? Pues me quitaron el con que yo descansava; pues me mataron al que yo amava; pues se absentó por quien yo moría; pues murió aquél por quien yo bivía; ¿por ventura avía yo de elegir otro género de vida sino enterrarme con él en la sepultura? Después que a mi marido vi muerto y vi a mí sola; después que vi a él entre los gusanos y vi a mí entre mis enemigos; después que a él vi cubierto de tierra y a mí cercada de tristura; tú sabes, diosa Diana, que jamás biví contenta y de mí misma estava aborrecida; porque por demás bivía mi cuerpo, estando mi coraçón con mi marido sepultado. El día que vi meter a mi marido en la sepultura, aquel día quise enterrarme con él biva; después acá muchas vezes he estado de colgarme de una soga o buscar quien me quitasse la vida. Y si estuve de poner en mí las manos crueles, no fue sino por vengar la muerte de mi marido que le dieron cruel; porque, podiendo y no queriendo, más le ofendía yo en no la vengar que no le ofendió Sinoris en le matar. A ti, gloriosa Diana, suplico, y a ti, gran dios Júpiter, ruego os sea muy acepto el sacrificio que de mi persona yo oy hago; pues es verdad que Sinato, mi marido, entre todas las de Achaya me miró, entre todas las de Grecia me escogió, en servicio mío su hazienda gastó, en seguirme a mí su juventud consumió, por contentarme a mí grandes peligros passó. Y, aunque sea mucho lo que le devo, parésceme cumplir con hazer lo que puedo, que pues a él por mi causa le quitaron la vida, que yo por su servicio acepte la muerte. Mi padre ya es muerto, mi madre no es biva; mis amores ya son acabados, mi hazienda ya [375] es gastada; mi honrra ya es olvidada, mi coraçón está en la sepultura; pues no me queda (¡o!, marido mío) sino la vida, que es lo peor desta vida, de muy buena voluntad la ofrezco por lo que toca a tu honra. A ti, Sinoris, que presumes de ser mi marido y piensas de consumir comigo oy matrimonio, yo ruego a los inmortales dioses que en lugar de tálamo, te hagan un sepulcro; en lugar de vestidura, te vistan una mortaja; en lugar de bodas, te celebren las obsequias; en lugar de cama, te den la sepultura; en lugar de manjares preciosos, te entreguen a los hambrientos gusanos; en lugar de música y canto, vayan en pos de ti todos llorando; en lugar de bivir con alegría, te vean morir con rabia; porque muy injustos seríades vosotros los dioses si a este maldito de Sinoris no le quitássedes la vida agora que él más dessea bivir, pues él a mi marido dio la muerte en tiempo que desseava menos morir. Tú lo sabes muy bien, gloriosa Diana, quán contenta y alegre parto desta vida y me voy a cenar con mi marido a la otra; y si caso fuere que me fueren ingratos los muertos, a lo menos este hecho ternán siempre en memoria los bivos.»
Acabada esta oración que hizo Camma a la diosa Diana, bevió ella y dio a bever a Sinoris del vaso de aquella ponçoña, no pensando él que bevía sino vino o agua; y fue el caso que él murió a mediodía y ella murió ya que era noche obscura; y fue en toda la Grecia tan de coraçón llorada su muerte, quanto de coraçón amavan todos su vida.
Las princesas y grandes señoras claramente pueden colegir de los exemplos que aquí son puestos quán honesto y aun quán honroso es las mugeres amar y trabajar de ser amadas de sus maridos; y esto no sólo en el tiempo que los tienen bivos, mas aun después que los veen muertos; porque la muger que sirve a su marido en la vida paresce que procede de temor, mas la que le ama y honra en la sepultura no procede sino de amor. No deven hazer las princesas y grandes señoras lo que se atreven a hazer algunas mugeres plebeyas, es a saber: buscar algunos bevedizos, inventar algunos inormes hechizos para ser amadas de sus maridos; ca, allende que las [376] tales supersticiones no se pueden hazer sin gran rotura de consciencia y gran falta de vergüença, cosa injusta y aun escandalosa sería que sólo por ser de sus maridos amadas holgassen ser de sus dioses aborrescidas. Amar a Dios, servir a Dios, contentar a Dios, no por cierto embota la lança para que la muger honrada sea de su marido amada y regalada. Antes muchas vezes permitió Dios que algunas mugeres, siendo flacas, siendo feas, siendo pobres pacientes, sean de sus maridos más amadas que no las diligentes y hermosas; y esto no por los servicios que a sus maridos hazen, sino por la buena intención que de servir a Dios tienen; porque de otra manera no permite Dios que, estando él ayrado, tenga la muger a su marido contento. Si las mugeres quisieren tomar en este caso mi consejo, yo les enseñaré un muy notable hechizo, y es que sean calladas, sean pacíficas, sean sufridas, sean retraýdas y sean onestas, de las quales cinco yervas pueden hazer una confación; la qual si sus maridos la veen sin que la gusten no sólo serán dellos amadas, mas aun adoradas; porque se han de tener por dicho las mugeres que por la hermosura que tienen serán desseadas, pero sólo por ser virtuosas han de ser amadas. [377]


Capítulo VI

Que las princesas y grandes señoras deven ser obedientes a sus maridos, y que es muy grande afrenta y aun vergüença de su marido que le mande su muger.

Mucho sudaron, y mucho tiempo expendieron, y aun muchos libros escrivieron algunos oradores antiguos sobre averiguar qué dominio tenía el hombre sobre la muger y qué servidumbre devía la muger al hombre. Y por encarescer los unos la grandeza del hombre y por defender los otros la flaqueza de la muger, vinieron a dezir tantas y tan frías cosas, que les fuera mucha más honrra no escrivirlas; porque los escriptores es impossible que no yerren quando se ponen a escrivir, no según lo que la razón les enseña, sino según la opinión que cada uno toma.
Los que defendían la parte femenil dezían que la muger tenía cuerpo como el hombre, tenía ánima como el hombre, tenía razón como el hombre, bivía como el hombre, moría como el hombre y era apta y nata a la generación como el hombre, y que les parecía que ningún dominio avía de tener sobre ella el hombre; porque no es razón que las personas que naturaleza hizo libres que ninguna ley las haga esclavas. Dezían assimismo los que en esta materia hablavan que los dioses no por más de por aumentar la generación humana avían hecho a las criaturas, y que en este caso más parte era la hembra que no el varón, ca el hombre solamente tiene aptitud para engendrar, y esto sin peligro y sin trabajo; pero la muger pare con peligro y cría con trabajo, por cuya ocasión y razón paresce gran inhumanidad y aun crueldad que a las mugeres, que nos criaron a sus pechos y nos parieron de sus entrañas, [378] las ayamos de tratar como siervas. Ítem dezían que los hombres son los que tienen vandos, levantan sediciones, sustentan guerras, andan enemistados, traen armas, derraman sangre y hazen todos los insultos, de las quales cosas son libres las mugeres, ca ni tienen vandos, ni matan hombres, ni saltean caminos, ni traen armas, ni derraman sangre, sino que vemos que la priessa que se dan los hombres a matar se dan las mugeres a parir. Pues esto es assí, más razón es que sean mandados los hombres, pues desminuyen a la república, que no las mugeres, pues son causa de aumentarla; porque no lo manda ley divina ni humana que el hombre loco sea libre y la muger prudente sea sierva.
Conformes a esta opinión y fundados sobre esta razón, tenían en costumbre los de Acaya que los maridos obedeciessen y las mugeres mandassen. Y assí se hazía, según dize Plutharco en el libro De Consolatione, de manera que el marido barría la casa, hazía la cama, lavava la ropa, ponía la mesa, adereçava la comida y yva por agua; y por contrario su muger governava la hazienda, respondía a los negocios, tenía los dineros y, si se enojava ella, no sólo le dezía palabras injuriosas, mas aun ponía en él las manos ayradas. De aquí vino aquel antiguo proverbio que es de muchos leýdo y de pocos entendido, es a saber: vita achaye, y era el caso que quando en Roma un marido se dexava al querer de su muger, dezíanle los vezinos por manera de injuria: «vita achaye»; que quiere dezir: «andad para tal y qual, pues vivís a la ley de Achaya, do los hombres son para tan poco, que cada muger manda a su marido.» Plinio, en una epístola que escrive a Fábato, su amigo, le reprehende muy gravemente porque tiene una muger que en todo y por todo le manda, y que le dize que no haze más de lo que quiere ella, el qual caso para mucho se le engrandecer y para más se le afear dize en fin de la carta: «Quod me valde penitet est quod tu solus Rome polles vita Achaye»; que quiere dezir: «Esto es lo que más sobre todo me pesa, ver que tú solo en Roma bives a la manera de Achaya.» Julio Capitolino dize que Antonino Caracalla, como anduviesse enamorado de una hermosa dama de Persia y della no pudiesse alcançar cosa, prometióle de casarse con ella a la ley de Achaya, y a la verdad ella se [379] mostró más cuerda en lo que respondió que no él en lo que prometió; porque le dixo que ella no podía ni quería ser casada, que al templo de la diosa Vesta estava ofrecida, y que más quería ser sierva de los dioses que no señora de los hombres.
Contraria costumbre tenían a todo esto los partos, y aun los de Tracia, los quales tenían en tan poco las mugeres, que no las tratavan ni tenían sus maridos sino como a siervas, y en este caso tenían los hombres tanta libertad (o, por mejor dezir, liviandad), que después que una muger avía parido una dozena de hijos, los hijos quedávanse en casa y vendían a la madre en la plaça, y otras vezes trocávanla por otra que fuesse más moça, para con quien el marido se remoçasse en casa; porque dezían aquellos bárbaros que a las mugeres que ya son viejas y mañeras, o las han de enterrar bivas o se han de servir dellas como esclavas. Dionisio Helicarnaso dize que tenían por ley los lidos, y aun los numidanos, que las mugeres mandassen en casa y los ombres fuera de casa, pero de mi pobre parecer yo no sé cómo esta ley se avía de cumplir; porque de buena razón la muger no ha de salir fuera de casa para que haya de ser mandada, ni el marido ha de entrar en casa agena para mandar. Ligurgo, dador que fue de las leyes a los lacedemonios, dezía que los maridos procurassen las cosas fuera de su casa y que las mugeres fuessen despenseras y desponedoras dellas, por manera que este buen philósopho partió entre el varón y la muger el trabajo, pero todavía dexó el señorío al marido; porque (fablando la verdad) cosa monstruosa parece mandar más la muger que el marido en casa.
En nuestra sagrada religión christiana no ay ley divina ni ay ley humana que en todas las cosas el varón a la muger no se prefiera, y que lo contrario desto algunos filósofos ayan querido disputar y algunas gentes de hecho lo ayan querido hazer, ni me paresce bien loarlo, ni menos admitirlo; porque no puede ser cosa más vana y aun liviana que el señorío que a las mugeres negó naturaleza se le quieran dar con alguna ley humana. Vemos por experiencia que naturalmente las mugeres todas son flacas, son tímidas, son encogidas, son atadas, son delicadas, son tiernas y aun para governar no muy sabias. Pues si las cosas del mandar y governar requieren en sí no [380] sola sciencia y esperiencia, mas aun esfuerço para emprender cosas arduas, prudencia para conocerlas, fuerças para executarlas, solicitud para perseguirlas y paciencia para sufrirlas, medios para sustentarlas y, sobre todo, muy grande ánimo para acabarlas, ¿por qué quieren privar al hombre del señorío, pues en él concurren todas estas cosas, y darle a la muger, pues la vemos privada dellas?
Es nuestro fin de dezir todo lo sobredicho para rogar, aconsejar, amonestar y persuadir a las princesas y grandes señoras que se tengan por dicho de ser obedientes a sus maridos si quieren ser bien casadas con ellos; porque (hablando con verdad y libertad) en la casa do manda más la muger que el varón a ella llamaremos muger varonil y a él llamaremos varón mugeril. Muchas mugeres están engañadas en pensar que por mandar a sus maridos viven más honradas, lo qual por cierto no es assí, sino que todos los que lo veen a ella tienen por vana y a él no por avisado. No dexo de conoscer que ay algunos maridos tan derramados en el gastar y tan dissolutos en el vivir, que no sólo no sería bueno sus mugeres obedecer a su mandamiento, mas aun sería cosa saludable yrles a la mano; pero al fin digo que, esto no obstante, vale más y aun es más tolerable que la hazienda toda se pierda que no que entre ellos se levante alguna enconada renzilla. Si a una muger se le mueren los hijos, puede otros parir; si pierde la hazienda, puede otra eredar; si se le van los criados, puede otros tomar; si se vee triste, puédela Dios consolar; si se halla enferma, puédela Dios sanar; pero si está con su marido discorde, yo no sé qué ha de hazer; porque la muger que de su marido se aparta a todos da licencia que pongan en ella la lengua. Como naturalmente las mugeres sean zelosas y con el zelo de necessidad sean sospechosas, si quieren que en aquel caso sus maridos no sean traviessos, deven trabajar por no enojarlos; porque si ella tiene ganado dél su coraçón, no entregará él a otra su cuerpo, ca dexará de hazer de vergüença lo que no dexaría por conciencia. Muchas vezes vienen los maridos fuera de su casa alterados, turbados, desassossegados, ayrados y enojados, y en tal caso deven las mugeres guardarse mucho de no atravessar palabras con ellos; porque de [381] otra manera no podrá ser menos, sino que o las han con la lengua de lastimar o las han con las manos de descalabrar.
Cosa por cierto es escandalosa, y ninguna cosa provechosa, que las princesas y grandes señoras se traven con los hombres en palabras. Antes sería yo de parecer que por ninguna cosa la muger se pusiesse con su marido a porfiar; porque ya puede acontescer (immo cada día acontece) que comiencen a porfiar de burla y después se enojen de veras. La muger que es prudente y virtuosa deve entre sí pensar que o su marido tiene para reñir ocasión, o por ventura no tiene razón. Diría yo en tal caso que, si tiene razón, le deve sufrir; si no tiene razón, deve con él dissimular; porque de otra manera ya podría ser que se desmandasse ella en tan malas palabras que, començando él la renzilla, quedasse desculpado, y, al principio estando ella sin culpa, quedasse después condenada. No ay cosa en que más una muger muestre su prudencia que es en sufrir a un marido imprudente; no ay en que más muestre su cordura que es en dissimular con un marido loco; no ay en que más muestre su honestidad que es en sufrir a un marido dissoluto; no ay cosa en que más muestre su abilidad que es compadecerse con un marido inábile. Quiero dezir que si oyere dezir que su marido tiene poco, es para poco y vale poco, que haga encreyente ella a todos que es para mucho y puede mucho y sabe mucho; porque desta manera toda la honra que diere ella a él, aplicarán todos a ella. Parece muy mal a las mugeres poner lengua en sus maridos, ca no pueden a ellos amagar sin que hieran a sí mismas, conviene a saber: que si llaman al marido borracho, dirán que ella es muger del borracho; y si le llaman loco, dizen que ella es muger de loco; y (lo que es más de todo) que podrá ser que al marido veamos con la emienda y a la muger privada de la vida; porque la muger quando dize alguna palabra descomedida paga con una bofetada, pero quando toca en lo vivo de la honrra a las vezes paga con la cabeça. Si por caso el marido mandasse a su muger alguna cosa injusta, sería yo en voto que tuviesse ella por bien de obedecerla y no resistirla; y, después que a él se le uviere quitado aquel ímpetu de yra y se le uviere resfriado la cólera, puédele ella dezir y declararle quán inconsiderado [382] fue él en el mandar y quán cuerda fue ella en el obedecer; porque, de otra manera, si a cada palabra que él dize, ella le torna respuesta, ni por solo un día vivirán en concordia.
Leyendo lo que he leýdo, oyendo lo que he oýdo y aun visto lo que he visto, aconsejaría yo a las mugeres no presumiessen de mandar a sus maridos, y amonestaría yo a los maridos que no se dexassen mandar de sus mugeres; porque hazer lo contrario no es más que comer con los pies y andar con las manos. No es mi intención de hablar aquí contra las princesas y grandes señoras que tienen de su patrimonio ciudades y villas; porque a las tales yo no les quito el servicio que sus vassallos les deven de derecho, sino que las persuado a la obediencia que deven a sus maridos por razón del matrimonio. Las mugeres baxas y plebeyas no es maravilla que algunas vezes estén con sus maridos desavenidas, ca éstas tienen poca hazienda que perder y menos honra que aventurar; pero las princesas y grandes señoras que se aventuran a mandar a muchos, ¿por qué no se umillarán a obedecer a uno? Hablando con devido acatamiento, sobra de locura y falta de cordura es que una muger tenga presunción de governar un reyno y no tenga condición de compadecerse con su marido.
Séneca en una tragedia dize que en el tiempo de la guerra de Mitrídates aconteció en Roma que los cónsules embiaron a los cavalleros veteranos a mandar que fuessen todos a la guerra con el cónsul Sila, y acontesció que como llegassen en Roma a notificar aquel edito a una casa en la qual no hallaron el marido sino a la muger, respondióles ella que su marido ni devía, ni podía yr a la guerra; y, si por caso él quisiesse yr, que ella no le avía de dar lugar; porque él era cavallero veterano, y que por ser muy anciano estava de la guerra exemido. Fueron los que oyeron esta respuesta muy maravillados, y todos los del Senado muy escandalizados, y mandaron que el marido fuesse desterrado de Roma y su muger fuesse presa en la cárcel mamortina, y esto no porque se escusava de yr a la guerra, sino porque ella mandava a su marido y él se dexava mandar della, y porque dende en adelante ninguna muger se osasse preciar que yría a la mano a su marido, y ningún marido le diesse a su muger ocasión para ello. [383]


Capítulo VII

Que las mugeres, en especial las princesas y grandes señoras, deven mucho advertir en que de andar fuera de sus casas no sean notadas, y que por ser muy visitadas y freqüentadas se guarden de no andar por lenguas agenas.

Entre todos los consejos que se pueden y deven dar a las princesas y grandes señoras es que tengan reposo en sus casas y no anden derramadas por casas agenas; porque, si las tales señoras son buenas, ganan mucha reputación, y, si por caso son malas, quitan de sí las ocasiones. Hora el marido esté presente, hora esté absente, cosa es necessaria y honesta que se esté la muger en su casa; porque desta manera las cosas de su casa yrán bien governadas y del coraçón del marido se quitarán muchas sospechas. Como el oficio del marido sea allegar la hazienda y el oficio de la muger sea conservarla, la ora que ella sale de casa ha de pensar que las moças se han de derramar, los hijos se han de dissolver, los moços se han de desmandar, los vezinos han de tener que dezir y (lo que es peor de todo) que unos meten las manos en la hazienda y otros pornán huego a su fama. ¡O, quánta merced haze Dios al hombre al qual le cupo una tal y tan buena muger en suerte, que de su proprio natural huelga de estarse en casa! Digo que el tal escusa muchos enojos y aun ahorra muchos dineros, porque ni gasta la hazienda en se vestir ni da ocasión a las gentes de mal juzgar.
La más doméstica renzilla que ay entre el varón y la muger es sobre que él querría guardar la hazienda para comer y para a sus hijos criar, y por contrario ella no querría sino [384] gastarla toda en vestir; porque en este caso las mugeres son tan curiosas y tan amigas de se vestir, que ayunarían y se absternían de los alimentos de la vida sólo por sacar una ropa nueva para un día de fiesta. Naturalmente las mugeres son amigas de guardar y son enemigas de gastar, excepto en caso de se vestir; porque de veynte y quatro oras que ay en la noche y día para cada hora querrían una ropa nueva. No es mi fin de hablar aquí de las vestiduras, sino para persuadir a las señoras que, si quisiessen ellas estarse recogidas en sus retraimientos, escusarían estos superfluos gastos; porque de ver una muger que su vezina va mejor vestida que no ella se torna contra su marido como una leona. Acontece muchas vezes lo que pluguiesse a Dios que no viéssemos acontescer, y es que, si viene una inopinada fiesta o una regozijada justa, no da la muger a su marido vida hasta que le saca para aquel día una ropa; y, como el pobre señor no tuvo dineros para la pagar, uviéronsela de necessidad de fiar; y, como se passasse la vanidad de la fiesta y se llegasse el tiempo de la paga, oviéronle de afrentar la persona y dar a executar la hazienda, por manera que tuvieron bien que remediar y que llorar en un año lo que gastaron y rieron en un solo día. Pocas vezes tiene una muger embidia de otra muger porque es más hermosa, o porque es más generosa, o porque es más valerosa, o porque es mejor casada, ni mucho menos porque es más virtuosa, sino sólo porque la otra anda mejor vestida que ella; porque en caso de vestir no ay muger que tenga paciencia en que otra menor se le yguale ni que otra su igual le sobrepuje.
So graves penas proybió Ligurgo a los lacedemonios que las mugeres no saliessen fuera de sus casas si no era entre año los días señalados de fiestas, ca dezía él que las mugeres o avían de estar en los templos orando a los dioses, o avían de estar en sus casas criando a sus hijos; porque andar las mugeres por los campos a passear o por las plaças a ruar, ni a ellas es honesto, ni a sus casas provechoso. Diría yo que son obligadas las princesas y grandes señoras a residir y estarse en sus casas mucho más que no las mugeres baxas y plebeyas, y esta obligación les viene por alcançar más auctoridad y tener menos necessidad. Y no sin causa digo que consiguirán más [385] auctoridad; porque no ay virtud con que una muger alcance tanta reputación en la república con que vean todos que se está retraýda en su casa. Digo también que una señora deve estar muy retraýda a causa que bive con menos necessidad que otra; porque la muger pobre y plebeya, si sale, no sale sino a buscar de comer, pero la muger rica y generosa, si sale, no sale sino a se passear y regalar. No se maravillen las princesas, no se maravillen las grandes señoras, si en soltando ellas los pies a andar y en derramando los ojos a mirar, luego los enemigos y vezinos con coraçones dañados las juzguen y con lenguas enconadas las infamen; porque de los hechos que las mugeres hazen absolutos nacen en los hombres los juyzios temerarios.
Loo y apruevo los maridos a sus mugeres que las amen, que las consuelen, que las regalen y que dellas fíen, pero aféolo y condénolo que las mugeres se anden de casa en casa a visitar, y que sus maridos no osen o no quieran en esto las contradezir; porque, dado caso que de hecho ellas en sus personas sean buenas, mucha ocasión dan a que las tengan por vanas. Dize Séneca en una epístola quel gran romano Catón Censorino ordenó que ninguna matrona romana saliesse de su casa sola; y que, si fuesse de noche, no pudiesse salir sola ni acompañada; y la compañía no avía de ser qual ella escogiesse, sino qual su marido o el pariente más propinco la señalasse; por manera que con los ojos que miramos agora a una muger dissoluta, con aquéllos miravan entonces a la que andava mucho fuera de su casa. Las señoras generosas y que son de su honra zelosas deven mucho mirar y considerar los grandes inconvenientes que de mucho visitar se les puede seguir, ca las tales han de gastar mucho para se vestir, han de perder mucho tiempo en se adereçar, han de sustentar familia para las acompañar, han de aver enojo con los maridos sobre si han de yr, han de acontescer malos recaudos en sus casas por ellas se absentar, a todos los amigos y enemigos han de dar que dezir; finalmente digo que la muger que anda mucho fuera de su casa, yo le tengo más embidia a la honra que pierde que no a la consolación que toma. Presumiendo como presumo de escrevir con gravedad, digo que he vergüença de [386] lo dezir, pero al fin no dexaré de escrevir la granjería que traen unas señoras con otras de se visitar y procurar de ser visitadas. Y a las vezes nascen entre ellas unos pundonores tan fríos, que hazen a los maridos estar enemistados, y por otra parte más vezes traen a la memoria las visitaciones que han de hazer, que no los pecados que han de confessar. [387]


Capítulo VIII

De los daños y provechos que se siguen de andar a visitar o de estarse en sus casas las princesas y grandes señoras.

Lucrecia, la muy nombrada en conformidad de todos los romanos, fue declarada por más excellente romana que todas las matronas romanas, y esto no porque era más fermosa, ni porque era más sabia, ni porque era más emparentada, ni porque era más generosa, sino porque era más retraýda; porque ella era tal que en las virtudes heroycas no avía más que pedir y en las flaquezas mugeriles no avía en ella que emendar. Muy vulgar es en Tito Livio la historia de la casta Lucrecia, que, quando vinieron los maridos de muchas romanas de la guerra, hallaron a sus mugeres, a unas puestas a las ventanas mirando, a otras a las puertas hablando, a otras por los campos passeando, a otras por los huertos comiendo, a otras en las plaças comprando, a otras por las calles visitando; pero a la virtuosa Lucrecia halláronla en su casa encerrada y labrando, por manera que, fuyendo de ser conocida, se hizo más conocida y famosa.
Otro consejo quiero dar a las princesas y grandes señoras, el qual si es a mí voluntario de darle, es a ellas muy necessario tomarle, conviene a saber: que, si quieren ser tenidas por matronas honestas, se guarden de compañías sospechosas; porque las cosas inmundas y suzias aunque no dañen el gusto porque no se comen, a lo menos con el hedor ofenden al odorato de sólo que se traten. Es tan mirada, es tan delicada la honra de las mugeres, que si no les damos licencia para que salgan de sus casas a visitar, menos se la daremos para que [388] sean visitadas; porque visitarse las señoras unas a otras aun parece piedad, pero visitar los hombres a las mugeres es gran desonestidad. En presencia de sus maridos o de sus parientes propincos pueden las mugeres ser comunicadas y visitadas, y esto se entiende de personas aprovadas y honestas; pero diría yo que, no estando el marido en casa, sería sacrilegio que algún varón osasse passar el umbral de la puerta. En el libro De las alabanças de las mugeres dize Plutarcho que las mugeres de los numidanos siempre tenían cerradas las casas quando estavan fuera sus maridos, y que tenían por inviolable ley que todo hombre que llamasse a puerta cerrada le cortassen la mano derecha. Cicerón, en el libro De legibus, dize que era ley muy usada entre los romanos que, si por caso algún romano tuviesse alguna deuda, que estando el tal fuera de su casa, no pudiesse el acreedor yr a su muger a pedirla; porque so color de cobrar la hazienda no recibiesse algún detrimento en su honra. Diría, pues, yo que si al acreedor no dava licencia Roma para cobrar su hazienda por no estar de su marido acompañada, menos te la daría a ti para que visitasses a una muger sola; porque más razón sería que entrasse el acreedor a cobrar lo suyo proprio que no que entrasses tú por solo tu passatiempo.
El divino Platón, en los libros de su República, con razones muy persuasibles persuade a las mugeres de Grecia a que no tengan por sí particulares amicicias, sino que se tenga cada una por dicho que no ha de tener otro distincto amigo más del que tiene su marido; porque las mugeres no han de tener licencia de tomar amigos ni han de tener condición para cobrar enemigos. Deven considerar las princesas y grandes señoras que cada una dellas dio a su marido el cuerpo, le dio la hazienda, le dio la libertad. Pues si esto es assí, diría yo que junto con la libertad le devría dar la voluntad; porque muy poco aprovecha que el marido y la muger tengan de por medio la hazienda y por otra parte se tenga cada uno su voluntad propria. Para que Dios sea servido y el pueblo edificado, en una casa deven morar, en una mesa comer, en una cama dormir y junto con esto deven una cosa amar; porque si el marido y la muger son en el amar diferentes jamás serán en el [389] vivir conformes. Amonesto, ruego y aconsejo a todas las mugeres que quieren ser bien casadas tengan por bien de querer todo lo que sus maridos quieren, loen lo que ellos loaren, aprueven lo que ellos aprovaren, conténtense con lo que ellos se contentaren y, sobre todo, no amen más de lo que ellos amaren; porque de otra manera ya podría ser que la muger enplee los ojos en otro, el marido empeñe el coraçón a otra. Plutharco, en el libro de su Política, dize que la muger después de casada ninguna cosa tiene propria, ca la persona, la hazienda y libertad y voluntad el día que contraxo el matrimonio de sí y de todo lo suyo fizo único señor a su marido, de manera que si la muger se atreve a querer otra cosa de la que el marido quiere y quiere amar otra cosa de la que ama, a la tal no la llamaremos curiosa enamorada, sino pública ladrona; porque no hazen daño a los maridos tanto los ladrones en hurtarles los dineros quanto les hazen las mugeres en agenar dellos los coraçones. Si quiere la muger vivir en paz con su marido, deve mucho advertir a lo que él es inclinado, en que si es alegre, ella se regozije; si es triste, ella se mesure; si es avaro, ella guarde; si es pródigo, ella gaste; si es impaciente, ella dissimule; si es sospechoso, ella se guarde; porque la muger que tiene prudencia y cordura, si no puede lo que quiere, deve querer lo que puede. Ora sean los maridos mal inclinados, ora sean bien acondicionados, dende agora juro que les pese en que tengan sus mugeres algunos particulares amigos; porque por muy de baxa ley que sea un hombre todavía quiere que su muger a él sólo, y no a todos juntos quantos ay en el pueblo ame.
Una cosa no puedo dissimular, a causa que veo Dios Nuestro Señor en ella se ofender, y es que muchas señoras se escusan por enfermedad de yr siquiera una vez a missa en la semana, y después vémoslas sanas y buenas para visitar a sus amigas cada día, y (lo que es peor de todo) que no quieren yr a la mañana con la fría a la iglesia y después con el calor ándanse a visitar de casa en casa. Querría yo que las señoras pensassen entre sí antes que saliessen de sus casas a visitar qué es su fin de aquella visitación hazer. Y, si por caso salen a ver y a que sean vistas, ténganse por dicho que serán pocos [390] los que las loarán de hermosas y serán muchos los que murmurarán en verlas callegeras. Ya que se juntan en una casa muchas señoras, es verdad que son cosas graves las que se tratan entre ellas. Dígolo porque se juntan o a comer frutas, o a loar los linajes, o a hablar de los maridos, o a trocar labrados, o a cotejar las ropas, o a notar las mal vestidas, o a tachar las fermosas, o a reýrse de las feas, o a murmurar de las vezinas y (lo que más de notar es) las mismas que dizen mal de las que están en ausencia, aquellas mismas se muerden unas a otras de embidia. Pocas vezes se visitan algunas señoras las quales, después de apartadas, no tengan que murmurar con sus maridos las unas de las otras, en que ésta nota a la otra de mal vestida, la otra nota a ésta de deslenguada, a la una notan de loca, a la otra acusan de simple, por manera que no parece que se juntaron para visitarse, sino para mirarse y acusarse. Muy estraño ha de ser a la muger cuerda pensar que puede tomar plazer fuera de su casa; porque en su casa tiene a su marido con quien hablar, tiene a sus hijos a quien enseñar, tiene a sus hijas que doctrinar, tiene a su familia con quien conversar, tiene a su hazienda que governar, tiene a su casa que guardar, tiene a sus parientes con quien cumplir. Pues si dentro de su casa tienen tantos passatiempos, ¿para qué admiten visitaciones de hombres estraños? De tener las mugeres casadas particulares amicicias, y folgar de visitar y ser visitadas, suele dello suceder en que Dios sea ofendido, el marido injuriado, el pueblo escandalizado y aun la muger casada saca dello poco provecho y la que es por casar saca no buen casamiento; porque en tal caso, si la piden muchos por la hazienda, la desechan muchos más por la mala fama. [391]


Capítulo IX

Que las mugeres preñadas, en especial las princesas y grandes señoras, deven andar muy guardadas por el peligro de las criaturas; y de muy desastrados casos que acontescieron a las mugeres preñadas de los antiguos por dexarles cumplir sus apetitos.

Una de las cosas más necessarias en el que ha de peregrinar por largas y montuosas tierras es que al principio del camino se informe muy bien del camino; porque es cosa no menos enojosa que peligrosa, que al tiempo de tomar reposo se comience de nuevo andar el camino. No me podrá ninguno negar que toda la vida humana no es sino una jornada prolixa, la qual comiença desde que nascemos y se acaba quando morimos; porque al fin al fin tener larga la vida o tener corta la vida no es sino llegar tarde o temprano a la sepultura. A mi parecer, entre todas las locuras ésta es la más suprema locura: quando a uno a su parecer le sobra consejo para otros y al parecer de todos le falta consejo para sí; porque justamente le pueden llamar loco al que llama a todos locos y tiene a sí solo por sabio. De buena razón en este caso cada uno devría estar quedo y dexar vivir en paz a su vezino; y, si tiene a sí por sabio, que no tenga a su amigo por loco, pues no ay ninguno tan prudente que no aya menester toda su prudencia, ni ay ninguno tan sabio que no aya menester toda su sabiduría; porque jamás vimos a ninguno tan viejo ni tan experimentado, a quien hiziesse mal provecho un sano y maduro consejo. E si esta necessidad ay en los viejos muy viejos, mayor la avrá en los moços muy moços, los quales tienen las carnes no secas sino verdes; la sangre no fría, sino caliente; [392] el calor no muerto, sino bivo; los bestiales movimientos no amortiguados, sino encarniçados; y de aquí viene que los moços son amadores del parecer suyo proprio y menospreciadores del parescer ageno.
A los árboles desde que son tiernos los atan para que salgan bien derechos; a los cavallos desde que son potros los enfrenan para que salgan bien enfrenados; a las aves desde el nido las toman para que sean domésticas; a los animales desde pequeños los doman para que tomen bien el andar. Quiero dezir que a los moços desde niños los han de doctrinar para que sepan después bien vivir. Aviso a los padres que tienen hijos, y amonesto a las madres que tienen hijas, que no ay remedio que remedie en nuestros hijos la inclinación mala si no es enseñándolos desde niños a tener criança buena; porque mucho peligro tiene el herido si no le toman la sangre con tiempo. Viniendo, pues, al propósito, a causa que en todas las cosas aya orden y concierto, diremos agora cómo el moço ha de ser criado; y, primero que todo, trataremos cómo se ha de poner muy gran recaudo después que el niño es engendrado y bulle en el vientre de su madre como vivo; porque las princesas y grandes señoras siempre han de vivir muy recatadas después que en las entrañas sienten las criaturas.
Escusado me sería hablar en este caso, pues soy religioso y no he sido casado, mas (por lo que he leýdo lo uno, y por lo que he oýdo lo otro) osaré tomar licencia de dezir una palabra; porque muchas vezes da mejor cuenta un sabio de una cosa que ha leýdo que no la da un simple aunque la haya experimentado. Parece esto ser verdad entre los médicos y los enfermos, do el paciente padece y sufre el mal, y pregunta al médico qué es su mal, y cómo se llama su mal, y qué remedio tiene su mal, de manera que sabe más el médico por la sciencia que no el enfermo por la experiencia. No es de negar que las princesas y grandes señoras sepan por experiencia el dessabrimiento que trae consigo el preñado, el peligro grande que ay en el parto; pero no sabrán de dó procede este daño y en qué consiste el remedio; porque muchos ay que se quexan de los hurtos y no saben quáles son los ladrones. [393]
Lo primero que a mi parecer deven las preñadas de hazer es que anden passo y con reposo, y huyan de yr ni venir corriendo; porque si tiene en poco la salud de su persona, ha de tener en mucho la vida de su criatura. Quanto el liquor es más precioso y el vaso en que está más delicado, tanto se deve más temer el peligro. Quiero dezir que la complesión de las preñadas es muy delicada y el ánima de la criatura es muy preciosa, y por esso se deve guardar con estremada guarda; porque el tesoro de todas las Indias no es igual al que la preñada trae en sus entrañas. Quando uno planta una viña, luego haze un valladar para cercarla, a fin que los animales no la pazcan estando en cierna, ni los caminantes la vendimien estando madura. Y si esto haze un labrador por coger un poco de vino, el qual al ánima y al cuerpo no todas vezes es provechoso, quánto mayor diligencia deve poner la muger preñada, la qual ha de dar cuenta al Criador de su criatura, a la Iglesia de su christiano y a su marido del fijo. A mi parecer, do la cuenta ha de ser tan estrecha en la muerte, necessario es se ponga mucha guarda en la vida; porque sabe Dios por tan menudo las cosas de nuestra vida que no avrá en aquel día quien le engañe en la cuenta. No ay paciencia que lo sufra, ni coraçón que lo dissimule, verse un hombre con lo que más desseava, que era tener a su muger preñada, y después por un pequeño antojo (el qual yva muy poco en cumplirlo) fue forçado la triste madre morir, y el innocente hijo no pudo nascer.
Quando una muger es sana y en el preñado no tiene çoçobra, digna es de mucha culpa quando por correr, o baylar, o saltar le sucede alguna desdicha, y tiene mucha razón el marido de sentir y llorar este caso; porque mucho enojo tiene el hortolano quando el árbol carga de flores en la primavera y después no lleva fruta por ocasión de una pequeña elada. No sólo es malo que las mugeres corran y salten quando están preñadas, pero es cosa ésta muy desonesta en las grandes señoras; porque a las mugeres saltadoras siempre las tienen por livianas. Deven las mugeres en general, y las princesas y grandes señoras en particular, andar assossegadas y estar muy quietas; porque el cuerpo assossegado arguye tener la persona buen seso. Naturalmente todas las mugeres dessean ser [394] honradas y auctorizadas, y en este caso hágoles saber que no ay cosa que a la muger dé mayor honra en la república que ser cauta en el hablar y ser reposada en el andar; porque impossible es la muger que tiene el andar de liviana y la lengua de maliciosa que no sea desacatada y aborrecida.
En el año ab urbe condita de quatrocientos y sesenta y seys los romanos embiaron a Curio Dentato para que hiziesse guerra al rey Pirro, el qual tenía la ciudad de Taranto y desde allí hazía mucho daño al pueblo romano; porque los romanos tenían ánimo para conquistar las tierras estrañas y no tenían paciencia si los estrangeros entravan en las suyas proprias. Este Curio Dentato fue el que al fin venció al rey Pirro, y éste fue el primero que traxo a Roma elefantes en su triumpho, y la ferocidad de aquellas bestias puso gran espanto en el pueblo romano; porque ver a los reyes cargados de hierros teníanlo en poco y ver a los elefantes atados teníanlo en mucho. Tenía este Curio Dentato una hermana sola, la qual él únicamente amava, que, como fuessen siete hermanos, los dos avían muerto en la guerra y los otros tres en una pestilencia, de manera que no le avía quedado sino la hermana sola, y a esta causa de todo su coraçón la amava; porque la muerte de los hijos regalados no es sino un despertador para los hijos desfavorecidos. Estava esta hermana de Curio Dentato casada con un cónsul romano, y estava preñada de siete meses; el día que le dieron al hermano el triumpho y acaso bayló, y dançó, y saltó tanto aquella noche del triumpho por amor del hermano, que allí luego movió un hijo. Y fue el caso tan desastrado, que la madre murió, el hijo no vivió, la fiesta del triumpho cessó y el padre del muchacho de pura tristeza súbitamente se le quitó la habla; porque el coraçón que de súbito es lastimado, de súbito pierde el sentido. Cuenta muy por extenso esta historia Tibulo, el griego, libro iii De casibus triumphi.
Passados nueve años después que fueron alançados los reyes de Roma por la fuerça que hizo Tarquino a la casta Lucrecia, criaron los romanos una dignidad que llamavan dictatura, y el dictador que este oficio tenía era sobre todos señor y monarcha; porque vieron los romanos que no se podía governar la república sino por una sola cabeça. Y a causa que el dictador [395] tenía tanta autoridad el tiempo que le durava el oficio como agora tiene el emperador, porque no se les tornassen tyranos proveyeron que no durasse aquel oficio más de seys meses del año, los quales passados elegían a otro. De verdad ésta era una cosa harto buena, conviene a saber: que fuessen semestres; porque muchas vezes de pensar los príncipes que tienen la auctoridad perpetua se descuydan mucho de administrar la justicia. El primero dictador en Roma fue Largio Mamilo, el qual fue destinado contra los volscos, que a la sazón eran los mayores enemigos que tenían los romanos; porque en tal signo se fundó Roma que siempre fue amada de pocos y aborrecida de muchos. Según dize Tito Livio, este Largio Mamilo venció a los volscos y triumphó dellos, y al fin de la guerra les destruyó una ciudad potentíssima llamada Curiola, y assimismo destruyó otras muchas fuerças y lugares en aquella provincia; porque los coraçones crueles no sólo destruyen a las personas, mas aun toman vengança de las piedras. Fue grande el daño que Largio Mamilo hizo en tierra de los volscos, y fueron muchos los hombres que mató, y infinitos los tesoros que robó, y los captivos que metió en su triunfo. Y en especial truxo por cativa a una donzella generosa y fermosa, la qual tenía en su casa para passatiempo de su persona; porque los antiguos romanos davan al pueblo todos los thesoros para las guerras y ellos llevavan todas las cosas viciosas y regaladas para sus casas. Fue el caso que, estando esta donzella preñada, Largio Mamilo llevóla a holgar a una huerta que tenía fruta temprana; y la moça, con el antojo del preñado y con ser la fruta tan temprana, comió tanto della que movió allí luego una criatura, de manera que por una parte paría y por otra revessava. Aconteció esto en los huertos de Vulcano, dos días después que triunfó Largio Mamilo, (caso lastimoso de dezir) en que el hijo que nació, y a la madre que le parió, y al que le engendró aquel mismo día fueron enterrados en una sepultura, y esto no sin muchas lágrimas de toda Roma; porque si a poder de lágrimas se comprara la vida, ninguno de los tres quedara en la sepultura.
El primero hijo de Roma que tomó armas contra su madre Roma fue Tarquino el superbo; el segundo hijo de Roma el [396] qual bolvió contra ella desde Lucania fue Quinto Marcio; el tercero hijo de Roma que vino contra ella desde Campania fue el cruel de Sila. Fueron tantos y tan grandes los daños que hizieron estos tres hijos de Roma a su madre Roma, que se tuvieron en poco los daños de las tres guerras de África; porque los enemigos aun no pudieron ver los muros de Roma y sus hijos de Roma aýna no le dexaran piedra sobre piedra. Y no es de tener en nada las casas que estos tyranos assolaron, los edificios que derrocaron, los hombres que mataron, las mugeres que forçaron, los huérfanos que fizieron; pero es de tener en mucho los vicios y viciosos que a Roma truxeron; porque no se destruye la república a causa que le faltan ricos y generosos edificios, sino porque le sobran los viciosos y le faltan los virtuosos. Destos tres romanos, el que se llamava Quinto Marcio avía sido tres veces cónsul, y una vez ditador, y quatro vezes censor, y al fin al fin fue desterrado con gran ignominia de Roma, y él por vengar esta injuria vino con gran exército contra Roma; porque el coraçón lastimado y superbo jamás tiene quieta la vida hasta que de sus enemigos toma vengança. Estando, pues, ya casi a las puertas de Roma, fue muy rogado no quisiesse destruyr a su madre Roma, y no quiso condescender a ningún ruego fasta que salió su madre y una nieta que él mucho amava, a intercessión y lágrimas de las quales perdió la yra y alçó el cerco de Roma; porque muchos coraçones más se ablandan con lágrimas piadosas que no con importunidades y razones justas. Preciávanse mucho las damas romanas de tener los cabellos largos y roxos, y de traer alta y estrecha la cintura, y como la nieta de Quinto Marcio estuviesse preñada y el día que se hazían las pazes entre su abuelo y Roma ella se apretasse mucho la cintura por parecer hermosa, fue ocasión que malparió una criatura. Fue el caso tan triste y tan desdichado que, en naciendo la criatura muerta, luego la madre perdió la vida; y, en perdiendo la madre la vida, súbitamente se cayó muerta el abuela, a cuya ocasión todo el regozijo y plazer se tornó en tristeza; porque costumbre es ya muy antigua quando el mundo está en mayor regozijo, la fortuna venir con un sobresalto. Son auctores desto Tibulo y Porfirio, ambos auctores griegos. [397]


Capítulo X

Do el auctor pone otros desastrados casos que acontecieron a mugeres preñadas.

Acabadas las guerras de Taranto, luego se començó la primera guerra de Cartago, y fue la ocasión de aquellas tan prolixas y peligrosas guerras la possessión de las yslas Mallorquinas, en que sobre tomarlas los unos y defenderlas los otros duraron las guerras entre ellos por espacio de quarenta años; porque muchas vezes sin comparación es más el gasto y daño que se faze en la guerra que no el interesse sobre que se levantó la conquista. En estas guerras el primero capitán por parte de los romanos fue Gayo Duellio, y el primero por parte de los cartaginenses fue Haunón, los quales con sus flotas pelearon en el mar de Sicilia, y fue entre ellos muy cruda pelea, a causa de pelear en la mar; porque allí témese la furia del agua y la crueldad de la lança, do con qualquiera destas dos cosas peligra la vida. Fue en esta cruda batalla el capitán romano vencedor, en que echó a hondo quatorze naos, y prendió treynta, y mató tres mil hombres, y llevó cativos tres mil cartaginenses. Y fue la primera victoria que el pueblo romano uvo por la mar y de la que más los romanos tomaron plazer; porque en la tierra se hallavan los romanos invencibles y en las mares vencedores. El capitán Gayo Duellio, partiéndose de Sicilia, fuesse para Roma, y tenía allí una hermana no menos virtuosa que rica y hermosa, en casa de la qual se aposentó, y de allí dio una cena solemníssima a todos los senadores que estavan en Roma y a todos los capitanes que venían con él de la guerra; porque los hombres viciosos no saben con qué mostrar el amor a sus amigos sino con combidarlos a [398] manjares delicados. La hermana del capitán Gayo, con la alegría de la venida y con el regozijo de la cena, cenó más de lo que solía, y aun de lo que convenía a muger preñada, a cuya causa le tomaron entre los combidados unos vómitos, en que no sólo echó el manjar que tenía en el estómago y la sangre que tenía en las venas, pero aun malparió la criatura que traýa en las entrañas, y en pos della se le salió el ánima de las carnes. Fue por cierto este caso no menos que los otros muy lamentable, en perder Gayo a su hermana, en perder el marido a su hijo, en perder ella su vida, en perder Roma tan excelente romana y, sobre todo, en aver acontecido en tiempo de tanta alegría; porque no puede ser peor agüero que entre los grandes regozijos acontecer algún triste caso. Haze mención deste caso Blondo en el libro De declinatione Imperii.
El segundo bello púnico entre Roma y Cartago fue en el año de dxl ab urbe condita, en el qual fueron capitanes Paulo Emilio y Publio Varrón, y estos dos cónsules dieron la muy nombrada batalla de Canas, en la provincia de Apulla. Digo muy nombrada porque nunca Roma perdió tanta nobleza y juventud romana como perdió aquel día. Destos dos cónsules, el Paulo Emilio fue allí muerto; y Publio Varrón, vencido; y el animoso Aníbal quedó vencedor en el campo; y fueron muertos de los romanos treynta senadores, y trezientos oficiales del Senado, y quarenta mil peones, y tres mil de cavallo; finalmente aquel día fuera fin de todo el pueblo romano si Aníbal, como tuvo esfuerço para dar tan cruda batalla, tuviera cordura para seguir tan generosa victoria. Poco antes que Publio Varrón se partiesse a la guerra avíase casado con una romana moça y hermosa que se llamava Sofía, y quedó de siete meses preñada, y como le dixeron que Paulo Emilio era muerto y su marido vencido, súbitamente cayó allí muerta, quedando la criatura en el vientre viva. Fue este caso sobre todos muy lastimoso, en que después que Publio fue vencido, y vio muerto al cónsul su compañero, y vio tan gran estrago en el pueblo romano, queriendo la fortuna llegarlo fasta el cabo, llegó a tiempo que vio con sus ojos abrir las entrañas para sacar el hijo y vio abrir la tierra para enterrar a la madre. Dize Tito Livio que quedó tan lastimado Publio Varrón [399] de aver sido vencido y de avérsele muerto la muger en tan desastrado caso, que en todo el tiempo que le quedó de vida jamás quiso hazer la barba, ni menos dormir en cama, ni assentarse a comer en la mesa, y desto no nos maravillemos; porque muchas vezes es tan lastimado uno en espacio de una hora, que allí le queda que llorar toda su vida.
Si no podemos dubda en Tito Livio, los romanos tuvieron larga y prolixa guerra con los sannitas por espacio de sesenta y tres años continuos, fasta que el cónsul Anco Rútulo, que era varón pacífico y virtuoso, tomó un buen apuntamiento de paz con ellos; porque los varones generosos y virtuosos siempre han de combidar con paz a sus enemigos. Andando, pues, las guerras entre ellos muy travadas, Tito Venurio y Espurio Póstumo, capitanes que eran romanos, fueron vencidos de Poncio, valeroso capitán que era de los samnitas, el qual después de la victoria hizo una cosa jamás nunca oýda ni vista, conviene a saber: que a todos los romanos que tomó presos puso encima de sus cuellos unos yugos, y en los yugos estavan estas palabras escriptas: «Aunque pese a Roma, Roma estará so el yugo de Samnia.» Los romanos además sintieron esta injuria y trabajavan mucho por vengarla; porque los coraçones que son muy superbos no pueden sufrir que tengan otros aun pensamientos presuntuosos. Criaron, pues, los romanos para yr contra los samnitas a Lucio Papiro, el qual era más venturoso que hermoso, ca era muy vizco. Y diose en las armas tan buena maña, y fuele tan favorable la fortuna, en que no sólo venció, destruyó y assoló a los de Samnia, mas aun la injuria que recibió Roma de Samnia, muy mayor la recibió Samnia de Roma; porque es tan varia la fortuna, que a los que ayer vimos en la cumbre de la felicidad humana, oy los vemos echar a los muradales como vassura. Este Lucio Papiro finalmente venció a los samnitas y, no contento de tenerlos por prisioneros, no sólo les echó yugos a los cuellos, pero aun se los ató con coyundas y les hizo de hecho arar de dos en dos las tierras, aguijándolos y lastimándolos los romanos con las aguijadas. Si los samnitas uvieran piedad de los romanos vencidos, los romanos la uvieran dellos quando se vieron vencedores, y por esso tienen tanta necessidad los prósperos de [400] buen consejo como tienen los míseros de algún remedio; porque el hombre que en la prosperidad no fuere piadoso, no se maraville si en la adversidad no hallare algún amigo.
Tenía, pues, este Lucio Papiro una sola fija casada con un senador de Roma, y él se llamava Torquato y ella Ypólita; la qual, como estuviesse preñada y en días de parir, salió a rescebir a su padre, que no deviera; y como la gente del recebimiento era mucha y ella estava tan preñada, a la entrada de una puerta, como yva tan apretada, tomóle un desmayo a Ypólita, el qual quitó a ella la vida y a su padre el alegría. Sintió tanto Lucio Papiro la muerte de aquella única fija, mayormente como avía sido tan súbita, que del gran sentimiento que hizo se escandalizó toda Roma, y esto en caer como cayó sobre persona tan esforçada y tan cuerda, y que de su cordura no se aprovechava. Y no se deve nadie maravillar; porque muchos ay que tienen ánimo para derramar sangre de los enemigos y no tienen esfuerço para contener las lágrimas de los ojos. Dize Annio Severo, libro iii De infelice fortuna, que el día que esta desdicha aconteció a Lucio Papiro, que alçó los ojos al cielo y dixo estas palabras llorando: «¡O!, fortuna, engañadora de todos los mortales, hezísteme vencedor en la guerra por engañarme y agora quieres que sea vencido en la paz por lastimarme.»
He querido traer todos estos exemplos de las historias antiguas para que conozcan todos quán delicadas son las mugeres preñadas y quánta vigilancia han de traer sus maridos en guardarlas, pues no ay cosa tan líquida para ser regalada, ni tan vidriada para se quebrar; porque vidro ay que aunque cae en el suelo no le vemos quebrar, y a una preñada de sólo trastornarse un chapín la vimos malparir. [401]


Capítulo XI

Que las mugeres preñadas, en especial las princesas y grandes señoras, deven ser de sus maridos servidas y bien tratadas; en especial las deven apartar de toda cosa que les dé trabajo y enojo; y de cómo las mugeres en el tiempo que están preñadas no deven de ser glotonas ni antojadizas.

Si bien hemos entendido el capítulo de arriba, hallaremos que aquellas mugeres preñadas peligraron las unas por ser saltadoras, las otras por ser golosas, las otras por ser glotonas, las otras por yrse a fiestas, las otras por parecer galanas. Y todo esto procede por culpa dellas, en querer ser homicidas de sí mismas. Por cierto en este caso dignas son de mucha culpa las princesas y grandes señoras quando por su culpa malparen las criaturas; y querría yo que tomassen exemplo no de los hombres racionales, sino de los brutos animales; porque no ay en las montañas y silvas animal tan bruto que no se aparte de doquiera que su vida tiene peligro. Las ossas, las leonas, las lobas por maravilla salen de sus cuevas y choças en el tiempo que están preñadas, y esto no por más de por quitar ocasiones a que no sean de pastores y caçadores corridas. Pues si esto hazen los animales brutos, cuyos partos son en perjuyzio de los hombres, a causa que sus hambrientos hijos comen a nuestros innocentes ganados, ¡quánto más lo deve hazer la muger preñada, cuyo parto y alumbramiento es en aumento de todo el pueblo christiano!
Si las mugeres no pariessen, si los niños no nasciessen, aunque oviesse tierra, no avría quien poblasse la tierra; porque todas las cosas crió Dios para que sirviessen a la criatura [402] y la criatura crió para que sirviesse a su Criador. Tomen exemplo las mugeres que están preñadas de los castaños y de los nogales y avellanos, cómo y en qué manera guardan sus fructos después que de flores están preñados, ca el castaño la defiende dentro de un herizo, el nogal dentro de una cáscara muy dura, por manera que ni las aguas se los mojan ni los vientos se los derruecan. Pues los árboles, que no tienen sino vida vegetativa, y los animales, que no tienen sino ánima sensitiva, ponen tan gran recaudo en sí después que se sienten preñadas para que salgan a luz sus fructos; mucho más lo deven poner las mugeres preñadas, que tienen ánimas intellectivas, porque por su mal recaudo no malparan las criaturas. Juzgue cada uno quán poco va en que un hombre pierda las nuezes ni las castañas, y por contrario juzgue cada uno quánto le va a la Iglesia en que sean alumbradas las mugeres preñadas; porque la Sancta Madre Yglesia no llora ni pone luto porque se yelen las viñas, sino porque se pierden las ánimas.
Para que el hombre vea el fructo de bendición que dessea y la muger preñada se vea bien alumbrada, deve el marido quitar a la muger de ocuparla en mucho trabajo, y la muger dévese guardar del demasiado regalo; porque en las preñadas es ya regla general que el mucho trabajo las haze malparir y el mucho regalo las haze peligrar. Crudo es y inhumano el hombre que quiere que trabaje tanto su muger después de preñada como trabajava estando senzilla; porque el hombre vestido no puede correr tanto como el que está desnudo. Dize Aristóteles, libro vii De animalibus, que, quando el león tiene a la leona preñada, no sólo caça para sí y para ella, pero aun de noche y de día anda en torno della por guardarla. Quiero dezir que las princesas y grandes señoras, después que están preñadas, muy justo es sean de sus maridos servidas y regaladas; porque no puede él a ella hazer tan gran servicio ante del parto como ella haze a él quando le pare un hijo. Considerando el peligro que tiene la muger en parir, y considerando el trabajo que tiene el marido en la servir, sin comparación es más lo que ella passa que no lo que él sufre; porque al fin la muger en parir haze la triste más de lo que puede, y el marido por bien que la sirva faze menos de lo [403] que deve. El hombre generoso y virtuoso y aun piadoso, desde el tiempo que sintiesse estar su muger preñada, hora ni momento se avía de apartar della; porque en ley de buen marido cabe que emplee los ojos en mirarla, las manos en servirla, la hazienda en regalarla y el coraçón en contentarla. No se les faga trabajo a los hombres servir y regalar a sus mugeres preñadas, ca el trabajo dellos consiste en fuerças, mas el trabajo dellas está en las entrañas; y (lo que es mayor lástima) que quando las tristes quieren dar con la carga en tierra, dan consigo mismas en la sepultura.
No menos son de reprehender las mugeres plebeyas, las quales después de preñadas de todos los trabajos de casa quieren ser esentas, lo qual no devrían ellas hazer, ni los maridos lo consentir; porque la ociosidad no sólo es ocasión de no merecer el cielo, pero aun es causa de las mugeres tener mal parto. Tomando de una parte a una señora que estando preñada se regala mucho, y tomando de otra parte a una labradora que toma medianamente el trabajo, a mi parecer más peligran en los partos de señoras regaladas que no de simples labradoras. La carne que es muy gruessa empalaga, la que es muy flaca es insípida; la que es entreverada, aquélla es sabrosa. Quiero dezir que el marido deve trabajar de apartar a su muger de mucho trabajo por lo que deve, y la muger deve huyr del mucho regalo por lo que le conviene; porque el mediano exercicio ocasión es de buen parto.
Deven assimismo las mugeres preñadas, en especial las que son generosas, guardarse no sean glotonas ni golosas, ca las mugeres sin estar preñadas son obligadas a ser muy sobrias; porque la muger muy comedora con trabajo será muy casta. Suélense desmandar las mugeres preñadas en comer muchas golosinas y, so color que comen por sí y por el hijo, piensan que en el comer tienen licencia de hazer qualquier excesso; y esto no sólo es injusto, mas aun a la madre es desonesto y al hijo nocivo; porque (a la verdad) de los excessos que hizo la madre estando preñada se le recrecen muchas enfermedades al hijo después en la vida.
Deven assimismo trabajar mucho los maridos de no hazer enojo a sus mugeres después que las sienten que están preñadas; [404] porque a la verdad más mugeres malparen por los enojos que les hazen otras, que no por los manjares que comen ellas. Caso que la muger en el tiempo del preñado haga algún enojo a su marido, el marido como ombre cuerdo deve disimularlo, teniendo respeto al fijo de que está preñada y no a la injuria o negligencia cometida, que al fin al fin no puede tener la madre tan gran culpa que no tenga el hijo muy mayor innocencia. No ay necessidad de leerlo en los libros sino mirarlo con los ojos, en que todos o los más de los animales después que las hembras están preñadas, ni ellos las toman, ni ellas más consienten ser tomadas. Quiero dezir que los hombres generosos y de altos estados, después que ya sus mugeres estuviessen muy preñadas, devrían por su honestidad apartarse dellas, y en este caso el que lo fiziere más temprano, aquél ternemos por más virtuoso. No digo esto a fin que esto sea obligatorio, de manera que no hazerlo sea pecado, sino que a los hombres virtuosos lo doy por consejo; porque unas cosas se han de hazer por necessidad y otras por honestidad.
Diodoro Sículo dize que en el reyno de los mauritanos avía tan pocos hombres y nascían tantas mugeres, que avía cinco mugeres para un hombre; y assí era ley entre ellos que a lo menos un marido no casasse menos de con tres mugeres. Pues otra cosa hazían muy rezia, en que si al tiempo que moría el marido alguna de las mugeres era biva avíase de enterrar con él en la sepultura; y si dentro de un mes esto no fazía o no se moría, públicamente la matavan por justicia, diziendo que la muger biuda esle peligro estar en su casa sola, y esle honesto estar en la sepultura acompañada.
En las yslas Baleares acontecía lo contrario, do nacían tantos hombres y avía tan pocas mugeres, que para una muger avía siete hombres, y assí tenían por costumbre, especialmente entre los pobres, que una muger se casava con cinco hombres, ca los hombres ricos embiavan por mugeres a reynos estraños; porque assí cargavan los mercaderes de mugeres para venderlas como cargan agora de mercaderías. A causa desto era costumbre en aquellas yslas que a todas las mugeres preñadas, como eran pocas, en llegando a los siete meses las [405] quitavan de sus maridos y las encerravan en los templos, y allí les davan todo lo necessario del erario público; porque los antiguos tenían en tanta veneración a sus dioses, que a ninguno consentían traer de comer para sí al templo, sino que comiessen de lo que estava a aquel dios consagrado. Encerravan aquellos bárbaros a sus mugeres en aquel tiempo, lo uno porque los dioses teniéndolas en sus templos les fuessen más propicios en sus partos, lo otro por quitarlas de no tener en tales tiempos peligros, y aun porque tenían a gran torpedad que estuviessen en compañía de sus maridos.
El muy famoso filósofo Pulio, libro v De moribus antiquorum, dize que en el reyno de Pannonia, que agora es Ungría, eran en tanto tenidas las mugeres preñadas, que quando salía una de su casa todos los que la topavan eran obligados a yr y tornarse con ella, de manera que la reverencia en que es tenido agora el Sancto Sacramento de la Eucharistía era tenida entre aquellos bárbaros la muger preñada. No era menor el privilegio en que eran tenidas las mugeres preñadas de Carthago (quando Carthago era Carthago), en que assí como agora a los homicidas vale la Yglesia, assí eran seguros de justicia todos los que se acogían o asían de una muger preñada. Los galos trasalpinos, según dize Fronto, libro De veneratione deorum, a las mugeres preñadas no sólo las tenían en supremo acatamiento, mas aun ponían suprema vigilancia en que uviessen buen parto; porque poco aprovecha a la nao passar por todas las mares segura si después peligra al tiempo de tomar tierra. Era el caso desta manera: que toda la gentilidad antigua tenían dioses mayores en los templos, y tenían otros dioses menores en sus casas, que se llamavan lares y penates, y quando alguna muger avía de parir, cada vezino el dios que tenía en su casa le llevava a presentar; porque pensavan ellos que quanto fuesse más la muchedumbre de los dioses, tanto serían más poderosos para librarla de aquellos peligros. Fablando como christiano, por cierto qualquiera de aquellos dioses era harto para poco, pues sin ayuda de otros dioses no podía socorrer a una muger en el parto. [406]


Capítulo XII

De quién fue el philósopho Pisto, y de las sentencias que dixo, y de las reglas que dio para las mugeres preñadas.

En los tiempos de Octavio fue un philósopho llamado Pisto, y fue de la seta pitagórica, y en el tiempo que él florescía en Roma fue muy privado del Emperador Octavio y fue muy amado del pueblo, lo qual no es de tener en poco; porque comúnmente el hombre que con el príncipe tiene mucha cabida siempre es aborrescido de la república. Era el Emperador Octavio príncipe muy amoroso, por manera que, quando comía, siempre con los capitanes hablava cosas de guerra; y, quando cenava, con los philósophos siempre hablava cosas de sciencia; y era enemigo que en su presencia se hablasse palabra desonesta ni ociosa.
Fue este Pisto hombre muy grave en las cosas de veras, y muy gracioso en contar facecias y cosas de burlas, y en diversas vezes fue por el Emperador preguntado de diversas cosas, de las quales preguntas y respuestas porné aquí unas pocas, que son las siguientes:
«Di, Pisto: de los que biven en este mundo, ¿a quién tienes tú por más loco?» Respondió el philósopho: «En mi opinión, aquél tengo yo por más loco de la habla del qual no se sigue provecho; porque a la verdad no es tan loco el que echa piedras como el que dize palabras ociosas.»
«Di, Pisto: ¿a quién con razón le podemos rogar que hable, y a quién con razón le podemos mandar que calle?» Respondió el philósopho: «Entonces es bueno hablar quando el [407] hablar ha de aprovechar, y entonces es bueno callar quando el hablar ha de dañar; porque de querer los unos tornar por lo bueno y de querer los otros defender lo malo se levanta la guerra en todo el mundo.»
«Di, Pisto: ¿qué cosa es de la que más han de apartar los padres a sus hijos?» Respondió el philósopho: «A mi parecer, sobre ninguna cosa deven más velar los padres sobre sus hijos que es que no se le hagan viciosos; porque el buen padre más ha de querer que su hijo muera bien, que no que biva y que biva mal.»
«Di, Pisto: ¿qué hará un hombre destos dos estremos, en que si dize verdad se condena y si dize mentira se salva?» Respondió el philósopho: «El hombre virtuoso ante ha de elegir ser vencido con verdad que no vencer con mentira; porque es impossible que en el hombre mentiroso dure la prosperidad mucho tiempo.»
«Di, Pisto: el hombre cuerdo ¿qué hará para alcançar el reposo?» Respondió el philósopho: «A mi parecer, no puede tener reposo sino el hombre que huye de mucho bullicio y tráfago; porque los hombres de muchos negocios no pueden tener sino muchos cuydados y los muchos cuydados siempre acarrean grandes enojos.»
«Di, Pisto: ¿quál es la causa en que más se parece uno ser sabio?» Respondió el philósopho: «No ay mayor prueva de que uno sea sabio que si tiene paciencia para sufrir a un necio; porque para sufrir una injuria más se aprovecha el coraçón de la cordura que no de la sciencia.»
«Di, Pisto: ¿quál es la cosa la qual del hombre virtuoso lícitamente puede ser desseada?» Respondió el philósopho: «Todo lo que fuere bueno y sin perjuyzio de tercero, honestamente puede ser desseado, pero a mi parecer sólo aquello se deve dessear que sin vergüença y públicamente se puede pedir.»
«Di, Pisto: ¿qué harán los hombres con sus mugeres preñadas para que no aborten las criaturas?» Respondió el philósopho: «No ay en el mundo cosa más peligrosa que tener el hombre cargo de una muger preñada; porque si el marido la sirve tiene trabajo y si acaso la descontenta, ella corre peligro. En este caso devrían las mugeres romanas y sus maridos [408] ser muy cuydadosos, y en las cosas siguientes ser más solícitos, las quales yo las digo más por consejo que no por precepto, aunque en el hombre virtuoso tanta impressión ha de hazer el consejo sano como en el hombre malo haze el mandamiento rezio. Tú, Octavio, como eres emperador clementíssimo y tienes a tu sobrina Cossucia preñada, querrías que uviesse agora buen preñado y que fuesse después alumbrada en el parto, lo qual todo verás assí, si guardares esto que te digo.
Lo primero, guárdese la muger preñada de baylar y saltar ni correr en ninguna fiesta; porque el saltar muchas vezes quita a los hombres la habla y a las mugeres preñadas les quita la vida, y no es justo que la locura de la madre ponga en condición la vida del hijo.
Lo ii, guárdese la muger preñada no sea osada de entrar en huerta do uviere mucha fruta; porque por ocasión de comer mucha fruta no malpara la criatura, y no es justo que la golosina de la madre se pague con perder el innocente hijo la vida.
Lo tercero, guárdese la muger preñada de ceñir cinta muy apretada; porque muchas señoras romanas por ocasión de parecer hermosas traen las ropas tan apretadas, que son ocasión de matar a sus criaturas, y no es justo que pierda el niño la vida sólo porque parezca la madre hermosa.
Lo quarto, guárdese la muger preñada no sea osada de yr a cenar en alguna gran fiesta; porque muchas vezes viene repentinamente un parto peligroso no más de por aver comido demasiado, y no es justo que por una breve cena la madre y el hijo pierdan para siempre la vida.
Lo quinto, guárdese la muger preñada que por ninguna manera de súbito oya alguna mala nueva; porque más peligro corre en oýr una cosa que le dé pena que no en sufrir una enfermedad larga, y no es justo que por saber una cosa que va muy poco en saberla, la madre que está por parir y el hijo que está por nacer no sin gran lástima de todos en un momento ayan de peligrar.
Lo sexto, guárdese la muger preñada que por ninguna manera vaya a las fiestas do estuviere mucha gente junta; porque muchas vezes de verse una muger preñada apretada, sin [409] dezir «aquí estoy» pierde la vida, y no es justo (sino muy injusto) que ninguna muger con apetito de ver fijos ajenos dexe huérfanos a sus fijos proprios.
Lo séptimo, guárdese el marido que tuviere muger preñada no niegue a su muger quando le pidiere alguna cosa honesta, porque en concedérselo puede yr poco y en negárselo puede recrescer en daño, y no sería justo que, pues ella con su parto honra y aumenta la república de Roma, Roma consintiesse que ninguna muger preñada rescibiesse afrenta.»
Esto es lo que el philósopho Pisto respondió a las preguntas, y éstas son las reglas que dio al Emperador Octavio para las mugeres preñadas, las quales, si fueren guardadas, prometo y oso dezir que las señoras generosas se librarán de muchos peligros y los maridos escaparán de muchos enojos. Concluyendo, pues, todo lo sobredicho, digo que deven las princesas y grandes señoras en el tiempo que están preñadas andar muy recatadas mucho más que las mugeres comunes y plebeyas; porque do se espera mayor provecho, allí se deve poner muy mayor recaudo. Es auctor de lo sobredicho Pulio, libro tertio De moribus antiquorum, y Sexto Cheronense, libro quinto De legibus domesticis, y deste philósopho Pisto escrivió muchas cosas Plutharco. [410]


Capítulo XIII

De tres consejos que dio Lucio Séneca a un secretario amigo suyo que bivía con el Emperador Nero, y de cómo Marco Aurelio emperador tenía ordenadas todas las horas del día; y de cómo él mismo tenía la llave de su cámara, do estavan sus libros; y de cómo la entregó a un romano anciano quando quiso morir; y de unas palabras muy notables que le dixo, dándole la llave; en especial que poco aprovecha el príncipe haga grandes hazañas con la lança si no ay quien ge las engrandezca con la pluma.

Tenía el Emperador Nero un secretario que avía nombre Emilio Varrón, el qual estando en Roma, junto a la puerta Salaria hizo una muy solenne casa, y combidó un día a Lucio Séneca para que ambos se fuessen juntos a comer en la casa nueva a fin que aquella casa fuesse dichosa y bien fortunada; porque los romanos tenían por agüero que, según ventura del que primero entrava, comía y dormía en la casa nueva, assí avía de ser la adversidad o prosperidad de los que después morassen en ella.
Condecendió Lucio Séneca al ruego de su amigo Emilio Varrón y, como uviessen solemnemente comido, anduvieron ambos juntos a ver aquel nuevo y generoso edificio, mostrando y declarando a Lucio Séneca todas las cosas por menudo. Dezíale el secretario a Séneca: «Estos entresuelos son para huéspedes; estas salas, para negociantes; estos retretes son para mugeres; estas cámaras son para escuderos; estas açoteas son para vistas; estos corredores son para el sol; este baxo, para cavalleriza; aquella pieça es para botillería.» Finalmente [411] le mostró la casa, la qual para estar muy complida no le faltava ni sola una pieça. Ya después que Emilio Varrón avía mostrado toda su casa, esperando que su huésped Séneca se la loaría, como de razón merecía ser loada, como si no uviera visto ninguna y que de nuevo passara por la puerta dixo a Emilio Varrón: «¿Cúya es esta casa?» Respondióle Emilio Varrón: «Donoso huésped eres tú, Lucio Séneca. He gastado toda mi hazienda en hazer esta casa, hete traýdo a ver la casa, has comido comigo en la casa, hete mostrado toda la casa, hete dicho que es mía la casa; y ¿pregúntasme de nuevo cúya es la casa?» Respondióle Lucio Séneca: «Tú me has mostrado la casa de los huéspedes, la casa de los esclavos, la casa de las mugeres, la casa de los cavallos, y en toda esta casa no me has mostrado una sola pieça que puramente sea tuya sin que entre en ella otra persona; porque si tú tienes la propiedad de la casa, ellos tienen lo mejor, que es la possessión della. Téngote por hombre cuerdo, téngote por hombre sabio, y aun sé que de coraçón eres amigo mío; y, pues he sido oy tu combidado, es mucha razón en remuneración dello que te haga algún servicio, y éste será contarte algún buen consejo; porque los combites suélenlos pagar con dineros los hombres estrangeros, y con dezir mentiras los hombres vanos, y con dezir donayres los chocarreros, y con dezir lisonjas los hombres perdidos; pero los buenos y virtuosos suélenlos pagar con dar buenos consejos. A ti te ha costado esta casa muchos trabajos, y muchos enojos, y aun muchos dineros; y, si tanto te cuesta, justo es te alegres con ella. Toma, pues, agora tres consejos míos, y podrá ser que te falles mejor con ellos que no con dineros estraños; porque muchos tienen hazienda para hazer casas y no tienen cordura para gozarlas.
El primero consejo es que por mucho que quieras a tu muger o a tu amigo, nunca tu coraçón le descubras del todo, sino que siempre en ti solo y para ti solo guardes algún particular secreto; porque, según dezía Platón, de quien se fía el secreto, dél se confía la libertad.
El segundo consejo es que en negocios particulares ni universales no te ocupes tanto a que en negociar y hablar consumas todo el tiempo, sino que por lo menos tres horas [412] cada día tengas dedicadas para el retraymiento y descanso de tu persona.
El tercero consejo es que dentro de tu casa tengas algún lugar apartado, la llave del qual tengas tú sólo, y allí ternás tus libros, y allí pensarás en tus negocios, allí hablarás con tus amigos; finalmente será aquel lugar secretario de tus pensamientos y un descansadero de tus trabajos.»
Éstas fueron las palabras que dixo Lucio Séneca a su amigo Emilio Varrón, y a la verdad fueron palabras como de tal y tan excellente hombre dichas, y que por rica que fuesse la comida, sin comparación fue muy mayor el escote que escotó Lucio Séneca en ella; porque muy mayor gusto toma el coraçón en los maduros consejos que no toma el cuerpo en los sabrosos manjares.
He querido contar este exemplo de Lucio Séneca para dezir otro que aconteció al Emperador Marco Aurelio con su muger Faustina, y porque no se pervierta la orden de la historia diremos aquí primero la gran orden que tenía el Emperador en su vida; porque jamás estará concertada la república si el príncipe no tiene concertada la vida. Tienen necessidad los príncipes de ser en su vivir muy ordenados, de manera que concierten la muchedumbre de los negocios del Imperio con los particulares de su casa, y los particulares de su casa con las recreaciones de su persona, y todo esto se ha de nivelar con la penuria del tiempo; porque el buen príncipe ni le ha de faltar tiempo para los negocios, ni le ha de sobrar tiempo para los vicios. Llaman los mundanos tiempo bueno el tiempo que a ellos fue próspero, y llaman tiempo malo el tiempo que a ellos fue adverso. Nunca el Criador quiera que esta sentencia aprueve mi pluma, sino que aquél es tiempo bueno que en virtudes es expendido y aquél es tiempo malo que en vicios es empleado; porque los tiempos siempre son unos, sino que los hombres se varían de viciosos en virtuosos y de virtuosos en viciosos.
El buen Emperador Marco Aurelio tenía el tiempo repartido por tiempos, de manera que tenía tiempo para sí y tiempo para todos los negocios; porque el hombre que no es pesado [413] en breve tiempo expide mucho y el hombre que es atado en largo tiempo expide poco. Ésta era la orden que con el tiempo tenía, conviene a saber: siete horas dormía de noche y una hora reposava de día. Y en comer y en cenar solas dos horas gastava; y esto no porque él tardava tanto en comer y cenar, sino que, como los philósophos tenían allí disputa, era ocasión de alargarse más la comida; porque jamás en xvii años hombre le vio comer sin que le leyessen en un libro o disputasse algún philósopho. Como tenía muchos reynos y provincias, tenía deputada para los negocios de Asia una hora, para los de África otra hora, para los de Europa otra hora; en conversación de sus hijos y muger y familiares amigos otras dos horas gastava. Tenía otra hora deputada para negocios estravagantes, como oýr agravios de agraviados, querellas de pobres, sinjusticias de biudas, robos de huérfanos; porque los clementíssimos príncipes no menos han de oýr a los pobres que poco pueden que a los ricos que mucho tienen. Todo el restante del día y de la noche todo le ocupava en leer libros, en escrevir obras, en componer metros, en estudiar antigüedades, en platicar con sabios, en disputar con philósophos; finalmente no tomava gusto de cosa tanto como era de fablar en la sciencia. Si crudas guerras no le empedían, o arduos negocios no le estorvavan, ordinariamente en invierno siempre se acostava a las nueve y despertava a las quatro, y por no estar ocioso siempre a la cabecera tenía un libro; el tiempo que hasta la mañana quedava en leer lo expendía.
Tenían en costumbre los emperadores romanos de traer delante sí fuego (conviene a saber: unas ascuas encendidas), y de noche tenían unas lámparas también encendidas en sus cámaras, de manera que estando despiertos avían de quemar cera y estando durmiendo avía de arder azeyte. El fin porque los romanos ordenaron que azeyte, que se haze de la oliva, y cera, que haze el abeja, se quemasse delante de sus príncipes fue porque se acordassen que avían de ser tan clementíssimos y mansos como el olio de la oliva y tan provechosos a la república como la abeja en la colmena.
Levantávase a las seys; vestíase públicamente no con poco sino con mucho regozijo, preguntando a los que estavan [414] presentes en qué avían expendido la noche toda, y él les contava allí lo que avía soñado, lo que avía pensado y lo que avía leýdo. Acabado de vestir, lavávase el rostro y las manos con aguas odoríferas. Era muy amigo de buenos olores, ca tenía tan bivo el sentido del odorato, que alguna vez passando por lugares inmundos recibía enojo. Luego de mañana comía dos bocados de letuario de cantuesso y bevía dos tragos de agua ardiente, y era la razón porque tenía el estómago muy frío a causa de averse dado tanto al estudio. Cada día lo vemos por experiencia los hombres muy estudiosos ser de enfermedades muy perseguidos; porque con el dulçor de la sciencia no sienten cómo se les consume la vida.
Si era verano, ývase luego de mañana a la rivera del río Thíber y passeávase a pie por espacio de dos horas, y allí negociavan con él estando a pie, y a la verdad era ésta buena sagacidad; porque no teniendo el príncipe silla, siempre en sus palabras el negociante se acorta. Ya que entrava más el día y tomava más fuerça el calor, ývase al alto Capitolio, do le esperava el Senado, el qual acabado, tornávase al Coliseo, do estavan todos los embaxadores y procuradores de las provincias, y allí se detenía fasta gran parte del día.
Después que avía comido y estava retraýdo, ývase al templo de las vírgines vestales, y allí oýa a cada nación por sí, según por la orden que estava señalado. No comía más de una vez al día, y esto algo tarde; pero comía muy bien y mucho, y esto de buenas cosas, aunque de pocos manjares; porque los manjares estraños siempre engendran enfermedades estrañas. Por maravilla le vieran andar a passear si no era una vez cada semana, que se yva por Roma, y esto desacompañado de los suyos y de estraños, a causa que todos los pobres y huérfanos libremente le pudiessen fablar y si se quisiessen de sus oficiales querellar; porque impossible es que se remedie la república si el que la ha de remediar no se informa de los daños della. Era tan afable en su conversación, era tan dulce en sus palabras; era tan señor con los mayores, era tan ygual con los menores; era tan limitado en lo que pidía, era tan cumplido en lo que hazía; era tan sufrido en las injurias, era tan agradecido en los beneficios; era tan bueno para los buenos, y era [415] tan severo con los malos; que todos le amavan por ser tan bueno y todos le temían por ser tan justo. No se tenga en poco el amor que tenía con este buen Emperador su pueblo, en que como los romanos fuessen los que por la felicidad de su estado ofreciessen a sus dioses mayores sacrificios que se ofrescían en todos los otros reynos, dize Sexto Cheronense que más y más ricos sacrificios ofrecían en Roma porque los dioses al emperador acrecentassen la vida, que no ofrescían por el estado ni prosperidad de la república. A la verdad ellos tenían mucha razón; porque el príncipe de buena vida es su ánima y coraçón de la república. Pero no me maravillo que este buen Emperador fuesse tan quisto del pueblo romano; porque jamás en su cámara uvo portero si no eran las dos horas que con Faustina estava retraýdo.
Passado todo lo sobredicho, el buen Emperador se retraýa a su casa, en lo más secreto de la qual tenía, conforme al consejo de Lucio Séneca, un retraymiento cerrado con llave, la qual él sólo tenía, y jamás de nadie la fió hasta el día de la muerte que la dio a un viejo anciano llamado Pompeyano, diziéndole estas palabras:
«Bien sabes, Pompeyano, que siendo tú abatido, te puse en honra; siendo tú pobre, te di hazienda; siendo tú perseguido, te traxe a mi casa; siendo yo absente, confié de ti mi honra; siendo tú biudo, te casé con mi hija. Pues toma agora esta llave y mira que en dártela te dó el coraçón y la vida; porque te hago saber que no llevo deste mundo tanta pena porque dexo la muger y los hijos en Roma, sino porque no puedo llevar los libros a la sepultura. Si los dioses me dieran a escoger, yo antes escogiera estar en la sepultura rodeado de libros que no passar la vida en compañía de necios; porque si los muertos leen, yo los tengo por bivos, y si los bivos no leen, yo los tengo por muertos. Debaxo desta llave que te doy quedan libros griegos, libros hebraycos, libros latinos, libros romanos y, sobre todo, quedan allí mis sudores, mis vigilias, mis trabajos, que son hartos libros por mí compuestos, por manera que si mi cuerpo despedaçaren los gusanos, a lo menos hallarán mi coraçón entero [416] entre los libros. Tórnote a dezir que tengas en mucho dar como te doy esta llave; porque los hombres sabios lo que amaron mucho en la vida al que más aman lo encomiendan en la muerte. Yo confiesso que en mi estudio hallarás muchas cosas de mi mano bien escriptas y bien ordenadas, y también confiesso que hallarás muy pocas dellas por mí esecutadas. Y en este caso me parece que, pues tú no las supiste escrevir, que las sepas obrar, y desta manera tú alcançarás premio de los dioses por averlas obrado, y yo alcançaré fama entre los hombres por averlas escrito.
Mira, Pompeyano, que he sido tu señor, he sido tu suegro, he sido tu padre, he sido tu abogado y, sobre todo, te he sido muy buen amigo, lo qual es más que todo; porque más vale un buen amigo que todos los parientes del mundo. Pues en fe desta amistad te pido siempre tengas en la memoria en cómo a otros dexo encomendada la muger, dexo encomendada la hazienda, dexo encomendada mi casa; pero a ti dexo encomendada mi honra; porque no dexan de sí los príncipes más memoria de la poca o de la mucha que les da la escriptura. Yo he sido xviii años Emperador de Roma, y ha sessenta y tres años que muero en esta triste vida, en los quales años yo he vencido muchas batallas, yo he muerto a muchos piratas, yo he fecho muchos edificios, yo he sublimado a muchos buenos, yo he castigado a muchos malos, yo he ganado muchos reynos, yo he destruydo a muchos tiranos; pero ¿qué haré, triste de mí, que todos los vezinos y compañeros que destas cosas fueron comigo testigos de vista, todos han de ser compañeros míos en la sepultura? De aquí a mill años, pues, serán muertos los que agora son vivos. ¿Quién dirá: «yo vi a Marco Aurelio triumphar de los partos», «yo le vi hazer los edificios adventinos», «yo le vi ser amado de sus pueblos», «yo le vi ser padre de los huérfanos», «yo le vi ser verdugo de los tyranos»? Por cierto, si todas estas cosas no las declararen los libros, a lo menos no se levantarán a pregonarlas los muertos.
Qué cosa es ver a un príncipe desde que nasce hasta que muere, la pobreza que passa, los peligros que sufre, las [417] afrentas que dissimula, las amistades que finge, las lágrimas que llora, los sospiros que da, las promessas que haze, y no por otra cosa sufre esta tan triste vida sino por dexar de sí alguna memoria. No ay príncipe oy en el mundo que no tenga harto para tener buena casa, para tener espléndida mesa, para vestirse rica ropa, para pagar a los que lo sirven en su casa, sino que por esta negra honra encima de los labrios sufre el agua y trae los pechos arrastrando por tierra. Como hombre que lo he esperimentado, es razón que sea en este caso creýdo, y es que no es otro el fin de los príncipes conquistar reynos estraños y dexar padescer tanto a los suyos, sino que las grandezas que en su presencia dizen de los príncipes passados, en absencia las dixessen dellos en los siglos advenideros. Concluyendo mi plática y declarando mi intención, digo que el príncipe que es generoso y amigo de dexar de sí fama, vea lo que pueden escrevir dél los que escriven su historia; porque poco aprovecha que haga él grandes hazañas con la lança si no ay escriptor que se las engrandezca con la pluma.»
Dichas, pues, estas palabras por el buen Emperador, dio la llave del estudio al honrado viejo Pompeyano, el qual tomó todas las escripturas y púsolas en el alto Capitolio do los romanos las tenían honradas, como los christianos suelen tener a las sanctas reliquias. Todas estas escripturas con otras innumerables perescieron en Roma quando fue por los bárbaros destruyda; porque los godos, a fin de quitar para siempre la memoria de los romanos, no tocaron en los muros y quemáronles los libros. A la verdad en este caso fueron los godos muy crueles con los romanos, mucho más que si les mataran a sus hijos y les derrocaran los muros; porque al fin mayor testigo es de la fama la letra viva y que siempre habla, que no la piedra, ni la cal, ni la arena. [418]


Capítulo XIV

Cómo la Emperatriz pidió a su marido, el Emperador Marco Aurelio, la llave de su estudio, y de una plática que le hizo en este caso; en especial cuenta muchos agravios que las mugeres resciben de sus maridos, y cómo en ellos y no en ellas es la culpa de ser malcasados.

Dicho cómo el Emperador Marco Aurelio tenía el estudio en lo más apartado de su palacio y cómo él mismo tenía la llave de aquel estudio, es de saber agora que jamás a muger, ni a hijos, ni a familiares amigos dexava entrar dentro; porque muchas vezes dezía él: «Con más alegre coraçón sufriré que me tomen los thesoros, que no que me rebuelvan los libros.» Aconteció que un día la Emperatriz Faustina, estando preñada, importunó con todas las maneras de importunidad que pudo tuviesse por bien de darle la llave del estudio, y esto no es maravilla; porque naturalmente las mugeres menosprecian lo que les dan y mueren por lo que les niegan. Insistía Faustina en su demanda, y esto no de burla, sino de veras; no una vez, sino muchas; no con solas palabras, sino con palabras y lágrimas; diziéndole estas razones:
«Muchas vezes te he rogado me diesses la llave de tu cámara y tú siempre lo has echado en burla, y no lo devrías, señor mío, hazer, acordándote que estoy preñada; porque muchas vezes los maridos lo que oy echan en burlas, mañana lo lloran de veras. Acordarte devrías que soy yo, Faustina, la muy nombrada, la qual en tus ojos soy yo la más hermosa, en tu lengua la más alabada, de tu persona la más [419] regalada, de tu coraçón la más quista. Pues si es verdad que me tienes en tus entrañas, ¿por qué dudas mostrarme tus escripturas? ¿Comunicas comigo los secretos del Imperio y ascondes de mí los libros de tu estudio? ¿Hasme dado tu coraçón tierno y niégasme agora la llave que es de hierro duro? Agora pienso que tu amor era fingido, que tus palabras eran dobladas, que tus pensamientos eran otros, que tus regalos eran estraños; que, si otra cosa fuera, impossible fuera negarme la llave que yo te pidía; porque, do ay perfecto y no fingido amor, aun lo que de burla se pide de veras se concede.
En costumbre lo tenéys los hombres, que para engañar a las mugeres acometéys con grandes dádivas, dezísles dulces palabras, hazéys grandes promessas, dezís que haréys maravillas, y después que las tenéys engañadas, de vosotros más que de otros son perseguidas. Quando los hombres importunan a las mugeres, si las mugeres tuviessen en negar constancia, en breve espacio os haríamos arar so el yugo y la melena; pero assí como nosotras nos dexamos vencer, assí vosotros os determináys de nos aborrecer y dexar. Déxame, pues, señor mío, ver tu cámara; y mira que estoy preñada y se me sale el ánima por verla; y, si no lo hizieres por hazerme a mí plazer, hazlo siquiera por aliviar a ti de pesar; porque si yo peligro deste antojo, solamente perderé la vida, pero tú perderás el hijo que avía de nascer y la madre que le avía de parir. No sé por qué tu coraçón generoso quieres someter a un caso de fortuna tan vario, en que tú y yo muramos de un solo tiro: yo en morir tan moça y tú en perder muger tan querida. Por los dioses immortales te ruego, y por la madre Verecinta te conjuro me des la llave, o me dexes entrar en tu estudio, y no cures de permanecer en esse tan desaconsejado parescer, de manera que tu muy desacordado acuerdo torne de nuevo acordar; porque todo lo que sin consideración es ordenado, avida oportunidad puede ser deshecho.
Ver hombres que leen los libros y aman los fijos cada día lo vemos, pero nunca yo pensé que en coraçón de hombres caýa aborrecer los hijos por amar los libros; porque al [420] fin los libros son compuestos de palabras ajenas, pero los fijos son de nuestras entrañas proprias. Todos los hombres cuerdos antes que comiencen alguna cosa siempre suelen primero mirar los inconvenientes que pueden seguirse della. Pues si tú no quieres darme esta llave y quieres permanecer en tu obstinada porfía, perderás a tu Faustina, perderás a tu muger querida, perderás la criatura de que estoy preñada, perderás la auctoridad de tu casa, darás qué dezir a toda Roma y nunca del coraçón te saldrá esta lástima; porque con ninguna cosa el triste coraçón se consuela quando lo que padesce él mismo de padecerlo se tiene la culpa. Si los dioses lo permiten por sus secretos juyzios, y si lo merescen mis tristes hados, y si tú, señor mío, lo quieres no por más de salir con lo que quieres; en que por negarme tú esta llave yo aya de morir, yo quiero morir, pero dende agora adevino que te has de arrepentir; porque muchas vezes acontece aun a los hombres cuerdos que quando ha ya días que se fue el remedio viene de súbito el arrepentimiento. Maravillada estoy de ti, señor mío, cómo en este caso te muestras tan estremado, pues sabes que todo el tiempo que emos estado en uno, tu acuerdo y mi acuerdo siempre fueron de un acuerdo.
Si no quieres darme esta llave porque soy tu Faustina; si no la quieres dar porque soy tu muger querida; si no la quieres dar porque estoy preñada; requiérote me la des por virtud de la ley antigua, porque ya sabes tú que es ley muy antigua entre los romanos que a las mugeres preñadas no les puedan negar sus antojos. Muchas vezes he visto yo delante de mis ojos traer las mugeres sobre este caso en pleyto a sus maridos, y tú, señor, mandavas que por ninguna manera a las preñadas les quebrantassen sus privilegios. Pues si esto es verdad, como es assí, ¿por qué quieres tú que se guarden las leyes con los hijos ajenos y quebrantarlas con tus fijos proprios? Hablando con aquel acatamiento que devo, aunque tú lo quieras, yo no lo tengo de querer; y, aunque tú lo hagas, yo no lo tengo de consentir; y, aunque tú lo mandes, yo no lo tengo de obedecer; porque si el marido no acepta el justo ruego de su muger, la muger no [421] es obligada de aceptar el injusto mandamiento de su marido. Los maridos desseáys que vuestras mugeres os sirvan, desseáys que vuestras mugeres os obedezcan en todo, y no queréys condescender al su menor ruego. Dezís vosotros, los hombres, que las mugeres somos desamoradas, como sea verdad que en vosotros esté todo el desamor; porque en esto veréys que vuestros amores son fingidos, en que amores no moran más con vosotros de quanto se cumplen vuestros desseos. Dezís vosotros, los hombres, que las mugeres son sospechosas, como sea verdad que en vosotros y no en nosotras estén las sospechas; porque no de otra cosa están oy en Roma tantas nobles romanas mal casadas sino de tener sus maridos dellas infinitas sospechas.
Muy diferente es la sospecha de la muger y los zelos del marido; porque si lo quieren entender, no es otra cosa tener la muger de su marido sospecha sino mostrar que de todo su coraçón le ama. Las innocentes mugeres, como no conocen a otros, ni buscan a otros, ni tratan con otros, ni aman a otros, ni quieren a otros sino a sus maridos, no querrían que sus maridos conociessen a otras, ni buscassen a otras, ni amassen a otras, ni quisiessen a otras sino a sus mugeres solas; porque el coraçón que no se emplea sino en amar a uno, no querría que en aquella posada entrasse otro. Pero vosotros, los hombres, sabéys tantas mañas, y usáys con ellas de tantas cautelas, que, aviéndoos de preciar cómo las servís y cómo las regaláys, alabáysos cómo las ofendéys y cómo las engañáys, como sea verdad que en ninguna cosa puede el hombre mostrar más su generosidad y nobleza que en favorecer a una muger muy pecadora. Enlabian los maridos a sus mugeres diziéndoles a cada passo una dulce palabra, y, partidos de allí, ellos saben a quién dan el cuerpo y aun la hazienda. Yo te juro, señor mío, que si la libertad y auctoridad que tienen los hombres en las mugeres, las mugeres la tuviessen en los hombres, de manera que lo que ellos pesquisan en el barrio pesquisassen ellas en el pueblo, que hallassen ellas más malos recados hechos por ellos en un día que ellos hallarán dellas hechos en toda su vida. [422]
Dezís vosotros, los hombres, que las mugeres son maldizientes, como sea verdad que no son otra cosa vuestras lenguas sino unas colas serpentinas; porque a los hombres buenos condenáys y a las matronas romanas infamáys. Y no penséys que, si dezís mal de las otras, que por esso perdonáys a las vuestras, ca no es tanto mal lastimar a las estrañas con la lengua como infamar el hombre a su muger con sospecha; porque el marido que en su muger pone sospecha a todos da licencia que la tengan por mala. Nosotras, las mugeres, como salimos pocas vezes, andamos pocas tierras, vemos pocas cosas; aunque queremos, no podemos ser de malas lenguas. Mas vosotros, los hombres, como andáys mucho, oýs mucho, veys mucho, sabéys mucho; continuamente murmuráys mucho. Una muger todo el mal que puede dezir es dar orejas a sus amigas quando están apassionadas, reñir a sus criadas si son perezosas, murmurar de sus vezinas si son más hermosas, echar maldiciones a los que les hazen injurias; finalmente, una muger por maldiziente que sea no puede murmurar más de las del barrio en que mora. Pero vosotros los hombres infamáys a vuestras mugeres con sospechas, lastimáys a las vezinas con palabras, ponéys en las estrañas crudamente las lenguas, no guárdays fidelidad a vuestras amigas, hazéys todo el mal que podéys a vuestras enemigas, con las presentes murmuráys de las passadas, con las passadas para dexarlas hezistes mil cautelas, finalmente soys por una parte tan doblados y por la otra tan desagradescidos, que a las que no avéys alcançado prometéys mucho y a las que avéys alcançado tenéyslas en poco.
Yo no niego que una muger para ser quien ha de ser sino que le es necessario sea retraýda; y siendo retraýda, será de buena vida; y siendo de buena vida, terná buena fama; y teniendo buena fama, será de todos bienquista; pero si acaso alguna destas cosas le falta, no por esso de su marido ha de ser luego abatida; porque las flaquezas que el marido halla en la muger son pocas y las poquedades que la muger encubre de su marido son muchas. Yo he hablado más largo de lo que pensava, y aun más osado de lo que devía; pero perdóname, señor mío, que no ha sido mi [423] intención enojarte, sino persuadirte; y al fin al fin lo que entre muger y marido passa loco es el que dellos lo toma por injuria. Todavía insisto en lo primero y, si menester es, te lo ruego de nuevo tengas por bien darme la llave de tu estudio. Y si otra cosa hizieres (como la puedes hazer), haráslo de hecho como hombre que eres, y no de derecho como discreto de que presumes. No me pesa tanto de lo que hazes, quanto de la ocasión que me das: lo uno a que malpara deste preñado, lo otro a que sospeche que tienes ascondida alguna amiga en esse estudio; porque los hombres que en la mocedad fueron traviessos, aunque la vestidura que traen no esté rota, siempre huelgan vestirse otra nueva. Pues por quitar el peligro del parto y por aligerar mi coraçón de tal pensamiento, no es mucho me dexes entrar en tu estudio.» [424]


Capítulo XV

De lo que Marco Aurelio Emperador respondió a Faustina sobre que ella le pidió la llave del estudio; y de cómo este buen emperador confiessa siete virtudes que han de tener los buenos príncipes, de las quales él caresce; y del mucho trabajo que tienen los casados con sus mugeres; y de cómo entre los bárbaros las mugeres tenían apartadas las casas de sus maridos. Es capítulo muy notable.

Oýdas por el Emperador Marco Aurelio tales y tantas cosas como Faustina le dixo, y (lo que más era) que todas las palabras que dezía bañava en lágrimas, acordó de responderle de veras, pues ella le hablava de veras, diziéndole estas palabras:
«Dicho me has, Faustina, todo lo que has querido, y también has visto con quánto sufrimiento yo lo he escuchado. Pues ruégote agora yo que el sufrimiento que yo he tenido tengas y la atención con que te he oýdo me oyas; porque en semejantes casos, en soltándose la lengua a dezir alguna rezia palabra, luego se han de apercebir las orejas a rescebir la respuesta. Hasta oy por nascer está quien sea osado a hablar lo que no devía hablar, y juntamente con esto ser privilegiado de no oýr lo que no querría oýr. Antes que diga de ti quién eres y qué tal devrías ser, quiero primero dezir quién soy y qué tal devría ser; porque te hago saber, Faustina, que soy tan malo, que es muy poco lo que mis enemigos dizen a respecto de lo que dirían si me conociessen los que me aman. [425]
El príncipe para que sea buen príncipe no ha de ser cobdicioso en los tributos, ni ha de ser sobervio en los mandamientos, ni ha de ser ingrato a los servicios, ni ha de ser atrevido a los templos, ni ha de ser sordo a los agravios, ni ha de ser cruel con los huérfanos, ni ha de ser pesado en los negocios. Y el príncipe que careciere destos vicios será de los hombres amado y de los dioses favorecido. Yo confiesso en lo primero que soy cobdicioso; porque al fin al fin aquéllos son de los príncipes verdaderos privados que les dan pocos enojos y les sirven con muchos dineros. Yo confiesso lo segundo que soy sobervio; porque no ay príncipe oy en el mundo tan abatido, que quanto tiene más baxa la fortuna no tenga más altos los pensamientos. Yo confiesso lo tercero que soy ingrato; porque los servicios que rescebimos los príncipes son muchos y las mercedes que hazemos son pocas. Yo confiesso lo quarto que soy muy mal cultor de los templos; porque los príncipes pocas vezes a los dioses ofrescemos sacrificios si no es quando nos vemos de nuestros enemigos cercados. Yo confiesso lo quinto que soy negligente en oýr los agravios; porque con los príncipes más fácil audiencia tienen los lisongeros para dezir lisonjas que no los tristes pleyteantes para contar sus querellas. Yo confiesso lo sexto que soy descuydado con los huérfanos; porque en las cortes de los príncipes los ricos y poderosos son los privados y los tristes huérfanos aun no son oýdos. Yo confiesso que en el despachar a los negociantes soy muy perezoso; porque muchas vezes de no proveer los príncipes con tiempo en los negocios se siguen a sus reynos muchos y muy grandes trabajos.
He aquí, Faustina, cómo he dicho quién según razón avía de ser y quién según la sensualidad soy. Y no tengas en poco confessar yo mi yerro; porque grande esperança da de la emienda el hombre que de su voluntad conosce la culpa. Vengamos agora, Faustina, a hablar de ti, y por lo que he dicho de mí podrás adevinar lo que podremos dezir de ti; porque somos tan mal acondicionados los hombres, que miramos por menudo los defectos agenos y no querríamos aun oýr los nuestros proprios. Cosa es muy [426] cierta, Faustina, que quando está una persona muy contenta siempre dize más por la lengua que no en la verdad tiene su coraçón en guarda; porque los hombres sueltos de lengua muchas cosas dizen estando acompañados, las quales ellos lloran estando solos. Lo contrario de todo esto acontece a los hombres tristes, los quales no dizen la meytad de sus tristezas; porque los coraçones muy lastimados a los ojos mandan que lloren y a la lengua mandan que calle. Los hombres vanos con palabras vanas pregonan sus plazeres vanos, y los hombres prudentes con palabras prudentes dissimulan sus passiones crudas; porque los trabajos desta vida, si los hombres los sienten como hombres, los discretos hanlos de dissimular como discretos. Entre los sabios aquél es más sabio que todos que piensa que sabe menos, y entre los simples aquél es más simple que piensa que sabe más; porque si ay alguno que sepa mucho, siempre se falla otro que sepa más. Ésta es una de las diferencias en que se conocen los hombres prudentes y los que poco saben: en que el hombre prudente (aun preguntándole) en el responder es pesado, y el hombre vano (aun no le preguntando) en el responder es liviano; porque en la casa do ay generosidad y cordura dan sin medida las riquezas y dan las palabras por onças. Todo esto he dicho, Faustina; porque me han lastimado tanto tus lastimosas palabras, y me han puesto tanta compassión tus apressuradas lágrimas, y me han alterado tanto tus vanos juyzios, que ni puedo dezir lo que quiero, y pienso que ni tú podrás sentir lo que digo.
Muchos avisos escrivieron los que del matrimonio escrivieron, pero no escrivieron ellos tantos trabajos en todos sus libros quantos una muger sola a su marido solo le haze que passe en un día solo. Bien hablaron los antiguos quando hablaron de los matrimonios, en que todas vezes que hablavan o escrivían del matrimonio siempre añadían onus matrimonii, que quiere dezir «carga del matrimonio»; porque a la verdad si el hombre no acierta en tomar buena muger, no ay igual carga ni trabajo oy en el mundo con solo un día verse el hombre casado. ¿Piensas tú, Faustina, que es chico trabajo sufrir el marido a la muger lo que [427] riñe, sufrirle lo que dize, sufrirle lo que haze, darle lo que le pide, buscarle lo que quiere, dissimular lo que no quiere? Es esto tan insufrible trabajo, que no querría yo mayor vengança de mi enemigo que es verle con una muy rezia muger casado.
Si el marido es sobervio, vosotras lo humilláys; porque no ay hombre (por mucha sobervia que tenga) que no le trayga a sus pies una muger brava. Si el marido es loco, vosotras le metéys en acuerdo; porque no ay en el mundo igual cordura con saber el hombre llevar a una muger rezia. Si el marido es renzilloso, vosotras le tornáys muy manso; porque es tanto el tiempo que vosotras os ocupáys en reñir, que no le queda a él aun tiempo para hablar. Y si el marido es perezoso, vosotras le hazéys andar más que de passo; porque tienen tanto sobre ojo vuestro contentamiento, que el triste no osa comer con reposo ni dormir con sossiego. Si el marido es muy parlero, vosotras en pocos días le tornáys mudo; porque son tantas las glosas y respuestas que days a cada palabra, que ya no tiene otro remedio sino echar un freno a la boca. Si el marido es sopechoso, vosotras le hazéys que mude el estilo; porque son tantos los zelos que le pedís cada hora, que no osa dezir aun lo que vee en su casa. Si el marido es vagabundo, vosotras le hazéys presto ser retraýdo; porque a la verdad days tan mal recaudo en la hazienda, que no halla otro remedio sino estarse siempre en su casa. Si el marido es vicioso, presto le atajáys el camino; porque vosotras le cargáys el coraçón de tantos cuydados, que en mal provecho le entrarían al cuerpo los vicios. Finalmente, digo que, si el marido es pacífico, en breve tiempo lo tornáys renzilloso; porque son tantas y tan continuas vuestras quexas, que no ay coraçón que las pueda dissimular ni ay lengua que del todo las pueda callar.
Naturalmente en todas las cosas tienen espíritu de contradición las mugeres, en que si queréys hablar, ellas callan; si queréys andar, ellas paran; si queréys reýr, ellas lloran; si queréys plazer, ellas quieren pesar; si queréys pesar, ellas toman plazer; si queréys paz, ellas quieren guerra; si [428] queréys guerra, ellas quieren paz; si queréys comer, ellas ayunan; si queréys ayunar, ellas comen; si queréys dormir, ellas velan; si queréys velar, ellas duermen; finalmente digo que son de tan siniestra condición, que aman todo lo que aborrescemos y aborrescen a todo lo que amamos. De mi parescer, los hombres cuerdos que tienen que expedir con mugeres algunos negocios no les pidan lo que dessean si quieren alcançar dellas lo que procuran; porque entonces aprovecha la sangría al enfermo quando se la dan en el lado contrario. No es otra cosa sangrar de la vena contraria sino pedir a las mugeres una cosa por la boca, la qual es contraria a lo que el coraçón dessea; porque de otra manera ni lo alcançarán por sobra de ruegos, ni menos lo alcançarán con abundancia de lágrimas.
No te puedo negar, Faustina, que es cosa muy dulce gozar las niñerías de los niños; pero tampoco me puedes tú negar que no es cosa muy cruda sufrir las importunidades de sus madres. Los niños hazen de quando en quando una cosa con que ayamos plazer, pero vosotras sus madres jamás hazéys cosa con que no nos deys pesar. Gran plazer es quando el marido viene de fuera y halla su casa barrida, halla la mesa puesta, halla la comida aparejada; y esto se entiende si debaxo desto no ay otra cosa, pero ¿qué diremos? Quando no cata, halla a los hijos llorosos, a los vezinos escandalizados, a los criados alterados y, sobre todo, halla a la muger dando gritos; por manera que por mejor tiene el triste yrse ayuno de casa que no esperar y comer con renzilla. Yo acabaré con todos los hombres casados que perdonen los plazeres de los hijos, con tal que se obliguen a no les dar más enojos sus madres; porque al fin al fin los plazeres que dan los niños han fin con una risada, pero los enojos de las madres duran por toda la vida. Una cosa he visto en Roma y jamás me he engañado en ella, y es que los más de los males que hazen los hombres, el castigo dellos remiten los dioses al otro mundo; pero si por plazer de alguna muger cometemos alguna culpa, mandan los dioses que de mano dessa misma muger en este mundo y no en el otro rescibamos la pena. [429]
No ay más fiero ni peligroso enemigo del hombre que es la muger que tiene el hombre si no sabe vivir con ella como hombre; porque, si la tiene muy regalada, luego se le torna mal acondicionada. Ándense los mancebos de Roma en pos de las damas de Capua, que jamás hombre liviano estuvo con alguna muger aviciado algún tiempo, que con muerte o con infamia ella misma no le procurasse el castigo; porque los justos dioses tienen por gran pundonor de honra que assí como veemos las maldades que sufren a los malos, assí veamos los crudos castigos que hazen en ellos. De una cosa soy muy cierto, y no lo digo, Faustina, porque lo he oýdo, sino que contino lo he esperimentado: que el marido que condesciende a todo lo que su muger dessea, ninguna cosa hará la muger de lo que su marido le manda; porque no ay cosa con que más el marido tenga a su muger subjeta, que de quando en quando le niegue alguna cosa y aun le diga alguna palabra áspera. A mi parescer, gran crueldad es la de los bárbaros tener como tienen a sus mugeres por esclavas, pero muy mayor liviandad es la de los romanos tener como las tienen por señoras. Las carnes ni han de ser tan flacas que pongan hastío, ni han de ser tan gruessas que empalaguen, sino entreveradas para que den sabor. Quiero dezir que el varón cuerdo a su muger ni la enfrene tanto que parezca sierva, ni la desenfrene tanto que se alce por señora; porque de consentir a sus mugeres los maridos que manden mucho, se sigue después que ellas tengan a ellos en poco.
Mira, Faustina, soys en todo estremo tan estremadas las mugeres, que con poco favor crescéys en mucha sobervia y con poco disfavor cobráys mucha enemistad. No ay muger que de su voluntad sufra a otro mayor, ni ay muger que se compadezca con otro su ygual; y de aquí infiero para mí que vosotras ni amáys a los mayores, ni queréys ser mandadas de los menores; porque de no ser yguales los enamorados siempre los amores son frígidos. Bien sé que no me entiendes, Faustina, pues oye qué más digo que piensas, y aun te diré más que querrías. ¡O!, quántas y quántas he visto yo en Roma, las quales si tenían dos mil sextercios de renta [430] en su casa, tenían tres mil de locura en su cabeça; y lo peor de todo es que muchas vezes se le muere el marido y pierden toda la renta, pero no por esso se les acaba la locura. Pues oye, Faustina, qué más te diré. Todas las mugeres quieren hablar y quieren que todos callen; todas quieren mandar y no quieren ser mandadas; todas quieren ser libres y que todos les sean captivos; todas quieren regir y ninguna ser regida; finalmente una cosa sola quieren y en ésta todas conforman, y es que quieren gozar de los que aman y vengarse de los que aborrescen. Puédese de lo sobredicho colegir que a los moços livianos que siguen sus liviandades acocean como a esclavos, y a los cuerdos que como cuerdos recuten sus apetitos persiguen como a enemigos; porque al fin al fin por mucho que nos amen siempre su amor tiene peso y medida, y por poco que nos aborrescan su desamor es sin cuento y medida.
En los Annales pompeyanos me acuerdo aver leýdo y notado una cosa digna assaz de ser sabida, y es ésta. Quando el gran Pompeyo passó la primera vez a la Asia, acaso como llegasse a los montes Ripheos halló allí unos bárbaros que vivían en las asperezas de aquellas montañas como salvajes brutos. Y no te maravilles, Faustina, que llame a los que moravan en las vertientes de los montes Ripheos animales brutos; porque assí como las ovejas pasciendo yervas delicadas se les hazen las lanas finas, assí los hombres criados en tierras ásperas se les hazen las personas y condiciones silvestres. Tenían, pues, estos bárbaros por ley y costumbre que cada vezino tuviesse en aquellas montañas dos cuevas (porque la aspereza de la tierra no sufría en sí casas), y en la una cueva de aquéllas morava el marido y los hijos y criados, y en la otra cueva morava la muger y las hijas y moças. Comían dos vezes en la semana juntos y dormían otras dos vezes en la semana juntos; todo el restante del tiempo siempre estavan apartados los unos de los otros. Preguntados por el gran Pompeyo qué fuesse la causa de vivir en este modo, como fuesse verdad que en todo el mundo ni se hallasse, ni se oyesse, ni se leyesse tan estremado estremo, dize allí la historia que le respondió un hombre anciano, diziendo: [431]
«Mira, Pompeyo, a nosotros nos dieron poca vida los dioses, según solían vivir los hombres de los tiempos passados; y como no vivimos sino sessenta o setenta años a lo más, esto que hemos de vivir querríamoslo vivir en paz; porque es tan breve la vida, que aun apenas ay tiempo para gozar la paz, quanto más que partamos con la guerra. Verdad es que a vosotros, los romanos, con regalo y riqueza hazéseos la vida corta; pero a nosotros, como tenemos trabajo y pobreza, todavía se nos haze la vida larga; porque en todo el año jamás nosotros celebramos tan gran fiesta como quando muere y passa uno desta triste vida. Mira, Pompeyo, si los hombres viviessen muchos años, avrían tiempo para reýr y para llorar, para estar contentos y descontentos, para ser ricos y para ser pobres, para estar alegres y para estar tristes, para tener guerra y para tener paz; pero, pues la vida es tan corta, ¿para qué quieren los hombres hazer tantas mudanças en ella? Teniendo como teníamos con nosotros a nuestras mugeres, viviendo muríamos; porque las noches se nos passavan en oýr sus quexas y los días expendíamos en sufrir sus renzillas. Teniendo como las tenemos apartadas, ni vemos sus caras tristes, ni vemos llorar a los niños, ni oýmos sus graves quexas, ni escuchamos sus palabras lastimosas, ni sentimos sus importunidades; y al fin críanse los hijos en paz y los padres escusan la guerra, por manera que ellas están bien y nosotros estamos mejor.»
Ésta fue la respuesta que dio aquel bárbaro a la pregunta del gran Pompeyo. Y a la verdad yo te digo, Faustina, que, aunque a los maságetas los llamamos bárbaros, en este caso más saben que no los latinos; porque no se libra de pequeña pestilencia el que escapa de su muger renzillosa. Pregúntote agora yo, Faustina: quando aquellos bárbaros no podían sufrir ni se podían apoderar con sus mugeres en aquella áspera montaña, ¿cómo podremos nosotros con vosotras en los regalos de Roma?
Una cosa, Faustina, te quiero dezir, y plega a los dioses te la hagan entender, y es: si los bestiales movimientos de la carne no forçassen al querer de los hombres a que quieran [432] (aunque no quieran) a las mugeres, dubdo si muger fuesse sufrida ni menos amada; porque si naturaleza les dio en sí porque sean amadas, ellas sacan de sí porque sean aborrecidas. Por cierto si los dioses a este amor le hizieran voluntario como le hizieron natural, de manera que queriendo pudiéramos, y no como agora que queremos y no podemos, con graves penas al hombre avían de castigar que por amores de una muger se osasse perder. Gran secreto es éste que guardaron para sí los dioses, y gran miseria es la de los hombres, que siendo como es la carne tan flaca, a un coraçón libre haga tanta fuerça, en que todo lo que nos daña procuramos y lo mismo que aborrecemos seguimos. Secreto es éste que los hombres lo saben muy bien sentir, pero a ninguno veo que le sepa remediar; porque al fin todos se quexan de la carne y a todos los veo ser carniceros, y quanto le haze a uno mal provecho, tanto della es más goloso. No tengo embidia a los dioses vivos, ni a los hombres muertos, sino de dos cosas y son éstas: tengo embidia a los dioses en que viven sin temor de maliciosos y tengo embidia a los muertos en que huelgan ya sin necessidad de mugeres; porque son dos ayres tan corruptos que todo lo corrompen, y son dos landres tan mortales que carnes y coraçones acaban. ¡O!, Faustina, es tan natural el amor de la carne con la carne, que quando de vosotras huye la carne de burla, os dexamos el coraçón en prendas de veras; y si la razón como razón se pone en huyda, la carne como carne se os da luego por prisionera. [433]


Capítulo XVI

En el qual el Emperador Marco Aurelio, hablando con Faustina, prosigue su plática, y dize en ella el gran peligro que tienen los hombres que tratan mucho con las mugeres; y de siete reglas que da a los casados para que bivan en paz con sus mugeres. Es capítulo muy notable para entre marido y muger.

Muchas vezes me acuerdo que en mi mocedad, como yo era de carne, tropecé en la carne con propósito de jamás tornar a la carne; pero si confiesso que muchas vezes me venían castos y virtuosos propósitos, dende a una hora dava comigo de rostro en los vicios. Cosa es muy natural que, en acabando uno de cometer el vicio, luego viene en pos dél el arrepentimiento, y, passado el arrepentimiento, luego se torna a cometer aquel vicio; porque durante el tiempo que vivimos en la casa desta carne flaca, álçase la sensualidad por señora y a la razón aun no dexa llegar a la puerta. No ay hombre en Roma que si le hablan no diga maravillas por la lengua de los propósitos buenos que tiene en el coraçón, en especial de ser casto, ser verdadero, ser pacífico, ser callado; y, si acaso preguntáys a los que tratan con él negocios y a los que son sus más propinquos vezinos, hallarán que es un tramposo, que es un mentiroso, que es un blasfemo, que es un doblado, que es un fementido; finalmente engañan a los hombres con sus buenas palabras y ofenden a los dioses con sus malas obras.
Poco aprovecha blasonar de las virtudes con la lengua si la mano en las obras es perezosa; porque no se llama uno justo porque dessea ser bueno, sino porque suda y trabaja [434] de ser virtuoso. El traydor del mundo con ninguna cosa más engaña a los hombres mundanos que es con darles vanas esperanças en que adelante les queda tiempo para ser virtuosos, y los tristes malaventurados después que están emboscados en la profundidad de los vicios, esperando quándo amanecería el día de la emienda, sobrevínoles primero la noche de la sepultura. ¡O!, quántos y quántos prometieron a los hombres y hizieron voto a los dioses, propusieron entre sí mismos que antes de muchos meses començarían a ser virtuosos, a los quales dentro de pocos días los vimos entregar a los hambrientos gusanos. Los dioses quieren que seamos virtuosos y por contrario el mundo y la carne quieren que seamos viciosos. A mi parecer, más vale obedecer a lo que los dioses mandan que no hazer lo que el mundo y la carne quieren; porque el premio de la virtud es honra y la pena del vicio es infamia.
Si paras mientes en ello, Faustina, de una parte están los dioses que nos combidan a las virtudes, y de otra parte está el mundo y la carne que nos combidan con los vicios. Sería mi parescer en este caso que digamos a los dioses que nos plaze de ser virtuosos, y digamos al mundo y a la carne que, andando más los tiempos, nos emplearemos en sus vicios. De tal manera emos de cumplir con los dioses en obra, y de tal manera emos de entretener al mundo y a la carne con palabras, que gastemos tanto tiempo en hazer buena vida, que aun no nos quede tiempo para dezir una mala palabra. Hágote saber, Faustina, que todo esto que te he dicho a ti, todo lo he dicho contra mí; porque sienpre desde moço he tenido buenos propósitos y con estos buenos propósitos me he envegecido en los vicios. ¡O!, quántas vezes en mi mocedad conoscí a mugeres, traté con mugeres, hablé a mugeres, conversé a mugeres, creý a mugeres, me engañaron mugeres, me maltrataron mugeres, me infamaron mugeres; finalmente por conocer como conocí a las mugeres me aparté y dexé a las mugeres. Pero yo confiesso que si la razón me tenía fuera de sus casas diez días, la sensualidad me tornava con ellas diez semanas. ¡O!, dioses crueles, ¡o!, mundo malo, ¡o!, carne flaca, dezidme: ¿qué [435] es esto: que la razón me lleve a mí por mi voluntad a las virtudes y que la sensualidad contra mi voluntad me torne arrastrando a los vicios? ¿Piensas tú, Faustina, que no veo yo quán bueno es ser bueno y quán malo es ser malo? Pero ¿qué haré?, triste, que no ay tan crudo verdugo de mi honra y de mi fama como es la carne mía propria, la qual contra mi voluntad me haze continua guerra. Por lo qual siempre pido a los dioses que, pues mi ser es contra sí, defiendan a mí de mí.
Mucha culpa tiene en esta tan cruda guerra la carne flaca, pero muy mayor la tiene la muger loca y liviana; porque si el hombre fuesse cierto que las mugeres serían castas, serían vergonçosas, serían retraýdas y sacudidas; compornían los pensamientos para no las dessear, ni consumirían el tiempo en las seguir, ni gastarían la hazienda en las servir, ni sufrirían tantas afrentas por las alcançar; porque do una cosa no da de alcançarse de sí esperança no le lleva la voluntad al coraçón de seguirla. Pero ¿qué haremos? -di, Faustina- que (como tú sabes mejor que yo) está ya tan perdida la vergüença en las mugeres de Roma, están ya tan dissolutas las mugeres de Italia, que si los hombres se descuydan, ellas los despiertan; si los hombres huyen, ellas los llaman; si los hombres se apartan, ellas a ellos se allegan; si los hombres se encogen, ellas los regozijan; si los hombres callan, ellas a hablar los costriñen; finalmente muchas vezes los hombres comiençan los amores de burla y ellas se dan tal maña que los tornan presto de veras.
Hágote saber, Faustina, que es muy grande el brío que naturaleza puso en la carne de los hombres, pero muy mayor es la vergüença que pusieron los dioses en las caras de las mugeres. Y si es verdad (como es verdad) que los hombres no pierden el brío de la carne, y las mugeres pierden la vergüença de la cara, tengo yo por impossible que aya muger virtuosa ni casta en Roma; porque no ay más perdida república que aquélla do las mugeres tienen la vergüença perdida. ¡O!, mugeres, y quánta razón tienen en huyr de vosotras los que huyen, asconderse los que se asconden, dexaros los que os dexan, apartarse los que se [436] apartan, olvidaros los que os olvidan, estrañarse los que se estrañan, remontarse los que se remontan, morirse los que se mueren, sepultarse los que se sepultan; porque los gusanos no roen en la sepultura sino la carne flaca, pero vosotras metéysnos a saco la hazienda, la honra y la vida.
¡O!, si supiessen los generosos coraçones quántos y quántos males se les siguen de tratar con mugeres, yo les juro que no sólo no las sirviessen como las sirven de hecho, pero aun de mirarlas no les passasse por pensamiento. ¿Qué más quieres que te diga, Faustina, sino que unos escapan de vuestras manos infames por efeminados; otros, lastimados de vuestras lenguas; otros, perseguidos de vuestras obras; otros, engañados de vuestras mañas; otros, aborrescidos de vuestros descontentos; otros, desesperados de vuestra inconstancia; otros, despechados de vuestros vanos juyzios; otros, alterados de la ingratitud de los servicios? Finalmente, a mejor librar, todos escapan de vuestras entrañas aborrescidos y de vuestras liviandades acoceados. Pues el hombre que siente que esto ha de passar, yo no sé quál es el loco que os quiere amar ni servir; porque el animal que una vez atolla en el lodo, aun a palos no le farán otra vez tornar a passar por aquel passo.
¡O!, a quánto peligro se ofrece el que con mugeres trata, en que si no las ama, tiénenle por necio; si las ama, por liviano; si las dexa, por tibio; si las sigue, por perdido; si las sirve, no le estiman; si no las sirve, le aborrescen; si las quiere, no le quieren; si no las quiere, le persiguen; si se entremete, llámanle importuno; si huye, dizen que es covarde; si habla, dizen que es frío; si calla, dizen que es simple; si se ríe, dizen que es loco; si no se ríe, dizen que es bovo; si les da algo, dizen que vale poco; y al que no les da nada llámanle escasso; finalmente, al que las freqüenta tienen por infame y al que no las freqüenta por menos que hombre. Esto visto, esto oýdo, esto sabido, ¿qué hará el hombre triste, en especial si es hombre cuerdo?; porque si quiere apartarse de mugeres, no le da la carne licencia; si quiere seguir a las mugeres, no se lo consiente su cordura. [437]
Piensan en todo su seso los hombres que con regalos y servicios han de contentar a las mugeres. Pues hágoles saber, si no lo saben, que jamás se contenta la muger aunque el hombre haga todo lo que puede como hombre, y haga todo lo que deve como marido, y de la flaqueza saque fuerças con mucho trabajo, y la pobreza remedie con su sudor proprio, y cada hora se ponga por ella en peligro; al cabo la muger no se lo ha de agradescer, diziendo que su amor es con otra y que aquello haze sólo por cumplir con ella.
Muchos días ha, Faustina, que yo desseava dezirte esto, y helo dilatado hasta agora esperando que me diesses una ocasión para dezirlo de quantas me has dado para sentirlo; porque entre los sabios aquellas palabras son estimadas que al propósito de alguna cosa son muy bien traýdas. Acuérdome que ha seys años en que Antonino Pío, tu padre, me eligió por su yerno; y tú a mí elegiste por marido; y yo a ti elegí por muger. Y esto todo se hizo mis tristes hados lo permitiendo y Adriano, mi señor, me lo mandando. El buen Antonino Pío, mi suegro, me dio a ti, Faustina, su única fija, por muger, y a su generoso Imperio me dio en casamiento, y mucho de su thesoro él partió comigo, y los huertos Vulcanares los señaló para mi passatiempo. Y pienso que en este caso de ambas partes uvo engaño: él en elegirme por hijo y yo en tomarte a ti por muger.
¡O!, Faustina, tu padre y mi suegro llamóse Antonino Pío porque con todos fue piadoso sino comigo, que fue muy cruel, porque con poca carne me dio gran contrapeso de huesso. Y confiéssote la verdad, que ya ni tengo dientes con que lo roer, ni calor en el estómago para lo digestir, y lo peor de todo es que muchas vezes con él me he pensado ahogar. Quiérote dezir una palabra, aunque recibas pena con ella, y es que por tu estremada hermosura eres desseada de muchos y por tus malas costumbres eres aborrecida de todos; porque no son las mugeres hermosas sino como las píldoras doradas, en las quales se cevan los ojos quando las miran y después reñegan dellas quando las pruevan.
Bien sabes tú, y bien lo sé yo, Faustina, que vimos un día a Drusio y a Bruxilla, su muger, los quales eran nuestros [438] vezinos; y, como riñendo llegassen a las manos y diessen muy grandes bozes, dixe yo a Drusio estas palabras: «¿Qué es esto, señor Drusio: siendo como es oy la fiesta de la madre Verecinta, y estando como estamos cabe su casa, y hallándonos presentes en tan honrada compañía, y sobre todo teniendo como tienes muger tan hermosa; ha de ser possible que aya entre vosotros renzilla? Los hombres que están casados con mugeres feas, a causa que se les mueran presto nunca han de hazer sino reñir; pero los que están casados con mugeres hermosas, a fin que vivan mucho siempre las han de regalar; porque las mugeres hermosas aun de cien años mueren temprano y las mugeres feas aun de diez años mueren tarde?» Drusio, como honbre muy lastimado, alçando los ojos al cielo y de lo profundo del coraçón dando un sospiro, dixo: «Perdóneme la madre Verecinta, y perdóneme su sancta casa, y perdóneme toda la compañía, que por los inmortales dioses juro yo quisiera más casar con una muger de las negras de Caldea que no aver casado como me casé con una muger romana y hermosa; porque no es ella tan hermosa quanto es negra y triste mi vida.» Bien sabes tú, Faustina, que quando Drusio dixo esta tan lastimosa palabra yo le enxugué las lágrimas de la cara, y le di del codo, y le rogué al oýdo no procediesse más en la materia; porque a la verdad los buenos maridos, si sus mugeres no fueren tales, dévenlas muy bien castigar en secreto y después dévenlas mucho honrar en lo público.
¡O!, quán malos son tus hados, Faustina, y quán mal partieron contigo los dioses: diéronte hermosura y diéronte riqueza para te perder, y negáronte lo mejor, que es tener cordura y ser bien acondicionada para lo sustentar. ¡O!, quánta mala ventura le viene a su casa el día que a un hombre le nasce una hija hermosa, si junto con esto no le permiten los dioses que sea cuerda y honesta; porque la muger que es moça y loca y hermosa destruye a la república y infama a toda su parentela. Tórnote a dezir otra vez, Faustina, que fueron muy crueles los dioses contigo, pues te engolfaron en los golfos a do todas las malas peligran y te quitaron las velas y remos con que todas las buenas escapan. [439]
Treynta y ocho años estuve sin me casar que no se me hizieron treynta y ocho días, y en solos seys años de casamiento me paresce que ha passado seyscientos años de vida; porque no se puede llamar tormento sino el que passa el hombre que es mal casado. De una cosa te quiero hazer cierta, Faustina, que si alcançara antes lo que alcanço agora, y de lo mucho que siento entonces sintiera, aunque los dioses me lo mandaran y Adriano mi señor me lo rogara, yo no trocara mi pobreza por tu riqueza, ni mi reposo por tu Imperio; pero, pues cupo en tu dicha y en mi desdicha, callo mucho y sufro más. Yo he dissimulado contigo mucho, ¡o!, Faustina, y ha sido tanto, que ya no puedo más; pero yo te confiesso que ningún marido sufre tanto a su muger, que no sea obligado a sufrirle más, considerando al fin el hombre que es hombre y la muger que es muger; porque el hombre que eligió echarse entre las hortigas, ¿qué ha de sacar de allí sino ronchas? Atrevida es la muger que se toma con su marido, pero loco es el marido que toma pendencias públicas con su muger; porque si es buena, hala de favorescer porque sea mejor, y si es mala, hala de sufrir porque no se torne peor. A la verdad mucha ocasión es para que la muger sea mala pensar ella que su marido no la tiene por buena; porque son las mugeres tan ambiciosas, que las que públicamente son malas nos quieren hazer creer que son ellas mejores que todas. Créeme, Faustina, que si el temor de los dioses, la infamia de su persona, el dezir de las gentes no retrae a la muger de lo malo, no la apartará todo el castigo del mundo; porque todas las cosas deste mundo sufren castigo si no es la muger, que como muger quiere ruego. El coraçón del hombre es muy generoso y el coraçón de la muger es muy delicado, en que quiere por poco bien mucho premio y por mucho mal ningún castigo.
El hombre cuerdo mire bien lo que haze antes que se aya de casar, pero después que se determina de tomar compañía de muger ha de ser como el que entra en la guerra, que determina su coraçón para todo lo que le suscediere en ella. No sin causa llamo guerra la vida que tienen los malos casados en su casa; porque más cruda guerra nos hazen las [440] mugeres con las lenguas que no los enemigos con las lanças. Gran poquedad es del hombre cuerdo hazer cuenta de las poquedades de su muger a cada passo; porque si todas las cosas que las mugeres hazen y dizen quieren tomar por el cabo, sepan que jamás les hallarán fin ni cabo. ¡O!, Faustina, si las mugeres romanas quisiéssedes siempre una cosa, procurássedes una cosa, permaneciéssedes en una cosa, holgaríamos los hombres aunque fuesse a nuestra costa condescender en ella; pero ¿qué haremos?, que lo que os agrada agora os descontenta de aquí a un poco; lo que pedís a la mañana no lo queréys a mediodía; con lo que folgávades a mediodía tomáys enojo a la noche; lo que amávades a la noche aborrecéys a la mañana; lo que ayer teníades en mucho oy lo tenéys en poco; lo que antaño os moríades por verlo ogaño aun no queréys oyrlo; lo que antes os causava alegría agora os pone sobrada tristeza; con lo que devríades y solíades llorar con aquello agora os vemos reýr; finalmente soys las mugeres como los niños, que se amansan con una mançana y arrojan el oro en tierra.
Muchas vezes he pensado entre mí si podría dezir o escrevir alguna buena regla para que guardándola viviessen los hombres en paz en su casa; y hallo por mi cuenta y aun lo he experimentado contigo, Faustina, que es impossible dar a los hombres casados regla, pues las mugeres viven sin regla. Todavía quiero poner alguna regla de cómo se compadecerán los casados en sus casas; y cómo, si quisieren, evitarán entre sí muchas renzillas; porque teniendo los maridos y mugeres guerra, impossible es aya paz en la república. Y si esta escriptura no aprovechare a mí, que soy desdichado marido, aprovechará a otros que tienen buenas mugeres; porque muchas vezes la medicina que no aprovecha a los ojos haze operación en los calcañares.
Bien sé, Faustina, que lo que he dicho y por lo que quiero dezir, tú y otras semejantes gran enemistad me avéys de cobrar, y es la causa que miráys las palabras que digo y no la intención con que las digo; pero a los inmortales dioses juro en este caso que no es otro mi fin sino avisar a las buenas (que ay muchas buenas) y castigar a las malas (que ay [441] muchas malas). Y si acaso ni las unas ni las otras no queréys creer que yo tengo buena intención en dezir como digo estas palabras, no por esso dexaré de reconocer a las buenas entre las malas y a las malas entre las buenas; porque mi opinión es que la buena muger es como el faysán, del qual estimamos en poco la pluma y tenemos en mucho la carne; y la mala muger es como la raposa, de la qual tenemos en mucho la pelleja y aborrescemos y desechamos la carne.
Quiero, pues, ya relatar las reglas con las quales vivirán en paz los maridos con sus mugeres proprias y son éstas:
Lo primero, deve el marido sufrir y tener paciencia quando la muger está enojada; porque no ay en el mundo serpiente que tenga tanta ponçoña como es la muger quando está ayrada.
Lo segundo, deve el marido trabajar en que provea a su muger según la possibilidad de todo lo necessario, assí para su persona como para su casa; porque acontesce muchas vezes que, andando las mugeres a buscar las cosas necessarias, tropieçan con las superfluas y no muy honestas.
Lo tercero, deve el marido trabajar que su muger trate con buenas personas; porque muchas vezes riñen y dan bozes las mugeres no tanto por la ocasión que les dan sus maridos, quanto por lo que les dizen y imponen sus malos vezinos.
Lo quarto, deve el marido trabajar que su muger en ninguna cosa sea estremada, conviene a saber: que ni del todo esté siempre encerrada en casa, ni tampoco muy a menudo la dexe andar fuera; porque la muger muy andariega pone en peligro la fama y pone en condición la hazienda.
Lo quinto, deve el marido guardarse que no se ponga con su muger en porfía a causa que no le pierda la vergüença; porque la muger que una vez a su marido se descara no ay vileza que dende en adelante contra él no cometa.
Lo sexto, deve el marido hazer entender a su muger que tiene della confiança; porque es de tal calidad la muger, que aquello de que no tenían della confiança, aquello cometerá ella más aýna. [442]
Lo séptimo, deve el marido ser cauto en que a su muger ni del todo fíe della la hazienda, ni del todo la escluya della; porque si es a cargo de la muger toda la hazienda, auméntala poco; y si no le da parte y tiene sospecha della, hurta mucho.
Lo octavo, deve el marido a su muger mostrar algunas vezes la cara alegre y otras vezes mostrársela triste; porque son de tal condición las mugeres, que quando sus maridos les muestran la cara alegre, ámanlos, y quando se la muestran triste, témenlos.
Lo nono, deve el marido, si es cuerdo, tener en esto muy sobrado aviso: en que su muger no tome enojos ni pendencias con vezino ni con estraño; porque muchas vezes emos visto en Roma sólo por reñir una muger con su vezina que el marido pierda la vida, y ella pierda la hazienda, y se levante gran escándalo en la república.
Lo décimo, deve el marido ser tan sufrido, que si viere a su muger cometer algún delicto por ninguna manera la corrija sino en secreto; porque no es otra cosa castigar el marido a su muger delante testigos sino escupir a los cielos y lo que escupe caerle sobre los ojos.
Lo undécimo, deve el marido tener en esto mucha templança, en que no ponga las manos en su muger para castigarla; porque a la verdad la muger que no se emienda diziéndole palabras rezias y lastimosas, menos se emendará aunque la maten a palos ni puñaladas.
Lo duodécimo, deve el marido, si quiere tener paz con su muger, loarla mucho delante los vezinos y los estraños; porque entre las otras cosas este bien tienen todas las mugeres: que quieren ser de todos loadas y de ninguno permiten ser reprehendidas.
Lo terdécimo, deve el marido guardarse de loar a otra muger estraña delante su muger propria; porque son de tal qualidad las mugeres, que el día que el marido toma en la boca a una muger estraña, aquel día le rae del coraçón su muger propria, pensando que a la otra ama y a ella aborrece.
Lo quatuordécimo, deve el marido estar mucho sobreaviso que, aunque sea su muger fea, le diga y haga encreyente [443] que es muy hermosa; porque no ay cosa que entre ellos levante mayor renzilla que pensar ella que la desecha el marido porque es fea.
Lo quintodécimo, deve el marido traer a su muger a la memoria la infamia y lo que mal se habla de las que son malas en la república; porque las mugeres, como son vanagloriosas, porque no digan dellas lo que dizen de las otras por ventura no harán ellas lo que hazen las otras.
Lo sexdécimo, deve el marido escusar a su muger que no tome muchas amistades; porque muchas vezes de tomar las mugeres unas amistades escusadas nascen entre los dos muy peligrosas renzillas.
Lo decimoséptimo, deve el marido fingir y hazer encreyente a su muger que quiere mal a todos los que ella quiere mal; porque son de tal qualidad las mugeres, que si el marido ama lo que ella aborresce, luego ella aborresce todo lo que él ama.
Lo décimooctavo, deve el marido en lo que no va nada condescender y otorgar con lo que su muger porfía; porque más prescia una muger salir con su porfía aunque sea mentira, que si le diessen diez mil sextercios de renta.
En esta materia no quiero dezirte más, Faustina, sino que mires que te miro, y veas que te veo, y sientas que te siento; y, sobre todo, que la dissimulación mía devría bastar a emendar la vida tuya. [444]


Capítulo XVII

Cómo el Emperador Marco Aurelio prosigue su plática y responde más particularmente a lo de la llave.

Agora, Faustina, que he expremido de mi coraçón el venino antiguo, quiérote responder a la demanda presente; porque en las demandas y respuestas que passan entre los sabios nunca la lengua ha de dezir palabra sin que primero a su coraçón pida licencia. General regla es entre los médicos que no aprovechan las medicinas al enfermo si primero no le quitan las opilaciones del estómago. Quiero dezir por esto que he dicho que ninguno puede hablar como conviene a su amigo si antes no le dize de lo que está dél enojado; porque primero se han de reparar los cimientos, si están sentidos, que no intentar edificios nuevos.
Pídesme, Faustina, que te dé la llave de mi estudio, y amenázasme que, si no la doy, luego rebentarás deste preñado. Y no me maravillo de lo que dizes, ni me maravillo de lo que pides, ni me maravillo de lo que hizieres; porque las mugeres soys estremadas en los desseos, soys pressurosas en el pedir, soys determinadas en el obrar y soys impacientes en el sufrir. No sin causa digo que son en los deseos estremadas; porque cosas ay que se les antojan a las mugeres, las quales ni los muertos las vieron, ni los vivos dellas oyeron. No sin causa dixe que son las mugeres presurosas en el pedir, ca son de tal condición las mugeres romanas, que assí como le da a una muger el desseo de una cosa, luego manda a la lengua que la pida, y a los pies que la busquen, a los ojos que la miren, a las manos que la guarden [445] y aun al coraçón mandan que la ame. No sin causa dixe que son las mugeres determinadas en el obrar; porque si una muger romana toma tema con una persona, ni dexará de acusarle por vergüença, ni de seguirle por pobreza, ni aun de matarle por temor de justicia. No sin causa dixe que son las mugeres impacientes en el sufrir; porque son de tal condición muchas (no digo todas) que si a una dellas no le dan presto lo que querría y pedía, demúdasele la cara, dize lástimas con la lengua, a bozes atruena la casa, escandaliza a la vezindad toda, finalmente echa espumajos por la boca y no ay quien la hable aquel día.
Buen achaque os tenéys las mugeres preñadas, que, so color que avéys de rebentar, queréys que los maridos todos vuestros apetitos ayamos de cumplir. Quando el Sacro Senado en los tiempos del muy venturoso Camilo hizo la ley en favor de las romanas preñadas, no eran entonces las mugeres tan antojadizas; pero agora no sé qué se es, que todas de todo lo bueno tenéys hastío y todas de todo lo malo tenéys antojo. Quiero, Faustina, dezirte la ocasión porque se hizo en Roma aquella ley, y por ella verás si meresces gozar de la ley; porque las leyes no son sino yugos so los quales aren los malos, y también son alas con que buelen y sean libres los buenos. Fue, pues, el caso, que Camillo, un capitán que era romano, partiéndose para la guerra hizo voto solemne a la madre Verecinta que si los dioses le bolvían con victoria, que él les ofrescería una estatua de plata. Y como Camillo alcançasse de sus enemigos victoria y quisiesse cumplir el voto hecho a la madre Verecinta, ni él tenía hazienda ni en Roma avía marco de plata; porque en aquel tiempo estava Roma muy rica de virtuosos y muy pobre de dineros. Ya sabes tú, Faustina, que nuestros antiguos padres eran muy cultores de sus dioses y tenían en soberana reliquia a los templos, y por ninguna pobreza ni pereza se avían de dexar de cumplir los votos, y en esto tenía Roma tan gran estremo, que a ningún capitán davan el triumpho sin que primero jurasse si avía hecho algún voto y después provasse cómo le avía cumplido. [446]
En aquellos tiempos florecían en Roma muchos romanos virtuosos, florecían muchos philósophos griegos, florecían capitanes muy esforçados, florecían invenciones de grandes edificios y, sobre todo, estava Roma despoblada de malicias y estava poblada de muy excellentes matronas romanas. No poca sino mucha cuenta hazen los antiguos historiadores de aquellas antiguas y excellentes mugeres; porque no menor necessidad ay de mugeres buenas para la república que de capitanes esforçados para la guerra. Siendo, pues, como eran tan virtuosas y tan generosas aquellas matronas romanas, sin que nadie se lo dixesse, ni hombre se lo acordasse, acordaron todas de yr al Capitolio, y allí en presencia de todo el Senado dieron y ofrecieron los chocallos de sus orejas, los anillos de sus dedos, las axorcas de sus muñecas, las perlas de sus tocas, los collares de sus gargantas, los joyeles de sus pechos, las cintas de sus cuerpos, los cabos de sus cintas y los tintinábulos de sus ropas.
Dizen los Annales de aquel tiempo que, después que las matronas romanas pusieron a los pies del Sacro Senado tanta y tan gran riqueza, en nombre de todas dixo una que avía nombre Lucina esta palabra sola: «Padres conscriptos, no tengáys en mucho las joyas que damos para fazer la imagen de la madre Verecinta, pero tened en mucho que por alcançar aquella victoria pusieron allí nuestros hijos y maridos la vida; y, si queréys tener en algo nuestro pobre servicio, no miréys lo poco que os ofrescemos, sino lo mucho que os daríamos si lo tuviéssemos.» A la verdad los romanos, aunque fue mucho lo que les dieron sus mugeres, en más tuvieron la voluntad con que lo davan que no lo que davan, aunque es verdad que fueron tantas las riquezas que ofrescieron, que no sólo uvo para cumplir el voto de la estatua, pero sobró para proseguir la guerra. En aquel día que las matronas presentaron sus joyas en el Capitolio, luego allí les concedieron cinco cosas en el Senado; porque en el tiempo que Roma era Roma, jamás Roma recebía servicio que no se mostrasse muy generosa en el agradecimiento.
Lo primero que el Senado concedió a las matronas romanas fue que en el día de sus enterramientos pudiessen [447] públicamente hazer oraciones los oradores y en ellas relatar sus buenas vidas; porque antiguamente no podían los oradores sino en la muerte de los hombres orar, que a las mugeres aun hasta la sepultura no las osavan acompañar.
Lo ii que les concedieron fue que se pudiessen assentar en los templos; porque antiguamente quando los romanos ofrecían sacrificios a sus dioses, los viejos estavan assentados, los sacerdotes estavan prostrados, los casados estavan arrimados; pero a las mugeres, aunque fuessen generosas, ni las dexavan hablar, ni las dexavan assentar, ni las dexavan arrimar.
Lo iii que les concedieron fue que pudiessen tener cada dos ropas ricas y que no pidiessen licencia al Senado para sacarlas; porque antiguamente si alguna romana sin pedir licencia sacava o comprava alguna ropa, luego era privada della, y al marido porque lo consentía le desterravan de Roma.
Lo quarto que les concedieron fue que en las graves enfermedades pudiessen bever vino, como fuesse a las mugeres inviolable costumbre en Roma que, aunque les fuesse la vida, no podían bever vino sino agua; porque en el tiempo que Roma estava bien corregida, más infamada era la muger que bevía vino, que no la que a su marido cometía adulterio.
Lo quinto que les concedieron fue que ninguna matrona romana, estando preñada, no se le pudiesse negar ninguna cosa que honestamente por ella fuesse pedida; porque antiguamente (no sé a qué fin) nuestros antiguos padres hazían mucho por las mugeres preñadas y no hazían tanta cuenta de las mugeres paridas.
Todas estas cinco cosas fueron a las matronas romanas otorgadas, y de verdad que fueron todas muy justas, y aun séte dezir, Faustina, que de muy buena voluntad fueron por el Senado concedidas; porque no ay cosa más cónsona a razón que las mugeres que en estremo son buenas, en estremo de todos sean honradas. Esta quinta ley en que manda no negar nada a la muger preñada, quiérote dezir, Faustina, qué fue la ocasión más particular que movió al Senado a hazerla. [448]
Los varones antiguos, assí griegos como latinos, sin muy grandes ocasiones nunca davan a sus pueblos leyes o preceptos; porque los muchos mandamientos lo uno son mal guardados, lo otro son causa de muchos enojos. No podemos negar sino que hazían muy bien los antiguos en huyr pluralidad de los mandamientos; porque más vale que viva el hombre según a lo que la razón le combida que no según a lo que la ley le constriñe. Fue, pues, el caso que, en el año de la fundación de Roma de ccclxiii, estando Fulvio Torcato cónsul en la guerra contra los Boscos, truxeron a Roma los cavalleros mauritanos un monóculo que avían caçado en los desiertos de Egypto, y a la sazón que le truxeron a Roma la muger de Torcato estava en días de parir, porque avíala dexado el cónsul preñada.
Caso que en aquellos tiempos las matronas fuessen tan honestas como las que agora ay en Roma son dissolutas, entre todas era la muger del cónsul Torcato tan honestíssima, que no menos tiempo se gastava en Roma en loar las virtudes della que gastavan en contar las victorias y hazañas dél. Léese en los Annales de aquellos tiempos que este cónsul Torcato la primera vez que passó a la guerra de Asia estuvo xi años sin bolver a su casa, y hallóse por cosa verdadera que en todo aquel tiempo que estuvo Torcato fuera jamás a su muger hombre la vio a la ventana. Es de tener en mucho lo que hazía esta excellente romana; porque en aquellos tiempos como los hombres no eran tan atrevidos y las mugeres romanas eran más honestas, con tal que estuviessen cerradas las puertas, lícito les era a las mugeres hablar desde las ventanas. Y, no contenta con esto, vivió tan recatada, que en todos aquellos xi años jamás hombre la vio andar por Roma, ni jamás vieron su puerta abierta, ni a hombre de ocho años arriba consintió entrar en su casa, y (lo que más es) en todo aquel tiempo hombre ni muger vio del todo su cara descubierta. Pues más hizo esta romana (lo uno por dexar de sí gran memoria, lo otro por dar exemplo de virtud a toda Roma), que, como le quedassen tres niños, y el que más avía no llegava a cinco años, en cumpliendo la edad de ocho años, luego los embiava [449] fuera de casa para sus abuelos, porque so color de visitar a los hijos no se le entrassen en casa otros mancebos.
¡O, Faustina, quántos y quántas ay oy que lloran en estremo a esta excellente romana, y quán poquitas serán las que imitarán su vida! ¡Quién acabasse agora con una de las matronas romanas que se abstuviesse xi años sin ponerse a las ventanas, como sea verdad que va ya la cosa tan dissoluta que no sólo se assoman a mirar, pero aun hazen ya estrado de las ventanas para parlar! ¡Quién acabasse agora con una romana que en xi años no abriesse la puerta, como sea la verdad que si un día manda el marido cerrar la puerta, aquel día la muger ha de hundir a bozes la casa! ¡Quién acabasse agora que una muger romana se estuviesse xi años encerrada sin salir por Roma, como sea verdad que la muger que no da cada semana una buelta en Roma, no ay basilisco ni bívora que por la lengua eche tanta ponçoña! ¡Quién acabara oy con una muger romana a que se esté onze años a la contina sin que persona le vea la cara, como sea verdad que todo lo más del día no lo espenden sino en alimpiar la ropa y pintar la cara! ¡Quién acabasse agora con una muger romana a que se estuviesse onze años sin que fuesse visitada de sus amigos y deudos, como sea verdad que las mugeres con aquéllos tienen mayores enemistades los quales las visitan pocas vezes!
Tornando, pues, al propósito, como aquel monóculo le passassen por la puerta de la muger de Torcato, estando preñada y su marido en la guerra, acaso una criada suya díxole cómo passava el monóculo, y tomóle tan sobrado desseo de verlo, que súbitamente murió de aquel antojo. Por cierto y por verdad te digo, Faustina, que muchas y muchas vezes avía passado aquel monóculo por el barrio do ella morava y jamás quiso ponerse a la ventana, ni menos salirse a la puerta. Fue la muerte desta matrona muy sentida y muy llorada; porque avía muchos años que no avía gozado de tal romana Roma. A petición de todo el Pueblo y del mandamiento del Sacro Senado, le pusieron en el sepulcro este verso: «Aquí yaze la gloriosa Machrina, muger de Torcato, la qual quiso aventurar su vida por assegurar su fama.» [450]
Mira, Faustina, a mi parescer no se hizo la ley por remediar la muerte de aquella matrona, pues ya era muerta, sino porque a vosotras quedasse exemplo de su vida y a toda Roma para siempre de su muerte quedasse memoria. Justa cosa es que, pues la ley se ordenó a causa de preñada honesta, que no se guarde sino con preñada virtuosa. A las mugeres que piden les guarden la ley de las preñadas, por essa misma ley les pregunten si son muy honestas. Hágote saber, Faustina, que en la séptima tabla de nuestras leyes están estas palabras: «Mandamos que do uviere corrupción de costumbres no se les guarden sus libertades.» [451]


Capítulo XVIII

Que las princesas y grandes señoras, pues Dios les dio hijos, no deven desdeñarse criarlos a sus pechos; y de algunas razones que las deve mover a esto. De muchas y muy antiguas historias que trae el auctor para provarlo.

Todos los hombres generosos y que son de muy altos pensamientos, siempre velan por alcançar lo que dessean y siempre se desvelan por conservar lo que posseen; porque con el esfuerço se alcança honra, y con la prudencia y cordura se conserva la honra y la vida. Por estas palabras quiero dezir que la muger que truxo nueve meses en su vientre a la criatura con tanto trabajo, y después la parió con tan sobrado peligro, y por gracia de Dios fue alumbrada en el parto, no me parece sino malo que en lo que más va, que es en criarlo, tenga descuydo; porque no carece de locura que lo que con mucho hervor se procura, después con liviandad se menosprecie. Infinitas son las cosas que naturalmente dessean las mugeres, y entre las otras son muy essenciales quatro o cinco dellas.
Lo primero que dessean las mugeres es ser muy fermosas; porque más dessean ser pobres y hermosas que no ser ricas y feas. Lo segundo que dessean es verse casadas; porque la muger hasta verse casada de lo muy profundo del coraçón sospira. Lo tercero que dessean es verse preñadas, y a la verdad en esto tienen mucha razón; porque la muger hasta que ha parido parece que más tiene al hombre por amigo que por marido. Lo quarto que dessean es verse del parto alumbradas, y en ésta más que en todo tienen razón; porque gran lástima es ver a [452] un árbol en la primavera cargado de flores, y después que amanezcan una mañana todas eladas.
Ya que Dios permitió que naciessen hermosas, ya que Dios permitió se viessen casadas, ya que Dios permitió se hiziessen preñadas, ya que Dios permitió se viessen alumbradas; ¿por qué las mugeres son tan ingratas que, en pariendo los hijos, los echan de sus casas y los embían a criar por las tristes aldeas? A mi parescer, la muger que es generosa y virtuosa, luego que se viere alumbrada deve alçar los ojos al cielo y de todo su coraçón deve dar gracias a Aquél que le dio tan buen alumbramiento; porque la muger que escapa del parto ha de pensar que aquel día nasce en el mundo. Deve assimismo la muger, en naciendo el niño, echarle un poco de agua de Baptismo; porque nace la criatura tan tierna, que sin verlo ni sentirlo a las vezes pierde la vida. Deve assimismo la muger, en viendo que se viere parida, ofrescer al Criador su criatura, y esto en su coraçón, allí do está en la cama, suplicando a Dios que, pues tuvo por bien que fuesse ella su madre para le parir, tenga por bien de ser Él su padre para le guardar y salvar. Deve assimismo la muger, en acabando de parir a la criatura, darle a mamar de su leche propria; porque parece cosa muy monstruosa aver parido ella el niño de sus entrañas y que le críen y den a mamar mugeres estrangeras.
Hablando más claro, no me da más que sea muger generosa, que sea muger de condición baxa. Digo y afirmo que toda muger, después que Dios la alumbró en el parto, deve ella misma a sus pechos criar el hijo; porque naturaleza no sólo hizo ábiles a las mugeres para parir, pero juntamente con esto las proveyó de leche para criar. Hasta oy ni hemos leýdo, ni menos hemos visto que alguno de los animales, hora sean brutos, hora sean domésticos, que después que naturaleza les diesse hijos encomendassen a otros animales la criança de ellos. No es tanto de notar lo dicho como lo que quiero dezir, y es que muchos animales rezién nascidos, primero que abran los ojos para conocer a sus padres, han ya mamado a los pechos de las madres; y (lo que más es) ver algunos de los animales que paren diez hijos, como son los lobos y puercos, y sin ayuda de otros los crían todos a sus pechos. Y una muger, [453] que no pare más de uno, gran vergüença es que no se atreva a criarlo. Hallarán por verdad todos los que leyeren esta escritura, y si quisieren lo verán como yo lo vi por experiencia, que desde la hora que la mona pare a sus fijos, jamás hasta que están destetados los dexa de sus braços, y (lo que más es) que muchas vezes riñen tan rezio el mono y la mona sobre quién tomará a los hijos en braços, que es necessario con palos o lanças despartirlos.
Dexemos a los animales que están en los campos y paren hijos, y tomemos a las aves que están en los nidos, las quales solamente ponen huevos para sacar hijos, pero no tienen leche para criarlos. Qué cosa es tan monstruosa de ver a una avezita con cinco o seys hijos debaxo de sus alas, do quando nacen ni tienen sus padres leche con qué les dar a mamar, ni grano de trigo ni migaja de pan con qué les dar a comer; ni los hijos tienen pluma para se cubrir, ni menos tienen alas para volar; y con toda esta flaqueza los pobres páxaros sin darlos a criar a otros crían a sus hijos y mantienen a sí mismos. Cosa es maravillosa lo que en los cisnes proveyó naturaleza, especial quando crían en el agua, en que todo el tiempo que crían siempre las madres están de día con los hijos en el nido y los padres de noche sobre sus mismas alas los traen a passear sobre el río.
Bien es de creer que, pues los cisnes traen encima de sus proprios ombros a los hijos, que muy mejor los traerían en los braços si fuessen hombres y les darían a mamar si fuessen mugeres. Según dize Aristóteles en el quinto De los animales, los leones, los ossos, los lobos, las águilas y los grifos, y generalmente todos los animales, jamás los verán tan fieros ni tan bravos como quando crían a sus hijos; y parece esto ser verdad, porque muchos animales, pudiendo huyr de los caçadores, sólo por salvar a sus hijos buelven y se dexan hazer pedaços. Dezía Platón, libro iii De legibus, que nunca los hijos son tan quistos, ni tan amados como quando la madre los cría a sus pechos y el padre proprio los tiene en los braços. Y es la verdad, porque el amor primero en todas las cosas es el amor verdadero.
He querido contar la criança de los animales brutos para citar a las mugeres paridas delante dellos, en que vean cómo ellos se muestran ser padres piadosos en criar los fijos a los [454] pechos y ampararlos debaxo de sus alas en los nidos; y por el contrario las mugeres se muestran crueles madres en echar a los hijos de sus casas y darlos a criar por casas agenas. Estremo es ver lo que dizen las madres quando aman a sus hijos, y por otra parte estremo es el desamor que amuestran las madres con sus hijos; y en este caso no sé quál es lo que más aman, el dinero o el hijo; porque veo que mueren por meter en su casa el dinero de las Indias y mueren por echar de su casa el hijo que parieron de sus entrañas.
Muchas son las razones que deven mover a que las madres críen a sus hijos. La primera razón es que deve mirar cómo el niño nasce solo, nasce pequeño, nasce pobre, nasce delicado, nasce desnudo, nasce tierno, nasce sin juyzio; y, pues la madre le parió con tan malas condiciones de sus entrañas, no es justo en tiempo de tan gran necessidad le fíen de otras personas. Perdónenme las señoras, siquier sean regaladas, siquiera sean plebeyas. La muger que en tal tiempo desampara a la criatura no se puede llamar madre piadosa, sino madrastra y cruel enemiga. Si es crueldad no vestir al desnudo, ¿quién está tan desnudo como un niño rezién nascido? Si es crueldad no consolar al triste, ¿quién más triste ni lloroso que el niño que nasce llorando? Si es inhumanidad no socorrer al pobre necessitado, ¿quién más pobre que el niño rezién nascido que aún no sabe pedirlo? Si es crueldad hazer mal al innocente que no sabe hablar, ¿quién más innocente que un niño, el qual ni se sabe quexar, ni menos sabe hablar? Quien echa de casa a los hijos proprios, ¿qué esperança ternemos que criará a los hijos estraños?
Quando ya el hijo es grande, es rezio, sabe fablar, sabe trabajar y sabe aprovechar y ganar de comer, pocas gracias que la madre le trayga consigo y le muestre mucho regalo; porque entonces más necessidad tiene la madre del fijo para que la sirva, que no el hijo tiene de la madre para que le críe. Si los hijos naciessen de las uñas, o naciessen de los codos, naciessen de los dedos, o naciessen de las muñecas, paresce que no sería mucho darlos a criar a amas estrañas; pero yo no sé qué coraçón de muger basta a lo sufrir, que el hijo que nace de sus mismas entrañas le ose fiar de manos agenas. [455] ¿Por ventura ay señora oy en el mundo que tenga tan particular amistad con algún amigo, o pariente, o vezino, a quien fíe la llave del cofre do tiene el dinero? Por cierto no. ¡O!, madres crueles, que en poco estuvo mi pluma de llamaros madrastras crudelíssimas, que metéys en vuestras entrañas al maldito oro que nació de la tierra y echáys de vuestra casa al innocente hijo que es vuestra hechura. E si me dixeren las mugeres que ellas son flacas y delicadas, y que ya les tienen buscadas buenas amas, a esto respondo que poco amor puede tener con el niño el ama que le cría quando vee tan gran desamor en la madre que le parió; porque a la verdad la madre que parió el hijo con dolor, aquella sola le cría con amor.
Lo segundo, es cosa muy justa que las madres críen a sus hijos a fin que salgan conformes a sus condiciones, que de otra manera no son hijos sino enemigos; porque el hijo que a la madre que le parió desacata, impossible es que con prosperidad goze la vida. Pues no es otro el fin en los padres a criar sus fijos sino para que sirvan a sus padres quando fueren viejos, hágoles saber que, para tomar con sus padres esta criança, que va mucho y muy mucho en la leche que mama; porque mamando el niño leche de muger agena, impossible es que tome la condición de madre propria. Si un cabrito mama leche de una oveja, hallarán que tiene la lana más blanda y la condición más mansa que si mamasse una cabra; y, si un cordero mama a una cabra, hallarán que tiene la lana más áspera y la condición más inquieta que si mamasse a una oveja, de do se sigue ser verdad el proverbio que dize: «No de do naces, sino con quien paces.» Gran bien es ser el hombre de su natural bien inclinado, pero mucho haze al caso ser desde niño bien criado; porque al fin al fin más nos aprovechamos de las costumbres do vivimos, que no de la naturaleza do nascimos.
Lo tercero, deven las mugeres criar a sus hijos porque sean madres enteras y no medias madres, ca la muger es media madre por el parir, y es media madre por el criar, de manera que aquélla se puede llamar madre entera que pare el hijo y cría el hijo. Después de la deuda que se deve a Dios padre por avernos criado, y lo que se deve al Hijo por avernos redemido, [456] paréceme que es gran deuda la que devemos a nuestra madre por avernos parido, y devríamosle muy mucho más si nos uviesse criado; porque el buen hijo, quando mirare a su madre, en más ha de tener el amor con que le crió que no el dolor con que le parió. [457]


Capítulo XIX

De cómo el auctor todavía persuade a las mugeres a que críen a sus hijos, y que muchas señoras tienen por estado tener perricos en los pechos, y tienen por afrenta criar a sus proprios hijos.

En el año de la fundación de Roma de cccccij, acabada la muy porfiada guerra entre Cartago y Roma, en las quales fueron capitanes los muy nombrados Aníbal por los carthaginenses y Scipión por los romanos, luego en pos de aquella guerra se siguió la de Macedonia contra Philipo, y, acabada la de Philipo, siguióse la de Siria contra Anthíoco, rey de Siria; porque en seyscientos y treynta años siempre los romanos tuvieron continua guerra en Asia, o en África, o en Europa. Embiaron los romanos por capitán desta guerra al cónsul Cornelio Scipión, hermano del gran Scipión Africano; y, después de muchas batallas, fortuna mostrando sus fuerças en una ciudad llamada Sepila, que es en Asia la mayor, el rey Anthíoco fue vencido y todo su reyno desbaratado; porque en el árbol do las raýzes viéremos cortadas, muy en breve se secan y pierden las frutas. Vencido el rey Anthíoco y despojado de su tierra, Cornelio Scipión vínose a Roma, en la qual entró con el triumpho de Asia, de do se siguió que llamaron a su hermano Scipión Africano porque venció a África, y llamaron a éste Scipión Asiano porque venció a Asia. Eran tan amigos de honra los capitanes romanos, que no querían otro premio de su trabajo sino que les diessen el renombre del reyno que avían vencido. De verdad que tenían razón; porque los coraçones generosos y los hombres valerosos han de tener en poco aumentar la hazienda y han de tener en mucho perpetuar la fama. [458]
Según dize Sexto Cheronense, libro iii De ambigua justicia, este Cornelio Scipión por largos tiempos tuvo la governación del pueblo, en que fue cónsul, fue censor y fue dictador, ca no sólo era esforçado, mas aun era muy cuerdo, lo qual en un hombre es de tener en mucho; porque no se determina Aristóteles quál es mayor grandeza: ser uno prudente para governar a la república o ser esforçado para las cosas de la guerra. Siendo, pues, Cornelio Scipión dictador, que era como ser emperador, unos diez capitanes que con él avían estado en la guerra de Asia intentaron a entrar a las vírgines vestales un día, y aunque avían hecho grandes hazañas en la guerra y que también eran assaz emparentados en Roma, condenólos el dictador a que cada uno dellos le cortassen la cabeça; porque los romanos más crudamente castigavan a los que sólo requerían a las vírgines honestas, que no a los que forçavan a las mugeres casadas. Cornelio Scipión fue rogado de muchos en Roma que tuviesse por bien de comutar esta tan cruda sentencia, y el que más le importunava en este caso era su hermano Scipión el Africano, el ruego del qual no fue admitido, y al fin fueron perdonados aquellos capitanes por ruego de una muger hermana de leche de Cornelio Scipión. Y, agraviándose desto Scipión Africano, en que avía hecho más por la fija de su ama que no por el fijo de su madre, respondió: «Hágote saber, hermano, que yo tengo por más madre a la que me crió y no me parió, que a la que me parió y, en pariendo, me dexó; y, pues aquélla tuve por madre verdadera, justo es tenga a ésta por hermana muy cara.» Esto fue lo que passó entre los dos Scipiones sobre el perdón de aquellos diez capitanes. Curiosamente lo he mirado, y en las escripturas divinas y humanas lo he leýdo, que muchos tyranos se atrevieron a matar a las madres que los parieron, pero jamás hizieron ni solo un desacato a las amas que los criaron; porque a los crudos tyranos la sangre agena les pone sed, pero la leche propria les pone espanto.
Lo quarto, deven criar las madres a sus fijos para tenerlos a su servicio más obligados; porque si los padres viven largos años, al fin de venir han a manos de sus hijos. Y no hagan cuenta los padres viejos, diziendo que entre tanto que ellos [459] tuvieren el señorío de la casa, no le saldrán los hijos de la obediencia; ca los moços con la mocedad no sienten los trabajos de la vida, no saben aun conocer quán bueno es tener de comer en casa; porque al estómago que está ahíto todo manjar le es enojoso. Ya puede ser que, como los hijos no se criaron en casa, no conoscen a los criados, no tienen amor con los parientes, no se allegan a sus hermanos, no comunican con sus hermanas, desconoscen a sus padres, son desobedientes a sus madres, por cuya ocasión, como les sobra desemboltura y les falta criança, algún día harán alguna infame travessura por do los moços pierdan la vida y los padres pierdan la hazienda y todos juntos pierdan la honra.
Para que los padres tengan siempre de su mano a los hijos, no ay mejor medio que es criarlos las madres a sus pechos, ca la madre quando ruega alguna cosa a su hijo proprio, no le ha de mostrar el vientre de do le parió, sino los pechos con que le crió; porque todo lo que por la leche que mamamos nos es pedido, dudo yo que aya coraçón tan duro que pueda negarlo. Dizen los historiadores que Antipáter fue el más famoso tyrano entre todos los griegos y Nero fue el más nombrado tyrano entre todos los romanos, y estos dos malaventurados príncipes no fueron grandes tyranos porque hizieron muchas tyranías, sino porque cometieron una que fue más grave que todas, ca no llaman a uno vorace porque come muchas vezes cada hora, sino porque come más de una assentada que comen los otros en todo el día. Fue el caso que Antipáter en Grecia y Nero en Roma determinaron de matar a sus proprias madres, y dizen los historiadores que al tiempo que Nero mandó matar a su madre, la madre le embió a dezir que por qué la matava, y él respondió que estava harto de ver los braços do se avía criado, y que la matava con desseo de ver las entrañas de dó avía salido. Fue tan horrendo este caso, que a muchos les paresció fuera mejor passarlo en silencio, pero concluyendo digo que quán injustamente las tristes madres perdieron la mortal vida, tan justamente los hijos cobraron para sí inmortal infamia.
No pudo ser igual maldad que matar los hijos a las madres que los parieron, pero con todo esso no leemos que matassen [460] ni aun desacatassen a las amas que los criaron. Junio Rústico, libro v De educandis pueris, dize que los dos Gracos, famosos romanos, tuvieron un tercero hermano bastardo, varón que fue valeroso en las guerras de Asia, assí como ellos lo fueron en las guerras de África; el qual, como viniesse una vez a Roma a visitar su casa, halló en ella a la madre que le parió y a la ama que le crió, y dio a la madre una cinta de plata y dio a la ama un joyel de oro. Agraviándose, pues, la madre del repartimiento que avía hecho el hijo, diziendo que a ella, siendo madre, dava plata, y a la ama, que solamente le avía criado, dava oro, respondió el hijo: «No te maravilles, madre mía, que hago esto; porque tú traxísteme en el vientre nueve meses, pero ella me crió a sus pechos tres años, y quando a mí, siendo niño, me echaste de tus ojos, ella me rescibió y crió en sus braços.»
Lo quinto, deven las mugeres esforçarse a criar sus hijos a causa de tenerlos más seguros, a que en las cunas o briços no sean trocados por otros. Dize Aristóteles que ay ciertas aves que, después que ponen los huevos en el nido, se descuydan dellos algún tiempo, y vienen otras aves y ponen allí sus huevos y quebrantan los otros; de manera que las primeras aves crían los hijos de las otras aves; y, como veen después que han criado hijos agenos, mátanlos; por lo qual los padres después toman entre sí tanta contienda hasta que todos pierden la vida, lo qual sería bien escusado si cada páxaro criasse a su hijo.
En el tiempo que reynava en Macedonia Philipo, padre que fue de Alexandro Magno, era rey de los epirotas Arthabano, al qual, como le naciesse un hijo siendo ya viejo, hurtáronle al hijo que era único heredero de la cuna y pusieron otro niño en ella (siendo consentidora en la trayción el ama que le criava, a causa que fue con codicia del gran dinero convencida; porque en el coraçón do reyna avaricia no ay trayción ni vileza que no se cometa). Passados muchos días murió el buen rey Arthabano y dexó por sucessor al hijo putativo, porque al hijo verdadero avíansele hurtado. No passó mucho tiempo en que la misma ama que consintió en el hurto, la misma descubrió el secreto, diziendo que ella mostraría al príncipe eredero, que el que lo era agora que era fijo de [461] un cavallerizo. Ya que se avía fecho el mal recaudo, más les valiera a los de aquel mísero reyno que la muger no descubriera el secreto; porque muchas vezes acontece que porfían a labrar a un cavallo sobre sano, y después sucede en quedar manco y perdido. Pero ¿qué haremos con las mugeres plebeyas (no digo muchas que ay generosas y virtuosas) que aquello que con más graves palabras y en mayor puridad les es dicho, muchas vezes no se desayunan hasta que lo han descubierto? Descubierta, pues, la trayción, levantáronse entre los dos príncipes tan grandes guerras, que al fin en una cruda batalla ambos juntos en un día perdieron la vida, de manera que el uno murió por ampararse en lo ageno y el otro murió por cobrar lo suyo proprio.
A la sazón que esto passó, Olimpias, reyna que fue muy hermosa y valerosa, muger de Philipo y madre de Alexandro, tenía un hermano por nombre Alexandro, varón animoso en el conquistar y mañoso en el robar, el qual, como oyesse que el reyno de los epirotas estava diviso y que dos reyes avían muerto en el campo, metiósse en el reyno, y esto más de hecho que no de derecho. No se maraville alguno que sin más ni más este rey ocupasse aquel reyno; porque antiguamente los príncipes tyranos todo en lo que no avía resistencia pensavan que todo les pertenecía por justicia. Este rey Alexandro fue el que vino en Italia en favor de los tarentinos quando se rebelaron contra los romanos, y él fue muerto en una batalla cabe Capua, y aun su cuerpo careció de sepultura. Y de verdad es justa sentencia que el tyrano que en la vida quitó a muchos la vida muera con infamia y carezca de sepultura. He querido contar esta historia para que vean las princesas y grandes señoras que si la muger del rey Arthabano criara a su hijo, ni se le hurtaran de la cuna, ni murieran aquellos dos príncipes en la batalla, ni se perdiera aquella república; ni Alexandro entrara en tierra agena, ni viniera a conquistar a Italia, ni careciera el triste de sepultura; porque muchas vezes por no matar una pequeña centella se abrasa una hermosa montaña.
El divino Platón a los griegos y Ligurgo a los lacedemonios en todas sus leyes ordenaron y mandaron que todas las [462] mugeres plebeyas criassen a sus hijos, y las que eran princesas y delicadas a lo menos que criassen a los primogénitos. Plutarco, en el De regimine principum, dize que el sexto rey de los lacedemonios fue Othomistes, el qual como muriesse y dexasse dos hijos, eredó el reyno el hijo segundo porque le crió la madre, y no eredó el primero porque le crió una ama; y de allí quedó en costumbre en todos los más reynos de Asia que el hijo que no mamasse la leche de la madre que no eredasse la hazienda del padre. Jamás por jamás uvo ni avrá madre que tuviesse tal hijo como la madre de Dios, que tuvo a Christo, ni jamás uvo ni avrá hijo que tuviesse tal madre en el mundo; pero no quiso el Hijo mamar otra leche por no tener obligación de llamar a otra madre, ni la madre le dio a criar a otra persona porque no pudiesse llamarle hijo.
No me maravillo yo que las princesas y grandes señoras den a criar a sus hijos a las amas, pero de lo que me escandalizo es por qué la que concibió y parió el hijo se corre y afrenta de criarlo. Pienso que piensan las señoras que en concebir los hijos merescen y en tomarlos en los braços pecan. No sé cómo lo diga, ni sé cómo lo escriva esto que quiero dezir, que han venido ya a tanta demencia las señoras y mugeres, de manera que tener perricos en los braços tienen por estado y criar los hijos a sus pechos tienen por afrenta. ¡O!, madres crueles, yo no puedo pensar cómo podéys con vuestros coraçones a que veáys y tengáys páxaros en jaulas, monas en las ventanas, perros en vuestros braços y en las pobres aldeas veáys a vuestros hijos desterrados. Ni cabe en criança, ni lo sufre vergüença, ni lo permite conciencia, ni lo reza ley divina ni humana, que a las que hizo Dios madres de hijos se hagan ellas amas de perros.
Junio Rústico, libro iii De dictis antiquorum, dize que Marco Porcio (cuya vida y doctrina fue luz y exemplo a todo el pueblo romano) por manera de escandalizado dixo un día en el Senado: «¡O!, Padres Conscriptos, ¡o!, Roma desdichada, ya no sé qué vea después que en Roma tales monstruosidades veo, conviene a saber: ver a los hombres traer papagayos en las manos y ver a las mugeres criar perros en los pechos.» Replicáronle estas palabras en el Senado: «Dinos, Marco Porcio, [463] ¿qué tales quieres que seamos los que agora vivimos para que parezcamos a nuestros padres ya muertos?» Respondióles Marco Porcio: «A la muger que presume de matrona romana, en su casa la han de hallar entre los telares texendo, y fuera de su casa la han de hallar en los templos orando; y al varón romano y generoso en su casa lo han de hallar entre los libros leyendo, y fuera de su casa lo han de hallar en los campos peleando.» Fueron éstas palabras dignas de tal varón.
Annio Minucio fue un muy noble romano y capitán del gran Pompeyo, al qual Julio César, después de la Pharsalia, le tuvo por su grande amigo, porque era anciano y de muy buen consejo; y assí en Roma nunca escapava de ser senador, o cónsul, o censor cada año; porque Julio César fue tan piadoso con los que perdonava, que a los que le fueron mayores enemigos en la guerra, a aquéllos hazía mejor tratamiento en la paz. Siendo, pues, este Annio Minucio censor, que era un oficio en Roma como tener cargo de la justicia, yendo que fue a visitar a una muger de otro amigo suyo, la qual estava parida, acaso porque de leche tenía mucha abundancia, halló que la estava mamando una perrilla, y dizen que dixo en el Senado esta palabra: «Padres conscriptos, algún gran mal ha de venir en breve en Roma según el prodigio que yo he visto oy en ella, conviene a saber: que yo vi a una muger romana negar la leche a sus hijos, y vi que dava sus pechos a mamar a los perros.»
De verdad que tuvo razón el censor Annio Vero de reputar este caso a prodigio muy monstruoso, que como los dulces y verdaderos amores no están sino entre padres y hijos, la madre que al animal bruto abraça y al hijo que parió desecha no puede ser sino o que le falta cordura, o le sobra locura; porque el loco ama lo que deve aborrecer y aborrece lo que ha de amar. Ya que las madres por ser madres no quieren dar a mamar a sus criaturas, devríanlo hazer por el daño que se recrece a la salud de sus personas, que assí como viven más sanas las mugeres que paren que las que no paren, assí tienen más salud las que crían que las que no crían; porque a las mugeres el criar de los niños es enojo, pero a su salud es provechoso. Yo he afrenta dezirlo, pero mayor vergüença es a las [464] señoras hazerlo, ver los emplastos y çumos que se ponen en las espaldas porque no corra la leche a los pechos, y de aquí viene el justo juyzio de Dios, que muchas vezes por do atajan la leche por allí se les acorta la vida.
Ítem pregunto: si las madres no gozan de los hijos quando son niños, ¿quándo esperan de gozarlos? Qué cosa es ver a un niño quando se quiere reýr, cómo cierra los ogitos; quando quiere llorar, haze puchericos; quando quiere fablar, señala con los dedos; quando quiere andar, anda con pies y manos; y, sobre todo, quando comiença a hablar, en las unas palabras dubda y en las otras muy graciosamente cecea. Qué cosa es tan deleytosa al padre verlo y a la madre consentirlo quando maman los niños, con una mano descúbrenles los pechos y con otra mano las estiran de los cabellos, y sobre todo con los pies dan coces y con los ojos hazen cocos. Qué cosa es verlo quando están enojados, que no se dexan tomar del padre, dan de puñadas a la madre, arrojan las cosas de oro, y después amánsanse con un pero o con un palillo. Qué cosa es ver las innocencias que responden quando les preguntan, qué vejedades dizen quando ellos hablan, cómo juegan con los perros, cómo corren en pos de los gatos, cómo se paran a cerner el polvo, cómo en las calles hazen casas de barro, cómo lloran por las aves que van bolando, las quales cosas todas en los ojos de sus padres no son sino ruyseñores para cantar y panares para comer.
Por ventura diránme las madres que no quieren criar a sus hijos porque en la niñez son enojosos, y que después que fueren criados gozarán dellos. A esto les respondo que no me negarán las madres que alguna destas cosas no concurren en sus hijos después que fueren criados: que o serán sobervios, o serán embidiosos, o serán avaros, o serán perezosos, o serán luxuriosos, o serán ladrones, o serán blasphemos, o serán golosos, o serán reboltosos, o serán tahúres, y, sobre todo, quiera Dios que no sean incorregibles de los vicios y inobedientes a los padres. Bien creo yo que ay oy en el mundo muchas madres que esperavan ser honradas y servidas de sus hijos después que fuessen criados, las quales de buena voluntad perdonarían los plazeres que esperavan por los enojos que les [465] sucedieron; porque el tiempo que avían de gozar y aprovecharse de sus hijos, aquél emplean en llorar y remediar los desatinos que hazen como moços. Aconsejo, amonesto y ruego a las princesas y grandes señoras que críen y gozen a sus hijos quando niños, que después que fueren mayores cada hora le traerán diversas nuevas, en que uno le dirá que su hijo queda preso, otro que queda descalabrado, otro que queda retraýdo, otro que ha jugado la capa, otro que está infamado con una muger pública, otro que le hurta la hazienda, otro que le aguardan sus enemigos, otro que se acompaña con moços viciosos; finalmente, son tan aviessos de lo bueno, que muchas vezes holgarían más los padres ver a sus hijos bien morir, que no verlos como los veen tan mal vivir.
Paréceme a mí que es tan grande el vínculo del amor entre la madre y el hijo, que no sólo no le avía de criar fuera de su casa, pero aun por espacio de un día no le avía de quitar de su presencia; porque, viéndole, vee lo que nació de sus entrañas; vee lo que parió con tantos dolores; vee al que ha de eredar todos sus bienes; vee en quién ha de quedar la memoria de sus passados; y vee a quien después de sus días ha de tener cargo de su descargos. Concluyendo, pues, todo lo sobredicho, digo lo que dize el gran Plutarco, de quién saqué todo lo más deste capítulo: que la madre para ser buena madre ha de tener a su hijo en los braços para le criar y después quando fuere grande hale de tener en las entrañas para le remediar; porque de no criar la madre a su hijo vemos seguírsele daño y de criarle con leche agena pocas vezes se le sigue provecho. [466]


Capítulo XX

Que las princesas y grandes señoras deven mucho parar mientes qué tales son las amas que toman para dar a mamar a sus hijos, y de siete condiciones que han de tener las amas para que sean buenas. Prueva el auctor estas siete razones con muchas y muy famosas historias, dignas de saber y sabrosas de leer.

Los que ordenaron leyes para vivir las gentes fueron éstos, conviene a saber: Prometheo dio leyes a los egipcios; Solón Solonino, a los griegos; Moysén, a los ebreos; Ligurgo, a los lacedemonios; Numa Pompilio, a los romanos; porque de antes que estos príncipes viniessen, no se regían sus pueblos por leyes escriptas, sino por buenas costumbres antiguas. La intención destos excellentes príncipes no fue dar leyes a sus antepassados; porque todos eran ya muertos, diéronlas no sólo para los que vivían en su tiempo, los quales eran malos, pero aun para los que avían de venir, con presupuesto que no serían buenos; porque el mundo quanto más cresce en los años tanto más carga de vicios y de viciosos.
Por esto que he dicho quiero dezir que si las princesas y grandes señoras cada una dellas quisiesse criar a su hijo, escusaría yo el trabajo de darles consejo; pero, imaginando que las mugeres que parirán después de nuestro siglo serán no menos presuntuosas que las de nuestro tiempo son regaladas, no dexaremos de poner algunas leyes y avisos cómo la señora se ha de aver con el ama y cómo el ama con la criatura; porque muy justo es que si la madre fue cruda y atrevida en dexar a la criatura, sea piadosa y cuerda en elegir a la ama. Si un hombre hallasse un gran thesoro y no se atreviesse a [467] guardarlo, si el tal depositasse aquel thesoro en poder de un hombre sospechoso, de verdad que le llamássemos al tal loco; porque muy de veras se guarda lo que muy de veras se ama. De buena razón en más ha de tener la muger el thesoro de sus entrañas que no el thesoro de las Indias, y la madre que haze lo contrario (conviene a saber: que da a su hijo en poder de una ama, no la que buscó por más buena, sino la que halló más barato), no la llamaremos loca que es algo feo, pero mudaremos la l y la c en b y b, que es algo más honesto. Una de las cosas que más hazen creer estar ya el mundo muy al cabo es ver quán poco amor tiene la madre a su hijo en la niñez y ver el desamor que muestra el fijo a la madre en la vejez, y esto que haze el hijo con el padre y la madre justo juyzio es de Dios, en que assí como el padre no quiso criar a su hijo en casa quando era niño, que el hijo no reciba a su padre en casa quando es ya viejo.
Veniendo, pues, al caso, ya que se determina la muger de cerrar y secar las fuentes de la leche que le dio naturaleza, deve poner muy gran diligencia en buscar una muger para ama, la qual no sólo se ha de contentar con que tenga la leche sana, pero aun que sea de buena vida; porque de otra manera no hará tanto provecho al hijo con la leche blanca, quanto daño hará a la madre si es muger de mala vida. Aviso a las princesas y grandes señoras que tengan gran vigilancia en saber qué tales son las amas antes que les encomienden a sus criaturas; porque las tales amas, si son malas y infames, son como las serpientes, que muerden con la boca a la madre y hieren con la cola al hijo. A mi parescer menos mal le sería a la madre morírsele el hijo al tiempo del, parir que no llevar por ama a su casa una mala muger; porque el dolor de la muerte del hijo el tiempo le cura, pero la infamia de su casa durará quanto durare su vida. Sexto Cheronense dize que Marco Aurelio el Emperador dio a criar a una ama un fijo suyo, la qual era más hermosa que virtuosa, y, como lo supiesse el buen Emperador, no sólo la echó de su casa, mas aun la desterró de Roma, jurando y perjurando que si no uviera criado a su hijo a los pechos, él la mandaría hazer pedaços; porque la muger de mala fama justamente la pueden justiciar por justicia. [468]
Las princesas y grandes señoras no deven hazer mucha cuenta en que para elegir las amas sean feas o sean fermosas; porque si la leche que tiene es dulce y blanca, poco haze al caso que el ama tenga la cara negra o hermosa. Dize Sexto Cheronense en el libro De criar niños que assí como la tierra negra es más fértil que no la blanca, por semejante la muger que tiene la cara baça siempre tiene la leche más sustanciosa. Paulo Diácono cuenta en su Mayor Historia que el Emperador Odoacer casó con una hija de otro emperador predecessor suyo llamado Zeno; y llamávase la Emperatriz Arielna, la qual, como pariesse un hijo, traxo para criarle a una muger de Pannonia en estremo muy hermosa. Y sucedió el caso de tal manera, que el ama por ser hermosa parió del Emperador tres hijos uno en pos de otro, y la triste de la muger no parió más del primero. Bien es de creer que la Emperatriz Arielna no sólo se arrepintió de aver traýdo ama hermosa a casa, pero aun no quisiera aver parido aquella criatura; porque la manceba se quedó por señora y ella estuvo descasada toda su vida. No lo digo porque no ay muchas mugeres feas que sean viciosas y muchas hermosas que no sean virtuosas, sino que las princesas y grandes señoras, según la calidad de sus maridos, assí eliian las amas para criar los fijos; porque ay algunos hombres en este caso de tan mala yazija, que, en viendo un poco de agua clara, luego mueren por bever della. Sea, pues, el primero aviso que tengan las señoras en la eleción de las amas, que el ama antes que entre en casa sea examinada si es de honesta y virtuosa vida; porque en ser fea o hermosa va muy poco y en que sea de muy buena vida va muy mucho.
Lo segundo, es necessario que el ama que cría al niño no sólo sea buena en las costumbres de su vida, pero aun es necessario que sea muy sana quanto a la salud corporal de su persona; porque regla infalible es que de la leche que mamamos en la infancia depende toda la salud de nuestra vida. No es más dar a un niño a criar que a un árbol de una parte a otra trasponer; y, si assí es (como de hecho lo es), conviene en todas maneras que, si no fuere mejor la tierra do fuere traspuesto, a lo menos no sea peor que la tierra de do uvo [469] nacido; porque gran crueldad sería ser la madre rezia y sana, y que dé a criar a su fijo a muger flaca y enferma.
Muchas vezes las princesas y grandes señoras eligen para criar a sus hijos a mugeres flacas y enfermas; y en esto si yerran no es porque querrían errar, sino que las mugeres con vanidad de ser amas de grandes señoras, dizen por una parte que quieren pocos dineros y por la otra echan infinitos rogadores. Qué cosa es ver, quando ha de parir una princesa o una gran señora, la armonía que traen las mugeres entre sí sobre quién será su ama, y cómo las que nunca criaron a sus proprios fijos se disponen y conservan la leche para criar hijos ajenos. Procurar esto las mugeres me parece sobra de locura, y condeceder a sus ruegos es falta de cordura; porque harta malaventura es quando eligen a una muger por ama para criar a una criatura, y esto no por abilidad que tiene para criar al niño, sino por el favor y solicitud que tuvo en alcançarlo.
Y no hagan cuenta las princesas y grandes señoras diziendo que si no fuere buena la ama primera, que tomarán otra segunda; y, si no saliere tal la segunda, que tomarán otra tercera, y assí harán hasta que topen buena ama; porque les hago saber que más peligroso es en los niños mudar muchas leches que no es en los viejos comer de muchos manjares. Por experiencia lo vemos cada día sin comparación morir más de los fijos de las grandes señoras que no de los fijos de las mugeres plebeyas, y esto no diremos que es porque hazen a los fijos más regalos, ni porque las labradoras comen manjares más exquisitos, sino que acontece muchas vezes que un niño de una muger pobre no mama sino de una leche en dos años, y un hijo de una gran señora en dos meses muda tres amas.
Si las princesas y grandes señoras mirassen si son sanas y ábiles las amas que toman para criar a sus hijos, y no mirassen a condescender a ruegos de hombres importunos; las madres se escusarían de muchos enojos y los niños serían muy mejor criados. Uno de los príncipes que en los tiempos passados fueron llamados gloriosos fue Tito, fijo de Vespasiano y hermano que fue de Domiciano. Dize Lampridio que este buen Emperador Tito todo lo más de su vida tuvo subjecta a graves enfermedades su persona, y fue la causa que, [470] siendo niño, le dio a mamar una ama muy enferma, por manera que a este buen Emperador por aver mamado un poco de leche podrida, le hizo passar toda su vida con pena.
Lo iii, deven las princesas y grandes señoras saber y conocer las complesiones de sus criaturas, para que conforme a ellas les busquen las amas, conviene a saber: si el niño es colérico, o es flemático, o es sanguino, o es malencónico. Y esto se dize porque tal qual fuere el humor de que peca el niño, tal sea la leche que le procure la madre. Si a un viejo podrido conforme a sus humores le aplican las medicinas para le curar, ¿por qué al niño, que es inocente, conforme a su complessión no le buscarán leche para le criar? E si tú dizes que es justo las carnes podridas de los viejos que se sustenten, siquiera para dar consejo, yo digo también que es muy justo y aun más necessario que los niños se ayan bien de criar para renovar el mundo; porque al fin al fin no dezimos «tiempo es que este niño dexe el pan para los viejos», sino al revés, que es ya tiempo los viejos dexen el pan para los niños.
Aristótiles, libro De secretis secretorum, y Junio Rústico, libro décimo De gestis persarum, dizen que el muy infortunado rey Darío, el qual fue muerto por el Magno Alexandro, tuvo una fija en estremo grado muy hermosa, y dizen que la ama que crió a esta infanta todo el tiempo que la criava no comía sino ponçoña, y al cabo de tres años que destetaron a la niña no comía otra cosa sino culebras y otras cosas ponçoñosas. Muchas vezes he oýdo que los emperadores antiguos usavan criar a sus hijos (los que eran príncipes erederos) con ponçoña porque después no le matasse ponçoña, y este error viene de los que presumen mucho y saben poco, y a esta causa digo que lo he oýdo, pero no digo que lo he leýdo; porque muchos blasonan en el contar de las historias más por lo que han oýdo a otros que no por lo que han leýdo ellos.
La verdad en este caso es que los reyes y grandes señores de los tiempos passados, assí como agora los christianos traen una bolsica colgada de los pechos con alguna reliquia, assí los gentiles traýan un anillo en los dedos o un joyel en los pechos lleno de ponçoña; y, como los príncipes gentiles ni tenían infierno, ni esperavan paraýso, tenían aquella costumbre; [471] porque si alguna vez en alguna batalla se viessen en aprieto, más querían con aquella ponçoña matarse y perder la vida que no por manos de sus enemigos rescebir una afrenta. Pues si fuera verdad que estos príncipes se criavan con ponçoña, no traxeran ponçoña para matarse con ella. Declarándome más, digo que tenían por costumbre los príncipes de Persia que quando les nascía algún infante o infanta conforme a la complisión que tenía, tal era la leche que mamava y tales manjares comía. Como aquella hija del rey Darío pecava de humor malencónico, acordaron crialla con ponçoña y venino; porque todos los que son puros malencónicos, con enojos viven y con plazeres mueren.
Dize Ygnatio Véneto en las Vidas de los cinco Emperadores Paleolos, los quales fueron emperadores en Constantinopla y muy valerosos, que el segundo dellos, que se llamó Paleolo Ardace, que después de los quarenta años cargáronle tantos males que de doze meses del año, los nueve estava en la cama enfermo. Y, a la verdad, estando como estava él malo, expedíanse muy mal los negocios del Imperio; porque no puede tener el príncipe quartana senzilla sin que la tenga la república doblada. Tenía por muger este Emperador Paleolo a una que se llamava la Emperatriz Huldovina, la qual después que traxo para su marido a todos los médicos de Asia y hizo en él todas las experiencias que se requerían en medicina, viendo que todo no le aprovechava ninguna cosa, acaso díxole estas palabras una muger vieja y griega que presumía de herbolaria: «Señora Emperatriz Huldovina, si quieres que tu marido el Emperador viva muchos años, ten proveýdo que cada semana por lo menos le hagan dos muy graves enojos; porque el Emperador peca de humor puro malencónico, y el que le haze plazer y le procura descanso aquél le dessea ver más aýna muerto.» Tomó Huldovina el consejo que le dio la muger griega y fue ocasión de vivir el Emperador tan sano, que, de nueve meses que estava en el año malo, después en veynte años no estuvo tres meses enfermo; porque, aviéndole aconsejado la muger que no diesse a su marido sino dos enojos cada semana, ella tomó por oficio de enojarle quatro vezes al día. [472]
Lo quarto, deve la buena madre mirar que la muger que cría a su fijo sea muy templada en el comer, de manera que de muchos manjares coma poco y de pocos no coma mucho. Para entendimiento desto es de saber que la leche blanca no es otra cosa sino sangre cozida, y tener la sangre buena o tenerla dañada no proviene las más vezes sino de ser la persona en el comer templada o ser glotona, y por esta causa es cosa muy saludable (y aun necessaria) que la muger que de hecho cría que de solo un manjar coma, y aquél que sea bueno; porque general regla es en todos los hombres y mugeres que en el comer poco no ay peligro y en el comer mucho no ay provecho.
Según cuentan todos los naturales, el lobo es uno de los animales más voraces y de quien más se temen todos los pastores, pero dize Aristótiles, libro iii De animalibus, que la loba, después que una vez se siente preñada, jamás se dexa tomar del lobo en toda su vida; porque de otra manera, si la loba pariesse cada año siete o ocho lobos y la oveja no pariesse como no pare más de un cordero, sin comparación serían muchos más los lobos que no son las vacas ni los carneros. Junto con esto tiene otra cosa la loba, y es que como sea animal tan vorace, en el tiempo que está parida sobre manera en el comer es muy templada, y esto a fin de tener para criar a sus hijos leche buena; y (lo que más es) que no comerá más de una vez al día, y esto halo de caçar el lobo para sí y para ella. Cosa es por cierto monstruosa de verlo, y espantosa de oýrlo, y aun escandalosa de dezirlo: ver a una loba que cría a ocho lobos y come de un solo manjar, y a una muger que cría un solo hijo quiere comer de ocho manjares; y esto procede porque aquel animal no come sino para sustentarse y la muger que cría no come sino para se regalar.
Las princesas y grandes señoras muy gran vigilancia deven tener en saber qué comen y qué tanto comen las amas que crían a sus hijos; porque es el niño tan tierno y es la leche tan delicada, que con comer de muchas cosas se corrompe y con comer mucho se engruessa. De mamar los niños leche gruessa vienen a ser enfermos, y de mamar leche corrompida los niños viene que muchas vezes anochecen sanos y amanecen muertos. [473]
Dize Ysidoro en sus Ethimologías que eran los hombres de la provincia de Thracia tan crueles, que se comían unos hombres a otros; y no sólo tenían esto, pero aun por mostrar más su ferocidad, en la calavera blanca de un hombre muerto bevían la sangre reziente de un hombre vivo. Aunque los hombres eran tan crueles en comer carnes humanas y bever sangre de las venas, eran las mugeres que criavan a los niños tan templadas en el comer, que no comían sino hortigas cozidas en leche de cabras, y a fama de ser las mugeres de Thracia tan templadas llevó el gran philósopho Solón Solonino dellas a Athenas; porque los antiguos no menos buscavan buenas mugeres para la república que esforçados capitanes para la guerra. [474]


Capítulo XXI

Do el auctor pone otras tres condiciones que han de tener las amas que crían, conviene a saber: que no bevan vino, que sean honestas y, sobre todo, bien acondicionadas.

Por este exemplo pueden conoscer las princesas y grandes señoras quánto les va en que las mugeres de Thracia con no comer sino leche y hortigas criavan hombres feroces y las mugeres de nuestra edad con comer de muchas cosas crían a los hombres enfermos.
Lo quinto, deven las señoras poner gran diligencia en que las mugeres que crían a sus hijos sean no sólo regladas en el comer, pero aun sean muy templadas en el bever vino, el qual antiguamente no se llamava vino sino veneno. La razón de todo esto está muy clara, ca si vedamos el manjar, el qual, por ser gruesso, se para en el estómago; mucha más razón ay de vedarse el vino, el qual, por ser tan líquido, en beviéndolo se derrama luego por todas las venas del cuerpo. E digo más, que como el niño no toma otro mantenimiento sino la leche, y la leche se haga de la sangre, y la sangre esté bañada en vino, y el vino naturalmente sea cálido; de primo ad ultimum no es otra cosa bever vino la muger que cría sino para cozer poca leche poner mucho fuego a la caldera, do la caldera se quema y la leche se assura.
No quiero negar en que alguna vez no puede acontescer ser el niño de complexión rezia y ser la ama que le cría de complexión flaca, y la criatura querría la leche un poco más sustanciosa y la ama dásela muy delicada. Y en tal caso (aunque con otras cosas la leche se pueda esforçar) concédesele a [475] la muger bever un poco de vino; pero ha de ser tan poco y tan aguado, que ha de ser más para quitar la crueldad del agua que no para dar sabor a la lengua. No lo digo esto sin causa, porque muchas vezes, so color que está el ama flaca y desmayada y que la leche no está sustanciosa, házenla comer más de lo necessario y bever el vino algo sustancioso, por manera que, pensando dar triaca a la ama, dan rejalgar con que matan a la criatura.
Aquellas excelentes y antiguas romanas, si fueran en mi tiempo o yo meresciera ser en el suyo, aunque por ser yo christiano es mejor este tiempo, ellas me quitaran deste trabajo, las quales fueron tan templadas en el comer y tan sobrias en el bever el vino, que no sólo se abstenían de beverlo, pero aun de olerlo; porque mayor infamia era a una señora romana bever vino que no descasarse de su marido. Dionisio Alicarnaseo, libro De legibus romanorum, dize que Rómulo, primero fundador que fue de Roma, más se ocupó en hazer edificios para ampliar a Roma que no en componer leyes para governar a la república, pero entre quinze leyes que hizo (y no más), la setena ley fue que ninguna muger romana osasse bever vino dentro de Roma so pena que perdiesse por ello la vida. El mismo historiador dize que por ocasión desta ley quedó de costumbre en Roma que, quando alguna señora romana quería bever vino y hazer alguna solenne cena, salíasse fuera de Roma do tenía cada una su alcaria; porque dentro de los muros de Roma aun oler el vino no osara una matrona romana.
Si Plinio no nos engaña en el xiiii de su Natural Historia, era costumbre muy antigua en Roma que todas las vezes que se topava un pariente con su parienta se dava el uno al otro paz en la cara, y no por otra cosa esta cerimonia tomó principio sino por ver si la muger olía a vino. Y, si acaso olía a vino, el censor podía desterrarla de Roma; y, si el pariente la tomava fuera de Roma, libremente podía matarla; porque dentro de los muros de Roma a ningún romano podían matar por justicia. Como dicho es, Rómulo fue el que ordenó la pena de las borrachas, y Ruptilio ordenó la pena de las adúlteras, y entre Rómulo y Ruptilio passaron cccxxv años, por manera [476] que en Roma grandes tiempos antes fueron puestas penas a las mugeres borrachas que no a las mugeres adúlteras. Ser la muger adúltera o ser la muger borracha son dos tan grandes males, que yo no sabría dezir quál sería el menor dellos; porque por el adulterio pierde la muger la fama, y por ser borracha pierde ella la fama y el marido la hazienda. Pues si las mugeres sólo por la honestidad de sus personas son obligadas en el comer y bever ser muy corrigidas, quánto más lo deve ser la muger que cría, en la qual concurre no sólo la gravedad de su persona, pero aun la salud y vida de la criatura que cría; porque muy justo es la muger totalmente sea privada del vino, pues la honra y la vida por beverlo passan peligro.
Lo sexto, deven las princesas y grandes señoras mirar y estar muy recatadas en que no se hagan preñadas las amas que crían a sus criaturas, y la razón desto es que, como en el tiempo que la muger está preñada se le alce su purgación continua, la sangre mestruada (como está retenida) mézclase con la sangre limpia, de la qual se haze la leche de la criatura; y desta manera, pensando criar al niño con leche, mátanle con ponçoña; y no puede ser cosa más injusta que poner en peligro al niño nascido por aquél que aún está por nascer. Cosa es maravillosa de ver al que curiosamente lo quiere mirar: ver a los brutos animales cómo en el tiempo que crían hijos la hembra no consiente al macho, ni el macho persigue a la hembra; y (lo que más es) ver lo que passa entre las aves, en que las páxaras no sólo no se dexan tomar de los páxaros, pero aun hasta que son grandes y buelan los primeros hijos no les verán poner huevos para otros.
Plutharco, en el séptimo de su Regimiento de príncipes, dize que Gneo Fulvio, primos hijos de hermanos que fueron él y Pompeyo, siendo cónsul en Roma, enamoróse de una donzella huérfana de Capua, do él estava huydo de una pestilencia, y llamávanla a ella Sabina; y, como se hiziesse preñada del cónsul, parió una hija, la qual después llamaron Drusia la hermosa, y a la verdad fue loada más de hermosa que de honesta; porque muchas vezes acontesce que las mugeres hermosas y desonestas dexan a sus hijos tan bien criados, que [477] eredan de sus madres poca hazienda y mucha desvergüença. Estando, pues, esta Sabina parida, según que era costumbre en Roma, criava a los pechos a la niña, su hija, y hízose preñada de un cavallero criado del cónsul que la tenía en guarda; lo qual como lo supo el cónsul (conviene a saber: que estava preñada y que, esto no obstante, dava de mamar a la criatura), a él mandó degollar y a ella mandó empozar. Venido, pues, el día en que de ambos querían hazer pública justicia, la triste Sabina embió a rogar al cónsul tuviesse por bien antes que le quitassen la vida la oyesse una sola palabra, el qual venido en presencia de todos, díxole ella: «¡O!, Gneo Fulvio, hágote saber que no te embié a llamar para que me otorgasses la vida, sino por no morir con lástima de no aver visto tu cara, aunque devrías acordarte que era muger y flaca; y que, como tropecé contigo en Capua, podía caer como caý con otro en Roma; porque somos las mugeres tan flacas en esta flaqueza, que durante el tiempo desta mísera vida, ninguna se puede tener por segura. Tú huelgas que yo muera; pues hágote saber que a mí no me pesa en que tú vivas; porque soy cierta que en la hora que los dioses te dieren la muerte, a ti te pesará de averme quitado la vida.» Respondió a estas palabras el cónsul Gneo Fulvio: «A los dioses immortales pongo por testigos, ¡o!, Sabina, quánto de coraçón a mi coraçón le pesa en que mi pública justicia sea pregonera de tu culpa secreta; porque más honesto es a los hombres encubrir vuestras flaquezas que no ser verdugos de vuestras culpas. Pero ¿qué quieres que haga, aviendo hecho lo que tú heziste? Por los dioses inmortales te juro y te torno a jurar quisiera muy mucho más que a mi persona procuraras una muerte secreta, que no en mi casa pusieras tan gran infamia; porque ya sabes tú lo que dize el proverbio de Roma: que más vale morir con honra que no vivir desonrado. Y no pienses que te mandé matar porque, olvidada la fidelidad que devías a mi persona, te echaste con el que tenía cargo de tu servicio y guarda; que, pues no eras mi muger, la libertad que tuviste de venirte comigo de Capua a Roma, essa mesma tenías para yrte con otro desde Roma a Capua; porque muy mal parece a los hombres viciosos querer castigar en otros las culpas en que están ellos [478] mismos caýdos. La causa porque yo te mando matar fue acordándome de la ley muy antigua en que mandava que ninguna muger que criasse fuesse osada, so pena de muerte, hazerse preñada. Y a la verdad la ley es muy justa; porque no se sufre en honestidad de mugeres, criando un hijo a los pechos, absconder otro en las entrañas.» Esto fue lo que passó el cónsul Gneo Fulvio y su amiga Sabina la capuana, y, según dize allí Plutarco, uvo el cónsul compassión della, y perdonóla, y desterróla, con condición que jamás tornasse a Roma.
Cinna Catulo, en el iiii libro De los xx cónsules, dize que Gayo Fabricio fue un cónsul de los notables que uvo en Roma y tuvo algunas peligrosas enfermedades en su vida no por más de por aver mamado quatro meses de leche estando su madre preñada; y, con temor desto, luego como dava a criar la hija, a la ama y a ella encerrava en el templo con las vírgines vestales, do por espacio de tres años estavan allí retraýdas. Preguntado el cónsul por qué no criava a sus hijos en casa, respondió: «Criándose los niños en casa puede aver ocasión en que la muger que los cría se haga preñada, y desta manera ellas matarán los niños con la leche corrompida y darán a mí ocasión a que haga dellas justicia; teniéndolas assí encerradas, quitamos las ocasiones a que ellas no pierdan las vidas y nosotros no pongamos en peligro a los hijos.»
Diodoro Sículo, en su Bibliotheca, y muy mejor Sexto Cheronense en la Vida de Marco, dizen que en las islas Baleares tenían en costumbre que las mugeres que criavan niños, hora fuessen suyos proprios, hora fuessen fijos ajenos, por espacio de dos años estavan apartadas de sus maridos; y la muger que en aquel tiempo (aunque fuesse de su marido) se hazía preñada, aunque no la castigavan como adúltera, ponían todos en ella la lengua. En el tiempo que passavan aquellos dos años, a causa que el marido no tomasse otra muger, mandava la ley que tomasse una manceba o comprasse una esclava, de la qual él se aprovechasse como de su muger propria; porque entre aquellos bárbaros, aquél se tenía por más honrado que tenía dos mugeres, la una parida, la otra preñada. Por los exemplos sobredichos podrán ver las princesas y grandes señoras quánta guarda y vigilancia han de tener sobre sus amas [479] para que sean honestas, pues dellas depende no sólo la salud de sus muy queridos hijos, pero aun la honra de sus generosas casas.
Lo séptimo, deven las princesas y grandes señoras trabajar que las mugeres que tomaren por amas sean bien acondicionadas, por manera que no sean embidiosas, sobervias, deslenguadas, dobladas y maliciosas; porque menos ponçoña tiene la bívora que no la muger mal acondicionada. Poco aprovecha que a una muger le quiten el vino, le rueguen que coma poco, la aparten de con el marido, si ella de su propria naturaleza es terrible y mal acondicionada; porque no es tanto peligro para el niño que su ama sea bevedora y glotona como que sea embidiosa y maliciosa. La muger que cría, si acaso sale mal acondicionada, por cierto que tiene gran trabajo ella, y aun la casa donde mora; porque la tal al señor es importuna, a la señora enojosa, al niño que cría es peligrosa, de la familia con quien trata aborrecida y, sobre todo, siempre de sí misma está descontenta; finalmente, los padres muchas vezes por ahorrar de la ama no les pesa avérseles muerto la criatura.
Entre todos los que yo he leýdo, digo de los príncipes romanos antiguos, nunca de tan buen padre como fue Drusio Germánico salió tan mal fijo como fue Calígula, quarto Emperador de Roma, ca no se hartan los historiadores de encarecer las excellencias del padre, ni jamás acaban de afear las torpedades del hijo; y todo esto dizen que le vino no de la madre que le parió, sino de una ama que lo crió; porque muchas vezes acontece que el árbol está verde y bueno quando nasce, y después está seco y peresce do se traspone. Dize Dión el griego, en el segundo libro De Cesaribus, que a este malaventurado le crió una maldita muger de Campania por nombre Prescilla, la qual contra toda naturaleza tenía tanto vello en los pechos como los hombres en las barbas, y, allende desto, en correr un cavallo, tirar una lança, jugar a la ballesta, pocos moços se le ygualavan en Roma. Acontesció una vez que, estando para dar a mamar a Calígula, por un enojo que uvo despernó y desmembró a una muchacha y, sobre todo, con la sangre de la moça untó el peçón de la teta, y assí hizo mamar leche y sangre a la criatura. Dize el mismo Dión, en la [480] Vida deste Emperador Calígula, que tenían en costumbre las mugeres de Campania, de do era natural esta Prescilla, que quando querían dar a mamar a los niños primero untavan los peçones de las tetas con sangre de herizos, y esto porque fuessen más feroces sus hijos. Y assí fue este Calígula, ca no se contentava con quitar a uno la vida, sino que la sangre del puñal o de la espada lamía con la lengua.
El excellentíssimo poeta Homero, queriendo encarescer las crueldades de Pirro, dixo en su Odisea dél estas palabras: «Nasció en Grecia, crióse en Archadia y mamó la leche de tigres, que es una muy truculenta bestia.» Como si más claro dixera: «Pirro por nacer en Grecia fue sabio, por averse criado en Archadia fue esforçado y por aver mamado tal leche fue indómito y crudelíssimo.» Puédese de aquí inferir que al gran griego Pirro por mamar leche mala careció de la condición buena. Este mismo historiador Dión dize en la Vida de Thiberio que fue muy gran borracho, y la causa desto fue que la muger que lo crió no sólo bevía vino, pero aun destetó al niño con sopas en vino, y sin duda aquella maldita muger fuera menos mala si en lugar de leche diera al niño ponçoña, que no avezarle a bever vino con que después perdió la fama; porque a la verdad el Imperio Romano perdiera muy poco en que muriera quando niño Thiberio, y Thiberio ganara mucho si nunca supiera beverlo. Todo esto se ha dicho a causa de avisar a las princesas y grandes señoras que, pues en no querer criar a sus hijos se mostraron crueles, a lo menos en buscarles buenas amas se muestren piadosas; porque los hijos muchas vezes siguen más la condición de la leche que mamaron, que no la condición de la madre de do nascieron. [481]


Capítulo XXII

Cómo en presencia del Magno Alexandro fue disputada esta qüestión, conviene a saber: qué tanto tiempo han de mamar los niños; y de la variedad y diversos ritos que tenían los antiguos en criar y dar a mamar a sus hijos. En especial cuenta el auctor lo que hazían los siciomios, los egypcios, los caldeos, los mauritanos, los alobros y los yndios.

Dize Quinto Curcio que el Magno Alexandro, el qual fue último rey de los macedonios y fue primero Emperador de los griegos, después que uvo vencido al rey Darío y se vio único señor de toda la Asia, fuese a descansar a Babilonia; porque costumbre es entre los guerreros después de una prolixa guerra yrse cada uno a descansar a su casa. El rey Philipo, el qual fue padre del Magno Alexandro, siempre aconsejó a su hijo que traxesse en su campo valerosos capitanes para conquistar el mundo y que eligiesse de sus tierras los más escogidos sabios para governar el Imperio. Y tenía razón el padre de dar tal consejo a su hijo, porque con el consejo de los sabios se sustenta lo que con el esfuerço de los hombres valerosos se gana. Estando, pues, el Magno Alexandro en Babilonia, después que avía ya conquistado a toda la tierra, como la tierra era muy viciosa y su exército salía de tan prolixa guerra, ocupávanse los suyos unos en hurtar lo ageno, otros en jugar lo suyo proprio; éstos en forçar mugeres, aquéllos en hazer combites; quando los unos estavan borrachos, los otros levantavan ruydos; de manera que no sé quál era mayor: el orín en las armas o la corrupción en las costumbres; porque propriedad es en la malicia humana quando a la ociosidad se abre la [482] puerta entrarse los vicios a tropel por casa. Visto por el Magno Alexandro la dissolución que andava en su exército y la perdición que de allí se podía seguir a su gran Imperio, mandó con riguroso mandamiento que se hiziessen grandes torneos en Babilonia para que exercitassen allí sus fuerças la gente de guerra; y, según dize Aristóteles en el libro De las qüestiones de Babilonia, era la cosa en el torneo de entre ellos y ellos tan porfiada, que a las vezes más muertos y heridos escapavan de los torneos que no de una sangrienta escaramuça de los enemigos. Hablando según ley de gentiles (los quales ni esperavan gloria por las virtudes ni temían infierno por morir en los torneos), el mandamiento de Alexandro fue muy justo; porque, haziendo lo que hizo, a su exército quitó del vicio que le dañava y para sí mismo alcançó perpetua memoria, y aun fue más seguridad para su república. No contento este buen príncipe de dar quehazer a sus exércitos, ordenó que en su presencia disputassen cada día los filósofos, y la qüestión que avían de disputar el mismo Alexandro la avía de proponer, de do se seguiría el Magno Alexandro ser cierto de lo que estava dudoso y cada filósofo faría su oficio; porque no menos se cargan de polvo los libros de que no se abren que se toman del orín las armas de que no se exercitan. Ay un libro de Aristóteles, que se intitula De las qüestiones de Babilonia, do se dize que Alexandro proponía, los filósofos disputavan, los príncipes de Persia assistían, Aristóteles determinava, y que tanto la disputa durava quanto Alexandro comía; porque a la mesa del Magno Alexandro un día los capitanes conferían las cosas de la guerra y otro día los filósofos disputavan en su filosofía.
Dize Blondo en el libro Italia illustrata que era costumbre entre los príncipes de Persia que ninguno no se pudiesse assentar a su mesa si no fuesse rey que uviesse vencido a otro rey en batalla, y ninguno podía hablar a su mesa si no fuesse philósopho; y a la verdad la costumbre era muy generosa; porque no ay mayor disparate que querer uno que el príncipe se estreme en hazerle muchas y muy señaladas mercedes sin que él se aya estremado en muchas y muy señaladas obras. No comía el Magno Alexandro más de una vez al día, y a esta [483] causa la primera qüestión que les propuso fue: el hombre que no comía más de una vez al día a qué hora comería para más salud de su persona, si sería a la mañana, o a la noche, o al mediodía. Y fue la qüestión porfiada entre los filósofos, y cada uno para defender su opinión traxo muchos fundamentos; porque no menos los sabios fatigan a sus juyzios para salir con su disputa que los valerosos capitanes aventuran sus fuerças para vencer una batalla. Según cuenta allí Aristóteles, y aún haze mención dello en sus Problemas, fue determinado que el hombre que no come sino una vez al día deve comer poco antes que sea de noche, ya que se viene la tarde; porque haze mucho a la salud de la persona que, quando se comiença la digestión en el estómago, tome al paciente en el primero sueño.
La segunda qüestión que Alexandro mandó disputar fue quál era la edad más congrua en que al niño o niña convenía quitar la teta, y la ocasión desta qüestión fue que Alexandro tenía una niña que mamava, la qual él avía avido en una reyna amazona; y sobre si era tiempo o no era tiempo de destetar a la niña entre los médicos avía muy gran contienda, porque la niña era grande para mamar y era muy flaca para destetar. No por más he querido contar esta historia de querer mostrar cómo en Babilonia fue esta qüestión delante Alexandro disputada, conviene a saber: quántos años conviene que mame la criatura; porque los niños en aquella edad son tan innocentes que ni saben pedir lo bueno ni quexarse de lo malo. Acerca de este caso es de saber que, assí como son varios los tiempos y diversas las regiones y provincias, assí han sido varios los modos y maneras de criar, mamar y destetar a las criaturas; porque la diferencia que ay de unas naciones a otras en morir y dar la sepultura a los cuerpos, tanta variedad ha avido en el modo de criar y dar leche a los niños. [484]


Capítulo XXIII

De muchas hechizerías y supersticiones que usavan los antiguos en el dar a mamar a sus hijos, de las quales se deven guardar los buenos christianos.

Aunque no cuente muchos, contaré al propósito algunos muy antiguos y muy estremados exemplos. Strabo, en el su libro De situ orbis, dize que, después de los assirios, los primeros que reynaron en el mundo y hizieron señorío fueron los siciomios, los quales después de muchos tiempos los llamaron archades, do uvo los grandes y muy famosos luchadores y esgrimidores. Y de aquí eran los mil gladiatores que para sus juegos tenían los romanos; porque, según dize Trogo Pompeyo, los romanos hallaron por experiencia que no avía mejor gente para cosas de veras que la de España y para cosas de burlas que la de Arcadia. Estos siciomios, como fueron tan antiguos, tuvieron muchas fatuidades en sus ritos, y entre las otras fue que adoravan por dios a la luna, y todo el tiempo que parecía la luna en el cielo entonces davan a mamar al niño, imaginando que, si dava en los pechos a la madre la luna, que faría muy gran provecho la leche a la criatura. Es auctor desto Cina Catulo, libro De educandis pueris. Según dize el mismo historiador, los egypcios fueron grandes enemigos de los siciomios; y fue en tanta manera, que todo lo que los unos eligieron, los otros lo contrario de aquello tomaron. Paresce esto ser verdad en que los siciomios fueron amigos de olivos, de bellotas, de vestirse de lino, de adorar a la luna y tenerla por dios. Por contrario, los egipcios no criavan entre sí olivos, no consentían enzinares, no se vestían de lino y adoravan al sol por dios; y, sobre todo, como los [485] siciomios davan a mamar a sus hijos delante la luna, assí los egypcios delante el sol.
Entre las otras innocencias que tenían los caldeos fue que adoravan al fuego por dios; y fue en tanta manera que, ninguno que no era casado podía en su casa encender fuego; porque dezían ellos que la guarda de los dioses no se avía de fiar sino de hombres ya ancianos. En los casamientos tenían esta orden, en que el día que se casava un egypcio los sacerdotes venían a su casa a encender fuego nuevo, el qual jamás se avía de acabar hasta que el hombre uviesse de morir. E si acaso durante la vida del marido y muger, el fuego que les dieron el día de la boda hallavan muerto, el casamiento de entrambos era deshecho, aunque uviessen xl años estado en uno. Desta costumbre que tenían los caldeos salió aquel proverbio antiguo, de muchos leýdo y de pocos entendido, que dize: «No me hagáys tanto que eche agua en el fuego.» Usavan destas palabras los caldeos quando querían desfazer los casamientos; porque si la muger estava descontenta de su marido, en echar un poco de agua en el fuego libremente podía casarse con otro marido; y si el marido, por semejante, matava el fuego, a la ora podía contraer con otra muger matrimonio. Yo no he sido casado, pero dende agora adevino que ay muchos christianos que querrían en este caso tener la libertad de los caldeos, y soy cierto que avría hartos hombres que echarían agua en el fuego por escapar de sus mugeres, y aun también juro que avría hartas mugeres que no sólo matarían el fuego, mas enterrarían el rescoldo por ahorrar cada una de su marido, en especial si es zeloso y mezquino. Tornando, pues, a nuestro propósito, los caldeos todas las cosas notables hazían a la lumbre como que las hazían delante de su dios. Ca comían al fuego, dormían al fuego, negociavan y hazían todos los contratos al fuego, y las madres jamás davan a mamar a sus criaturas sino al fuego; porque imaginavan ellos que entonces aprovechava la leche a la criatura quando delante el fuego que era su dios la mamava. Es autor de lo sobredicho Cina Catulo.
Los mauritanos, que en nuestros tiempos se llaman el reyno de los Marruecos, fueron en otro tiempo gente muy bellicosa, [486] con quien el pueblo romano siempre tuvo muy gran conquista. Y quanto los hombres eran diestros en la guerra, tanto sus mugeres eran hechizeras y dadas a la idolatría; porque el marido que de su muger haze gran ausencia no se maraville si la tomare en alguna falta. Dize Cicerón, libro De natura deorum, y muy más largo lo cuenta Bocacio, que quantos hombres y mugeres avía en aquel reyno cada uno tenía para sí un dios solo, de manera quel dios del uno no era dios del otro, y esto se entendía en los días de entresemana, que para los días festivos otros dioses tenían diputados, los quales adoravan ellos estando todos juntos. La manera que tenían en elegir dioses era ésta. Quando estava una muger preñada, ývase al sacerdote del ýdolo y dezíale que ella estava preñada, que le diesse un dios para su hijo de que lo uviesse parido; y el sacerdote dávale un ýdolo de piedra, o de plata, o de oro, o de palo, y echávasele la madre como nómina al pescueço; y todas las vezes que mamava el niño la teta, la madre le ponía el ýdolo sobre la cara; porque de otra manera no diera al niño a mamar una gota si primero no fuera a su dios la leche y la teta consagrada. Poco es lo que he dicho respecto de lo que quiero dezir, y es que, si acaso el niño moría antes de tiempo, o acaso moría algún mancebo por algún desastrado caso, o por ventura se moría algún hombre antes que fuesse viejo; juntávanse los padres y parientes del muerto, y tomavan aquel ýdolo, y apedreávanle, o ahorcávanle, o arrastrávanle, o quemávanle, o empozávanle, diziendo que, pues los dioses matavan a los hombres a sin justicia, que es muy justo los hombres maten a los dioses por justicia.
Cuenta el mismo Bocacio, libro ii De natura deorum, que los allobros (que agora por otro nombre se llaman la tierra del Delfinazgo), tenían en costumbre que a los que avían de ser sacerdotes de los dioses, desde el vientre de su madre eran elegidos. Y assí era que, en nasciendo la criatura, antes que tomasse la teta le llevava el sacerdote a su casa; porque tenían ellos en sus ritos que el hombre que uviesse gustado las cosas del mundo no merescía ni devía servir a los dioses en el templo. Una de las leyes que tenían los sobredichos sacerdotes era que no sólo no podían con violencia derramar [487] sangre humana, pero aun ni verla ni tocarla, por manera que luego que el sacerdote acaso sangre humana tocava, luego el sacerdocio perdía. Vino tanto apurarse el rigor desta ley, que los sacerdotes de los allobros no sólo no derramavan, ni bevían, ni tocavan sangre humana quando eran ya hombres, pero aun ni les dexavan mamar leche de sus madres siendo niños; y la razón desto era que dezían ellos que no es otra cosa mamar leche sino bever sangre; porque la leche blanca no es sino sangre cozida, y la sangre colorada no es sino leche cruda. Dize Pulión, libro ii De educandis pueris, que los antiguos tenían un género de caña que, partiéndola por medio, salía della leche muy blanca, y que con ésta criava cada muger a su criatura. Sea lo que fuere, que esta ley de quitar leche a los niños que criavan para sacerdotes de los templos más me paresce de supersticiosos hechizeros que no de sacerdotes religiosos; porque no ay ley divina ni humana que quiera ni mande prohibir aquello sin lo qual la vida humana no puede passar.
Éstas eran las costumbres y ritos que tenían los antiguos acerca de criar y dar a mamar a sus hijos, y a la verdad yo no me maravillo de lo que hazían, ca los gentiles por tan dios tenían ellos a un maldito ýdolo como tenemos nosotros al summo Dios verdadero. Todas estas antigüedades de la gentilidad he querido contar para que las princesas y grandes señoras huelguen de las leer y saber, pero no para que por ninguna manera las ayan de imitar; porque según la fe de nuestra religión christiana, quan ciertos somos de la ofensa que hazían a Dios en hazer tales supersticiones, tan ciertos somos del servicio que hazemos nosotros en dexarlas. Quánto tiempo devan dar a mamar las madres a sus hijos, y en quánto tiempo puntualmente sea bueno destetarlos, ni por lo que he leýdo ni por lo que he preguntado en este caso estoy satisfecho, mas de quanto Aristótiles en el libro sobredicho determinó que el niño deve mamar a lo más dos años, y a lo menos año y medio; porque si mama menos está en peligro de ser enfermo y si mama más oblígase a ser regalado.
No dexaré de contar lo que cuenta Sexto Cheronense en el iiii libro de su República (y haze mención dello Bocacio, [488] libro iii De natura deorum), y es esto. En tiempo que el Magno Alexandro passó en la Yndia, entre otros famosos philósophos passó con él uno por nombre Aretho; y acaso estando en Nissa, ciudad muy antigua de la Yndia, andándole un yndio a mostrar todas las cosas de la ciudad como a estrangero, el buen philósopho mirávalas como philósopho cuerdo y sabio; porque el hombre simple mira solamente los efectos como acontecen, pero el hombre sabio inquire y pregunta las cosas cómo y de dónde proceden. Entre las otras cosas mostráronle a este philósopho Aretho una gran casa que estava al cabo de la ciudad, y en ella estavan muchas mugeres, y cada muger tenía una cámara, y en cada cámara avía dos camas, y cabe la una cama estavan unas yervas a manera de hortigas, y cabe la otra cama estavan unas ramas de otro árbol a manera de romero, y en medio de la casa estavan muchas sepulturas de niños.
Preguntó Aretho, el philósopho, que para qué era aquella casa tan grande, y respondióle aquel yndio: «Esta casa es para criar los niños huérfanos quando son por muerte o por otra causa desamparados; porque es costumbre en esta tierra que, quando al moço se le muere el padre, luego la ciudad le toma por fijo; y, dende en adelante, hase de llamar hijo de la ciudad que le crió, y no hijo del padre que le engendró.»
Preguntó Aretho, el filósofo, lo segundo que por qué en aquella casa avía tantas mugeres sin estar entre ellas un solo hombre. Respondióle aquel yndio: «En esta tierra es costumbre que las mugeres estén apartadas de los maridos todo el tiempo que se ocupan en criar a los niños; porque no es voluntad de nuestros dioses que la muger después que está preñada con su marido tenga más compañía, y esto no sólo hasta que sea parida, mas aun hasta que la criatura esté destetada.»
Preguntó lo tercero el philósopho Aretho: «¿Por qué, siendo la casa no más de una está cada muger por sí apartada?» Respondió aquel yndio: «Ya sabes tú, pues eres philósopho, que naturalmente en la muger reyna tanta malicia humana, que siempre tiene embidia de la felicidad agena; y, si estuviessen todas juntas, avrían entre sí unas con otras tantos enojos, que corromperían la leche que avían de mamar los niños.» [489]
Preguntó lo quarto el philósopho Aretho: «¿Para qué en cada cámara ay una cama grande y otra cama pequeña, pues no ay más de una muger y una criatura?» Respondióle aquel yndio: «En esta Yndia no se consiente que las criaturas pequeñas duerman en una cama con sus amas; porque muchas vezes las mugeres, como tienen el sueño pesado, descuýdanse y ahogan al niño que tienen en la cama consigo.»
Preguntó lo quinto: «¿Para qué están cabe las camas las hortigas, como sea una yerva insípida para comer y lastimosa para tocar?» Respondióle aquel yndio: «Hágote saber que en esta Yndia contra toda naturaleza ningún niño llora al tiempo que se cría, y a esta causa tienen cabe las camas las hortigas: para hazer llorar a las criaturas; porque nos dizen nuestros philósophos que, si llora un niño dos horas cada día, aprovéchale no sólo para la salud de la persona, mas aun para alargar más la vida.»
Preguntóle lo sexto el philósopho Aretho por qué cabe las camas tenían aquellas ramas que parescían romero. Y respondióle el yndio: «Hágote saber que en esta India es ya plaga muy antigua que no nos podemos defender de mugeres hechizeras y magas, las quales con sus hechizos y mirar de ojos matan a muchos niños, y dízennos que todo niño que con esta yerva fuere sahumado, con ojo de mala muger no puede ser empecido.» [490]


Capítulo XXIV

De una carta que embió Marco Aurelio Emperador a un amigo suyo llamado Dédalo, en la qual le responde a doze puntos que al Emperador avía escripto en otra carta. En especial habla en el fin de la carta contra las mugeres que crían o sanan de las enfermedades con hechizerías a sus criaturas.

Deven las princesas y grandes señoras mirar mucho en que sus amas no sean hechizeras, ni permitan que a sus hijos desde niños los avezen a medicinas; porque la medicina pone en peligro la vida de la criatura, y la hechizería no sólo haze daño al cuerpo de la criatura, mas aun al ánima de la ama que la cría. Para mayor alabança de los passados y mayor confusión de los presentes, quiero que los que esto leyeren lean una carta de Marco Aurelio Emperador embiada a un amigo suyo, en fin de la qual parece quán enemigos fueron los antiguos de criar con hechizos a sus hijos; porque a la verdad no sé quál fue mayor: la templança que ellos tuvieron para ser gentiles, o el atrevimiento que nosotros tenemos siendo christianos. Síguese, pues, la epístola, en fin de la qual habla contra la muger hechizera.

Epístola

Marco, Emperador romano, juntamente collega con su hermano Annio Vero en el mismo Imperio, salud a la persona y buena fortuna contra su mala fortuna a ti, Dédalo, su especial amigo, dessea. Desde el día que embarcaste en [491] el puerto de Ostia, ni letra tuya hasta agora leý, ni persona de tu casa jamás vi; y (lo que más es) que ninguna persona sabía de cierto si eras vivo o si eras muerto, a cuya causa imaginávamos tus amigos que tú y tu nao uviesses dado al través con fortuna, o que con el descontentamiento de la tierra serías ya de buelta; porque los hombres que navegan como tú van en peligro de ahogarse con la tempestad, y, si no se ahogan, desesperan en la tierra estraña con la soledad. De que vi a Frontón, tu criado, uve mucho plazer, y mucho más de que supe cómo eras vivo después de aver andado tan peligroso camino, y no menos tomé plazer en que dizes por tu carta tener contentamiento de la tierra; porque para mí cosa es muy nueva hombre criado en los regalos de Roma hallarse contento en otra tierra.
Quando Roma era Roma y Italia se llamava la Gran Grecia, de todas las naciones concurrían a ella, los unos para deprender virtudes y noblezas, y los otros para darse a vicios y plazeres; porque, si Tito Livio no me engaña, Roma empleó todos sus thesoros en Asia y Asia empleó todos sus vicios y regalos en Roma. Escrívesme tantas cosas en tu carta, y dízeme Frontón, tu criado, tantas novedades de la tierra, que por los dioses inmortales te juro ni sé a ti qué escriva, ni a tu criado qué le responda; porque las estremadas nuevas quanta alegría dan a las orejas, tanta incredulidad traen consigo de creerlas. Los hombres generosos y que aman mucho que los otros los tengan a ellos por verdaderos, aunque ayan visto muchas maravillas con sus proprios ojos, quando las contaren han de ser muy medidos en sus lenguas; porque el hombre vergonçoso gran vergüença es que diga alguna palabra en la qual puede aver sospecha si es o no verdadera. En breve quiero responder a todas las cosas de tu letra, y será la respuesta no según tu gusto, sino según lo que de ti y del mundo yo siento. Y, ante que diga cosa, ruégote que tu mucha cordura perdone si se desmandare mi pluma; porque tus pocos años aun no te dexan conocer al mundo, y a mí mis muchas canas me dan autoridad para avisar a ti y sentenciar a él. [492]
Dizes que en la mar passaste mucho peligro, y que por aleviar la nao echaste mucha de tu hazienda a lo hondo. En este caso paréceme a mí que deves dar muchas gracias a las bravas mares, que, podiéndote quitar la vida, se contentaron con sola la ropa; porque los hombres que navegan por la mar deven mirar, desque se vieren en salvo, no la hazienda que perdieron, sino la vida que escaparon.
Dizes que fueste por la mar muy acompañado de estrangeros, y que tardaste en el viaje más días de los que pensavas, y aun de los que quisieras. A esto te digo, mi Dédalo, que, aunque fueron muchos los días que tardaste, todavía serían más los enojos que rescebiste; porque el hombre que navega mucho es impossible que no aya enojo con los marineros y que no esté siempre con temor de los vientos. Y a lo que dizes que llevavas contigo gran compañía, a esto te respondo que, quanto más yvas cargado de compañeros, tanto menos te pesarían los dineros; porque regla general es que do la jornada es larga y la compañía es mucha, de necessidad ha de afloxar la bolsa.
Dizes que, con las humidades de la mar, luego que tomaste tierra luego te sentiste enclavado de gota. A esto te respondo que o tienes la gota en el pie, o la tienes en la mano; si la tienes en el pie, será ocasión que guardes la casa, y assí no osará nadie robarte tu ropa; y si la tienes en las manos, será ocasión que ya no andes jugando como solías por los tableros, y assí no perderás como perdías tus dineros y aun los ajenos; y, si no has mudado la condición que tenías, yo soy cierto que sólo porque crezca tu hazienda ternás en ti por bien empleada la gota.
Dizes que en essa tierra para el remedio de tus males has hallado muchos y muy famosos médicos, los quales son doctos y esperimentados. A esto te respondo que, según dize Platón, en la tierra do ay muchos médicos, ay muchos vicios y muchos viciosos; porque el hombre con el sobrado regalo enferma y con el mediano trabajo sana. Nuestros antiguos padres, quanto tiempo estuvieron en Roma sin médicos, que fueron cccc años, tanto y no más en el comer y bever se mostraron sobrios; porque assí [493] como a la salud precede la templança, assí a la medicina precede la glotonía.
Dizes que es muy abundosa essa tierra, y que entre otras cosas ay mucha leña, de la qual ay aquí falta en Roma. A esto te respondo que, si tienes mucha leña, ternás poco pan; porque antiguo proverbio fue: «do los fuegos son grandes, los graneros son pequeños.» E si dizes que estás muy contento con la leña dessa tierra, hágote saber que yo no estó descontento con el pan de Italia; porque al fin al fin más aýna se halla leña para cozer el horno que no trigo para llevar al molino. Por cierto que es bueno tener leña para el invierno, pero muy mejor es tener pan para el invierno y para el verano; porque no llaman hambre quando falta leña para los viejos, sino quando falta pan para los niños.
Dizes que en essa tierra ay mucha agua, y que la agua es muy clara y muy fría, y que es tanta la abundancia que ay una fuente en cada casa. A esto te respondo que todos los naturales dizen que do la agua sobra quasi siempre la salud falta; y no me maravillo desto, porque todos los lugares muy frescos siempre se tienen por malsanos. Si fuera en el tiempo de la edad dorada, quando los hombres no sabían qué cosa era vino, sino que todos bevían agua, sin comparación fuera muy mejor essa tierra que no ésta; porque quan infame es la borrachez del vino, tan suave y provechosa es la borrachez del agua. Bien sabes tú que una fuente de agua que yo tenía en la huerta, vía Salaria, fue ocasión que en un verano muriessen siete personas de mi casa, y si no hiziera una sangradera por la qual eché el agua reposada, pienso que diera fin a mí y a toda mi familia, por lo qual te ruego pongas más los ojos en conservar la salud de tu persona, que no en gozar la frescura dessa tierra; porque para mí aquél sólo tengo por bienaventurado que tiene el cuerpo sano y junto con esto tiene el coraçón con reposo. Loa quanto quisieres la tierra, y huélgate quanto mandares por su frescura, y hártate de su agua fría, y escrive a tus amigos cómo es desopilativa; que al fin yo te juro, mi Dédalo, que más dineros saldrán de Roma para yr por el vino de Candia que no entrarán en Roma botas de agua fría dessa isla. [494]
Dizes que en essa tierra ay tales y tantas frutas, que jamás piensas verte harto dellas. A esto te respondo que la cosa que yo mejor como son unas frutas de invierno, pero sin verlas ni comerlas yo me doy por contento; porque la tierra do sobran frutas para el invierno, siempre es achacosa con calenturas de verano. Octavio, el Emperador de felice memoria, viendo que Roma los veranos era muy enferma, mandó so graves penas que las frutas de Salon no entrassen a venderse en ella. Fue cosa maravillosa, que Roma no sólo se halló en esto sana, mas aun los médicos por su voluntad se fueron de Roma; porque gran indicio es que el pueblo sea sano quando el médico no es rico.
Dizes que ay en essa tierra muchos juglares y hombres que saben hazer farças y cosas de burlas. A esto te respondo que no será tanto el plazer que tomarás en ver sus burlas y juegos, quanto pesar y tristeza tomarás de que te cohechen los dineros; porque los truhanes y juglares hazen los juegos de burla y quieren ser pagados de veras.
Dizes que en essa tierra ay mucha copia de viñas, y que el vino es oloroso para oler y muy suave para gustar. A esto te respondo que no avrá tanta abundancia de viñas en el campo, quanta muchedumbre avrá de borrachos en el pueblo, que, como sabes tú, el día que desposamos a Topina, mi sobrina, mi tío Getulio, aunque no tenía en Salon más de una viña, con el vino della emborrachó a sí y a toda su casa, y aun a todos los que fueron a la boda. No sin lágrimas lo digo esto que quiero dezir, y es que antiguamente en Roma Mars era el dios más acatado, que era el dios de las batallas; agora en Roma Baco, que es dios del vino, es el dios más acatado y servido; porque el tiempo que solían gastar en el campo Marcio a jugar con las armas, agora lo consumen en jugar y bever en las tavernas. Dize Tito Livio en sus Annales que los de Galia Transalpina, oyendo que los ítalos avían plantado viñas, fuéronles a conquistar las tierras, de manera que si en Italia no plantaran viñas, no fueran por los franceses destruydas las tierras. Los antiguos romanos, que en todo eran proveýdos, visto por el Sacro Senado que de su perdición era causa el vino, proveyó que [495] se descepassen las viñas de todo el Imperio. Fue cosa maravillosa que, después que cessó la guerra, no quedó francés en toda Italia de que supieron que ya no avía viñas en ella.
Dizes que ay en essa tierra muchos hijosdalgo, y ay muchos y muy honrados patricios con los quales hablas y tienes tus passatiempos. A esto te respondo que, si esso es verdad, en essa tierra ay muchos hombres ociosos y aun no muy verdaderos; porque los libertos o escuderos que emplearon sus mocedades en las guerras, ya que son viejos no gastan tiempo sino en oýr nuevas y dezir mentiras.
Dizes que ay en essa tierra mugeres muy hermosas en los gestos y muy dispuestas en los cuerpos. A esto te respondo que si ay muchas hermosas, avrá muchas mal casadas; porque la muger hermosa, si con la hermosura no es cuerda, a sí misma pone en peligro y a su marido pone en cuydado.
Dizes que ay en essa tierra unas mugeres phetonisas o hechizeras, las quales se precian de curar y destetar a los niños. A esto te respondo que ternía por mejor los niños nunca convalesciessen ni sanassen que no por manos de tan malas hembras se curassen; porque no es tanto el provecho que hazen con sus esperiencias en lo público, quanto es el daño que hazen con sus hechizerías en secreto.
Torcato Laercio, mi tío, tenía una hija no menos regalada que hermosa, y, como no tenía más de a ella, era de todo su patrimonio única eredera. Fue, pues, el caso que como la niña un día llorasse mucho, la ama que la criava por acallar la criatura, pensando que le echava unos hechizos para la adormecer, echóselos para la matar, por manera que, cessando las lágrimas de la innocente hija, començaron los gritos de la muy triste madre. Calígula, fijo que fue del buen Germánico, aunque fue entre los Césares el quarto y entre los tiranos el primero, como se diessen en Roma unas cédulas para quitar quartanas y para curar a las criaturas, proveyó por edicto público que el hombre o muger que las hiziesse muriesse por ello, y el que las comprasse o truxesse por Roma fuesse açotado y para siempre desterrado. [496]
Hame dicho Frontón, tu criado, unas nuevas de que yo he tomado harto plazer, y son que te nació un hijo muy bonito, y junto con esto me dixo que le criava una muger de Samnia, la qual como mal vino tiene una punta de hechizera. Por los inmortales dioses te conjuro, y por el amor que te tengo te ruego, luego la eches de tu casa y tan mala muger no coma pan en ella ni solo un día; porque toda criatura que se cría con hechizos o terná la vida corta, o le será contraria la fortuna.
Hágote saber, mi Dédalo, que yo estoy no poco maravillado de muchos romanos, los quales permiten (y aun procuran) que sean curados sus hijos con hechizos, y esto digo porque yo para mí averiguado tengo los hombres que enferman por voluntad de los dioses no sanarán por muchas diligencias que hagan los hombres. O los niños enferman porque son de complesión mala, o los niños enferman porque los dioses les quieren quitar la vida. En tal caso, si su mal es de umor malo, recurran por medicinas naturales al médico; y, si su daño viene porque los dioses están injuriados, entonces sus padres aplaquen a los dioses con sacrificios; porque al fin al fin impossible es las enfermedades de los coraçones que sanen con ningunas medicinas de los cuerpos.
No te maravilles, mi Dédalo, si he aplomado más en este artículo que no en los otros, conviene a saber: en persuadirte mucho a que quieras guardar a tus criaturas de hechizerías; porque de otra manera más le dañará al niño el hechizo malo que no le aprovechará la leche buena. Hame movido a escrevirte esto lo uno el mucho amor que te tengo, lo otro acordándome que, quando estavas en el Senado, muchas vezes me dezías que morías por tener un hijo; y, pues tú le compraste a desseo y tu muger Pertusa le tiene pesado a lágrimas, no querría que ensañasses a los dioses con hechizerías; porque a ley de bueno te juro que quando los padres están bien con los dioses no tienen los hijos necessidad de hechizeros.
Otras muchas cosas avía que te escrevir, algunas de las quales con Frontón tu criado las quise comunicar, más que no por letra te las escrivir; y no te maravilles desto, porque son [497] las cartas tan peligrosas que, si el hombre es discreto, no escrevirá más en una carta cerrada de lo que dirá públicamente en la plaça de Roma. Perdóname, mi Dédalo, que a la verdad no te escrivo como lo querría tu apetito, ni aun como lo dessea mi desseo; porque muchas cosas tienes tú necessidad de saber y no tengo yo licencia para en carta las fiar.
De mí no sé qué te escriva, sino que la gota todavía me aquexa, y lo peor de todo es que, quanto más crezco en la edad, tanto disminuyo en la salud; porque ya antigua maldición es de la flaqueza humana que por do pensamos yr más seguros, por allí hallamos mayores atolladeros. El papagayo que me embiaste, luego se apoderó dél mi Faustina, y a la verdad es cosa monstruosa ver lo que parla; pero al fin al fin son las mugeres tan poderosas, que quando ellas quieren ponen silencio a los vivos y hazen que en los sepulchros hablen los muertos.
Según lo que yo te quiero, y según lo que yo te devo, y aun según lo que yo suelo, es muy poco lo que te embío. Y dígolo porque al presente no te embío sino dos cavallos mauritanos y doze espadas alexandrinas, y a Frontón tu criado en albricias de la buena nueva le he dado un oficio que le valdrá xx mil sextercios en Sicilia. Faustina me ha dicho que embía a Pertusa, tu muger, una arca llena de olores de Palestina y otra arca llena de ropas de su persona, y a mi parecer no lo deves tener en poco; porque naturalmente las mugeres de la hazienda propria son escassas y en gastar lo ageno son muy largas. Los dioses poderosos sean en tu guarda y a mí aparten de la siniestra fortuna, y ruego a essos mismos dioses a ti y a mí, y a mi Faustina y a tu muger Pertusa, nos dexen con salud a todos juntos vernos en Roma; porque jamás el coraçón recibe tan gran gozo como quando se vee con el amigo muy desseado. Marco del Monte Celio te escrive de su propria mano. [498]


Capítulo XXV

Que habla en general quán gran excellencia es en el hombre saber bien hablar; y que ay unos hombres de tan mala gracia en el hablar, que más pena es oýrlos tres credos que no a otros escucharlos diez años; y de cómo es muy gran falta en los príncipes y grandes señores hazer una cosa y después no saber dar razón della.

Una de las excelencias que el Criador dio a los hombres fue saber y poder hablar; porque de otra manera, dexada el ánima aparte, de poco menos valor son los animales brutos que son los hombres mudos. Aristóteles en sus Yconómicas sin comparación loa más la policía pitagórica que no la stoyca, diziendo que la una es más conforme a razón que no la otra, pero Pitágoras mandó que todos los hombres que fuessen mudos sin ninguna contradición fuessen de la república alançados. El motivo que tuvo este philósopho para mandar esto fue diziendo que la lengua se mueve por los conceptos del ánima, y el que no tiene lengua no tiene ánima, y el que no tiene ánima no es sino bestia, y el que es bestia deve servir como bestia o hecharse con las bestias en la montaña. Gran cosa es no ser hombre mudo como lo son los brutos animales, y mayor cosa es hablar como hablan los hombres racionales, pero sin comparación es muy mayor bien hablar como hablan los philósophos eloqüentes; porque de otra manera si el que oye no pondera más las sentencias que las palabras, muchas vezes le contentarán más los papagayos que parlan en las jaulas que no los hombres que blasonan en las academias. [499]
Josepho, en el libro De bello judayco, dize que el rey Erodes no sólo con su persona y hazienda, pero aun con toda su parcialidad y parentela siguió y dio favor a Marco Antonio y a Cleopatra, su amiga, quando tuvo guerra con Octavio, segundo Emperador que fue de Roma, y al fin fue Marco Antonio vencido, y Cleopatra fue presa, y quedó por Octavio la victoria. De todo este daño Marco Antonio se tuvo la culpa; porque el hombre que por amores de una muger toma conquista es impossible que no pierda la vida o que no viva con infamia. Visto por Erodes que Marco Antonio, su señor, era muerto, acordó de yrse para el Emperador Octavio; y, como se viesse en su presencia, poniendo a los pies del Emperador la corona, hizo Erodes una oración en que dixo tan dulces palabras y tan altas sentencias, que no sólo el Emperador Octavio perdonó a Erodes por aver sido su crudo enemigo, pero aun le confirmó de nuevo el reyno y le tomó para sí por muy caro amigo; porque entre los coraçones generosos muchas obras malas se remedian con pocas palabras buenas.
Si Blondo en el libro De Roma triumphante no nos engaña, Pirro, el gran rey de los epirotas, caso que en el coraçón fue muy esforçado, en las armas muy diestro, en las mercedes muy largo y en los infortunios muy sufrido, sobre todo le dan fama aver sido en las palabras muy dulce y en las respuestas muy sabio. Deste Pirro dizen ser en la eloqüencia tan estremado, que el hombre a quien Pirro una vez hablava alguna palabra quedava por tan suyo, a que dende en adelante en ausencia defendía su partido y en presencia ponía la vida y el estado. Dize el sobredicho Blondo, y callóselo Tito Livio, que los romanos (como en todo eran tan proveýdos), viendo que el rey Pirro era tan retórico, proveyeron en el Senado que ningún embaxador romano hablasse sino por tercera persona con Pirro; porque de otra manera, según él los atraýa con sus palabras, yendo por embaxadores del Imperio Romano, bolvían a Roma por procuradores de Pirro.
Caso que Marco Tulio fue senador en el Senado, y fue cónsul en el Imperio, y fue entre los ricos muy rico, y fue entre la gente de guerra muy esforçado, a la verdad ninguna destas cosas le hizo ser de immortal memoria si no fue su muy alta [500] eloqüencia. Fue Tulio sólo por la riqueza de su lengua tan estimado en Roma, a que muchas vezes orando en el Senado le oýan tres horas al día sin que persona hablasse palabra, y no lo tenga alguno esto en poco, ni se passe por ello ligero; porque es de tal calidad la malicia umana, que más fácilmente parla uno quatro horas que no terná paciencia para escuchar una.
Cuenta Antonio Sabéllico que, en tiempo de los Amílcares africanos, floreció un philósopho en la gran Carthago que avía nombre Afronio, el qual de edad de lxxxi años murió en el primero bello púnico. Este philósopho fue preguntado una vez qué era lo que sabía, y respondió que no sabía sino bien hablar. Fue preguntado otra vez que qué deprendía; respondió que no deprendía sino bien hablar. Fue preguntado la tercera vez que qué enseñava; respondió que no enseñava sino a bien hablar. Parésceme que este buen philósopho en lxxx años no dize que deprendió sino a bien hablar, no supo sino bien hablar, ni enseñó otra cosa sino bien hablar. Y a la verdad él tenía razón, porque una de las cosas que mucho adornan la vida umana es tener hombre dulce y sabrosa lengua. Qué cosa es ver a dos hombres en un consejo pareados, de los quales el uno es muy torpe en proponer y el otro es muy elegante en el hablar; y destos tales ay unos que en tres horas no nos cansamos de los escuchar, y por contrario ay otros tan pesados en el hablar, que de sólo verles mover los labrios tomamos la puerta para yrnos; porque a mi parecer no ay igual trabajo que escuchar a un hombre pesado tres credos, y por contrario no ay mayor consolación que oýr a un discreto mil años. Dezía el divino Platón en el libro De legibus que no ay cosa en que más se conozca el hombre que es en las palabras que dize; porque por las palabras que le oýmos juzgamos por bueno o por malo lo interior que no vemos. Laercio, en las Vidas de los philósophos, dize que Sócrates, el gran philósopho, estando una vez en Athenas, traxéronle a un mancebo natural de Thebas para que le recibiesse en su compañía y le doctrinasse y enseñasse en su academia, y el moço (era estrangero y vergonçoso) no osava hablar delante su maestro, al qual dixo Sócrates el philósopho: «Amigo, habla si quieres que te conozca.» Esta sentencia de Sócrates es [501] muy profunda, y ruego al que esta escritura leyere se pare un poco a pensar en ella; porque no quiere Sócrates que sea el hombre conocido por el gesto que tiene, sino por la palabra buena o mala que dize.
Caso que la eloqüencia y bien hablar en cada uno sea causa de aumentar su honra y no disminuir su hazienda, mucho más sin comparación resplandesce y es más necessaria en casa de los príncipes y grandes señores; porque los hombres que tienen oficios públicos, de necessidad han de escuchar a los naturales y hablar con los estrangeros. Hablando más claro, digo que no sólo el príncipe deve trabajar por alcançar la eloqüencia por honra de su persona, mas aun por lo que conviene a su república; ca, como el príncipe (siendo no más de uno y sea servido de todos) es impossible que tenga tanto con que pueda hazer mercedes a todos, y por esso es necessario que a unos pague con dineros y a otros sostenga con buenas palabras; porque el coraçón generoso más quiere una palabra amorosa que no una merced hecha de mala gana.
Platón, y Livio, y Erodoto, y Suplicio, y Eutropio, y Diodoro, y Plinio, y otros innumerables historiadores antiguos, nunca acaban de estimar y loar la eloqüencia de los príncipes griegos y latinos, y quan bienaventurados fueron aquellos siglos, en los quales uvo príncipes sabios. Y a la verdad ellos tienen mucha razón; porque muchos alcançaron las coronas de reyes y los sceptros del imperio no tanto por las crudas batallas que vencieron, ni menos por la alta sangre de que decendieron, quanto por la sabiduría y eloqüencia que tuvieron. Marco Aurelio Emperador fue natural de Roma, nació en el monte Celio y fue en el patrimonio pobre, en la sangre obscuro, en el favor abatido, en la parentela desechado; y (con todo esto) sólo por ser virtuosíssimo en la vida, y ser muy profundo en la doctrina, y ser muy alto en la eloqüencia, el Emperador Antonio Pío le dio por muger a Faustina, su hija; y como fuesse de muchos retraýdo porque casava a su hija con un pobre philósopho, respondió: «Más quiero tener por yerno a un pobre filósofo que no a un príncipe loco.»
Pulio, libro vii De legibus romanorum, dize que fue ley muy guardada, y dende los cónsules por costumbre en Roma [502] introduzida, que los dictadores y censores y emperadores entrassen en el Senado a lo menos una vez en la semana y allí diessen cuenta del estado en que estava la república, y oxalá fuesse guardada esta ley en el tiempo de agora; porque no ay ninguno que assí trabaje de igualar la justicia como el que piensa que le han de pedir cuenta della.
Calígula, que fue quarto Emperador de Roma, dízese dél que fue no sólo torpe y cruel en la vida, pero aun fue muy ydiota en la eloqüencia y muy corto en la plática; por manera que, entre todos los príncipes romanos, él sólo tuvo necessidad que hablassen en el Senado por él otros; y fue este malaventurado tan aborrescido, que después que con cruel y infame muerte fue muerto y por Roma arrastrado, pusiéronle en el sepulchro este título: «Aquí yaze el Emperador Calígula, el qual era indigno del Imperio por ser necio y fue privado de la vida por ser vicioso.»
No sé yo los príncipes cómo se precian de ser esforçados, de ser dispuestos, de ser corredores, de ser justadores, y no se precian de ser eloqüentes; como sea verdad que aquellas gracias sólo les aprovechan durante la vida, pero la eloqüencia aprovéchales no sólo para honrrar la vida, mas aun para después de muertos aumentar la fama; porque leemos de muchos príncipes que con sola su eloqüencia amansaron grandes sediciones en la república y junto con esto alcançaron para sí immortal memoria.
Suetonio Tranquilo, libro i De Cesaribus, dize que el muy venturoso Julio César, siendo de edad no más de xvi años, como muriesse en Roma una tía suya que se llamava Cornelia, fizo en su enterramiento una oración, en la qual (siendo de tan tierna edad) mostró su muy alta eloqüencia, y fue aquel día tan grato al pueblo, a que todos le juzgaron sería en el Imperio un muy valeroso romano. Según dize Apiano, aquel día dizen que dixo Sila estas palabras: «Lo que siento deste moço Gayo César es que en la audacia de su lengua muestra quán valerosa ha de ser su persona.»
Vean, pues, agora los príncipes y grandes señores quánto les va en saber bien hablar y ser eloqüentes; porque no vemos otra cosa cada día sino a uno que es baxo por linaje, la [503] eloqüencia lo haze alto en fortuna, y a otro que es único entre los generosos es el primero entre los abatidos. No ha sido otro mi fin de escrevir todas las cosas sobredichas, sino amonestar, persuadir y rogar a todos los príncipes y grandes señores a que desde niños muy niños pongan con hombres muy sabios a sus hijos, y esto a fin que les enseñen no sólo cómo han de vivir, mas cómo han de hablar; porque en las personas de alto estado es suprema infamia hazer o intentar de hazer una cosa, y no saben después dar razón della.
Polidoro en el iii de sus Comentarios dize que quando los lacedemonios fueron desbaratados por los athenienses en la rota Milina (y llámase Milina porque fue la batalla a la ribera del río Milín), los lacedemonios embiaron a un philósopho llamado Heuxino a tratar las pazes con los athenienses, y como este philósopho fuesse grandíssimo eloqüente, hizo una oración tan alta en el Senado de Athenas, en que no sólo alcançó la paz que desseava su tierra, pero aun para sí alcançó eterna fama. Quando el philósopho Heuxino uvo de bolverse de Athenas a su tierra, diéronle los athenienses esta carta en que dezía. [504]


Capítulo XXVI

De una carta que escrivieron los athenienses a los lacedemonios.

El Senado, y pueblo, y sabios de Athenas; al Senado, y pueblo, y sabios de los lacedemonios; salud a las personas y paz a la república vos dessea. A los dioses inmortales ponemos por testigos que en la batalla passada no menos pesar tuvimos por veros vencidos que por otra parte tomamos plazer por vernos vencedores; porque al fin al fin son tan grandes los daños de las crudas guerras, que es a los vencidos el daño cierto y a los vencedores es el provecho dudoso. Bien quisiéramos que antes de agora esto quisiérades, y lo que agora pedís antes lo pidiérades; pero ¿qué haremos, si en los vuestros y en los nuestros tristes hados estava que vosotros en esta guerra os oviéssedes de perder y de vuestra perdición no nos pudiéssemos nosotros aprovechar?; porque es regla infalible que todo lo que los dioses tienen ordenado, ni juyzio humano lo puede emendar, ni menos potencia humana lo puede empedir. Pedís que cesse la guerra y que por tres meses pongamos tregua, y durante este tiempo se trate de concordia. A esto respondemos que el Senado de Athenas no tiene costumbre de otorgar tregua para después tornar a la guerra; porque tenemos por ley muy antigua los athenienses que liberalmente acetamos la guerra cruda y liberalmente otorgamos la paz perpetua. Nosotros en nuestras academias trabajamos de tener sabios en el tiempo de la paz para aprovecharnos de sus consejos en el tiempo de la guerra; y éstos nos aconsejan que jamás emprendamos tregua con condición sospechosa, y a la verdad ellos nos aconsejan verdad; porque muy más [505] peligrosa es la paz fingida que no la guerra manifiesta. El filósofo Heuxino, vuestro embaxador, nos ha hablado tan alta y tan eloqüentemente en este Senado, a que nos parece que negarle alguna cosa de lo que pide sería muy injusto; porque muy más honesto es otorgar la paz al que la pide por palabra que no al que la pide con la lança. Sea, pues, el caso que el Senado, y los sabios, y el pueblo de Athenas al Senado y a los sabios y al pueblo de los lacedemonios de todo coraçón alça dellos la guerra y concédeles la paz perpetua, y esto se haze porque sepa todo el mundo que Athenas es tan animosa para los atrevidos, y es tan amiga de los sabios, que sabe castigar a los capitanes locos y se dexa mandar de philósophos cuerdos. Ya sabéys cómo toda nuestra guerra no ha sido sino sobre la possessión de las riparias ciudades del río de Milina. Por esta letra dezimos, y por los immortales dioses juramos, que nosotros en vosotros renunciamos todo nuestro derecho sólo porque nos dexéys a Heuxino, vuestro embaxador y philósopho; porque la felice Athenas más quiere a un philósopho para su academia que a toda una provincia para su república. Y vosotros, los lacedemonios, no tengáys a liviandad lo que hazemos los athenienses, conviene a saber: que trocamos el señorío de mandar a muchos y queremos dexarnos mandar de uno solo, que esto fazemos porque este philósopho enseñarnos ha a bien vivir y aquella tierra dávanos ocasión de mal morir. Y, pues ya de enemigos tan antiguos nos declaramos por vuestros amigos verdaderos, no sólo queremos alçaros la guerra y embiaros la paz perpetua, pero aun queremos daros un consejo para conservarla; porque de mayor excellencia es la medicina que conserva la salud que no la purga que alança la enfermedad. Sea, pues, el consejo éste, en que assí como veláys que los moços exerciten las armas, assí os desveléys en que los niños deprendan con tiempo las letras; porque assí como con las crudas lanças se prosigue la guerra, assí con las dulces palabras se alcança la paz. No penséys vosotros, los lacedemonios, que sin causa os persuadimos a que pongáys a las letras desde niños a vuestros hijos, y no los dexéys primero crecer y emboscarse en los vicios; porque de faltar a los unos sabios para sus consejos y de sobrar a los otros ociosos [506] en los pueblos, se levantan las guerras para matarse unos a otros. No queremos tampoco que vosotros los lacedemonios penséys que nosotros somos amigos de hombres verbosos y parleros, ca nuestro padre Sócrates ordenó que la primera lición que se diesse al discípulo en su academia fuesse que por ninguna manera en dos años osasse hablar alguna palabra; porque es impossible que sea alguno prudente en el hablar si no es muy sufrido en el callar. Parécenos, si vos paresciesse, que Heuxino el philósopho se devría quedar en este nuestro Senado, y pensad que si nosotros de su presencia esperamos provecho, sed muy ciertos que vosotros de los consejos que nos dará no sacaréys daño; porque es ley muy antigua en Athenas, que no pueda el Senado emprender guerra sin que primero por los philósophos si es justa o injusta sea examinada. No más, sino que a los dioses immortales (assí vuestros como nuestros) pedimos sean en vuestra y en nuestra guarda, y a ellos plega de conservarnos en esta paz perpetua; porque sólo aquello será perpetuo que por voluntad de los dioses fuere confirmado. Valete iterumque valete. [507]


Capítulo XXVII

Que las amas que crían a los hijos de los príncipes y grandes señores, si fuesse possible, devrían ser mugeres sabias; y de cómo los romanos tenían en Roma escuela para deprender todas las lenguas; y de cómo un embaxador de Grecia dixo a otro embaxador de Roma que sabían más las mugeres de Grecia que no los capitanes de Roma; y de cómo sobre este caso disputaron xx mugeres de los romanos con otras xx mugeres de los griegos.

Los peregrinos que caminan por tierras ignotas y montañas estrañas con desseo de acertar y recelo de no errar no sólo se informan del camino por do han de yr, pero aun importunan que con el dedo se lo quieran mostrar; porque es cosa muy enojosa andar el camino con sospecha. Por esta comparación quiero dezir que, pues tanto he persuadido a que los padres enseñen a bien hablar a sus hijos, razón es que para esto les busque algunos buenos medios; porque no tiene auctoridad el consejo quando el que le da no da medio para executarlo. Mucho haze al caso ser el hombre de buen natural o ser de mal natural, tener el juyzio torpe o tener el juyzio vivo, y esto no sólo para lo que el hombre ha de hazer, mas aun para lo que ha de hablar; porque no es pequeño sino muy grande beneficio tener el hombre el juyzio claro. Esto no obstante, digo que no todos los agudos son eloqüentes, ni todos los eloqüentes son agudos; porque vemos a muchos hombres tener qué dezir y junto con esto no saberlo dezir, y por contrario vemos otros saber qué dezir y no tener qué dezir, por manera que naturaleza les dio juyzio alto y por pereza quedaron de estilo baxo. [508]
Muchas vezes me maravillo ver por una parte que el anima del niño quando nasce no es de menor excelencia que el ánima del viejo quando muere, y por otra parte el niño tiene tan tiernos los miembros con que el ánima haze sus operaciones, en que parecen tener poco de criaturas racionales; porque do el ánima no se muestra señora en muy poco está el hombre quedarse por bestia. Cosa es assaz de maravillar cómo los niños, quando passan ya de dos años, en qué manera alçan los pies para querer andar, arrímanse a las paredes para se tener, abren los ojos para querer conocer, forman unas bozes confusas como que quieren hablar; de manera que en aquella edad una criatura no es más que un árbol en la primavera; porque el árbol, passados dos meses del año, luego echa hojas; y el niño, passados dos años de infancia, luego forma palabras. Esto se dize a causa que a los padres que son cuerdos no se les haga tenprano en tan tierna edad comiencen a deprender a bien hablar sus hijos, ca en los árboles en este tiempo ponen los enxertos, y assimismo en este tiempo doman y imponen los cavallos; porque son tantos los peligros desta vida, que si fuesse possible antes que a un niño sus padres le viessen nacer, le avían de amonestar cómo en el mundo avía de vivir.
A mi parecer, assí como desde muy lexos se descamina el agua para hazer el salto al molino, assí desde muy pequeño se ha de encaminar el niño para que sea eloqüente y retórico; porque a la verdad el alto estilo del hablar o le deprende el hombre desde el vientre que nació o desde los pechos que mamó. No podemos negar que los niños, no teniendo edad más de dos o tres años, no sea muy temprano para darles ayos y maestros; porque en tal edad más faze al caso una ama que le alimpie, que no un maestro que le açote. Por una parte son los niños muy tiernos para deprender a bien hablar, y por otra es necessario que desde muy niños lo ayan de aprender. Sería yo en voto que las princesas y grandes señoras tomassen tales amas para sus hijos, que fuessen sanas para darles a mamar, fuessen prudentes para enseñarles a hablar; porque no se sufre en tan tierna edad sino la que le dio a mamar sus tetas le enseñe a dezir las primeras palabras. [509]
Según dize Sexto Cheronense, libro De diversitate linguarum, los hetruscos fueron los primeros que a la lengua natural de la tierra la llamaron lengua materna, que quiere dezir lengua de nuestra madre, y esto a fin que la deprendimos de la madre que nos parió o de la ama que nos crió. Y en este caso no tiene menos fuerça de madre la una que la otra; porque los niños, antes que conozcan a la madre que los parió llaman madre a la que los cría. Dize Plutharco, libro segundo De regimine principum, que una de las grandes grandezas que tuvieron los romanos en su policía fue que de todos los lenguajes y maneras que avían de hablar en toda la tierra tenían collegios, academias y escuelas en Roma, de manera que por bárbaro que fuesse uno que entrasse en Roma, luego hallava quien le entendiesse su lengua. Usavan los romanos desta cautela y curiosidad a fin que quando Roma embiava embaxadores a tierras estrañas, o de tierras estrañas venían a Roma, querían que los intérpretes o farautes fuessen de su nación propria y no de lengua o de nación estrangera. A la verdad tenían los romanos en esto razón; porque los negocios de gran importancia muy mal se negocian por lengua estrangera.
Muchos se maravillarán de leer o oýr esto que digo, conviene a saber: que las mugeres que crían a los fijos de los príncipes sean mugeres eloqüentes, y cierto el que desto se espanta ha visto poco y deve aver leýdo menos; porque no sé quál fue mayor: la gloria que tuvieron los antiguos por gozar de excellentes mugeres, o la infamia de los presentes en sufrir mugeres tan desonestas. No quiero negar que quando llegué a este passo estuvo en muy gran perplexidad mi espíritu, por ver en esta mi escriptura de qué mugeres escreviría primero mi pluma, conviene a saber: las innocencias y dissoluciones de las mugeres que he visto, o las proezas y virtudes de las mugeres que he leýdo. Finalmente, he acordado tratar del trigo limpio y provechoso, y dexar la paja podrida en el suelo; porque la lengua generosa ha de pregonar las bondades de las buenas para que todos las sepan, y por contrario las flaquezas de las malas hanse de sepultar aun para que no se presuman. Los hombres que son cuerdos y no locos, son generosos y no viles, son sabios y no necios; tratando con mugeres son [510] obligados a servirlas, a visitarlas, a consolarlas, a defenderlas y a esforçarlas, pero no tienen licencia por ninguna manera de infamarlas; porque el hombre que pone la lengua en muger flaca no es más que echar mano a la espada para matar una mosca.
Tornando al propósito, no deven las princesas y grandes señoras dexar de enseñar todo lo que pueden enseñar a sus hijas; y no se deven engañar diziendo que por ser mugeres para las sciencias son inábiles, ca no es regla general que todos los niños son de juyzio claro y todas las niñas son de entendimiento obscuro; porque si ellos y ellas deprendiessen a la par, yo creo que avría tantas mugeres sabias como ay hombres necios. Caso que de muchas y muy excellentes mugeres ayan gozado todos los de los siglos passados, ninguna nación las tuvo tales como fueron los griegos; porque si los romanos fueron gloriosos por las armas, los griegos fueron de inmortal memoria por las letras. No quiero negar que en la policía de Roma no se uviessen criado mugeres de mucha sciencia, sino que ésta era la diferencia de las unas a las otras: en que las mugeres grecianas fueron en la philosophía muy doctíssimas y las mugeres romanas en retórica y poesía fueron muy sabias, y de aquí vino que en Athenas se preciavan de saber muy bien enseñar y en Roma se jactavan de saber muy bien hablar.
Euphornio, libro iiii De gestis rodorum, dize que en el año del tercero consulado de Lelio Sila, acaso un embaxador de Roma y otro embaxador de Grecia uvieron malas palabras dentro en el Senado de los rodos, en que dixo el embaxador griego al embaxador romano: «Vosotros, los romanos, es verdad que soys venturosos en las armas, pero junto con esto soys muy inábiles en las sciencias; porque a la verdad más saben las mugeres de Grecia que no los hombres de Roma.» Fueron estas palabras tan sentidas en el Senado de Roma de que se supo la nueva, que aýna se levantara entre Roma y Grecia tan gran guerra sobre esta palabra como se levantó entre Carthago y Roma sobre la possessión de Sicilia. Y no se maraville desto ninguno, que al fin más guerras vemos levantarse por vengar palabras injuriosas que no por cobrar haziendas perdidas. [511] Estando, pues, para romper los griegos y los romanos, atravessáronse de por medio los rodos, y concertáronlos desta manera, en que assí como aquella injuria se avía de vengar con armas, la vengassen las mugeres en disputas, y a la verdad los romanos fueron bien aconsejados; porque mayor afrenta era a los griegos ser vencidos de las lenguas de las mugeres, que no con las lanças de los hombres. Fue, pues, el caso que sobre concierto juntáronse en el Senado de Rodas xx mugeres romanas y otras xx mugeres grecianas, y todas éstas mugeres doctíssimas, las quales leyeron en sus cáthedras cada sendas leciones, y después disputaron unas con otras de muchas y diversas cosas. Finalmente diferenciáronse en que las grecianas dixeron cosas muy altas por estilo no muy subido, y las romanas dixeron cosas no muy profundas por estilo muy excellente. No nos devemos desto maravillar que aconteciesse en aquellas excellentes mugeres, pues acontece cada día en los hombres; porque profunda sciencia y alta eloqüencia pocas vezes concurren en una persona. Quedaron muy satisfechos los griegos en oýr a las romanas, y lo mismo quedaron los romanos de lo que oyeron a las mugeres griegas. Y sobre este caso sentenciaron los rodos desta manera: en que todas las veynte mugeres fuessen laureadas como vencedoras, y que las grecianas quedassen por graves en las sentencias y las romanas por muy eloqüentes en las palabras.
Según dize el sobredicho Euphornio, passada esta disputa fueron aquellas mugeres las unas a Roma y las otras a Grecia, do fueron recebidas no con menor triunfo y gloria que si uvieran vencido una batalla. El Senado de los rodos por memoria de aquellas xx mugeres en el mismo lugar do fue la disputa puso xx muy poderosas colunas, y allí el nombre de cada una de las mugeres. Y fue éste un tan sumptuoso edificio, que no avía en Rodas otro tal después de su gran Coliseo, y duraron estas colunas hasta el tiempo de Helio Gávalo Emperador, el qual fue tan malo que inventava vicios nuevos y destruýa los edificios antiguos. Los escritores que en este caso escrivieron aún ponen otra cosa en que las unas mugeres fueron diferentes de las otras, conviene a saber: que las mugeres griegas fueron más fermosas que no las romanas, [512] pero las romanas eran más ataviadas y conpuestas que no las griegas. Dizen assimismo que las mugeres grecianas fueron más esforçadas que no las romanas, pero las romanas fueron muy más honestas que no las grecianas; y, si esto es assí, yo aconsejo a las princesas y altas señoras que tengan más embidia a la honestidad de las matronas de Roma que no al esfuerço de las mugeres de Grecia; porque la muger no nació para pelear y matar hombres en la guerra, sino para hilar y amassar y vivir bien en su casa. [513]


Capítulo XXVIII

Cómo las mugeres no menos podían ser sabias que lo son los hombres, y que, si no lo son, no es por falta de naturaleza, sino por sobra de pereza; y que antiguamente las mugeres eran muy sabias; y que por esto oy las princesas y grandes señoras no son sabias; porque el tiempo que espendían las antiguas en los libros espenden ellas en regalos. Prueva esto el auctor por muchas historias dignas de ser leýdas, en especial de las generosas señoras.

Dexando de hablar en general, razón es hablemos agora en particular y trayamos de las antiguas historias a la memoria algunas mugeres sabias, assí de Roma como de Grecia, y por lo que fueron aquéllas en el tiempo passado verán a qué son obligadas las señoras del tiempo presente. A mi parecer, la obligación que tienen los hombres de imitar el esfuerço de los antiguos para pelear, aquélla tienen las mugeres de imitar a las mugeres antiguas para bien vivir; porque no ay cosa oy tan estremada en el mundo que no se halle della exemplo en el tiempo passado. Quando acontesce algún caso rezio y inopinado suelen dezir los hombres que nunca tal acontesció en el mundo, y a la verdad ellos no dizen la verdad, ca si el caso es a ellos nuevo es porque de simples no le han buscado ni leýdo, pero no porque no aya acontecido y que qualquiera hombre doto luego no muestre otro semejante por escrito; porque ésta es la excellencia que tiene el hombre muy leýdo, que de ninguna cosa que oya ni vea toma espanto. Como agora las mugeres son tan ignorantes, en que apenas qual o qual dellas sabe leer, espantarse ha el que esto [514] leyere cómo las persuado a que ayan de aprender; pero, sabida la verdad de quáles fueron y qué es lo que supieron las mugeres antiguas, desde agora adevino que maldizirán y reprehenderán a las mugeres presentes; porque el tiempo que aquéllas espendían en los estudios, éstas le emplean agora en los regalos.
Bocacio, libro De laudibus mulierum, dize que Lelio Sila fue gran competidor del cónsul Mario desde la guerra de Jugurta; no menos fue gran émulo de Gayo César desde el primero bello civil; y que yo escriva algunas cosas de la vida de Sila no ay necessidad que se ocupe mi pluma, porque los historiadores todos no sólo le afean las crueldades que fizo con sus enemigos, pero aun le afean la poca fe que guardó a sus fieles amigos. Tuvo este cónsul Sila tres fijas, la una de las quales avía nombre Lelia Sabina, y ésta era entre sus hermanas la menos fermosa, pero era entre todas las romanas la más sabia; porque públicamente dentro de Roma de griego y de latín leýa una cáthedra. Después de la guerra de Mitrídates vínose Lelio Sila a Roma, y allí degolló a tres mil romanos, los quales le avían salido al camino a besar las manos y sobre su palabra estavan seguros, y a la verdad (y aun con razón) sobre aquel fecho Lelio Sila para siempre fuera perdido si ésta su hija no fiziera una muy elegante oración en el Senado; porque muchas vezes acontece que la cordura de los fijos buenos remedia los desatinos de los padres locos. Dizen los historiadores que esta Lelia Sabina no sólo tenía mucha gracia en el leer, pero aun tenía gran elegancia en el escrevir, ca escrevía muchas cartas y oraciones de su mano; y su padre Sila deprendíalas de coro, y después (como era agudo) sabíalas él a su propósito recitar en el Senado. Y desto no se espante alguno; porque ay unos de tan torpe juyzio, que aun lo que estudian y escriven no saben dezir, y ay otros tan vivos que sólo de lo que oyen es maravilla oýrlos hablar. De tener Sila tal y tan excellente hija en su casa fue él tenido en Roma por muy cuerdo en el aconsejar, por muy determinado en el acometer, por muy rezio en el competir y por muy elegante en el hablar; finalmente, de aquí vino a Roma aquel antiguo proverbio silano que dezía: «Lucio Sila manda a los naturales con la lengua y es señor de los estrangeros con la lança.» [515]
Quién aya sido el gran Platón y quánta autoridad aya tenido entre los suyos y entre los estraños parece muy claro en que le confiessan ser príncipe de los filósofos todos los griegos y a bozes le llaman divino Platón todos los latinos. Y no me parece que en esto injuriavan a algún filósofo; porque Platón, si en el vivir fue de gentil su vida, a lo menos en el escrevir trascendió la capacidad humana. Un historiador griego llamado Hiarcus cuenta que Lasterma y Axiothea fueron dos mugeres griegas muy doctíssimas, y entre los discípulos de Platón muy nombradas; y fue la una de tan profunda memoria y la otra de tan alto entendimiento, a que muchas vezes, estando Platón en la cáthedra, no quería començar a leer, y, preguntado por los grandes filósofos por qué no leýa, dizen que dezía estas palabras: «No quiero leer porque falta el entendimiento que lo ha de entender (y esto dezía Platón porque no estava allí Lasterma), y falta la memoria que lo ha de conservar (y esto dezía Platón porque no estava allí Axiothea).» Gran cosa devía ser la sabiduría de aquellas dos mugeres, pues Platón con toda su gravedad no quería leer palabra si ambas a dos o alguna dellas no estavan en la escuela; porque en más tenía el divino Platón la memoria y entendimiento de aquellas mugeres solas que no la filosofía de todos sus filósofos juntos.
Aristipo, filósofo, fue discípulo de Sócrates y uno de los más nombrados filósofos de Athenas, y éste tuvo una hija que se llamava Aretha, la qual era tan dota en las letras griegas y latinas, que era fama en toda la Grecia el ánima de Sócrates averse passado en ella; y la causa que les movía a dezir esto era porque la doctrina de Sócrates assí la leýa y declarava, que más parecía averla ella escrito que no aprendido. Bocacio, libro ii De laudibus mulierum, dize que esta excellente muger Aretha no sólo deprendió para sí, pero aun enseñava a otros; y no sólo enseñó, pero aun escrivió muchos libros; en especial escrivió uno de las alabanças de Sócrates, otro de la manera de criar a los niños, otro de las batallas de Athenas, otro de la fuerça tiránica, otro de la república de Sócrates, otro de las infelicidades de las mugeres, otro de la agricultura de los antiguos, otro de las maravillas del monte Olimpo, otro del [516] vano cuydado de la sepultura, otro de la providencia de las hormigas, otro del artificio de las abejas; y escrivió otros dos, uno de las vanidades de la mocedad y otro de las calamidades de la vejez. Leyó públicamente esta muger philosophía natural y moral en las academias de Athenas por espacio de xxxv años, compuso quarenta libros, tuvo ciento y diez philósophos por discípulos, murió en edad de setenta y siete años; y los atenienses pusieron sobre su sepultura estos versos: «Aquí yaze Areta, la gran greciana, lumbre que fue de toda la Grecia, la qual tuvo la fermosura de Elena, la honestidad de Thirma, la péñola de Aristipo, el ánima de Sócrates y la lengua de Omero.»
Según dize Marco Varrón, las setas de los antiguos filósofos fueron más de setenta, pero al fin redúzense todas ellas a siete; y, destas siete, las tres son más principales, conviene a saber: estoicos, peripathéticos y pithagóricos; y destos pithagóricos fue el príncipe Pithágoras. Hiarchus, y Annio Rústico, y Laercio, y Eusebio, y Bocacio dizen una cosa, a la qual yo no diera mucha fe si por tan graves auctores no fuera escripta, conviene a saber: que este philósopho Pithágoras tuvo una hermana no sólo docta, pero si fas est dicere doctíssima; y esto no es nada, sino que dizen que no ella de Pithágoras, sino Pithágoras della deprendía philosophía. Y a la verdad espántame tanto este caso, que no sé yo a quién podía tener esta muger por maestro, pues tuvo al gran philósopho Pithágoras por discípulo. El nombre desta muger era Theoclea, y a ésta su hermana escrivió Pithágoras una epístola, leyendo que leýa en Rodas philosophía, y ella estava a la sazón en Samothracia, y la epístola es ésta. [517]


Capítulo XXIX

De una carta que escrivió Pitágoras a una hermana suya.

Pithágoras, tu hermano y discípulo, a ti, Theoclea, su hermana, salud y aumento de sabiduría te dessea. El libro que me embiaste de fortuna y infortunio he leýdo desde el principio hasta el cabo, y agora conozco, hermana mía, que no eres menos grave en el componer que graciosa en el enseñar, lo qual acontece pocas vezes en nosotros, los hombres (quánto más en las mugeres); porque el filósofo Aristipo fue torpe en el hablar y profundo en el escrevir, y Amenides fue corto en el escrevir y eloqüente en el hablar. Haste dado tan buena maña en estudiar y en escrevir, que en las sentencias que pones pareces haber leýdo a todos los filósofos y en las antigüedades que cuentas parece que has visto a todos los siglos passados, en lo qual te muestras (como seas muger) ser en esto más que muger; porque el natural de las mugeres es emplear los ojos en sólo lo presente y poner en olvido todo lo passado. Hanme dicho que te ocupas agora en escrevir las guerras de nuestra patria, y a la verdad en este caso no puedo dezirte otra cosa sino que tienes para escrevir harta materia; porque han sido tantas las guerras y trabajos de nuestros tiempos, que yo quisiera más leerlas en los libros que no verlas con los ojos. E si assí es (como creo que assí es), mucho te ruego y por los inmortales dioses te conjuro que para escrevir las cosas de tu patria tengas muy cortada la péñola. Quiero dezir que no borres tu escriptura poniendo en ella alguna lisonja o mentira; porque muchas vezes los historiadores por loar o desculpar a sinrazón las cosas de su patria, con razón les [518] tienen por sospechosa a su escriptura. Ya sabes cómo en la batalla passada los rodos fueron vencidos y los nuestros quedaron vencedores; y paréceme en este caso que no deves sublimar mucho a los nuestros, porque al fin peleavan por vengar su injuria; ni deves abatir mucho a los rodos, porque ellos no peleavan sino por ayudar a Roma. Digo esto, hermana mía, porque para defender las cosas proprias las mugeres se tornan leones y para defender las agenas los coraçones de los hombres se tornan gallinas, que al fin al fin aquél sólo se puede llamar fuerte no el que defiende su casa propria, sino el que muere en demanda agena. No quiero negar el amor natural de mi patria, ni quiero negar que no amo a los que escriven y dizen bien della, pero no me parece bien que lo mucho y muy bueno que ay en tierras estrañas callen, y lo poco y aun no muy bueno de sus tierras proprias blasonen; porque no ay oy en el mundo reyno tan estéril que no aya en él qué loar, ni ay gente ni nación tan perfecta, que no aya en ella qué reprehender. Tú no me puedes negar que entre los tres hermanos que somos soy el hermano mayor, y yo no te puedo negar que entre tus discípulos soy el discípulo menor, y pues yo por ser tu discípulo te tengo de obedescer, no menos por ser yo tu hermano mayor me has de creer. En fe desta creencia te aviso, hermana mía, trabajes mucho en ser cuerda en tus palabras, recatada en tu vida, honesta en tu persona, verdadera en tu escriptura; porque te hago saber que, si el cuerpo del hombre sin ánima poco vale, yo juro que la boca del hombre sin verdad vale menos. Vale, felix etc. [519]


Capítulo XXX

Do el auctor prosigue su intento, persuadiendo a las princesas y grandes señoras trabajen por ser sabias como lo fueron las mugeres antiguas, lo qual prueba con muy notables hystorias.

Ésta, pues, fue la epístola que Pithágoras embió a su hermana Theoclea, por la qual se demuestra la profunda umildad dél y la alta eloqüencia della. Hiartus el griego, y aun Plutharco en el libro De regimiento de príncipes, dizen que Pithágoras tuvo no sólo a la hermana Theoclea, de la qual él aprendió tanta filosophía, mas aun tuvo una hija, la sabiduría de la qual sobrepujó a la tía y igualó con el padre. No menos paresce cosa increíble lo que dizen de la fija que lo que dizen de la tía, conviene a saber: que más holgavan en Athenas de oýrla a ella hablar en su casa, que no oýr a Pithágoras en la Academia. Y esto dévese creer por dezirlo auctores tan graves lo uno, y por ver lo que vemos cada día lo otro; porque al fin más vale un hombre el qual, si hablando de burlas en las burlas es gracioso, que no otro hombre, si hablando de veras, en las veras es pesado.
En muchas escrituras he hallado hablar de Pitágoras y de su hija, pero ninguno dize el nombre della, mas de quanto en una epístola de Fálaris el tirano hallé escrita esta palabra en que dize:
«Políchrata, fija que fue del filósofo Pitágoras, fue moça y muy sabia, y fue más hermosa que no rica, y fue tan acatada por la limpieza de su vida, y fue tan estimada por su alta eloqüencia, que valía más la palabra que ella [520] dezía hablando a la rueca, que no la philosophía que su padre leýa en la Academia. (Y dezía más.) No es pequeña lástima de verlo, y más lástima es de oýrlo, en que agora son las mugeres tan desonestas en el vivir y son tan maliciosas en el hablar, a que yo tengo más enbidia a la fama de una muger antigua que a la vida de todas las mugeres presentes; porque más vale una buena muger con una rueca hilando que no cien reynas malas con sus sceptros reynando.»
Por estas palabras que dize Phálaris el tyrano en su carta paresce que aquella hija de Pithágoras se llamava Políchrata. Avía, pues, Pithágoras compuesto muchos comentarios, assí suyos como agenos, tenía gran número de libros; y, como estuviesse en Metaponto, do finalmente murió, a la hora de la muerte mandó llamar a su hija Políchrata, y díxole estas palabras:
«Ya vees, hija Políchrata, cómo es llegada la hora en que se acaba mi vida. Diéronme los dioses el ser, y agora me lo quitan; diome naturaleza el nacer, y agora me da el morir; diome el cuerpo la tierra, y agora le tornará ceniza; diéronme los tristes hados pocos bienes, los quales fueron mezclados con muchos trabajos, de manera, hija mía, que de todo lo que tenía en este mundo ninguna cosa queda comigo; porque teniendo como lo tenía todo emprestado, agora que muero cada uno lleva lo que es suyo. Yo muero con alegría no porque quedas rica, sino porque quedas bien doctrinada, y en señal que te amo mucho mándote todos mis libros, en los quales hallarás el thesoro de mis trabajos, y séte dezir que lo que te mando es hazienda ganada con mi sudor proprio y no adquirida en perjuyzio ageno. Por el amor que te tengo, fija, te ruego, y por los immortales dioses te conjuro, que seas tal y tan buena, que, si los hados me quitaren la vida, a lo menos tú sustentes mi memoria; porque ya sabes tú lo que dixo Omero hablando de Achiles y de Pirro: que la buena vida del hijo vivo sustenta la fama del padre muerto.» [521]
Esto es lo que aquel filósofo dixo a su hija a la hora de la muerte, y, si no son éstas las palabras, a lo menos por otras palabras quiso dezir estas sentencias.
Según dize el poeta mantuano, el rey Evandro fue padre del gigante Pallas, y fue muy amigo del rey Eneas, y jáctavase descender del linaje de los troyanos; y a esta causa, en el tiempo que el rey Eneas y el príncipe Turno traýan entre sí grandes guerras sobre quién casaría con la princesa Lavinia, la qual a la sazón era eredera de Italia, el rey Evandro ayudó a Eneas no sólo con la hazienda, mas aun embiándole a su proprio hijo en persona; porque los amigos por sus verdaderos amigos por voluntad han de derramar la sangre y sin demandarla han de gastar la hazienda. Este rey Evandro tuvo una muger tan docta, que paresce fábula dezir lo que dizen los griegos della, conviene a saber: de su eloqüencia y sabiduría, ca no faltó escriptor que se atrevió a dezir que si lo que escrivió esta muger de las guerras de Troya no fuera por embidia echado en el huego, el nombre de Omero quedara obscuro. La razón desto es porque esta muger fue en el tiempo de la destrución de Troya, y escrivió lo que escrivió como testigo de vista; pero Omero escrivió después de la destrución de Troya como afectado al príncipe Achiles, y como amigo de los griegos y enemigo de los troyanos; y a la verdad, quando el escritor se afectiona a escrivir de una persona, no es menos sino que ha de echar algún borrón en su escritura. Llámavase esta muger del rey Evandro Nicóstrata, aunque otros la llaman Carmenta, y esto por la gran eloqüencia que tuvo en el carmen y verso; porque dizen que tanta facilidad tenía ella en el metro como otros en la prosa. Los historiadores gentiles dizen que fue profetissa, en que profetizó la destrución de Troya xv años antes que fuesse; y dixo la venida de Eneas en Italia; y dixo las guerras que avrían sobre el casamiento de Aurio Lavinia; y dixo cómo Ascanio, fijo de Eneas, edificaría a Alba Longa; y dixo que de los reyes latinos decenderían los romanos; y dixo que mayor sería la vengança que tomaría Roma de Grecia que no la que Grecia tomó de Troya; y dixo que la mayor guerra que ternía Roma sería con los príncipes de África; finalmente dixo que Roma triunfaría de todos los [522] reynos de la tierra y al cabo de Roma triunfaría para siempre una gente incógnita. Según dize Eusebio Cesariense, estas escripturas tenían guardadas los romanos en el alto Capitolio como la religión christiana tiene al Sanctíssimo Sacramento.
El rey Darío, después que fue en la primera batalla vencido por Alexandro, antes que fuesse en la segunda batalla totalmente destruydo, trabajó y buscó muchos modos y maneras para que él y Alexandro fuessen amigos. Y a la verdad el rey Darío fue cuerdo en lo intentar y fue muy desdichado en no lo alcançar; porque más vale en los príncipes una paz honesta que no una victoria ensangrentada. Pusiéronse treguas de tres meses entre estos dos tan valerosos príncipes, y durante este tiempo los sacerdotes de los caldeos que tratavan las pazes dieron por medio que el Magno Alexandro se casasse con una hija del rey Darío y que Darío dotasse a su hija de mucha plata y oro, y que la mejorasse en la tercera parte del Imperio. Y a la verdad el medio que se tomava era muy bueno; porque entre los príncipes no ay cosa con que más aýna se atajan los enojos viejos que es con tomar entre sí parentescos nuevos. Escusóse, pues, deste casamiento el Magno Alexandro, diziendo que él no tenía edad más de xxiii años y que era muy moço aún para ser casado; porque era ley entre los macedonios que no se pudiesse casar la muger hasta los xxv y los hombres hasta los xxx años. La hija del rey Darío era hermosa, era rica, era generosa; pero faltávale lo mejor, ca no era sabia, y ésta fue la causa por que el Magno Alexandro no se casó con ella; porque en aquellos tiempos no se casavan las mugeres por ricas sino por sabias, y finalmente la muger que mejor avía estudiado aquélla alcançava más alto casamiento. Dize Annio Rústico y Quinto Severo que el Magno Alexandro, menospreciando la fija de Darío, después se casó con una muger que avía nombre Barsina, la qual era pobre y no muy hermosa, pero en las letras griegas y latinas era muy doctíssima. Y como los príncipes de Macedonia le retraxessen por qué menospreciando la rica se casó con la pobre, respondió: «Mirad, amigos, en los casamientos harto abasta que el marido sea rico y la muger que tomare sea sabia; porque el oficio del marido es ganar lo perdido y el oficio de la muger es conservar lo ganado.» [523]
Strabo, De situ orbis, dize que la quinta reyna de los lidos fue Mirthis, la qual en el cuerpo fue tan pequeña que parecía enana, y en el ánimo y sabiduría era tan alta que la llamavan la Gigantea; porque al hombre que tiene gran ánimo y pequeño cuerpo justamente le llaman gigante, y al hombre que tiene poco ánimo y tiene gran cuerpo de razón le han de llamar enano. Esta excellente reyna Mirthis, por aver sido muger cuerda quando casada, y aver sido muy honesta quando biuda, y sobre todo aver sido muy docta en la philosophía, los lidos, entre vii reyes que se jactan aver tenido muy gloriosos, a esta reyna Mirthis ponen en el cuento dellos; porque los antiguos tanta gloria davan a las mugeres doctas en las letras como davan a los hombres que eran diestros en las armas.
El poeta Cornificio, según dize Laercio, tuvo una hermana que se llamava Cornificia, la qual en las letras griegas y latinas no sólo fue docta, pero aun en componer metros y epigramas fue muy doctíssima. Cuentan desta muger lo que cuentan de pocos hombres, conviene a saber: que componía ella mejores versos y epigramas de súbito que no su hermano de espacio. Y esto no es muy increýble para que pongamos duda en ello; porque más presteza tiene la péñola de un juyzio vivo que no la lengua de un entendimiento flaco. Este poeta Cornificio residió en Roma mucho tiempo y fue siempre pobre y desfavorecido, aunque a la verdad él era muy más docto que otros, los quales estavan más favorecidos. Y esto cada día acontece en las cortes de los príncipes; porque allí no está la privança en que sean ydiotas o sabios, sino en que ayan ventura de ser a los príncipes aceptos. Dezía Aristóteles: «Ubi multum de intellectu, ibi parum de fortuna», en que quería sentir que los hombres que son de memoria y de entendimiento más ricos, aquéllos son de los bienes deste mundo más pobres.
Andando, pues, el poeta Cornificio por Roma muy pobre y muy desfavorescido, acaso por motejarle díxole un romano llamado Calphurnio: «Dime, Cornificio, ¿haste visto después que naciste algún día bienaventurado? Porque en xxv años que te conozco jamás te vi favorecido, y, si no me engaño, ha xv años que te conozco esse sayo.» Respondióle el pobre poeta [524] Cornificio: «Hágote saber, amigo, que no sé quál es mayor: la gran desaventura tuya o la mucha felicidad mía.» Tornóle a replicar el romano Calphurnio: «Dime, Cornificio, ¿cómo tú te puedes llamar bienaventurado, pues no tienes un pan que comer ni un sayo que vestir, y cómo dizes ser yo malaventurado, pues con sólo lo que sobra en mi casa te hartarías tú y toda tu familia?» A esto respondió el poeta Cornificio: «Quiero que sepas, amigo y vezino mío Calphurnio, que mi bienaventurança está no en que tengo poco, sino en que desseo menos de lo que tengo, y tu desaventura está no en que tienes mucho, sino en que tienes lo que tienes en poco. Y, si tú eres rico, es porque jamás dexiste verdad; y, si yo soy pobre, es porque jamás dixe mentira; porque a la verdad la casa llena de riquezas siempre la vemos vazía de verdades. E dígote más: que me llamo bienaventurado porque tengo una hermana que es la más estimada de Italia, y tú tienes una muger la más desonesta de Roma. Y, pues es assí, entre ti y mí no pongo otro juez sino a ti: ¿quál vale más: ser pobre como yo soy con honra, o ser rico y vivir como tú vives con infamia?» Esto fue lo que passó entre el romano Calfurnio y el poeta Cornificio.
He querido contar la excellencia destas pocas mugeres antiguas, assí griegas como romanas, no para más de que sepan las princesas y grandes señoras quánto se davan antiguamente las mugeres a las sciencias, y en quánto fueron tenidas de los antiguos más porque eran sabias que no porque eran hermosas. Acordarse devrían las princesas y grandes señoras que, si ellas son mugeres, también lo fueron aquéllas; y, si ellas flacas, también lo fueron aquéllas; si ellas son casadas, también lo fueron aquéllas; si ellas son delicadas, también lo fueron aquéllas; y, si ellas son regaladas, también lo fueron aquéllas. Finalmente digo que no se deven escusar diziendo que las mugeres para deprender artes liberales son inábiles; porque a la verdad más abilidad tiene una muger para deprender sciencias que no tiene un páxaro para hablar en la jaula. A mi parecer, las princesas y grandes señoras no se deven preciar tener mejores cabellos que otras, mejores vestidos que otras, ni más thesoros que otras; dévense, pues, preciar no [525] que pueden más, sino que saben más. Hablando verdad, los cabellos ruvios, los vestidos ricos, los thesoros muchos y los palacios ricos, éstos y otros semejantes regalos no son guía de las virtudes, sino adalides de los vicios. ¡O!, quán generosa cosa sería en que las generosas señoras se preciassen no de lo que pueden, sino de lo que saben; porque mayor grandeza es saber enseñar a otros philósophos que poder mandar a cien cavalleros.
Afrenta es de escrevirlo, pero mayor lástima es de verlo, conviene a saber: leer lo que leemos de la sabiduría y grandeza de las matronas antiguas, y ver como vemos la poquedad de las señoras presentes, ca aquéllas competían sobre quién tenía más discípulos y éstas compiten sobre quién tiene más servidores; porque entre las damas aquélla se tiene por más abatida que de menos cavalleros es reqüestada. ¿Qué más diré en este caso, sino que aquéllas competían antiguamente sobre quién escrevía y componía mejores libros, y éstas compiten sobre quién tiene más y saca más ricos vestidos? Porque tanta eficacia ponen oy las damas de sacar una ropa con invención nueva, como ponían las antiguas en leer una lectión de alta philosophía. Competían aquellas mugeres antiguas sobre quál era más sabia; compiten agora éstas sobre quál es más fermosa; porque antes eligiría oy una dama tener blanca y ruvia la cara, que no que le diessen toda la eloqüencia de Grecia. Competían las mugeres antiguas sobre quál sabía más elegantemente enseñar. Competen agora sobre quál se sabe mejor vestir; porque oy entre las damas más honra hazen a una muger curiosamente vestida que no a una muger muy honesta. Finalmente, concluyo con esta palabra, y nótela el que leyere esta escritura, y es que antiguamente eran tales las mugeres que una mandava a todos, y oy son tales que de una tienen que dezir todos.
No quiero tampoco que por esta mi palabra sea osado ninguno generalmente poner en todas las señoras la lengua, que en este caso al inmortal Criador que me crió juro que ay oy tantas mugeres buenas y muy buenas en el mundo, que yo tengo más embidia a la vida que éstas hazen en secreto que no a todas las sciencias que leýan las antiguas en público; [526] porque mi pluma no se encruelesce sino contra aquellas señoras que en sólo vestir y parlar se les passa el día, y en leer en un libro no emplearán siquiera una hora. Para provar mi intento abastar devría lo sobredicho, pero porque vean las princesas y grandes señoras quánto les valdrá más el saber siquiera un poco que no el tener ni poder mucho, quiero traerles a la memoria lo que escrivió a sus hijos una muger romana, y verán en una muger quán eloqüente se mostró en el dezir y quán verdadera madre en el aconsejar; porque el fin de su carta es persuadir a sus hijos a los trabajos de la guerra no por más de por destetarlos de los plazeres de Roma. [527]


Capítulo XXXI

De quién fue la gran muger Cornelia, y de una epístola que embió a Tiberio y a Gayo, sus hijos, que por otro nombre se llaman los Gracos, en la qual los persuade a que no dexen los trabajos de la guerra por venirse a gozar los plazeres de Roma. Es letra muy notable para entre madres y hijos.

Annio Rústico, libro De antiquitatibus romanorum, dize que cinco linages eran entre los romanos los más preeminentes, conviene a saber: los Fabricios, los Torcatos, los Fabios, los Brutos y los Cornelios. Caso que en Roma avía otros nuevos linages, en los quales avía muy excellentes hombres, siempre los descendientes destos cinco linajes eran conservados y en los oficios de la república a todos antepuestos; porque Roma de tal manera honrava a los presentes que fuesse sin perjuyzio de los passados. Entre estos cinco linajes, el linaje que los romanos tenían por más bienaventurado era el de los Cornelios, los quales fueron tan esforçados en el pelear y tan recatados en el vivir, que jamás se halló en su familia hombre covarde ni muger infame.
Dizen que en este linaje de los Cornelios, entre otras muchas, fueron quatro mugeres muy señaladas, y entre estas quatro fue la más principal la madre de los Gracos, cuyo nombre era Cornelia, assaz bien conoscida en Roma, la qual se vio muy más honrada por las sciencias que leýa en Roma que por las conquistas que sus hijos hizieron en África. Antes que sus hijos fuessen aviessos al Imperio no se hablava sino de su esfuerço en todo el mundo. Por esta causa le preguntó una vez un romano a esta muger Cornelia que de qué tenía más [528] vanagloria: de verse maestra de tantos discípulos o verse madre de tales hijos. Respondióle Cornelia:
«Más me precio yo de la sciencia que he deprendido que no de los fijos que he parido; porque al fin los hijos sustentan en honra la vida, mas los discípulos perpetúan la fama después de la muerte. (E dixo más.) Yo soy cierta que los discípulos cada día han de yr de bien en mejor, y mis hijos puede ser que cada día vayan de mal en peor; porque son tan varios los desseos de los moços, que cada día tienen propósitos nuevos.»
Uniformiter loan mucho todos los escritores a esta muger Cornelia, en especial de sabia y de honesta, y que públicamente leýa una cáthedra de filosofía en Roma, y a esta causa después de su muerte le pusieron una estatua en Roma encima de la puerta que dizen vía Salaria, y encima de la estatua estava este epigrama: «Ésta es Cornelia, madre que fue de los Gracos, la qual fue muy fortunada en los discípulos que enseñó y muy infelice en los fijos que parió.»
Entre los latinos, Cícero fue el príncipe de la retórica romana y el que en escrevir epístolas mejor tuvo cortada la péñola; dizen que no sólo las escrituras que esta Cornelia escrivió Cícero las vio, mas aun que las leyó; y no sólo las leyó, pero de sus sentencias se aprovechó. Y esto no se lo han de tener a mal, porque no ay hombre en el mundo tan sabio, que no se aproveche del parecer ajeno. Cícero engrandece tanto aquellas escrituras, que dize en su Retórica estas palabras: «Si el nombre de muger a Cornelia no la abatiera, entre todos los filósofos merescía ser única; porque jamás vi de carnes flacas proceder sentencias tan graves.» Pues Cícero dixo de Cornelia estas palabras, no puede ser sino que en su tiempo devrían las escripturas desta muger estar vivas y no perdidas, pero no ay dellas memoria si no es que algún auctor para su propósito relata alguna epístola, y desta manera Sexto Cheronense, en el libro De laudibus mulierum, pone la siguiente carta, la qual ella embió a sus hijos desde Roma estando ellos en África. [529]
Comiença la carta de Cornelia a sus dos hijos, los Gracos
Cornelia romana, que de parte del padre es de los Cornelios y de parte de la madre es de los Fabios, a vosotros los mis dos fijos los Gracos, que estáys en la guerra de África, aquella salud vos embía que madre a hijos dessea. Bien avréys oýdo, hijos, en cómo mi padre murió teniendo yo edad no más de tres años; y ha xxii años que soy biuda; y ha xx años que leo aquí en Roma rethórica; y ha vii años que carezco de vuestra vista; y ha xii años que en la gran pestilencia se murieron vuestros hermanos y mis hijos; y ha viii años que yo fui a veros a Sicilia a causa que vosotros con desseo de verme no dexássedes la guerra; porque para mí no podía susceder ygual pena con veros apartados del servicio de la república. He querido, hijos míos, contaros los trabajos que he passado en mi vida para que no penséys passar con descanso la vida vuestra, ca si a mí, estando en Roma, no me faltan trabajos, sed ciertos que a vosotros en la guerra de África no os faltarán peligros; porque jamás en la guerra se vende la fama si no es a peso o a troque de la vida.
Fabio el moço, hijo de mi tía Fabia la vieja, de las tres calendas de março me traxo una carta vuestra, y a la verdad la carta era algo más corta de lo que yo desseava, y no quisiera que lo hiziérades assí; porque no se sufre entre hijos tan queridos y madre tan anciana que la absencia de veros sea larga y la letra con que nos escrevimos sea corta. A los que van de acá siempre les doy recomendaciones, y a los que vienen de allá siempre les pregunto nuevas; y como me dizen unos que os han visto y me dizen otros que os han hablado, con esto toma mi coraçón algún reposo; porque bien se sufre entre los que mucho se aman que sea la vista rara con tal que la salud sea cierta.
Yo estoy sola, yo soy biuda y soy ya vieja; es muerta ya toda mi parentela; han passado por mí muchos trabajos en Roma, y el mayor de todos es tener de vosotros mis fijos absencia; porque mayor guerra haze a la persona la soledad de los amigos que no el furioso ímpetu de los enemigos. Como soys moços, como soys no muy ricos, como soys bolliciosos y como os veys criados con trabajos aý en África, no dubdo sino que [530] dessearéys venir a Roma, y esto no para más de ver y reconoscer lo que vistes en vuestra infancia; porque los hombres no aman tanto a su patria porque es buena, sino porque es su propria naturaleza.
No ay persona que en los tiempos passados vio o oyó dezir de Roma que no tome lástima de ver agora a Roma; porque los coraçones, como son piadosos, y los ojos, como son tiernos, no pueden mirar sin mucha lástima lo que en otro tiempo vieron con mucha gloria. ¡O!, si viéssedes, hijos míos, y quán trocada está Roma de ser la que solía ser Roma; porque leer lo que leemos della, ver lo que veemos agora, o es burla lo que escrivieron los antiguos, o la miramos entre sueños. No ay otra cosa que ver agora en Roma sino ver la justicia opressa, ver la república tyranizada, ver la mentira suelta, ver la verdad abscondida, ver los satíricos que callan, ver los lisonjeros que hablan, ver los escandalosos ser señores, ver a los pacíficos ser siervos; y (sobre todo y peor que todo) viven los malos contentos y los buenos descontentos.
Renegad, hijos míos, de la tierra do los buenos tienen ocasión de llorar y los malos tienen libertad de reýr. No sé en este caso cómo lo aya de dezir, según lo mucho que tengo de dezir. A la verdad está oy tal esta triste de república, que toda persona sabia sin comparación terná más embidia a la guerra de África que no a la paz de Roma; porque en la buena guerra vee hombre de quién se ha de guardar, pero en la mala paz no sabe de quién se ha de fiar. Pues soys, hijos míos, naturales de Roma, quiéroos dezir qué tal está Roma. Hágoos saber que las vírgines vestales ya son dissolutas, la honra de los dioses ya es olvidada, en bien de la república no ay quien entienda, del exercicio de las armas ya no ay memoria, por los huérfanos y biudas no ay quien responda, de administrar la justicia no se les da nada, la dissolución de los mancebos no tiene medida; finalmente Roma, que fue en otro tiempo recetáculo de todos los buenos, es agora hecha una cueva de ladrones. Gran miedo tengo que nuestra madre Roma está en víspera de dar una muy gran caýda, y no sin causa digo que será grande la caýda; porque las personas y las ciudades que de la cumbre de su felicidad cayeron, muy mayor es la infamia [531] que cobraron con los advenideros que no la gloria que tuvieron con los passados.
Por ventura os tomará gana, hijos, de venir a ver los muros y edificios de Roma; porque las cosas que los niños veen primero en la infancia, aquéllas aman más y las tienen en la memoria. Según están destruydos los edificios antiguos, y según los pocos que han hecho nuevos, querría que perdiéssedes la gana de venir a verlos; porque a la verdad los coraçones generosos y piadosos afrenta les es yr a ver una cosa quando no pueden poner remedio en ella. No penséys, hijos, que si Roma está dañada en las costumbres, que por esso está mejorada en los edificios; porque os hago saber, si no lo sabéys, que si cae un muro, no ay quién le repare; si se derrueca una casa, no ay quien la levante; si se ensuzia una calle, no ay quien la limpie; si se lleva el río una puente, no ay quien la funde; si se gasta una antigualla, no ay quien la mejore; si se pierde una fuente, no ay quien la busque; si se tala un bosque, no ay quien lo guarde; si se envejecen los árboles, no ay quien otros plante; si se estragan los caminos, no ay quien los empiedre; si se toma el suelo de la república, no ay quien lo defienda. Finalmente no ay en Roma oy cosa más maltratada, que son aquellas cosas que tienen boz de república. Todas estas cosas, hijos míos, aunque las encarezco acá mucho, podéyslas tener allá en poco, ca esto sólo se ha de estimar y para siempre con gotas de sangre llorar, conviene a saber: que los edificios en Roma se caen a pedaços y los vicios en Roma se entran todos juntos. ¡O!, triste de nuestra madre Roma, que quanto más va, menos tiene de los muros antiguos y más se puebla de vicios nuevos.
Por ventura como estáys, hijos míos, en essa frontera de África, ternéys gana de ver a los parientes que tenéys acá en Roma, y desto no me maravillo; porque el amor que nos dio naturaleza no nos le puede quitar la tierra estraña. Todos los que vienen de por allá no nos traen otra más cierta nueva que es de la muchedumbre de los que mueren y matan allá en África. Pues las nuevas que en este caso nos embiáys de allá, no esperéys sino que os embiaremos otras semejantes desde acá; porque tiene tanta libertad la muerte, que a los armados [532] mata en la guerra y a los desapercebidos mata en la paz. Hágoos saber que Licia, vuestra hermana, es muerta; Drusio, vuestro tío, es muerto; Silvano, vuestro primo, es muerto; Torquato, nuestro vezino, es muerto; su muger, nuestra prima, y sus tres hijas, nuestras sobrinas, son muertas; Fabio, vuestro íntimo amigo, es muerto; Evandro y sus dos hijos son muertos; Bíbulo, el que leyó por mí la cáthedra el año passado, también es muerto; Cornoveca, vuestro maestro, también es muerto; finalmente son tantos y tan buenos los que son muertos, que es vergüença y afrenta vivir los que vivimos. Sabed, hijos míos, que a todos éstos y a otros muchos que dexastes vivos en Roma comen ya los gusanos debaxo de tierra y a mí me tiene emplazada la muerte para la sepultura. Si, oýdo esto, consideráredes, hijos míos, que será de vosotros lo que ha sido de aquéllos, por mejor ternéys llorar mil años con los muertos que no reýr una hora con los vivos.
Acordándome que os parí con mucho dolor, y os crié con mucho trabajo, y que nacistes de mis proprias entrañas, querría como madre teneros cabe mí para mis angustias, pero al fin, mirando las proezas de los passados, que dexan en obligación a sus erederos, yo soy contenta de sufrir tan larga absencia sólo porque cumpláys vosotros con la cavallería; porque más quiero, hijos míos, oýr que vivís como cavalleros en África que no veros andar perdidos por Roma. Como estáys, hijos míos, en los trabajos de África, no dudo sino que ternéys desseo de los plazeres de Roma; porque no ay hombre en el mundo tan prosperado que no tenga embidia a la prosperidad de su vezino. No tengáys embidia a los viciosos, ni menos desseéys veros entre los vicios, que a la verdad son de tal calidad los vicios, que no traen tanto plazer quando vienen como dexan pesar quando se van; porque el verdadero plazer no está en el deleyte, que passa presto, sino en la verdad, que dura mucho.
Hago muchas gracias a los inmortales dioses por todas estas cosas, conviene a saber: lo primero; porque me hizieron sabia y no nescia; porque a una muger harto le abasta que sea flaca sin que la noten de simple. Lo segundo, hago gracias a los dioses a causa que en todos mis trabajos siempre me [533] dieron esfuerço para passarlos; porque a la verdad aquéllos se pueden llamar verdaderos trabajos do no ay paciencia para sufrirlos. Sólo aquel hombre se puede llamar malaventurado en esta triste vida al qual los dioses en sus trabajos no le dieron paciencia. Lo tercero, hago gracias a los dioses a causa que en lxv años que me dieron de vida jamás me vi con una hora de infamia; porque la muger no puede con razón quexarse de la fortuna si en todos sus trabajos no le quitan la honra. Lo quarto, hago gracias a los dioses en que ha xl años que soy casada y biuda, y todos éstos he vivido en Roma, y jamás hombre ni muger de mí tuvo querella; porque según lo poco que las mugeres aprovechamos en la república, la muger que tiene la conversación mala, con razón por justicia le devrían quitar la vida. Lo quinto, hago gracias a los dioses en que me dieron hijos, y tales hijos que son más contentos de sufrir los trabajos de África que no gozar los plazeres de Roma. No me tengáys por madre tan desamorada, a que no querría yo, hijos míos, teneros siempre delante mis ojos; pero, considerando quántos hijos de buenos padres se han perdido sólo por averse criado regalados con sus madres, conórtome de vuestra ausencia por no veros andar perdidos por Roma; porque el hombre desseoso de fama perpetua, aunque no le destierren, él se deve desterrar de su tierra propria.
Mucho os ruego, hijos míos, siempre os alleguéys a compañía de buenos; y de los buenos, a los más ancianos; y de los más ancianos, a los de mejores consejos; y de los de mejores consejos, a los más expertos; y de los más expertos, a los más sufridos; y de los más sufridos, a los que han visto más mundo. Y no entendáys más mundo por los que han visto más reynos; porque no procede el maduro consejo del hombre que ha passado por muchas tierras, sino del que se ha visto en graves fortunas. Como la naturaleza de la tierra al coraçón del hombre siempre toque al aldava, tengo recelo, hijos míos, que por venir a ver a vuestros deudos y amigos siempre estaréys desasossegados; y, estando desasossegados, siempre viviréys mal contentos y no haréys lo que devéys a cavalleros romanos; y, no siendo buenos cavalleros romanos, prevalescerán vuestros enemigos; y, prevalesciendo vuestros enemigos, yrán [534] de caýda vuestros negocios; porque de los hombres desasossegados siempre proceden enojosos servicios.
Mucho os ruego, y por la presente letra os aviso, de venir a Roma no tengáys desseo, que, como dixe, a muy pocos hallaréys de los que conocistes que no sean ya muertos, o desterrados, o pobres, o enfermos, o viejos, o abatidos, o lastimados, o descontentos; de manera que, para no venir a remediar sus daños, el mejor expediente es no venir a verlos; porque ya ninguno viene a Roma sino a llorar con los bivos y a sospirar por los muertos. Por cierto, hijos míos, yo no sé qué plazeres ay en Roma para que ningún bueno cobdicie dexar a África por ella, que, si allá tenéys enemigos, acá nos faltan amigos, que es peor; si allá os faltan regalos, acá nos sobran enojos, que es peor; si allá tenéys el cuchillo que mata al cuerpo, acá tenemos la lengua que mata la fama, que es peor; si allá estáys enojados de los ladrones de África, acá estamos lastimados de los lisonjeros de Italia, que es peor; finalmente digo que, viendo lo que veo acá y oyendo lo que oyo de allá, loo a vuestra guerra y reniego de nuestra paz. Si tenéys en mucho lo que he dicho, tened en más lo que quiero dezir, y es que de vosotros siempre oýmos que soys vencedores de los africanos y de nosotros siempre oyréys que somos prostrados de los vicios. Pues, si yo soy verdaderamente madre, más querré veros de inmortal memoria entre los estraños, que no veros publicar por infames entre los vuestros.
Por ventura con pensamiento de heredar alguna hazienda tomaréys ocasión de veniros a Roma, y, quando esto os viniere a la memoria, acordaos, hijos míos, que a vuestro padre le sobrava poco siendo bivo y a vuestra madre le falta mucho siendo biuda; y acordaos que, como dél no eredastes sino las armas, sabed que de mí no ay qué eredar sino los libros; porque a mis hijos más quiero dexarles buena criança con que vivan que no mala hazienda con que se pierdan. Yo no soy rica, ni he trabajado por tener hazienda, y fue la causa que vi a muchos hijos de nobles romanos andar por Roma perdidos, y esto no por más de que como no tenían puestos los ojos sino en lo que avían de eredar de sus antepassados, ývanse a rienda suelta en pos de los vicios; porque muy pocas vezes suelen [535] hazer grandes hazañas los que desde niños eredaron grandes haziendas. Siendo, pues, como es verdad esto, no digo yo que velaré como se desvelan otros por aver thesoros; pero si tuviesse algún thesoro, antes que darosle le echaría en el fuego; porque más quiero yo a mis hijos pobres y virtuosos en África que no ricos y viciosos en Roma. Bien sabéys vosotros, hijos míos, que era ley muy usada entre los tharentinos que los hijos no pudiessen eredar de sus padres sino las armas para pelear y las hijas solas eredassen toda la hazienda para se casar. Y de verdad la ley era muy justa, ca el hijo que siempre pone los ojos en la herencia no deven tener dél sus padres buena esperança; porque aquél sólo se puede llamar buen cavallero romano que con la vida ganó la honra y con la lança ganó la hazienda.
Pues estáys en reynos estraños, mucho os ruego os tratéys como buenos hermanos, acordándoos siempre que soys mis hijos, y que ambos a dos os crié a mis pechos, y que el día que oyesse vuestra discordia, aquel día sería fin de mi vida; porque en una ciudad más daño hazen dos parientes enemistados que un exército de enemigos. Bueno es tener concordia entre vosotros mis hijos; y muy necessario es tenerla con todos los otros cavalleros romanos, los quales con vosotros y vosotros con ellos, si no os tenéys amor en la guerra, jamás de los enemigos alcançaréys victoria; porque a los exércitos gruessos más daño les viene de las discordias que entre sí levantan que no de los enemigos contra quien pelean.
Bien pienso, hijos míos, que por saber de mí estaréys muy cuydadosos, conviene a saber: si estoy sana, si estoy enferma; si estoy rica, si estoy pobre; si estoy contenta, si estoy descontenta; y en este caso no sé para qué lo queréys saber, pues devéys presumir, según los trabajos que he passado y las lástimas que por mis ojos he visto, ya estoy harta deste mundo; porque a la verdad las personas cuerdas de cincuenta años arriba más han de ocupar los pensamientos en cómo han de rescebir la muerte, que no en buscar regalos para alargar la vida. Como es flaca la naturaleza humana, siempre dessea ser bien tratada hasta la sepultura, y, como yo soy de carne y de huessos, siento como sienten todos los mortales los trabajos; pero [536] con todo esto no penséys que estar enferma o ser pobre es suprema pena, ni penséys tampoco que ser sana o ser rica es suprema gloria; porque no es otra gloria de los padres viejos sino ver a sus hijos que son virtuosos. A mi parescer, muy gran gloria es en la policía humana tener los padres tales hijos que sepan aprovecharse de sus buenos consejos, y por contrario los hijos tengan tan cuerdos padres que sepan dárselos; porque muy fortunado es el hijo que tiene padre sabio y muy fortunado es el padre que caresce de hijo loco.
Muchas vezes os escrivo, hijos míos, sino que es ley en Roma que ninguno sea osado escrivir a la gente de guerra que está en el campo sin que primero registre las cartas en el Senado, y como yo escrivo más cartas de las que ellos querrían, assí ellos embían menos de las que yo desseo. Aunque esta ley para las madres que tenemos hijos en la guerra es penosa, no puedo negar sino que es buena; porque, si le escriven al que está en la guerra que su casa está mala, querría dexar la guerra y venir a remediarla; si le escriven que está próspera, tómale desseo de venir a gozarla. No toméys pena, hijos míos, si todas las letras mías no aportan a las manos vuestras, que ni por esso no dexo yo por vuestra salud visitar los templos y ofrecer a los dioses muchos sacrificios; porque, si los dioses están contentos, no cale en la guerra temer a los enemigos.
No digo más en ésta, mis hijos, sino que a los inmortales dioses ruego que, si vuestra vida ha de ser para el bien de la república, quiten de mis días y añadan en los vuestros; pero si vuestra vida ha de ser en daño de la república, a essos inmortales dioses ruego primero oya yo el fin de vuestros días que no los gusanos se apoderen de mis entrañas; porque en peligrar la fama de nuestros passados yría mucho y en perder la vida vosotros yría muy poco. La gracia de los dioses, la fama entre los hombres, la buena mano en los hados, la fortuna de los romanos, la sabiduría de los griegos y la bendición de Scipión y de todos los otros vuestros padres y abuelos, sea con vosotros mis hijos. [537]


Capítulo XXXII

Do se habla en general de la criança de los hijos, ya que es tiempo de darles ayos, y quánto les va a sus padres en dar buena criança a sus hijos. Trae el auctor para provar esto muy notables historias, en especial de un padre y un hijo que fueron a pleyto delante un philósopho, y de lo que cada uno dellos dixo, y de lo que el philósopho sentenció. Es capítulo muy notable para entre padres cuerdos y hijos locos.

Todos los mortales que quieren trabajar y ver buen fructo de su trabajo dévense aver en su trabajo como se uvo el Eterno Pintor en pintar el mundo; porque el hombre que pone a Dios por veedor de sus obras, es impossible poder errar en ellas. Lo que por fe tenemos, y por escriptura leemos, es que el Opífice Eterno en muy breve espacio crió al mundo con su potencia, pero por muy largos tiempos le conserva con su sabiduría, de do se infiere que el trabajo de hazer una cosa es breve y el cuydado de conservarla es prolixo. Cada día acontesce que un capitán esforçado aplaza una batalla, y al fin dale Dios victoria della, pero preguntemos al tal vencedor quál le ha sido mayor trabajo o en qué ha sentido mayor peligro, conviene a saber: en alcançar la victoria de sus enemigos, o en conservarla entre los embidiosos y maliciosos. Yo juro que iure el tal cavallero que no ay comparación del un trabajo al otro; porque con la espada sangrienta se alcança la victoria en una ora y para conservarla en reputación es menester el sudor de toda su vida.
Laercio, en el libro de las Vidas de los filósofos, cuenta, y aun el divino Platón haze mención dello en los libros de su República, [538] que, oyendo los tebanos cómo los lacedemonios tenían muy buenas leyes, por las quales eran de los dioses favorecidos y de los hombres eran muy honrados, acordaron de embiar allá a un filósofo entre ellos muy estimado, que avía nombre Phetonio, y mandáronle que pidiesse las leyes a los lacedemonios y que mirasse muy bien qué tales eran sus costumbres y ritos. Los tebanos en aquellos tiempos eran hombres generosos y valerosos, de manera que su principal fin era alcançar fama por los edificios y hazerse de inmortal memoria por ser virtuosos; porque en edificar eran curiosos y para las virtudes tenían buenos philósophos.
Partióse el philósopho Phetonio y estuvo en el reyno de los lacedemonios algo más de un año, mirando muy por menudo todas las cosas de aquel reyno; porque los hombres simples no miran las cosas más de para cevar los ojos, pero el sabio míralas para alcançar sus secretos. Ya después que este buen philósopho estava satisfecho de aver visto todas las cosas de los lacedemonios, acordó tornarse a los thebanos; el qual, como fuesse venido, concurrió a verle y oýrle todo el pueblo; porque la vanidad del vulgo es de tal condición, que sigue las invenciones nuevas y aborresce las cosas antiguas. Junto, pues, todo el pueblo, el buen philósopho Phetonio puso en meytad de la plaça una horca, una mordaza, un cuchillo, unos açotes, unos grillos y unas esposas, lo qual hecho, como todos los thebanos no menos se escandalizassen que se espantassen, díxoles esta sola palabra: «Vosotros, los thebanos, me embiastes a los lacedemonios para que supiesse sus leyes y ritos, y a la verdad yo he estado allá más de un año mirándolo todo muy por menudo; porque los philósophos somos obligados a mirar no sólo lo que se haze, pero aun saber por qué se haze. Sabed, thebanos, que ésta es la respuesta de mi embaxada, conviene a saber: que los lacedemonios en esta horca ahorcan a los ladrones, con este cuchillo degüellan a los traydores, con esta mordaza atormentan a los parleros, con estos açotes castigan a los vagabundos, con estos grillos detienen a los sediciosos, con estas esposas atan a los jugadores; finalmente digo que yo no os traygo por escripto las leyes, pero tráygoos los instrumentos con que se conservan las leyes.» [539]
Espantados los thebanos de ver aquellas cosas, dixéronle estas palabras: «Mira, Phetonio, nosotros no te embiamos a los lacedemonios por instrumentos para quitar la vida, sino por buenas leyes para regir la república.» Replicóles a esto el philósopho Phetonio: «O thebanos, hágoos saber que, si supiéssedes lo que sabemos los philósophos, veríades quán fuera están de lo cierto vuestros pensamientos, ca los lacedemonios no son tan virtuosos por las leyes que ordenaron los muertos, quanto por el modo que han hallado para sustentarlas los bivos; porque las cosas de justicia más consisten en esecutarlas y conservarlas, que no en mandarlas ni en ordenarlas. Fácilmente se ordenan las leyes, pero con gran dificultad se executan; porque para hazerlas ay mil, pero para ponerlas en execución no ay uno. Muy poco es lo que sabemos los que somos agora respecto de lo que supieron los antiguos; pero, con mi poco saber, yo me profiero de ordenar tan buenas leyes a vosotros, los thebanos, como las tienen los lacedemonios; porque no ay cosa más fácil que ordenar lo bueno y no ay cosa más común que seguir lo malo. Pero ¿qué aprovecha?, que, si ay quien ordene las leyes, no ay quien las entienda; si ay quien las entienda, no ay quien las esecute; y, si ay quien las esecute, no ay quien las conserve; y, si ay quien las conserve, no ay quien las guarde; y, si ay uno que las guarde, ay mill que las reprueven; porque sin comparación son más los que murmuran de lo bueno que no los que afean y contradizen lo malo. Vosotros, los thebanos, escandalizástesos porque traxe estos instrumentos; pues hágoos saber que si no queréys horca y cuchillo para conservar lo que fuere ordenado, ternéys la escritura llena de leyes y ternéys la república llena de vicios; porque yo os juro que aya más thebanos que sigan los regalos de Dionisio que no varones virtuosos que sigan las leyes de Licurgo. Si vosotros, los thebanos, desseáys mucho saber con qué leyes los lacedemonios conservan su república, yo vos las diré todas de palabra; y, si quisiéredes leerlas, yo os las mostraré por escriptura. Pero esto ha de ser con una condición: que juréys aquí todos en público que sola una vez cevaréys los ojos en leerlas, y cada día emplearéys las personas en guardarlas; porque mayor gloria tiene el príncipe [540] en hazer guardar una sola ley de hecho, que no en ordenar mill leyes por escripto. No avéys de tener en mucho vosotros, los thebanos, dessear ser virtuosos en el coraçón, ni avéys de tener en mucho preguntar por la virtud con la boca, ni avéys de tener en mucho buscarla con los pies. Lo que avéys de tener en mucho es saber qué cosa es ley virtuosa; y, sabida, luego executarla; y, después de executada, trabajar de conservarla; porque no está la suprema virtud en hazer una obra virtuosa, sino en el sudor que se passa por la conservación della.»
Éstas, pues, fueron las palabras que dixo el philósopho Phetonio a los thebanos, los quales, según dize Platón, tuvieron en más las palabras que les dixo que no las leyes que les traxo. Por cierto, en este caso a mi parescer son de loar los de Thebas y es de loar al philósopho y a sus palabras, ca el fin dellos era buscar buenas leyes para vivir, y el fin del philósopho era buscar buenos medios para en la virtud los conservar. Y para esto parescióle ser bueno ponerles delante los ojos la horca y el cuchillo con los otros tormentos; porque los malos muchas vezes se refrenan de lo malo más por miedo del castigo que no porque ellos aman lo bueno. Todo lo sobredicho he querido aquí traer no para más de que vean y conozcan todos los hombres curiosos y virtuosos en quán poco tenían los antiguos el començar, el mediar, ni acabar obras virtuosas, respecto de la perseverancia y conservación dellas.
Viniendo, pues, ya al propósito de lo que mi pluma anda arrodeando, pregunto agora yo qué aprovecha que a los príncipes y grandes señores les dé Dios grandes estados, sean muy fortunados en sus casamientos, sean de todos muy acatados, tengan grandes thesoros para sus erederos y, sobre todo, vean sus mugeres preñadas, véanlas después en el parto alumbradas, las madres críen a sus pechos a sus criaturas, en hallar buenas amas sean dichosas. Todo esto aprovecha poco si a sus fijos, ya que crescen, no les dan buenos maestros que les enseñen la Escriptura y no los encomiendan a buenos ayos que les enseñen a bivir a ley de cavallería. Los padres que con sospiros rompen los cielos y con oraciones importunan a los santos sólo por aver hijos, devrían primero pensar [541] para qué quieren los hijos; porque muy justo es que se niegue lo que con mal fin se procura.
A mi parescer, el padre devría dessear tener un hijo para que en la vejez le sustente con honra la vida y después de muerto haga que viva su fama. Y si el padre no dessea el hijo para esto, a lo menos deve quererle para que en la vejez honre sus canas y en la muerte erede sus riquezas; pero, según lo que cada día oýmos, pocos hijos hemos visto hazer esto con sus padres en la vejez si sus padres no los criaron bien en la mocedad; porque jamás se coge buena fruta en la octoñada si no echa buena hoja el árbol en la primavera. Muchas vezes veo a los padres dar crudas quexas de sus hijos, diziendo que les son desobedientes y sobervios, y no paran mientes que ellos mismos son causa de todos aquellos daños; porque el sobrado regalo de la mocedad no es sino agüero de desobediencia en la vejez. Yo no sé los príncipes y grandes señores cómo trabajan y mueren por dexar a sus hijos grandes estados, y por otra parte vémoslos en dotrinar y enseñar a sus hijos que son muy perezosos; porque a la verdad han de hazer cuenta los príncipes y grandes señores que todo queda perdido quanto dexan en poder de algún mal eredero. Los hombres cuerdos, y que en sus consciencias y honras son recatados, deven tener gran advertencia en criar bien a sus hijos y junto con esto mirar muy por menudo a sus hijos si serán capazes de eredar sus estados, y si acaso vieren los padres que sus hijos se dan más a la locura que a la nobleza y criança, entonces mucho me escandalizaría yo si viesse que un honrado padre eligiesse passar la vida con trabajo no por más de dexar mucha hazienda a un hijo loco. Cosa es lastimosa de contar, y no menos es monstruosa de ver, el cuydado que tienen los padres en llegar hazienda y la solicitud y priessa que tienen los hijos en desperdiciarla, y en tal caso yo diría y digo que el hijo es fortunado en lo que ereda y el padre es loco en dexarle lo que le dexa. A mi parescer, son obligados los padres a criar bien a sus hijos lo uno porque son hijos, lo otro porque son sus próximos, y lo otro porque han de ser sus erederos; porque a la verdad con mucha lástima deve tomar la muerte el que dexa mal empleado el sudor de su vida. [542]
Hiarco, historiador griego, en el libro de sus Antigüedades, y Sabéllico, en su General historia, dizen que al muy famoso y muy antiguo philósopho Solón Solonino vinieron a quexarse un padre de un hijo y un hijo de un padre, en que primero formó la querella el hijo, diziendo estas palabras al philósopho: «Yo me quexo de mi padre a causa que, él siendo rico y yo siendo pobre, él siendo mi padre y yo siendo su único hijo, en vida me ha deseredado y ha procreado un fijo adotivo por eredero, lo qual mi padre no devía ni podía hazer; porque dándome él el ser de carne tan flaca, justo es que me dé hazienda para sustentar su flaqueza.»
A estas palabras respondió el padre: «Yo me quexo de mi hijo, a causa que no me ha sido fijo sino crudo enemigo; porque en todas las cosas desde que nasció siempre me ha salido aviesso. Y a esta causa yo le deseredé en vida; y holgara que, en quitándole yo la herencia, le quitaran los dioses la vida; porque muy cruel es la tierra pues no le traga vivo al hijo maldito que a su padre haze un desacato. En lo que dize que yo procreé otro hijo de nuevo, yo confiesso que es verdad; y en lo que dize que yo le alancé de la herencia siendo engendrado de mi carne propia, a esto respondo que yo no deseredé a mi hijo, pero deseredé a su regalo de mi trabajo; porque no puede ser cosa más injusta que en los sudores y gotas del padre viejo se bañe y se regale el fijo moço y vicioso.»
Replicó el hijo a su padre, y dixo estas palabras: «Yo confiesso que a mi padre le he sido enojoso, y también confiesso que he vivido muy regalado, pero (hablando la verdad) si yo soy regalado y malo, mi padre tiene la culpa, porque no me doctrinó siendo niño; y, si por esta causa él me echa de la herencia, él me haze gran sinjusticia, porque el padre que no cría bien a su hijo siendo moço, injustamente le desereda siendo viejo.»
Tornó a replicar a esto el padre y dixo: «Es verdad, hijo, que yo te regalé mucho quando eras pequeño, pero junto con esto bien sabes tú que muchas vezes te doctriné y aun castigué quando eras ya grande; y, si en la niñez no te enseñé doctrina, fue porque en aquella tierna edad no eras capaz de entenderla. Después quando yo te castigava y doctrinava, eras [543] capaz de entenderla, y tenías edad para cobrarla, y aun fuerças para exercitarla; porque do no ay abilidad y fuerças en la persona, en vano enseñan a ninguno doctrina.»
El hijo tornó a replicar y dixo: «Por ser tú viejo y por ser yo moço, por ser tú mi padre y por ser yo tu hijo, por tener tú canas y por carescer yo de barbas, es muy justo seas tú creýdo y sea yo condenado; porque en este mundo muchas vezes lo vemos que la poca auctoridad de la persona le haze perder su mucha justicia. Yo te confiesso, padre mío, que quando era niño tú me hazías enseñar a leer; pero no me negarás que, si hazía alguna travessura, que no me la consentías castigar; y de aquí nasció que, por dexarme tú hazer todo lo que yo quería siendo niño, te aya sido desobediente siendo ya grande. E dígote más, que si en este hecho yo tengo culpa, a la verdad de mi culpa tú no tienes desculpa, ca los padres en la tierna edad no han de enseñar a disputar a sus hijos qué cosa son virtudes, sino avezarlos y apremiarlos a que sean virtuosos; porque muy gran bien es que quando los moços venimos en edad de conoscer lo malo, estemos acostumbrados de obrar lo bueno.»
Oýdas, pues, ambas las partes por el philósopho Solón Solonino, dixo estas palabras: «Yo doy por mi sentencia que el padre deste moço, porque no le castigó siendo niño, que carezca de sepultura después de muerto; y mando que el hijo deste padre, porque no creyó y obedeció a su padre quando era ya moço, carezca de la erencia siendo vivo, con tal condición que lo erede su hijo después de él muerto; porque muy injusto sería que la innocencia del hijo fuesse condenada por la malicia del padre. Ítem mando que toda esta hazienda sea depositada en una fiel persona para que dé de comer al padre siendo vivo y haga una sepultura al hijo después de muerto. No sin causa he dado esta sentencia, la qual comprehende a la vida y comprehende a la muerte, ca los dioses no quieren que por un delicto sea doblado el castigo, sino que a unos castiguemos en la vida quitándoles la honra o la hazienda, y a otros castiguemos en la muerte quitándoles la memoria o la sepultura.» Por cierto fue muy grave la sentencia que dio aquel philósofo, y oxalá lo tuviéssemos por juez deste siglo, que yo juro él hallasse oy muchos hijos que deseredar, y aun [544] a muchos padres que castigar; porque no sé quál es mayor: la desvergüença de los hijos en desobedescer a sus padres, o el descuydo de sus padres en enseñar y castigar a sus hijos.
Cuenta Sexto Cheronense, libro segundo De dictis philosophorum, que preguntó un ciudadano de Athenas al philósopho Diógenes, diziendo: «Dime, Diógenes, ¿qué haré para estar bien con los dioses y no estar mal con los hombres; porque muchas vezes oý dezir a vosotros, los philósophos, que es muy diferente lo que los dioses quieren de aquello que los hombres aman?» Respondióle Diógenes: «Más dizes de lo que piensas, en dezir que los dioses quieren uno y los hombres aman otro; porque los dioses no son sino un centro de clemencia y los hombres no son sino un abismo de malicia. Tres cosas has de hazer si quieres gozar del reposo desta vida y conservar con todos tu innocencia: lo primero, honra mucho a tus dioses; porque el hombre que a sus proprios dioses no hiziere servicio en todas las cosas será desdichado. Lo segundo, pon muy gran diligencia en criar bien a tus hijos; porque el hombre no tiene enemigo tan enojoso como es a su proprio fijo si es malcriado. Lo tercero, sé agradecido a tus bienfechores y amigos; porque el oráculo de Apolo dixo que todo hombre que fuesse ingrato de todo el mundo sería aborrescido. E dígote más, amigo, que para esta vida, de todas estas tres cosas, la más provechosa aunque más enojosa es criar el ombre bien a sus hijos.» Ésta, pues, fue la respuesta que dio Diógenes el filósofo a la pregunta que le hizo aquel ciudadano.
Gran lástima es ver a un mancebo la sangre cómo le está herviendo, ver la carne cómo le llama al señuelo, ver la sensualidad cómo le haze reclamo, ver al mundo cómo le está capeando, ver al demonio cómo lo está tentando, ver a los vicios cómo le están combidando; y en todo esto el padre, como si no tuviesse hijo, assí está descuydado (como sea verdad que el hombre virtuoso y anciano, por las pocas virtudes que él tuvo siendo mancebo, podrá imaginar los infinitos vicios de que está cercado su hijo). Si los expertos nunca uviessen sido ignorantes, si los padres nunca uviessen sido hijos, si los virtuosos nunca uviessen sido flacos, si los agudos nunca uviessen sido engañados; no sería maravilla los padres en dar a sus [545] hijos criança uviesse en ellos alguna negligencia; porque la poca experiencia mucho escusa a los hombres de la culpa. Pero, pues tú, que eres padre y primero fueste hijo, eres viejo y primero fuiste moço, y junto con esto primero te enriscó la sobervia, te encenagó la luxuria, te acuchilló la yra, te adormesció la pereza, te derrocó la avaricia, te venció la gula; dime, cruel padre: pues tantos vicios han passado por ti, ¿por qué no pones guarda en el hijo que nasció de ti? Y, si no lo hizieres porque es tu hijo, déveslo hazer porque es tu próximo; porque es impossible el moço que es de muchos vicios combatido y no socorrido, que al fin al fin no sea derrocado y aun con infamia de su padre sea vencido. Impossible es sustentarse la carne si no está salada; impossible es vivir el pez fuera del agua; impossible es no se seque la rosa apartada de la espina. Pues tan impossible es que los padres vean por largos tiempos buen gozo de sus hijos si los hijos no son bien criados. Y, encaresciendo más la cosa, digo que, en la sagrada religión christiana, do ay buena criança, siempre se presume aver buena conciencia.
Muy notorio es entre los escriptores cómo Eschines el filósofo fue desterrado de Athenas, y se vino con su casa y hijos a morar a Rodas. Y fue la ocasión que él y el filósofo Demóstenes tenían en la república muy grandes diferencias, y los athenienses acordaron de alançar al uno y quedarse con el otro. Y hizieron bien; porque a la verdad de las diferencias de los sabios se suelen levantar las guerras en los pueblos. Este filósofo Eschines, estando allí desterrado en Rodas, entre las otras hizo una oración muy solenne en la qual reprehende mucho a los rodos, a causa que eran muy negligentes en la criança de sus hijos, diziéndoles estas palabras: «Hago saber a vosotros, los rodos, que vuestros antepassados presumían y se preciavan descender de los lidos, los quales lidos sobre todas las naciones eran muy cuydadosos en criar a sus fijos; y desto era ocasión una ley que avía entre ellos que dezía: 'Ordenamos y mandamos que, si un padre tuviere muchos hijos, solamente ereden la fazienda los más virtuosos; y, si no uviere sino uno virtuoso, él lo herede todo; y, si acaso fueren todos los hijos viciosos, todos sean de la erencia alançados; porque los bienes ganados con trabajos no es justo los ereden hijos viciosos'.» [546] Estas palabras dixo Eschines en el Senado de los rodos; y, aunque dixo otras muchas cosas en aquella oración que hizo, no hazen a este propósito; porque entre los graves escriptores pierde mucha auctoridad la escritura quando el auctor sale del propósito que habla.
Que diga la verdad, yo no me maravillo que los hijos de los príncipes y grandes señores sean sobervios, ni me maravillo que sean adúlteros, ni me maravillo que sean golosos: lo uno porque la juventud es madre de la ociosidad; lo otro porque la poca esperiencia les escusa mucho la culpa; lo otro porque, muertos sus padres, no menos se entran en la erencia cargados de vicios que si estuviessen arrodeados de virtudes. Si tuviessen por cierto los moços livianos que avían de passar por la ley de los lidos, de manera que no avían de eredar si no fuessen virtuosos, es impossible que alguna vez no se fuessen a la mano y que no osassen afloxar tanto las riendas al mundo; porque mucho más se abstienen de no hazer mal con temor de no perder lo que tienen, que no por amor de hazer lo que deven. Yo no niego que, según la diversidad de los padres, assí son varias las inclinaciones que tienen los hijos, en que unos siguiendo su buen natural son buenos, y otros no resistiendo a sus sensualidades son malos; pero también digo que en este caso haze mucho al caso que el buen padre desde niño enseñe bien a su hijo, de manera que lo malo que le dio naturaleza lo emiende con buena criança; porque muchas vezes la costumbre buena prevalesce contra la inclinación mala.
Los príncipes y grandes señores que quieren ser curiosos en la criança de sus hijos deven informarse de los ayos a qué vicios y a qué virtudes son inclinados sus fijos; y esto ha de ser para favorescerlos en lo bueno y para que se desvelen en yrles a la mano en lo malo; porque no se pierden los hombres quando son grandes sino porque les dexaron hazer lo que querían quando eran pequeños. Sexto Cheronense, en el ii libro De los dichos antiguos, cuenta que un ciudadano de Thebas estava un día comprando en la plaça de Athenas muchas cosas, y para la qualidad de su persona las más dellas eran superfluas y muy poco necessarias. Y en este caso no menos son culpados los pobres que los ricos y los ricos que los pobres; [547] porque es tan poco lo que para sustentar la vida es necessario, que no ay hombre que tenga tan poco que, bien mirado, no tenga algo superfluo. Pues como en aquellos tiempos Athenas y su república fuesse luz de toda la Grecia, era ley en Athenas muy usada y muy antigua que ninguna cosa se osasse comprar ni vender sin que primero un filósofo lo uviesse de tassar. Y a la verdad la ley era muy buena, y oxalá en nuestros tiempos fuesse guardada; porque no ay cosa que más destruye a la república que permetir a unos que vendan como tiranos y permetir a otros compren como locos.
Quando comprava todas aquellas cosas el tebano, hallóse presente un filósofo, el qual dixo estas palabras al ciudadano tebano: «Dime, te ruego, hombre de Tebas, ¿para qué gastas tus dineros en lo que ni es necessario para tu casa ni menos es provechoso para tu persona?» Respondióle el tebano: «Hágote saber que yo compro todas estas cosas para darlas a un hijo mío de xx años, el qual nunca cosa hizo que mal me pareciesse, ni cosa me pidió que yo se la negasse.» Respondió a esto el philósopho: «¡O!, bienaventurado tú si, como eres padre, fueras hijo, y lo que el padre dize del hijo, el hijo dixera del padre; pero muy mucho me escandalizo de lo que has dicho; porque fasta los xxv años no ha de saber el hijo contradezir a los consejos del padre, ni el buen padre ha de condescender a los apetitos del hijo. Agora de nuevo te llamo padre malaventurado, pues tú estás al querer del fijo y no está el hijo al querer y parecer tuyo; de manera que perviertes la orden de naturaleza, en que el padre es hijo de su hijo y el hijo es padre de su padre; pero al fin al fin yo te juro por los dioses immortales que tú llores a solas de que seas viejo lo que con tu hijo reíste quando eras moço.» Aunque las palabras deste philósopho fueron pocas, no ay hombre de juyzio delicado que no juzgue las sentencias ser muchas.
Concluyo con esto en que los príncipes y grandes señores deven mucho encomendar a los ayos de sus hijos que los avezen a desavezarse de seguir sus apetitos, de manera que los descaminen del parescer proprio y los encaminen en el parecer ajeno; porque los hijos de los buenos, en tanto que les dexan hazer su voluntad propria, es impossible que tomen buena criança. [548]


Capítulo XXXIII

Que los príncipes y grandes señores deven mucho guardarse de no criar a sus hijos muy regalados; y que muchas vezes salen los hijos tan malos, que querrían los padres no solo averlos castigado con ásperas disciplinas, mas aun averlos enterrado con lastimosas lágrimas; y de cómo muchos príncipes antiguos fueron muy valerosos no por más de por averse criado en muchos trabajos. Prueva el auctor todo lo sobredicho con notables historias. Es capítulo muy notable para el padre que crió a un fijo muy regalado y después le salió aviesso.

Vemos por experiencia que en los exércitos, según la qualidad de los enemigos, assí se hazen los reparos; y los que navegan, según las mares bravas, assí eligen las naos gruessas; de manera que todos los hombres prudentes, según la calidad del peligro, assí se aperciben del remedio. Muchas vezes con mí mismo me paro a pensar si hallaré algún estado, alguna edad, alguna tierra, alguna gente, algún reyno, algún siglo en el qual algún hombre desta vida aya passado esta vida sin gustar qué cosa es adversa fortuna; porque si el tal hombre se hallasse, pienso que sería monstruosa cosa en toda la tierra y con razón le ternían vivos y muertos embidia. Al fin al fin hallo por mi cuenta que el que era ayer rico, veo oy pobre; al que era sano, le veo agora enfermo; al que ayer se reýa, le topé oy llorando; al que estava muy contento, le hallo muy dessabrido; al que estava próspero, vemos agora abatido; finalmente, al que conoscimos vivo, le vemos estar sepultado. Y no es nada estar sepultado sino que está del [549] todo olvidado; porque es tan incierta la amistad umana, que, en cubriendo a un defuncto de tierra, luego le raemos de nuestra memoria.
Una cosa me paresce a mí muy trabajosa y que a los honbres cuerdos deve dar mucha fatiga, y es que en este mal mundo no se reparte por igual el trabajo, sino que muchas vezes toda la calamidad humana viene a descargar sobre una persona; porque somos tan mal fortunados, que el mundo nos da los deleytes y plazeres a vista, y nos da los enojos y trabajos a prueva. Llamen oy a un hombre sabio y que en un mediano estado aya vivido; díganle que diga qué es lo que ha passado desde que tuvo edad de tres años, que començó a hablar, hasta los cincuenta años, do se comiença ya a envejecer. Qué cosas nos diría que le han acontescido, conviene a saber, todas las siguientes: enojos con sus hijos, assechanças de sus enemigos, importunidades de sus mugeres, malos recaudos de sus hijas; enfermedades en su persona, grandes pérdidas de su hazienda; general hambre en su tierra, crudas pestilencias en su patria; grandes fríos en el invierno, enojosos calores en el verano; lastimosas muertes de sus amigos y embidiosas prosperidades de sus enemigos; finalmente han passado tales y tantas cosas, que muchas vezes llorava su triste vida y desseava la dulce muerte. Si estas y otras muchas cosas el mísero hombre ha passado de fuera, ¿qué diría de las que ha passado de dentro?, ¿qué diría de las que ha passado en secreto?; las quales, aunque los hombres discretos las saben sentir, muchas dellas no se saben ni se osan dezir; porque a la verdad los trabajos que passa un cuerpo en cincuenta años puédense contar en un día, pero los que passa un coraçón en un día no se contarán en cien años.
No me negará alguno que no tuviéssemos por atrevido al que tomasse una caña contra el que viene a él con una lança, y no tuviéssemos por loco al que se quitasse los çapatos para caminar por do ay espinas y abrojos; pues sin comparación se ha de tener por muy más loco y atrevido el que piensa que con carnes tiernas ha de prevalescer contra tantas fortunas; porque a la verdad la persona muy delicada con mucha pena passa la vida. ¡O!, ¿cómo se puede llamar bienaventurado el [550] hombre que jamás gustó qué cosa era regalo? Ca los moços que no saben otra cosa sino desde niños ser regalados, ni tienen prudencia para elegir lo bueno, ni tienen fortaleza para resistir lo malo, a cuya causa los hijos de los grandes señores son los que cometen a las vezes mayores desonestidades; porque infalible regla es quanto el hombre se da más a regalo, tanto más le engañan los vicios del mundo. Cosa es mucho de notar, aunque es muy lastimosa de ver, ver a nuestros hombres quán ingeniosos son para inventar cosas de honra, quán animosos son para emprenderlas, quán esforçados son en porfiarlas, quán fortunados son en alcançarlas, quán cuerdos son en sustentarlas y después quán desdichados son en perderlas. Y lo que en este caso da pena es que no se perdió la honra y la hazienda porque en el padre faltó el trabajo, sino porque en el hijo sobró el regalo. Al fin al fin téngase por dicho el hombre rico, que lo que él ganó velando, lo ha de perder su hijo durmiendo.
Una de las notables vanidades que oy ay en los hijos de vanidades es que el amor que tiene el padre al hijo no se le sabe mostrar sino en el regalo que manda hazerle en la vida, y cierto el tal no se puede loar de serle padre piadoso, sino serle padrasto muy crudo; porque no me negará ninguno que en el cuerpo do ay mocedad, libertad, regalo y dinero, allí hazen assiento todos los vicios del mundo. Licurgo el philósopho, gran rey y dador de las leyes a los lacedemonios, ordenó que todos los moços que nascían en las ciudades los llevassen a criar hasta los xxv años a las aldeas. Fue su fin de ordenar esta ley a causa que primero avezassen los moços sus cuerpos a trabajos que no viessen los deleytes delante de sus ojos. Y a la verdad tuvo razón de ordenar esto Licurgo; porque más fácilmente aprende un labrador los vicios de la ciudad, que no un cavallero se aplica a los trabajos de la aldea.
Los ligures, según dize Livio, fue antiguamente una gente amiga de Capua y gran enemiga de Roma, y éstos tenían entre sí una ley que ninguno ganasse sueldo a la guerra si no se uviesse criado en ella, o uviesse sido pastor en la montaña; de manera que por una manera o por otra tuviesse sus carnes cortidas al yelo y al agua para sufrir los trabajos de la guerra. [551] En el año ab urbe condita ccccxl emprendieron los romanos muy gran guerra contra los ligures, contra los quales fue embiado Gneo Fabricio, de los quales finalmente triumphó, y otro día de su triumpho dixo estas palabras en el Senado:
«Padres Conscriptos, yo he tenido guerra con los ligures cinco años continuos, y por los inmortales dioses juro que en todo este tiempo no se passó semana en la qual no uviéssemos batalla o una peligrosa escaramuça; y (lo que más es de maravillar) que jamás sentí en aquellos bárbaros algún miedo o flaqueza para que los pusiesse en necessidad de pedir paz a Roma. Proseguían estos ligures con tanta ferocidad aquella guerra, a que muchas vezes nos quitavan la esperança de alcançar dellos victoria; porque entre los poderosos exércitos el sobrado esfuerço de los unos siempre pone gran temor en los otros. E quiero deziros, Padres Conscriptos, otra cosa, para que tome della exemplo la juventud romana, y es ésta. Como aquellos ligures desde niños son pastores y acostumbran sus carnes por los campos a los trabajos, son tan señores de sí mismos, que, siendo aquella tierra peligrosa de nieves y enojosa de calores, por el dios Apolo juro por espacio de cinco años no vimos ni a solo uno dellos llegarse a la lumbre en el invierno, ni menos vimos assentarse a la sombra en el verano. No penséys, Padres Conscriptos, he querido dezir esto en vuestro Senado a causa que tengáys en más mi triumpho. Dígolo a fin que tengáys gran vigilancia en vuestra gente de guerra para que esté siempre ocupada y no la dexéys andar ociosa; porque los exércitos romanos más peligro corren en ser vencidos de los vicios que no en ser de los enemigos combatidos. E por tomar la cosa desde más lexos, paréceme que se devría proveer y mandar que no fuessen osados los hombres ricos criar a sus hijos viciosos ni regalados; porque al fin al fin impossible es que las carnes muy regaladas alcancen con sus manos muchas victorias. Muévome, Padres Conscriptos, a dezir lo que digo para que sepáys cómo los ligures no fueron vencidos con la fuerça romana, sino que les fue la fortuna contraria; y como no ay cosa en que [552] más muestre su mutabilidad la fortuna que es en las cosas de la guerra, parésceme, aunque pues agora los ligures están destruydos y vencidos, los devéys en buen amor tomar por confederados; porque no procede de sano consejo cometer muchas vezes a la fortuna lo que se puede hazer por concordia.»
Es auctor de lo sobredicho Junio Prato, libro iii De concordia regnorum, y dize allí que el capitán Gneo Fabricio no menos fue tenido por cuerdo y sabio en lo que dixo que por esforçado en lo que hizo.
Antiguamente, los de las yslas Baleares, que agora se llaman Mallorca y Menorca, aunque no eran tenidos por sabios, sino por muy bárbaros, a lo menos en criar a sus hijos no eran descuydados; porque assí los emponían en los trabajos desde niños, y assí aprobavan en los exércitos que los de Carthago davan cinco prisioneros de Roma por un esclavo de Mallorca. Dize Diodoro Sículo que en aquellas yslas las madres no davan pan a sus hijos con la mano propria, sino que lo ponían encima del tejado, o encima de una peña; de manera que los niños pudiessen ver el pan con los ojos, pero no alcançarlo con las manos; y, quando los niños querían de aquel pan comer, primero a hondadas lo avían de derrocar. Aunque la obra y exercicio era de niños, la invención fue de altos varones, y de aquí se les siguió a los baleares ser tenidos por muy valerosos hombres, assí en las fuerças para luchar como en las hondas para tirar; porque assí jugavan a tirar a blanco con la honda como juegan agora con la ballesta.
Los hombres de la Gran Bretaña, que agora por otro nombre se llama Inglaterra, no podemos negar que entre los bárbaros no fueron muy bárbaros, pero junto con esto emos de confessar que, después de algunos tiempos, su reyno entre todos los reynos fue uno de los más nombrados reynos, atanto que los romanos muchas vezes dellos fueron vencidos; porque el tiempo haze tantas mudanças en todas las cosas, que aquéllos que en un tiempo los conocimos grandes señores, dende a poco tiempo los vimos hechos esclavos. Dize Herodiano en la Historia de Severo, Emperador de Roma, que, estando [553] un embaxador de Bretaña en Roma, como acaso le diessen un día en el Senado una mala respuesta, dize que les dixo esta palabra, y aun no con poca osadía: «A mí me pesa que no queréys aceptar la paz, y a mí me pesa que no queréys otorgar la tregua, lo qual todo será para mayor justificación de nuestra guerra; ca, después de emprendida la guerra, no podrá tomar cada uno sino la suerte que le diere ventura; porque al fin las carnes delicadas de Roma bien saben si cortan las espadas de Bretaña.» Dize la Historia Británica que aquella tierra es muy fría, y que se yela en ella muchas vezes el agua, y que tenían por costumbre las mugeres de llevar a sus hijos a do estava el agua elada, y, quebrantando con una piedra el hielo, con los mismos yelos fregavan el cuerpo del niño. El fin porque estos bárbaros fregavan con yelos las carnes de sus hijos era a causa de tornarles los cueros duros para sufrir los trabajos, y a la verdad tenían razón; porque no quiero yo mayor penitencia para los hombres muy regalados que verlos en el invierno metidos en las chimineas, y verlos en el verano echados por las sombras. Siendo esto verdad como es verdad (digo lo que dezimos de los britanos), razón tiene Julio César en que le creamos lo que dize en sus Comentarios, conviene a saber: que passó grandes peligros hasta que domó a estos britanos; porque tan fácilmente se metían y ascondían ellos en una laguna de agua elada como un hombre cansado se echa a una buena sombra.
Según dize Lucano, y Apiano Alexandrino, entre las otras naciones que vinieron a socorrer al gran Pompeyo en la Pharsalia fueron los masságetas, los quales dizen que quando niños les dan leche de dromedarios a mamar y les dan pan de bellotas a comer, y esto hazían aquellos bárbaros por tener las carnes más rezias para trabajar y por tener las piernas más ligeras para correr, y en esto no los podemos llamar bárbaros, sino hombres cuerdos; porque el hombre que come mucho impossible es que sea ligero.
Viriato, que de nación fue español, y fue rey de los lusitanos, y fue gran competidor y enemigo de los romanos; fue tan venturoso en la guerra y tan valeroso en su persona, que, experimentando los romanos por espacio de xiii años que [554] era invencible en la guerra, acordaron de matarle con ponçoña. Y, quando llegó la nueva a Roma que Viriato era muerto, hízose mucha alegría en todo el Imperio Romano, y en parte los romanos tenían razón; porque si Viriato no perdiera la vida, jamás los romanos enseñorearan a España. Junio Rústico, en su Epítoma, dize que este Viriato en su niñez se crió pastor guardando vacas a la ribera del río de Guadiana; después que era ya algo mayor, dióse a robar y a saltear caminos; ya que era en edad de xl años, vino a ser rey de los lusitanos, y esto no por fuerça, sino porque fue elegido por ellos; porque los plebeyos, quando se veen de sus enemigos cercados, a los hombres esforçados eligen, que en ser que sean viciosos no miran. Si no me engañan los historiadores antiguos, quando Viriato era ladrón, traýa consigo por lo menos cien ladrones, los quales andavan calçados con çapatos de plomo, de manera que quando avían de huyr cada uno los llevava; y desta forma, como traýan los pies cargados de plomo entre día, corrían como ciervos de noche; porque ésta es regla general, que quanto más estuvieren desañudadas las coyunturas, tanto más quedaran para correr ligeras las piernas.
En el libro De los hechos de los longobardos dize Paulo Diáchono que antiguamente los capuanos tenían por inviolable ley que los padres a sus hijos hasta que ya fuessen casados ni les davan cama para dormir, ni les dexavan assentarse a su mesa a comer, sino que comían en las manos y dormían en los poyos y suelos, y de verdad la ley era sanctíssima; porque el reposo y descanso no se inventó para moço que aún no tiene barbas, sino para el viejo podrido cargado de canas.
Quinto Cincinato fue segundo dictador de Roma, y a la verdad en merecimiento fue el primero emperador de la tierra. Este excellentíssimo varón fue con tanto trabajo criado, que le hallaron con los callos en las manos, y con el arado en los braços, y con el sudor en la cara quando le buscaron para ser dictador de Roma; porque los antiguos mejor se hallavan ser mandados de los que no sabían sino arar por los campos, que no de aquéllos que no sabían sino holgar por los pueblos.
Calígula, iiii Emperador que fue de Roma, dizen que fue criado con tanta costa y regalo quando niño, que dudavan en [555] Roma quién gastava más: su padre, Drusiano Germánico, en la guerra con los exércitos, o Calígula, su fijo, en la cuna con los regalos. Dicho esto, torno aora yo a preguntar a los príncipes y grandes señores de qué parcialidad querrían ser: de la de Quinto Cincinato, que por su esfuerço ganó tantas tierras estrañas, o de la parcialidad de Calígula, que aun en las torpedades no perdonó a sus hermanas proprias. A mi parecer, aquí muy clara está la respuesta, conviene a saber: la bondad del uno y la maldad del otro; porque Quinto Cincinato no uvo batalla que no venciesse y el maldito Calígula no uvo vicio que no inventasse.
Suetonio Tranquillo, en el segundo libro De los Césares, dize que el Emperador Augusto César, quando sus hijos entravan en el alto Capitolio, do se juntava el Senado, si acaso (quando en el Senado entravan aquellos moços) los senadores se levantavan de la silla, o les hazían alguna mesura, recibía el Emperador dello mucha pena y retraýaselo de palabra. Acaso como un día en el Senado le dixessen por qué con sus hijos era desamorado, dizen que respondió esta palabra: «Si mis hijos fueren buenos, ellos se assentarán do yo estoy assentado; pero si fueren malos, no quiero que su maldad auctorize el Senado; porque la auctoridad y gravedad de los buenos no se ha de emplear en servir ni auctorizar a los malos.»
El xxvi Emperador de Roma fue Alexandro, el qual (aunque mancebo por sus virtudes) fue tan estimado entre los romanos, como lo fue el Magno Alexandro entre los griegos. Pues no diremos que a este buen Emperador la larga experiencia le hizo acertar en la governación de la república; porque, según dize Erodiano, libro sexto, el día que le alçaron por emperador los exércitos era tan pequeño, que le llevavan en braços los suyos. Este fortunado Emperador tuvo una madre que avía nombre Mamea, la qual le dio tan buena criança, que tenía guardas en torno de su palacio, para que no entrassen hombres viciosos a conversar con su hijo. Y no se tenga en poco tener aquella romana este cuydado; porque muchas vezes los príncipes de su proprio natural son buenos, y sola la mala conversación les haze ser malos. Teniendo, pues, como tenía esta excellente muger tanta guarda para que los truhanes [556] no entrassen a dezir lisonjas, ni los maliciosos a dezirle mentiras, acaso díxole un día un romano: «No me parece muy justo, excellente princesa, que pongas mucha guarda en tu hijo, y por otra parte te descuydes de la guarda del Imperio; porque los príncipes no han de estar tan retraýdos, que sea más fácil aver con los dioses audiencia que no hablar con ellos una sola palabra.» Respondió a esto la Emperatriz Mamea: «Los que tienen cargo de governar a los que goviernan, sin comparación han de temer más a los vicios del rey que no a los enemigos del reyno; porque los enemigos acábanse en una batalla, pero los vicios duran por toda la vida, y al fin los enemigos no destruyen sino las possessiones de la tierra, mas el príncipe vicioso destruye las buenas costumbres de la república.» Esto fue lo que respondió aquella generosa romana. Por estas historias que he contado, y por otras muchas que dexo de contar, podrán conocer todos los hombres virtuosos quánto les va en criar a sus hijos con trabajos o criarlos con regalos; pero desde aora adevino que los que esto leyeren loarán que está bien escripto, y junto con esto continuarán en el hijo el regalo; porque los hombres que leen mucho y obran poco son como las campanas, que tañen para que vengan otros a la iglesia y jamás ellas entran en missa.
Dexado aparte lo principal (que es el servicio de Dios, y la honra del padre, y el provecho del hijo), sólo porque no saliessen enfermos devrían los padres apartar de regalo a sus hijos; porque a la verdad los hijos muy regalados por la mayor parte siempre salen muy enfermizos. Qué cosa es ver a un hijo de un labrador el sayo sin agujetas, la camisa rota; los pies descalços, la cabeça sin bonete; el cuerpo sin cinto; el verano sin sombrero, el invierno sin capa; de día arando, de noche apacentando el ganado; comiendo pan de centeno, dormiendo encima de un poyo; y con todo este trabajo está el moço tan sano y tan bueno, que pone a todos desseo de tenerle por fijo. Lo contrario acontece con los hijos de los señores. Qué cosa es ver a un hijo de un rico criarle entre doblados pañales de Olanda; hecha de nueva manera la cuna; por amor de la leche hazen mil regalos a la ama; si acaso enferma la criatura, múdanle el ama, o pónenla en dieta; [557] el padre y la madre no duermen de noche ni de día; traen desvelada toda la casa; no le dexan comer sino çumos de gallinas; para que no caya por las escaleras traen sobre él gran guarda; no pide el niño una cosa quando ya se la tienen traýda; finalmente no emplean el tiempo sino en servirles, no emplean las riquezas sino en regalarlos, no emplean los ojos sino en mirarlos y no emplean los coraçones sino en amarlos. Pues yo les juro que los que emplean las riquezas en regalarlos, algún día empleen los ojos en llorarlos.
Qué cosa es ver a un hombre vano el armonía y gastos que haze en criar a un hijo, en especial si el hombre es un poco viejo y a desseo le nació el hijo, en que a las vezes desperdicia tanta hazienda en criarle, que muchas vezes después le falta para casarle. Y lo peor de todo es que lo superfluo que allí gasta tiene por bien empleado, y dar un pedaço de pan a un pobre tiene por superfluo. Pues ¿es verdad que por gastar mucho los padres, por ser muy cuydadosas las madres, por ser muy regaladas las amas, por ser muy solícitos los siervos, que por esto están más sanos los niños? Por cierto, no, sino que quanto más los curan, más enferman; quanto más comen, más enflaquecen; quanto más los regalan, tanto más se empeoran; quanto más gastan, tanto menos aprovechan. Y esto todo no es sin gran permissión de la providencia divina; porque no quiere Dios que valgan más los pañales de los niños que los vestidos de los pobres. No sin muy profundo misterio cría y guarda Dios a los fijos de los pobres y no permite que se críen los hijos de los ricos; porque el pobre cría a su hijo sin perjuyzio del rico y en provecho de la república, y el rico cría a su hijo con el sudor del pobre y en daño de la república. Pues si esto es assí, como de verdad es assí, muy justo es que muera el lobo que nos come, y viva la oveja que nos viste y mantiene.
Muchas vezes los padres no quieren con aspereza dar buena criança a sus hijos, diziendo que aún son niños y que les queda harto tiempo para ser doctrinados, y aun para mayor escusa de su error afirman que corre peligro la salud del niño quando desde niño muy niño es castigado. Con este descuydo que tienen los padres de los fijos, permite después [558] Dios que salgan tan escandalosos en la república, tan infames a sus parientes, tan inobedientes a sus padres, tan malignos en sus condiciones, tan aviessos en sus costumbres, tan inábiles para la sciencia, tan incorregibles en la disciplina, tan inclinados a la mentira y tan émulos de la verdad, en que quisieran sus padres no sólo averlos castigado con ásperas disciplinas, pero aun holgaran de averlos enterrado con lastimosas lágrimas.
Otra cosa ay en este caso muy digna de notar, y muy más digna de llorar, y es que los padres y las madres, so color que los niños son graciosos, críanlos parleros y chocarreros, la qual cosa después andando el tiempo redunda en gran infamia del padre y muy sobrado peligro del fijo; porque al hombre moço que crían como truhán quando niño, en obligación queda de ser loco quando viejo. Si es malo esto que he dicho, muy peor es esto que quiero dezir, y es que los padres y las madres (y si no, los ayos y las amas) enseñan a los hijos a dezir algunas torpedades y no muy castas palabras, las quales en la edad de los niños no se sufre dezirlas, ni menos en la gravedad de los viejos se permite oýrlas; porque no avría hombres desvergonçados si no consintiessen a los niños que fuessen parleros.
Los hombres que tienen cargo de criar hijos de buenos deven mucho advertir en que los tengan muy subjectos y temerosos, y no deven contentarse con que digan sus padres que están contentos; porque los padres, con el amor desordenado que tienen a los hijos, ni paran mientes si son parleros, ni si son mal criados. E, si aconteciesse como suele acontecer, que el padre fuesse a la mano al maestro para que no le castigasse, en tal caso si el maestro es hombre cuerdo, no menos deve amonestar y reprehender al padre que castigar y yr a la mano al hijo; y, si no aprovechare esto, aconséjole que dexe el cargo; porque los hombres que son de vergüença, después que se pusieren en una cosa o han de perder la vida o han de salir con ella.
No quiero negar que los hijos de los príncipes y grandes señores no sea razón que en su criança y niñez no devían ser mejor tratados y más acatados que no los fijos de los plebeyos [559] y rústicos; porque más delicadamente se cría la palma que da dátiles que coman los hombres, que no la enzina que da bellotas que coman los puercos. Guárdense los príncipes y grandes señores que no sea el regalo que hazen a sus hijos en tan excessivo modo, ni sea tampoco por tanto tiempo, que después, quando quisieren yr a la mano al moço, le tenga ya infistolado el mundo; porque los hijos muy regalados o son desobedientes a sus padres, o son enfermos en sus cuerpos, o son en sus costumbres viciosos, de manera que sus padres harían mejor enterrarlos vivos que no criarlos viciosos. [560]


Capítulo XXXIV

Que los príncipes y grandes señores deven ser muy solícitos en buscar ayos para sus hijos; y de diez condiciones que han de tener los buenos ayos para que sean suficientes de tomar a cargo hijos de buenos; y de honze preguntas que hizieron en Athenas a un philósopho thebano; y de un officio que avía en Roma, y el que le tenía era obligado a buscar y castigar a todos los moços que andavan por Roma perdidos. Es capítulo muy notable para el padre que tiene un hijo muy querido y que le quiere buscar un buen maestro.

Quando aquel Fin que es sin fin quiso dar principio al mundo, ésta es la orden que tuvo en criarlo. El domingo crió el cielo y la tierra; el lunes crió el firmamento; el martes crió las plantas; el miércoles crió el sol y la luna; el jueves crió las aves en el ayre y los peces en la mar; el viernes crió a Adán y a Eva, su muger. Y de verdad en lo que crió, y cómo lo crió, se mostró Dios como Dios, en que luego que acabó la casa, luego puso caseros en ella. Dexando al Criador y hablando de las criaturas, vemos por experiencia que un padre de compañas, en plantando una viña, luego le haze un valladar porque ganados no le coman las cepas; y, desque es mayor la viña, luego le ponen un viñadero porque no le coman caminantes las uvas, de manera que por pequeño que sea el majuelo, o le cerca valladar, o le guarda viñadero. El hombre rico y que en las mares tiene trato, después que ha hecho una nao gruessa y le ha llegado a seys mil ducados la costa, si el tal es hombre cuerdo, primero busca hombre que la rija que no mercaduría con que la cargue; porque en las peligrosas [561] tormentas poco aprovecha que el navío sea gruesso si el piloto no es muy sabio. El padre de las compañas que tiene muchas vacas y ovejas, y aun tiene montes y dehesas para apacentarlas, no sólo busca pastores que las guarden, pero aun busca perros que las ladren y haze corrales donde duerman; porque el sueño de los pastores y la hambre de los lobos no son sino buytrera de ganados. Los valerosos y grandes señores que en fronteras de enemigos tienen fortalezas siempre buscan alcaydes esforçados y fieles para guardarlas; porque de otra manera menos mal es que la fortaleza se derrueque por el suelo, que no que venga a poder de sus enemigos.
Por las comparaciones sobredichas no avrá persona discreta que no entienda a dó va a parar mi pluma, conviene a saber: dezir y provar cómo los hombres que tienen hijos muy queridos, junto con esto tienen estrema necessidad de tener buenos ayos para criarlos, ca la palma, quando es pequeña, fácilmente la quema la elada. Quiero dezir que el moço que desde niño no tiene maestro muy fácilmente le engaña el mundo. Si el señor es cuerdo, no ay señor que tenga fortaleza tan estimada, ni tenga nao tan generosa, ni tenga ganado tan provechoso, ni tenga viña tan fructífera; que no estime en más tener un fijo bueno que a todas estas cosas, y aun a otras mejores que ay en el mundo; porque el buen padre ha de amar a sus hijos como a cosa propria y a todo lo demás como a bienes de fortuna. Si esto es assí (como es assí), pues para conservar el ganado buscan buen pastor, para guardar la viña buscan buen viñadero, para governar la nao buscan buen piloto, para defender la fortaleza buscan buen alcayde, ¿por qué para criar a sus hijos no buscan hombres sabios y cuerdos? ¡O!, príncipes y grandes señores, ya lo tengo dicho y de nuevo torno a dezir, que si trabajáredes un año por dexar a vuestros hijos ricos, sudéys cincuenta años por dexarlos bien criados; porque muy poco aprovecha llevar mucho trigo al molino si el molino está desbaratado. Quiero dezir que en vano se allega y se dexa mucho thesoro quando el hijo que lo ereda en gastarlo no tiene juyzio. No se tenga en poco saber fazer electión de un buen ayo, ca muy cuerdo es el príncipe que le busca y muy bienaventurado es el príncipe que le halla; porque a mi [562] parescer no es de las pequeñas empresas del mundo obligarse uno a criar bien al príncipe eredero.
Según dize Séneca, el hombre sabio todas las cosas ha de comunicar con su verdadero amigo, pero primero ha de saber qué tal es aquel amigo. Quiero dezir que el padre cuerdo para todos sus hijos ha de buscar un buen ayo y encomendarlos todos a aquel ayo, pero conviene que primero sepa qué tal es y quién es aquel ayo; porque harto es de simple el hombre que compra y paga una bestia sin que primero la vea y aun la prueve si es manca. Muchas y muy graves condiciones y costumbres ha de tener el que a los príncipes y hijos de grandes señores ha de criar, ca de una manera se crían los árboles delicados en las huertas y de otra manera se crían los árboles silvestres en las montañas. Será, pues, el caso, que pornemos aquí algunas condiciones que han de tener los ayos que han de criar fijos de buenos, las quales serán causa de dar a ellos mucha honra y a sus discípulos salir con buena criança; porque la gloria del discípulo toda redunda en honra de su maestro.
Lo primero, es necessario que el que ha de ser ayo de algún hijo de bueno, en la edad que ha, ni pierda por carta de más, ni pierda por carta de menos, de manera que ni passe de los sessenta ni abaxe de los quarenta años; porque, teniendo el ayo poca edad, ha vergüença de mandar; y, si tiene muchos años, no puede castigar.
Lo segundo, es necessario y muy necessario que los ayos y maestros sean muy honestos; y esto no sólo quanto a la pureza de la conciencia, pero aun quanto a la esterior limpieza de la vida; porque inpossible es, siendo el maestro dissoluto, que sea el discípulo recogido.
Lo tercero, es necessario que los ayos o maestros de los príncipes y grandes señores sean hombres muy verdaderos, no sólo en sus palabras que hablan, pero aun en las contrataciones que tratan; porque (hablando la verdad) la boca que siempre está llena de mentiras, injusto es que la pongan por maestra de verdades.
Lo quarto, es necessario que los ayos o maestros de los príncipes y grandes señores sean de su natural largos y dadivosos; [563] porque muchas vezes la cobdicia y avaricia de los ayos emponçoña a los coraçones de los príncipes a ser codiciosos y avaros.
Lo quinto, es necessario que los ayos o maestros de los príncipes y grandes señores sean muy moderados en las palabras y muy resolutos en las sentencias, de manera que deven enseñar a los infantes que hablen poco y escuchar mucho; porque muy estremada virtud es en el príncipe que escuche con paciencia y responda con prudencia.
Lo sexto, es necessario que los ayos o maestros de los príncipes y grandes señores sean hombres cuerdos y muy assentados, de manera que con la madureza y reposo del maestro se enfrene el brío y la liviandad del discípulo; porque no ay igual pestilencia en los reynos que ser los príncipes moços y ser los ayos livianos.
Lo séptimo, es necessario que los ayos de los príncipes y grandes señores sean en las escrituras divinas y humanas muy leýdos, de manera que lo que el ayo enseñare al príncipe por palabra, se lo muestre en la escriptura averlo hecho otros príncipes por obra; porque los coraçones humanos más se mueven con los exemplos de los passados que no con las palabras de los presentes.
Lo octavo, es necessario que los ayos de los príncipes de los vicios de la carne no sean notados, ca los moços, como son moços y naturalmente son de la carne combatidos, ni tienen fortaleza para ser castos, ni tienen prudencia para ser cautos; y a esta causa es necessario que sus maestros sean muy limpios; porque jamás será el discípulo casto, viendo que su maestro es vicioso.
Lo nono, es necessario que los ayos o maestros de los príncipes y grandes señores sean bien acondicionados, a causa que muchas vezes, como los hijos de los señores son regalados, siempre toman algunos malos siniestros, los quales sus ayos les han de quitar más con la conversación buena que no con la disciplina áspera; porque no pocas vezes acontece de ser el ayo mal acondicionado no ser el príncipe amoroso.
Lo décimo, es necessario que los ayos de los príncipes y grandes señores no sólo ayan visto y leýdo muchas cosas, [564] pero aun que ayan experimentado varias fortunas. Y la razón es que, como los hijos de grandes señores, de que les dé Dios estados, han de hablar a muchos, responder a muchos y tratar con muchos, esles muy provechoso tratar con hombres expertos; porque al fin al fin el hombre experimentado a todos tiene ventaja en consejo.
Estas diez reglas he querido poner en esta mi escritura para que los padres las tengan en su memoria quando buscaren ayos que críen como han de criar a sus hijos, que a mi parecer mayor culpa tiene el padre en buscar mal maestro que no tiene el maestro en sacar mal discípulo; porque si yo eliio mal xastre, mi culpa es que se estrague la ropa. Caso que los romanos en todas las cosas fueron muy complidos, la cosa de que más les tengo embidia es la muy buena criança que davan a los hijos de los buenos en Roma; porque a la verdad impossible es en ninguna ciudad aver buena república si en doctrinar y castigar a los moços no se pone diligencia.
Sabéllico en sus Rasodias dize que en el año de ccccxv de la fundación de Roma, siendo cónsules Quinto Servilio y Lucio Gémino, estando en la guerra contra los volscos el muy venturoso capitán romano Camillo, levantóse en Roma una muy gran diferencia entre el pueblo y entre los cavalleros, y esta diferencia era sobre el proveer de los oficios; porque muy antigua querella es en las grandes repúblicas, en los cavalleros sobrarles sobervia para mandar y en los plebeyos faltarles la paciencia para obedescer. Querían, pues, los cavalleros que se criasse un tribuno militar en el Senado, el qual hablasse en nombre de todos los cavalleros absentes y presentes; porque dezían ellos que, estando como estavan siempre en la guerra, quedava en poder de los plebeyos toda la república. Los plebeyos, por otra parte, importunavan y pedían que se criasse de nuevo un oficio, el qual tuviesse cargo de ver y examinar cómo se criavan los moços en el pueblo; porque los plebeyos acusavan a los cavalleros que, como ellos estavan lo más del tiempo en la guerra, andavan sus hijos perdidos por Roma.
Acordóse por entonces que se criasse un tribuno militar, el qual en auctoridad y dignidad fuesse igual con los senadores, y que éste representasse el estado de los militares; pero este [565] oficio no duró más de quatro años en Roma, conviene a saber: hasta que bolvió Camilo de la guerra; porque las cosas que sobre razón no se fundan, ellas mismas de suyo caen. Todavía los cavalleros romanos porfiavan que les guardassen su preeminencia; por otra parte contradezíalo todo el común de Roma. Finalmente el buen capitán Camillo llamó a todos los cavalleros y díxoles estas palabras:
«Yo tengo muy gran vergüença que la grandeza de los cavalleros romanos se tengan en tan poco que se abatan a competir con los míseros plebeyos; porque a la verdad no gana tanta honra el grande en vencer al pequeño, quanta gana el pequeño en competir con el grande. Digo que me pesa desta competencia que ay entre los unos y entre los otros en Roma; porque para salir los cavalleros con vuestra honra, o los avéys de vencer, o los avéys de matar. Vencerlos no podéys, porque son muchos; matarlos no devéys, porque al fin son vuestros. Y para esto no ay otro igual remedio que es dissimularlo, porque los negocios que no sufren fuerça, ni tienen justicia, el último remedio es salir dellos por maña. Los dioses inmortales no criaron a los cavalleros romanos para governar pueblos, sino para conquistar reynos. Y torno a dezir que no nos criaron para enseñar leyes a los nuestros, sino para dar leyes a los estraños. Y, si somos hijos de nuestros padres y imitadores de los romanos antiguos, no nos contentaremos con mandar a Roma, sino mandar a los que mandan a Roma; porque el coraçón del verdadero romano en poco ha de tener verse señor del mundo si sabe que aún ay de conquistar otro mundo. Vosotros criastes este oficio de tribuno militar estando nosotros en la guerra, del qual no ay agora necessidad, pues estamos en la paz; y es mi voluntad que no le aya más en la república, y muéveme a hazer esto en ver que, según lo que merece la cavallería romana, no ay riqueza ni dignidad en Roma con que pueda ser pagada. E si ser tribuno militar tenéys por honra, pues todos no podéys tenerla, parésceme que devéys carecer todos della; porque entre los hombres generosos y aun plebeyos pocas vezes se sufre con paciencia [566] que lo que ganaron y merecen muchos lo tenga y se lo goze uno solo.»
Cuenta esta historia el sobredicho Sabéllico, y acota por auctor a Pulión, libro quinto De oficijs Rome, y dize que por esta buena obra que hizo Camillo en Roma (conviene a saber: poner paz entre los mayores y menores) fue tan amado de los romanos, quan temido de los enemigos; y no sin muy justa causa, porque a mi parecer de mayor excellencia es poner uno paz entre los suyos que no robar y matar a los estraños. Cerca deste oficio de tribuno militar sobre que uvo tan gran diferencia en Roma, no sé quál fue mayor: la temeridad de los cavalleros en procurarlo, o la cordura de Camillo en deshazerlo; que a la verdad el arte de cavallería más se inventó para defender la república que no para estarse en su casa y tener cargo de la justicia; porque al buen cavallero mejor le parece que esté cargado de armas para resistir a los enemigos, que no que esté arrodeado de libros para determinar pleytos.
Tornando, pues, al propósito de lo que los plebeyos se quexavan de los militares, ordenóse en conformidad de todos que se criasse un oficio en Roma que tuviesse cargo el que le tuviesse de andar por toda Roma a ver y saber quáles eran los que no davan a sus hijos criança, y si acaso hallavan algún fijo de vezino que fuesse mal disciplinado, castigavan al hijo y desterravan al padre. Y cierto el castigo era muy justo; porque mayor pena merece el padre por lo que consiente que no merece el hijo por las travessuras que haze. Quando Roma era Roma y de todo el mundo era loada su república, al más anciano y más virtuoso romano eligían para este oficio, conviene a saber: ser general visitador de los moços del pueblo. Paresce esto ser verdad en que aquella persona que tenía este oficio ogaño, esperava ser cónsul o dictador o censor otro año, como se vio en Marco Porcio, el qual, de ser veedor o corrector de los moços, suscedió en ser censor o justicia de los pueblos; porque los romanos no fiavan el oficio de justicia sino de hombre que de todos los oficios tenía experiencia. [567]
Patricio Senense, en el libro de su República, dize que la ciudad de Carthago, antes que entrassen en ella las guerras de Roma, era ciudad assaz bien generosa y de muy concertada república, pero es ya antiguo privilegio de la guerra que mata las personas, consume a las haziendas y, sobre todo, engendra passiones nuevas y destruye las buenas costumbres antiguas. Tenían, pues, por costumbre los carthaginenses que los niños (en especial los fijos de los hombres honrados) se criassen en los templos desde los tres hasta los doze años; desde los doze hasta los veynte deprendían oficios; desde los veynte hasta los veynte y cinco en la casa militar enseñávanles cosas de guerra. Cumplidos ya los treynta años entendían en sus casamientos; porque era inviolable ley entre ellos que por lo menos no se casassen sin que el moço uviesse treynta y la moça veynte y cinco años. Ya después que eran casados, dentro de un mes avían de presentarse en el Senado, y allí avían de elegir en qué oficio y estado querían vivir, conviene a saber: si quería servir en los templos, o seguir la guerra, o navegar por la mar, o ganar de comer por la tierra, o seguir el oficio que avía aprendido. Y el estado y oficio que tomava aquel día, en aquél avía de perseverar toda su vida, y a la verdad la ley era buena; porque de mudar todos oficios y estados viene aver en el mundo tantos hombres perdidos.
Todos los excellentes y grandes príncipes antiguos todos tuvieron muy grandes philósophos por maestros. Parece esto ser verdad, porque el rey Darío tuvo por maestro al philósopho Lichanio; el Magno Alexandro tuvo por maestro al gran philósopho Aristóteles; el rey Astagerges tuvo por maestro al philósopho Tíndaro; el muy venturoso capitán de los athenienses, Palimón, tuvo por maestro y precetor al philósopho Xenóchrates; Xemíades, único rey de los corinthos, tuvo por maestro suyo y por ayo de sus hijos al philósopho Chilo; Epaminundas, príncipe de los thebanos, tuvo por maestro suyo, y aun por consejero, al philósopho Maruto; Ulixes, el griego, según dize el poeta Homero, tuvo por maestro y por compañero en sus trabajos al philósopho Cathino; Pirro, rey que fue de los epirotas y gran defensor de los tharentinos, tuvo por su maestro y coronista al philósopho Arthemio, del qual [568] dize Cícero, Ad Athicum, que tuvo más aguda la lança para pelear que no cortada la pluma para escrevir; el gran rey Tholomeo Philadelpho no sólo fue discípulo de los más señalados philósophos griegos, pero aun después que fue rey embió por setenta y dos philósophos ebreos; Ciro, rey de Persia, el que destruyó a la gran Babilonia, tuvo por maestro al philósopho Prístico; Octavio Augusto, segundo Emperador que fue de Roma, entre otros tuvo por maestro a un philósopho y poeta muy insigne que avía nombre Polemio; Trajano, el Emperador, tuvo por maestro a Plutharco, el qual no sólo lo doctrinó en la infancia, mas aun le escrivió un libro en cómo avía de governar a sí y a la república. Por estos pocos exemplos que he contado, y por otros muchos que dexo de contar, podrán ver los príncipes de los tiempos presentes qué solicitud tenían en dar buenos ayos y maestros a sus fijos los príncipes de los tiempos passados.
¡O!, príncipes y grandes señores, pues los que soys agora no menos presumís que presumieron los que fueron antes, querría que mirássedes quién sublimó a aquéllos a tanta grandeza y quién les hizo de sí dexar tan eterna memoria; porque a la verdad los hombres generosos no alcançaron la fama por el regalo que tuvieron en los vicios, sino por el trabajo que sufrieron en las virtudes. Torno a dezir que los príncipes passados no se hizieron famosos por ser de muy grandes fuerças, ni por tener muy dispuestas personas, ni por descender de muy delicadas sangres, ni por posseer muchos reynos, ni por athesorar muchos thesoros; sólo lo alcançaron por averles dado sus padres buenos ayos quando niños y por tener cabe sí buenos consejeros quando eran mayores.
Laercio, De vitis philosophorum, y Bocacio, en el libro Del linage de los dioses, dizen que era costumbre entre los philósophos de Athenas que ningún philósopho estrangero pudiesse leer en su academia sin que primero fuesse examinado en natural y moral philosophía; porque era antiguo proverbio entre los griegos que en la academia de Athenas hombre vicioso no podía entrar, ni palabra ociosa allí se podía dezir, ni a philósopho ignorante allí consentían leer. Acaso como viniessen muchos philósophos del monte Olimpo, entre los otros vino [569] uno a ver los philósophos de Athenas, y él era de nación thebano, varón (según se pareció después) en filosofía natural y moral muy doctíssimo. Y, como quisiesse quedarse en Athenas, fue examinado, y de muchas y diversas cosas preguntado, y entre las otras fueron éstas algunas dellas.
Fue preguntado lo primero: «Di, ¿qué es la causa por que la muger es mala, como sea verdad que naturalmente naturaleza la proveyó de vergüença?» Respondió el filósofo: «La muger no es mala sino porque le sobra soltura y le falta vergüença.»
Fue preguntado lo segundo: «Di, ¿por qué se pierden los mancebos?» Respondió el philósopho: «Los mancebos no se pierden sino porque les sobra tiempo para hazer mal y les faltan maestros que los costriñan a bien.»
Fue preguntado lo tercero: «Di, ¿por qué los hombres prudentes se engañan como se engañan los simples?» Respondió el philósopho: «El sabio nunca se engaña si no es de hombre que tiene las palabras buenas y por otra parte tiene las intenciones malas.»
Fue preguntado lo quarto: «Di, ¿quál es el hombre de quien más se deve guardar el hombre?» Respondió el philósopho: «No ay en los hombres peor enemigo que aquél que vee en ti lo que él esperava para sí.»
Fue preguntado lo quinto: «Di, ¿por qué muchos príncipes comiençan bien y acaban mal?» Respondió el philósopho: «Por esso los príncipes comiençan bien, porque su natural es bueno; y por esso acaban mal, porque no ay quien les vaya a la mano.»
Fue preguntado lo sexto: «Di, ¿por qué los príncipes hazen tan grandes desafueros?» Respondió el philósopho: «Porque sobra quien les ofenda con lisonjas y falta quien los sirva con verdades.»
Fue preguntado lo séptimo: «Di, ¿por qué los hombres antiguos fueron tan sabios y por contrario los hombres de agora son tan simples?» Respondió el philósopho: «Porque los antiguos no procuravan sino saber y los presentes no trabajan sino por tener.»
Fue preguntado lo octavo: «Di, ¿por qué en las casas de los príncipes y grandes señores se crían tantos viciosos?» [570] Respondió el philósopho: «Porque les sobra el regalo y les falta el consejo.»
Fue preguntado lo nono: «Di, ¿por qué los más de los hombres viven desassossegados y muy pocos biven quietos?» Respondió el philósopho: «No ay hombre desassossegado sino el que muere por lo ajeno y tiene en poco lo suyo.»
Fue preguntado lo décimo: «Di, ¿en qué se conoce estar la república perdida?» Respondió el philósopho: «No ay república perdida sino do los moços son livianos y los viejos son viciosos.»
Fue preguntado lo undécimo: «Di, ¿con qué se sustenta la república?» Respondió el philósopho: «No puede perecer la república en la qual ay justicia para los pobres, castigo para los tyranos, peso y medida en los mantenimientos, y, sobre todo, si ay mucha disciplina en los moços y poca codicia en los viejos.»
Cuenta ad plenum todo esto Afro Historiógrapho, libro décimo De las cosas de Athenas etc. Por cierto, a mi parecer, las palabras deste philósopho son pocas, pero las sentencias son muchas, y no por más he querido traer aquí esta historia de aprovecharme de la última palabra o respuesta, do dize que todo el bien de la república consiste en que aya príncipes que atajen la codicia de los viejos y que aya maestros que den disciplina a los moços. Vemos por experiencia que si los animales no están atados, o los panes no están cercados, jamás se cogerán los fructos maduros. Quiero dezir que siempre en los pueblos avrá alborotos si los moços no tienen buenos padres que les vayan a la mano, o sabios maestros que les administren castigo. No podemos negar que el cuchillo, aunque sea de buen azero, no tenga necessidad de tiempo a tiempo darle un filo; y por semejante el moço durante el tiempo que es moço de tiempo a tiempo, aunque no lo merezca, es necessario que sea corregido.
¡O!, príncipes y grandes señores, yo no sé con quién tomáys consejo quando os nasce un hijo y le proveéys de ayo o de maestro, que (según veo) elegís no el más virtuoso, sino el más rico; no el más sabio, sino el más torpe; no el más reposado, sino el más entremetido; finalmente fiáys a vuestro hijo [571] no de quien mejor lo merece, sino de quien mejor lo procura. De nuevo os torno a dezir, ¡o! príncipes y grandes señores, no fiéys a vuestros fijos en manos de aquéllos que tienen más los ojos en su provecho que no los coraçones en vuestro servicio; porque los tales por hazerse ricos crían a los príncipes viciosos.
No piensen los príncipes que les va poco en saber o acertar en elegir un buen ayo, y el señor que en esto no pone diligencia digno es de gravíssima culpa, y porque no pretendan ignorancia, guárdense del hombre que tiene la vida sospechosa y tiene la cobdicia desordenada. En casa de los príncipes, a mi parescer, el oficio de ayos no se ha de dar como se dan los otros oficios, conviene a saber: que se dan por ruegos, o se dan por dineros, o se dan por importunidades, o se dan por privanças, ni aun se deve dar este oficio por paga de servicios; ca no se sigue que si uno ha sido embaxador en reynos estraños, o capitán de grandes exércitos, o aya tenido en la casa real generosos oficios, que por esso es ábile para doctrinar y enseñar a hijos de buenos; porque para ser buen capitán abasta que sea el hombre esforçado y fortunado, y para ser ayo de príncipes conviene que sea virtuoso y reposado. [572]


Capítulo XXXV

De los hijos que tuvo Marco Aurelio Emperador, uno de los quales, que era el su más querido, se le murió; y de los ayos que buscó para el otro hijo, que era el príncipe Cómodo; y de la fiesta que celebravan los príncipes romanos al dios Genio, que era el dios de los nascimientos. Toca aquí el auctor la costumbre de jurar entre los antiguos, en especial que en Roma ninguno podía hazer juramento sin que primero pidiesse licencia al Senado para hazerlo.

Marco Aurelio, xvii Emperador que fue de Roma, en el tiempo que estuvo casado con Faustina, hija única que fue del Emperador Antonio Pío, solos dos hijos tuvieron, el mayor de los quales se llamó Cómodo y el segundo uvo nombre Veríssimo. Destos dos hijos, el que eredó el Imperio fue Cómodo, el qual fue tan malo en xiii años que governó el Imperio, que pareció más ser discípulo de Nero el cruel que no ser nieto de Antonio Pío y hijo del buen Marco Aurelio. Fue este malaventurado Cómodo tan suelto en la lengua, tan desonesto en su persona, tan cruel con su república, que muchas vezes él siendo vivo apostavan en Roma que no avría una sola virtud que en él se hallasse ni se hallaría un vicio de que él careciesse. Por contrario, el segundo fijo, que fue el infante Veríssimo, era además hermoso en el gesto, elegante en el cuerpo y de seso muy reposado, y (lo que es más) era por su buena conversación de todos muy quisto; porque los príncipes hermosos y virtuosos con la hermosura atraen a sí los ojos de los que les miran y con la buena conversación roban los coraçones de los que los tratan. Era este infante [573] Veríssimo esperança del pueblo y gloria del viejo su padre, de manera que tenían determinado que fuesse eredero del Imperio este infante Veríssimo y quedasse deseredado el príncipe Cómodo, y desto no se deve nadie maravillar; porque muy justo es que, pues el hijo no emienda la vida, tenga libertad el padre de mudar la erencia.
Como los buenos desseos y los hijos regalados muchas vezes se manquen con los hados desdichados, siendo Marco Aurelio de edad de cincuenta y dos años, acaso el infante Veríssimo, que era gloria de Roma y esperança de su padre, murió en el puerto de Hostia de una muy repentina dolencia, y fue de todos tan llorada su muerte quanto era de todos desseada su vida. Era lástima de ver al padre lo que sintió de la muerte del hijo, y era compasión ver al Senado quán de coraçón sentía la muerte del príncipe eredero, ca el viejo con la lástima no salía al Senado y el Senado por algunos días estuvo retraýdo en el alto Capitolio. Y que por la muerte de aquel príncipe moço se hiziesse tan gran sentimiento no se maraville ninguno; porque si los hombres supiessen qué pierden en perder un príncipe virtuoso, jamás por jamás cessarían sus ojos de llorarlo. Quando muere un cavallero, quando muere un escudero, quando muere un oficial, o quando muere un plebeyo, no muere más de uno; y, no muriendo más de uno, no le han de llorar más de por uno; pero quando muere un príncipe, el qual era bueno para todos y vivía en provecho de todos, entonces han de hazer cuenta que mueren todos, y hanlo de sentir todos, y hanle de llorar todos; porque algunas vezes acontece que en pos de dos o tres príncipes buenos luego les suscede una flota de tyranos.
Pues Marco el Emperador, como hombre heroico y de alto juyzio, aunque no podía del todo desraygar las raýzes del dolor de dentro, acordó a lo menos de escamondar las ramas de la tristeza de fuera; porque (hablando la verdad) ninguno por ninguna cosa deve mostrar sobrada tristeza si no es por aver perdido la honra y por tener en peligro la conciencia. Este buen Emperador, como hombre que se le apedreó toda su viña, en el fructo de la qual tenía toda su esperança, y después a más no poder se contenta con la rebusca; muerto el [574] infante Veríssimo, su muy querido hijo, mandó traer al palacio al príncipe Cómodo, su único eredero. Julio Capitolino, que fue uno de los que escrivieron de los tiempos de Marco, dize en este passo que, como viesse el padre la demasiada desemboltura y poca vergüença que traýa consigo el príncipe Cómodo, arrasáronsele los ojos de lágrimas al buen viejo, y esto porque le vino a la memoria la vergüença y reposo que tenía consigo el infante Veríssimo; porque los coraçones lastimados lloran con los ojos la prosperidad passada y lloran con el coraçón la calamidad presente.
Aunque Marco, el Emperador, estava por la muerte del hijo muy lastimado, no por esso se descuydó cómo avía de ser criado el príncipe Cómodo, y esto antes que en edad y cuerpo fuesse más crescido; porque al fin al fin no podemos negar sino que tales son los príncipes quando hombres, quales fueron criados quando niños. Conociendo, pues, el buen padre que las malas inclinaciones de su fijo avían mucho de dañarle para la governación del Imperio, mandó buscar en toda Italia para ayos de Cómodo a los más sabios en letras, a los más famosos en fama, a los más virtuosos de hecho, y a los honbres ancianos y de más reposado juyzio; porque assí como el polvo no se sacude del paño fino sino con el palo seco, assí las liviandades de los moços muy moços no se remedian sino con las duras disciplinas de los viejos.
Promulgado el edicto en Roma, y derramada la fama por toda Italia, concurrieron al mandamiento del Emperador muchos y muchas maneras de sabios, a los quales mandó todos examinar, aviendo información de la sangre de sus passados, de la edad de sus personas, del govierno de sus casas, del trato de sus haziendas, del crédito entre sus vezinos, de las sciencias en que eran enseñados; sobre todo fueron examinados no menos de la pureza de sus vidas que de la gravedad de sus personas; porque muchos hombres ay los quales son graves en las palabras públicas y son muy livianos en las obras secretas. Hablando más en particular, mandó que examinassen a los astrólogos en astrología, a los philósophos en philosophía, a los músicos en música, a los oradores en oratoria; y assí de las otras sciencias por orden, en que cada uno dezía ser instruydo. [575] No se contentó el buen Emperador hazer esto una vez, sino muchas; no un día, sino muchos días; no sólo por manos agenas, mas aun por las sus manos proprias. Finalmente, assí fueron examinados todos como si todos fueran uno y aquel uno uviera de quedar solo por ayo.
Para el perfecto conocimiento de las cosas, y para que no erremos en la eleción dellas, a mi parecer no sólo es menester la experiencia propria y tener el juyzio claro, mas aun es necessario el parecer ajeno; porque el conocimiento de las cosas en confuso es fácil, pero la eleción dellas en particular es difícil. Esto se dize a causa que el buen Emperador mandó elegir para ayos de su hijo de muchos, pocos; y, de pocos, los más sabios; y, de los más sabios, los más expertos; y, de los más expertos, los más cuerdos; y, de los más cuerdos, los más reposados; y, de los más reposados, los más ancianos; y, de los más ancianos, los más generosos. Por cierto digna es de loar la tal eleción; porque aquéllos son verdaderos ayos de príncipes que son generosos en la sangre, ancianos en la edad, honestos en la vida y hombres de poca locura y mucha experiencia. Según las siete artes liberales, eligiéronse dos maestros de cada una, de manera que era el príncipe uno y los ayos y maestros eran quatorze, pero con todo esto las obras del príncipe Cómodo salieron muy aviessas de lo que desseava Marco; porque el fin del padre fue enseñar al hijo todas las sciencias, y el estudio del fijo fue darse a todos los vicios.
A fama de tan gran cosa como era querer dar ayos al príncipe Cómodo, el qual era del Imperio único eredero, y que los tales ayos avían de ser no los más favorescidos, sino los que paresciessen ser más sabios, acudieron en breve tiempo tantos philósophos a Roma, como si resuscitara el divino Platón en Grecia. Y no nos maravillemos que los sabios deseassen tener con el Emperador aquella privança; porque al fin no ay hombre tan sabio ni tan virtuoso, que alguna vez no se vaya en pos de los favores del mundo. Como eran muchos los sabios, y solos xiiii se eligieron de todos, fue necessario despedir a los otros. Fue tan prudente el buen Marco Aurelio en este caso, que a unos con alegre cara, a otros con dulces palabras, a otros con cierta esperança, a otros con dones y [576] presentes, fue despedida aquella hueste de sabios sin que viesse ni oyesse nadie que yvan quexosos; porque no conviene a la generosidad del príncipe el hombre que vino a su casa por solo su servicio se aparte de su cara con algún dessabrimiento.
Este buen Emperador mostróse sabio en buscar tantos sabios, mostróse prudente en la electión de los unos, mostróse muy cuerdo en despedir a los otros contentos, que como vemos cada día por experiencia, aunque las electiones sean buenas, suélense engendrar dellas muy crudas passiones; porque los tales de no ser electos están lastimados y de ver que eligeron a los otros están afrentados. En semejantes casos no se tenga en poco buscar un espediente bueno; porque el platero muchas vezes pide más por la obra que fizo que no por la plata que puso. Quiero dezir que algunas vezes más honra merecen los príncipes por los buenos medios que tuvieron en los negocios que no por los buenos fines que alcançaron en ellos; porque lo uno guía la ventura, mas lo otro encamina la cordura.
No contento con esto, proveyó que aquellos quatorze philósophos posassen en su casa, anduviessen y comiessen a su mesa, acompañassen a su persona. Y esto hazía él por ver si su vida era conforme a su sciencia y sus palabras conformavan con sus obras; porque ay muchos hombres que son dulces en la lengua y infames en la vida. Julio Capitolino y Cina Catulo, que fueron escriptores deste hecho, dizen que era cosa maravillosa ver cómo el buen Emperador los mirava, ver si eran sobrios en el comer, si eran templados en el bever, si eran reposados en el andar, si se ocupavan en el estudiar y, sobre todo, si eran cuerdos en el hablar y honestos en el vivir. Pluguiesse a Dios que los príncipes de nuestros tiempos fuessen en esto curiosos y cuydadosos, y no que en fiar los negocios no se les dé nada fiar de unos más que de otros; porque, hablando con devido acatamiento, no le sobra mucha sabiduría al príncipe que comete cosa de importancia al hombre que no sabe si tiene abilidad para ella. Muchos se escandalizan y murmuran cómo los príncipes y grandes señores yerran tantas cosas, y por el contrario yo me maravillo cómo aciertan ninguna, ca si ellos los graves negocios encomendassen a [577] hombres expertos, si acaso errassen una cosa, acertarían ciento; pero como los príncipes se fían de personas no espertas, y aun a las vezes a ellos incógnitas, si aciertan en una, yerran ciento. En este caso digo que no ay cosa que más destruya a los príncipes nuevos que es no fiarse de sus antiguos y fieles criados; porque al fin no sale el amor verdadero sino del que come el pan continuo.
Razón es que tomen aquí exemplo deste príncipe todos los príncipes en buscar para sus fijos buenos ayos; y, si los ayos son buenos y los discípulos salieren aviessos, en tal caso no serán los padres culpados; porque muy gran disculpa es de los príncipes y grandes señores ver que si se pierden sus hijos no es por falta de criança, sino por sobra de malicia. Tenían por costumbre los príncipes romanos de celebrar la fiesta del dios Genio, el qual genio era el dios de su nacimiento, y esta fiesta se celebrava cada año el día en que el Emperador avía nascido, y era la fiesta tan regozijada por toda Roma, que aquel día se perdonavan todos los presos de la cárcel mamortina. Pero es de saber que si avía alguno amotinado los pueblos, o hecho trayción en los exércitos, o avía robado o hecho algún desacato a los templos, jamás por jamás estos tres delictos eran en Roma perdonados. Assí como en la religión christiana el supremo juramento es jurar sobre la ara bendita o sobre los Evangelios consagrados, assí entre los romanos no avía otro mayor juramento que era jurar por el dios Genio. Como era éste supremo juramento no podía ninguno jurarlo sin licencia del Senado, y esto avía de ser en manos de los sacerdotes del dios Genio, y si acaso se jurava este juramento por cosa ligera, el que le jurava caýa en pena de la vida; porque en Roma era ley muy usada que ninguno osasse hazer solenne juramento sin que pidiesse primero licencia al Senado. No permitían los romanos que los hombres mentirosos ni tramposos fuessen creýdos por sus juramentos, y tampoco consentían que los tales hiziessen juramentos, ca dezían ellos que los hombres perjuros blasfeman de los dioses y engañan a los hombres.
El sobredicho Emperador Marco Aurelio nasció en el mes de abril, a veynte y siete días andados. Y, como él nasciesse en [578] Roma en el monte Celio, acaso un día celebrávase la fiesta del dios Genio, que era el día que nasció Marco. Vinieron allí a solazar la fiesta gladiatores, y estriones, y pantomimos, y (como si dixéssemos) dançadores de espadas y atabales y juglares; porque los romanos en sus grandes fiestas toda la noche se ocupavan en ofrecer a los dioses sacrificios y después todo el día espendían en plazeres y juegos y juglares de plazer. Hazían, pues, aquellos juglares tales y tantas cosas de burla, que a todos los que las miravan provocavan a risa. Y eran los romanos tan estremados en las cosas de burla y en las cosas de veras, que en los días de plazer no avían de parecer los que tenían pesar y por contrario en el día de pesar no avían de parecer los que tenían plazer, por manera que en los actos públicos todos avían de llorar o todos avían de reýr. Dize Cina Catulo que este buen Emperador era tan bien acondicionado, que holgava que se holgassen todos, y regozijávase si se regozijavan todos; y siempre quando el pueblo romano hazía alguna gran fiesta, él salía en persona a auctorizársela, y mostrava en ella tanta alegría como si él solo y no otro gozara de aquella fiesta; porque de otra manera, teniendo el príncipe triste la cara, ni deve, ni osará ninguno mostrar alegría. Dizen deste buen Emperador sus historiadores que en las fiestas y grandes regozijos jamás le vieron menos alegre de lo que convenía a la fiesta, ni jamás en él vieron tan sobrada alegría, que excediesse a la gravedad de su persona; porque el príncipe que de virtud y generosidad es presuntuoso, gran falta le es si en las cosas de veras no es pesado y en las cosas de burla le notan de liviano.
Como agora andan los príncipes rodeados de hombres armados, assí andava este buen Emperador acompañado de muy sabios philósophos; y lo que más es y en más se ha de tener, que en las fiestas y grandes regozijos van los príncipes cargados de hambrientos truhanes, yva entonces Marco Aurelio acompañado de hombres prudentes. De verdad él fazía como prudentíssimo varón; porque teniendo el príncipe cabe sí buena compañía, impossible es que murmuren dél en su república. Dize Sexto Cheronense que un senador, llamado Fabio Patroclo, viendo que Marco el Emperador sienpre yva [579] al Senado y a los theatros rodeado de sabios, díxole jocosamente: «Di, señor, ¿por qué no vas al theatro como al theatro y al Senado como al Senado; porque al Senado han de yr los sabios a que nos den consejo y al theatro han de yr los locos para que nos den algún passatiempo?» Respondióle a esto el buen Marco Aurelio: «Amigo, hágote saber que vives muy engañado, ca al Sacro Senado, do están tantos sabios, querría yo llevar a todos los locos porque allí los tornassen cuerdos; y al theatro, do están todos los locos, querría yo llevar a todos los sabios porque no me dexen tornar loco.» Fue por cierto esta sentencia como de la persona que fue dicha. Amonesto y mucho amonesto a los príncipes y grandes señores que, quando trataren con truhanes y con locos, huelguen de tener cabe sí algunos hombres sabios, en especial si los locos son maliciosos; porque en los coraçones generosos más lastima una palabra con malicia que no una saetada con yerva.
Viniendo, pues, al caso, como el buen Emperador estuviesse en la fiesta del dios Genio, y juntamente estuviessen allí los quatorze ayos que avían de ser del príncipe Cómodo, un truhán más gracioso que todos hizo lo que los semejantes en semejantes lugares suelen hazer; porque en las semejantes liviandades el hombre que dize mayores desatinos, aquél comúnmente es más amado de todos. Marco Aurelio, como era tan sabio, más empleava los ojos en mirar a los quatorze maestros que no en cevarlos en ver lo que hazían los locos; y acaso vio que los cinco de aquellos maestros, con el gran regozijo que hazían los locos, pateavan con los pies, ladeávanse en las sillas, hablavan algo alto y reýanse demasiado, lo qual todo en varones muy estimados cierto fue desonesto; porque la honestidad y compostura del cuerpo gran testimonio es de estar el coraçón reposado. Visto por el Emperador la liviandad de los cinco sabios, y que todos los graves romanos estavan escandalizados dellos, sintiólo muy de coraçón, assí por averlos allí traýdo, como por aver en la electión errado; pero aprovechóse allí tanto de su sabiduría, a que no sólo no mostró estar afrentado, pero aun dissimulava que no lo avía visto; porque los príncipes sabios han de sentir las cosas como hombres, pero hanlas de dissimular como discretos. [579]
No quiso el Emperador luego en la hora allí amonestarlos, ni menos delante de otros reprehenderlos, sino que dexó passar la fiesta, y aun algunos días después della, los quales passados, el Emperador los habló mucho en secreto, no diziéndoles cosa alguna en público, en lo qual él se mostró príncipe clementíssimo; porque a la verdad muy injusta es la correción pública a la qual no ha precedido amonestación secreta. Las cosas que Marco Aurelio dixo a estos cinco ayos quando los echó de su compañía escrívelas él mismo en el tercero libro, capítulo quinto, so el título Ad stultos pedagogos, y dize que les dixo estas palabras. [580]


Capítulo XXXVI

De una plática que hizo Marco Aurelio Emperador a cinco ayos de los quatorze que avía elegido para maestros de su fijo, a los quales despide de su palacio porque los vio hazer ciertas liviandades en la fiesta del dios Genio.

No quisiera, amigos, proveer lo que no se puede escusar, ni quisiera mandaros lo que os quiero mandar, conviene a saber: deziros que queden comigo los dioses piadosos y vayan con vosotros los mesmos dioses justos, y junto con esto de mí y de vosotros se aparten los hados desdichados; porque el hombre de malos hados mejor le sería yrse para los muertos que no quedarse con los vivos. Pues ya os avía rescebido, y con mucha diligencia os avía buscado, y mi fin era para que fuéssedes ayos de mi hijo, el príncipe Cómodo; a los dioses inmortales protesto que a mí me pesa, y que de vuestra afrenta yo recibo afrenta, y que de vuestra pena la mayor parte es mía; pero no se puede menos hazer, porque no ha de aver en el mundo amistad tan estrecha por la qual se deva poner en peligro la fama. Los sabios que yo busco no sólo los quiero para doctrinar al príncipe Cómodo, pero aun para que reformen a los que mal viven en mi palacio, y agora veo lo contrario, conviene a saber: que, aviéndose de tornar los que son locos sabios, por el contrario veo que los sabios se tornan locos.
¿No sabéys vosotros que el oro fino defiende la fineza de sus quilates entre las vivas brasas y que el hombre cuerdo muestra su cordura en semejantes locuras; porque a la verdad en la fragua se prueva el oro si es fino, y en las liviandades del loco se prueva la cordura del cuerdo? ¿No sabéys que [582] el sabio no se conoce entre los sabios, ni el loco se conoce entre los locos, sino que entre los cuerdos se escurecen los locos y entre los locos resplandecen los sabios; porque allí el sabio muestra su sabiduría do a todos sobra la locura y a él solo no le falta cordura? ¿No sabéys que en las feroces heridas muestra su experiencia el cirujano, y en las peligrosas enfermedades muestra su saber el médico, y en las dubdosas batallas muestra el capitán su esfuerço, y en las bravas tormentas muestra su experiencia el piloto? Pues por semejante manera, do ay gran regozijo de pueblo, allí ha de mostrar su madureza el sabio. ¿No sabéys que de ánimo reposado procede tener el hombre el juyzio claro, la memoria prompta, la gravedad del cuerpo, el reposo de la persona, la pureza de la fama y, sobre todo, la templança de la lengua; porque sólo aquél se puede llamar sabio que es muy recatado en las obras y muy resoluto en las palabras? ¿No sabéys que aprovecha poco tener la lengua experta, la memoria viva, el juyzio claro, la sciencia mucha, la eloqüencia profunda, el estilo suave y la experiencia larga, si con todas estas cosas, aviendo vosotros de ser ayos, soys en vuestras obras hombres malignos? Por cierto gran infamia es de un emperador virtuoso que ponga por maestros de príncipes a los que son discípulos de truhanes. ¿No sabéys que, si todos los hombres desta vida son obligados a hazer buena vida, mucho más son obligados los que presumen de tener más sciencia y que presumen de espantar al mundo con su eloqüencia; porque regla es muy verdadera que siempre las obras malas quitan el crédito a las palabras buenas? Y porque no os parezca que hablo de gracia, quiéroos traer aquí a la memoria una ley antigua de Roma, la qual ley fue hecha en los tiempos de Cina, y la ley era ésta: «Ordenamos y mandamos que más grave pena se dé al sabio por la liviandad que hizo pública, que no al hombre simple que cometió homicidio secreto.» ¡O!, justa y justíssima ley, ¡o!, justos y bienaventurados varones romanos (digo a todos los que a ordenar esta ley os hallastes juntos), ca el hombre simple no mató más de a uno con el cuchillo de la yra, pero el hombre sabio mató a muchos con el mal exemplo de su vida; porque, según dezía el divino Platón, los príncipes y los sabios más [583] pecan con el mal exemplo que dan que no con la culpa que cometen.
Curiosamente lo he mirado, y aun los escriptores no dizen otra cosa de la que yo digo, que entonces la triste Roma començó a perderse quando el nuestro Senado se despobló de columbinos senadores y se pobló de serpentinos sabios; porque al fin al fin no ay por do más aýna se pierdan los príncipes que, pensando tener cabe sí hombres sabios que los aconsejen, aciertan a tener hombres maliciosos que los engañen. Qué cosa fue ver antiguamente la policía de Roma, antes que Sila y Mario la amotinassen, antes que Cathirina y Catulo la perturbassen, antes que Julio y Pompeyo la escandalizassen, antes que Augusto y Marco Antonio la destruyessen, antes que Thiberio y Calígula la infamassen, antes que Nero y Domiciano la corronpiessen; porque los más de estos príncipes, aunque fueron valerosos y nos ganaron muchos reynos, todavía fueron más los vicios que nos traxeron que no los reynos que ganaron, y (lo que es peor de todo) que emos perdido los reynos y avémonos quedado con los vicios.
Si Livio y los otros escriptores no nos engañan, antiguamente vieran en el Sacro Senado unos romanos tan antiguos, unas canas tan honradas, unos hombres tan expertos, unos viejos tan maduros; que era gloria de ver lo que representavan y era descanso oýr lo que dezían. No sin lágrimas lo digo esto que quiero dezir, que en lugar de todos estos viejos ancianos han sucedido unos moços parleros, los quales son tales y tan malos, que tienen pervertida a la república y tienen escandalizada a toda Roma; porque harto malaventurada es la tierra, y de muchas angustias deve estar cercada, do es tan malo el regimiento de los moços, que todos suspiran porque resusciten los viejos. Si damos fe a lo que los antiguos dizen, no podemos negar sino que Roma fue madre de todas las buenas obras, como la antigua Grecia fue origen de todas las sciencias, de manera que el hecho de los griegos era parlar y la gloria de los romanos era obrar; pero ya por nuestros tristes hados es al contrario, ca Grecia desterró de sí a todos los parleros para Roma, y Roma desterró de sí a todos los sabios para Grecia. Y si, esto es assí (como es assí), yo más quiero ser [584] desterrado en Grecia con los sabios que no tener vezindad en Roma con los locos.
A ley de bueno vos juro, amigos, que, siendo yo mancebo, vi a un orador aquí en Roma, criado que era en la casa de Adriano, mi señor, y era su nombre Aristónoco, y en el cuerpo era de mediana estatura, y tenía la cara flaca, y aun era de incógnita patria, pero junto con esto era de tan alta eloqüencia, que, si orava tres horas en el Senado, no avía hombre que hiziesse bullicio; porque antiguamente, si el que orava en el Senado era gracioso, no menos le oýan que si hablara el dios Apolo. Este philósopho Aristónoco fue por una parte tan dulce en su dezir, y fue por otra parte tan dissoluto en su modo de vivir, que jamás en el Senado orando dixo palabra que no fuesse digna de eterna memoria, y salido de allí jamás le vieron hazer obra que no mereciesse por ella gravíssima pena. Como he dicho, aunque en aquel tiempo yo era moço, acuérdome que de ver a este philósopho tan perdido todos tenían dél lástima en el pueblo, y lo peor de todo es que jamás esperavan dél emienda y cada día perdía más la honra; porque no ay ninguno que alcance tanta fama por la eloqüencia, que no alcance mayor infamia por la mala vida.
Pregúntoos agora yo, amigos, pues estáys en reputación de sabios: ¿quál fuera mejor o, por mejor dezir, quál fuera menos peor: que este philósopho fuera hombre simple y de buena vida, o ser como fue de alta eloqüencia y de mala fama? Es impossible que si él oyera dezir de mí una vez lo que yo oý dezir dél muchas vezes, que no me aconsejara, y aun a hazerlo me constriñera, elegir antes la sepultura que no vivir como vivió tan infamado en Roma; porque aquél es indigno de vivir entre los hombres, al qual algunos apruevan sus palabras y todos condenan sus obras. El primero dictador en Roma fue Largio y el primero maestro de los cavalleros fue Espurio, y desde sus tiempos de éstos, que fueron los primeros dictadores, hasta Sila y Julio, que fueron los primeros tyranos, passaron ccccxv años, en los quales todos no leemos que philósopho aya dicho palabra liviana, ni menos aya hecho obra escandalosa; y, si otra cosa consintiera Roma, indigna era Roma de ser como fue en aquel tiempo tan loada; porque impossible [585] es que estén bien regidos los pueblos si los sabios que los rigen son dissolutos.
A los dioses immortales protesto, y aun a ley de bueno vos juro, deque me paro a pensar lo que de Roma he leýdo, y después lo que agora mis ojos han visto, no puedo sino sospirar por lo passado y llorar con lo presente, conviene a saber: ver entonces cómo peleavan los exércitos, ver cómo no mandavan sino los ancianos, ver cómo trabajavan a ser buenos los moços, ver quán bien governavan los príncipes, ver la obediencia que tenían los pueblos y, sobre todo, era cosa maravillosa de ver la libertad y favor que tenían los sabios, y la subjeción y poco valer que tenían los simples. Ya por nuestros tristes hados todo lo vemos contrario en nuestros tristes tiempos, de manera que no sé quál llore primero: las virtudes y grandezas de los passados, o los vicios y poquedades de los presentes; porque la bondad de los buenos nunca se avía de acabar de loar y la maldad de los malos nunca avíamos de acabar de la reprehender. ¡O!, qué cosa fuera ver aquellos siglos gloriosos tan gloriosos ancianos y sabios gozar, y por contrario qué lástima y afrenta es agora ver tantos sabios dissolutos y tantos moços desmandados, los quales, como dixe, tienen a toda Roma perdida y a toda Italia escandalizada; porque los hombres malos con la malicia que les sobra dañan a la República, y con la virtud que les falta dañan a su patria.
Otra vez os torno a repetir, amigos, que cccc y xv años duró la prosperidad de Roma, y tanto Roma fue Roma quanto en ella uvo majestad en las obras y simplicidad en las palabras, y, sobre todo, lo bueno que tenía era que estava rica de buenos y estava pobre de malos; porque al fin al fin no se puede llamar próspera ciudad la que tiene muchos vezinos, sino la que tiene pocos viciosos. Hablando más en particular, la causa que me mueve a despediros es ver que el día de la gran fiesta del dios Genio os mostrastes no de mucho reposo estando presente el Senado, en que más tenían todos que mirar vuestros livianos movimientos que no lo que hazían o dezían los panthomimos. Si acaso vosotros hazíades aquellas liviandades por pensar que de la casa real érades privados, dígoos de verdad que no era menor el yerro del pensamiento [586] que lo era el hecho de la obra; porque acerca de los príncipes ninguno ha de ser tan privado, que de veras o de burla no tenga a su príncipe acatamiento. Pues os despido, yo sé que antes querréys para el camino pocos dineros que muchos consejos; pero yo quiero dároslo todo, conviene a saber: dineros con que caminéys y consejos con que viváys. Y no os maravilléys que dé consejo a los que tienen por oficio de aconsejar; porque muchas vezes acontesce que un médico cura las enfermedades estrañas y por otra parte no conoce las suyas proprias. Sea, pues, la última palabra y el postrero consejo éste, que quando fuéredes a servir a príncipes o a grandes señores, trabajéys primero que os tomen en possessión de hombres honestos que no de hombres sabios, de hombres retraýdos que no de entremetidos, de hombres callados que no de parleros; porque en casa de los príncipes el hombre sabio si no es más de sabio, es dicha que agrade, pero el hombre honesto jamás desplaze. [587]


Capítulo XXXVII

Que los príncipes y grandes señores deven de quando en quando pesquisar cómo los ayos y maestros enseñan y dotrinan a sus hijos y si les dissimulan algunos vicios secretos; y que algunas vezes más necessario es castigar al ayo que no disciplinar al discípulo.

Dicho emos arriba qué condiciones, qué edad, qué gravedad han de tener los ayos que tomaren los príncipes para criar a sus hijos. Razón sería agora de dezir qué tales han de ser los consejos que han de dar los príncipes a los ayos antes que les den cargo de sus hijos, y después desto es razón que digamos qué tal será el consejo que dará el maestro al discípulo que tiene a su cargo; porque impossible es aya mal siniestro do las cosas se rigen por consejo maduro. A los que consideraren profundamente esta cosa, parescerles ha que es superfluo tratar esta materia, ca o los príncipes hazen electión de buenos ayos, o la hazen de malos. Si eligen malos ayos, en vano se trabaja darles buenos consejos; porque menos capaz es de consejo el maestro loco que no el discípulo dissoluto. Si acaso los príncipes hizieron electión de buenos ayos, entonces los tales maestros para sí y para los otros ternían buenos consejos; porque dar consejo al hombre sabio, o es superfluo, o es presunptuoso. Caso que sea verdad que es presunptuoso el que al sabio se atreve dar consejo, también digo que el diamante en oro engastonado no sólo no pierde la virtud, mas antes cresce en el precio. Quiero dezir que quanto un hombre es más cuerdo, tanto más procura saber el parescer ajeno. Y por cierto el que haze esto no yerra; porque a ninguno no le sobra tanto de su consejo proprio que no se aproveche del parescer ajeno. [588]
Aunque los príncipes y grandes señores vean con sus proprios ojos que han hecho buena electión de ayos para criar a sus hijos, no por esso se deven descuydar de dar a essos mismos ayos algunos buenos consejos, que ya puede ser que los tales ayos son hombres generosos, son ancianos, son sabios, son reposados; pero puede ser que en criar hijos de buenos no sean espertos; porque en los ayos de los príncipes no es tanta virtud sobrarles la sciencia, quanto es defecto si les falta la experiencia. Un hombre rico, quando da a un labrador una hazienda, no sólo assienta con él lo que le ha de dar, pero aun dízele muy de espacio cómo ha de tratar aquella hazienda; y, no contento de rescebir por tercios el fructo de su viña, tres o quatro vezes en el año va a visitarla. Y tiene razón de hazerlo, porque al fin el uno trata la hazienda como mercenario y el otro mírala y procúrala como señor proprio. Pues si el padre de las compañas con tanta diligencia encomienda al labrador sus árboles, ¡quánto con mayor diligencia deven los señores encomendar y avisar cómo los maestros han de tratar a sus hijos!; porque no es otra cosa el padre dar consejo al maestro sino depositar tesoro de sciencia para su hijo. No pueden escusarse de culpa los príncipes y grandes señores en que después que hazen electión de un cavallero para ayo y de un hombre docto para que sea maestro, assí viven descuydados como si ya no tuviessen hijos, ni se acordassen que sus hijos han de ser sus erederos. No avía por cierto de passar esto assí, sino que el hombre sabio y que en criar a su hijo es curioso, tanto se deve ocupar en mirar al ayo como el ayo se ocupa en mirar al moço; porque el buen padre deve saber si el maestro que toma si sabe mandar, y el fijo que le dio si le quiere obedecer. Uno de los príncipes notables entre los antiguos fue Seleuco, rey de los assirios y marido de Estrabónica, fija de Demetrio, rey de Macedonia, dama por cierto que fue en toda Grecia muy nombrada por hermosa, aunque en su hermosura no fue muy dichosa; porque antigua maldición es en las mugeres hermosas ser muchos los que las dessean y ser muchos más los que las infaman. Este rey Seleuco fue casado primero con otra muger, de la qual uvo un hijo llamado Antígono, el qual se enamoró de la muger de su padre, [589] conviene a saber: de la reyna Estrabónica, y llegó al punto de la muerte no más de por amores della, y el padre, sabido el caso, casó a su fijo con ella, de manera que la que era madrasta se tornó muger, y la que era muger se tornó nuera, y el que era hijo se tornó yerno, y el que era padre se tornó suegro. Es auctor desto Plutarco en sus Vidas.
Según dize Sexto Cheronense en el iii libro De los dichos de los griegos, el rey Seleuco trabajó mucho por criar bien a su hijo Antígono, y para esto buscóle dos maestros muy insignes, el uno griego y el otro latino. No contento con esto, proveyó el rey Seleuco con un criado suyo en secreto (que avía nombre Parthemio) que no tuviesse otro oficio en su palacio sino mirar lo que hazían y dezían los ayos de su hijo Antígono, y que cada noche se lo dixesse en secreto; y, sobrándole a Parthemio diligencia y faltándole discreción, vino a noticia de los dos ayos cómo Parthemio era sobreveedor dellos; porque al fin al fin no ay cosa muy freqüentada que algún día no se descubra. Como los dos philósophos supieron el secreto, dixeron estas palabras al rey Seleuco: «Poderoso príncipe Seleuco, pues en nuestras manos pusiste a tu hijo Antígono, ¿para qué has hecho veedor y acusador de nuestras vidas a Parthemio? Si tienes a nosotros por malos y a él tienes por bueno, gran merced nos harás que descargues a nosotros del cargo y des a Parthemio cargo de Antígono, tu hijo; porque te hazemos saber que a los hombres de honra es un intolerable mal afrentarlos y no es afrenta despedirlos. Tienes proveýdo que ande Parthemio en pos de nosotros mirando lo que dezimos y lo que hazemos con descuydo, y después que te haga relación de todo ello en secreto, y lo peor es que por relación de aquel simple emos de ser salvos o condenados nosotros siendo sabios; porque no es la triaca tan contraria a la ponçoña, como lo es la ignorancia a la sabiduría. Y de verdad, sereníssimo príncipe, cosa es muy rezia que se haga cada día de un hombre pesquisa; porque no ay barva tan raýda, que otro no halle qué raer en ella. Quiero dezir que no ay persona de tan honesta vida, que si della hazen pesquisa no hallen qué tachar en ella.»
Respondióles el rey Seleuco: «Mirad, amigos, bien veo yo que la auctoridad de la persona y el buen crédito de la fama [590] que no ay oy en el mundo ningún amigo que lo aventure por otro amigo. Y, si esto no hazen los rústicos, mucho menos lo deven hazer los sabios; porque no ay por que trabajen más los hombres en esta vida que es por tener y por dexar de sí buena fama. Pues vosotros soys sabios, y de mi hijo soys maestros, y aun de mi casa consejeros, no es justo que de ninguno seáys ofendidos; porque de buena razón en casa de los príncipes sólo aquél avía de ser privado que se atreve a dar al príncipe verdadero consejo. Lo que yo mandé a Parthemio ni pone sospecha en vuestra fidelidad, ni peligro en vuestra auctoridad; y, si la cosa es profundamente pensada, a vosotros vos está bien y a mí no me está mal. Y la causa desto es que, o vosotros soys buenos, o vosotros soys malos. Si soys buenos, avéys de holgar que cada día me refieran vuestros servicios; porque en las orejas de los príncipes la continua memoria del servicio es impossible sino que algún día saque provecho. E si soys malos y en la criança de mi fijo no muy cuydadosos, es razón que yo sea avisado, por manera que, si el padre fue engañado, el hijo no resciba en su criança peligro, y aun también porque a mí y a mi reyno no estraguéys y infaméys con vuestro consejo; porque el buen príncipe a los que públicamente son viciosos no los ha de tener por sus consejeros. Si los hados lo permiten que mi hijo Antígono salga malo, yo soy el que pierdo verdaderamente en ello, a causa que mi reyno será assolado, mi fama será perdida, y al fin él no gozará de su erencia. Y que passe todo esto assí, dárseos ha a vosotros desto muy poco con dezir que no tenéys culpa, pues el moço no quiso tomar vuestra doctrina. No me paresce que es mal consejo que mire yo por vosotros como vosotros miráys por él; porque mi oficio es mirar que seáys buenos y vuestro oficio es trabajar que no sean vuestros discípulos malos.»
Fue este rey Seleuco varón muy honrado y murió anciano, según dize Plutharco y muy más por estenso lo cuenta Patroclo De bello asiriorum, libro iii, y por contrario su hijo Antígono en todas las cosas salió príncipe muy aviesso. Y en este caso es de creer que, si de su padre no fuera como fue tan corregido y de sus ayos no fuera tan doctrinado, aún fuera príncipe muy más perdido; porque los moços, siendo por una parte [591] mal inclinados y por la otra mal criados, es impossible sino que salgan viciosos y escandalosos. A mi parescer, ni porque los moços sean mal inclinados no por esso deven sus padres dexar de corregirlos; porque en el tiempo advenidero las escripturas que reprehendieren la liviandad y perdición de los hijos, los escriptores loen la diligencia que pusieron en criarlos sus padres.
He querido contar aquí este exemplo de Seleuco para avisar que ningún padre sea tan descuydado que de todo en todo se olvide de mirar por su hijo, pensando que ya le tiene al ayo encargado; y de mi consejo deve el padre ser en esto tan recatado, que, si antes mirava al hijo con dos ojos, deve a los ayos mirar con quatro; porque infinitas vezes más necessario es castigar a los ayos que no disciplinar a los discípulos. Aunque el príncipe no se informe de la vida de los ayos cada día, como hazía el rey Seleuco, deve a lo menos pesquisar muy por menudo una vez en la semana de los descuydos de los ayos y de los atrevimientos de los hijos. Y no sólo deve hazer esto, pero aun deve llamar a los tales ayos y maestros, y avisarlos, y rogarlos, y amonestarlos, y aconsejarlos que miren mucho por la criança de sus hijos, y tener pensado de les dezir algunos buenos consejos, los quales ellos después refieran a sus discípulos; porque de otra manera luego desmaya y afloxa el ayo quando el padre de la criança de su hijo no es cuydadoso.
En una cosa deven advertir los príncipes, y es en saber si los ayos o maestros consienten a sus hijos algunos vicios secretos, y suelen esto hazer tomando color que los niños por ser niños no han de ser de todo en todo apremiados. E cierto esta tan cierta razón más es para aumentar su culpa que no para diminuyr su pena; porque no ay hombre tan flaco, ni ay niño tan tierno, que las fuerças que tiene para ser vicioso no le abasten para ser virtuoso. Querría yo preguntar a los ayos y maestros que crían hijos de generosos qué más fuerças han menester sus discípulos para ser golosos que para ser sobrios, para ser parleros que para ser callados, para ser diligentes que para ser perezosos, para ser recogidos que para ser derramados, para ser honestos que para ser dissolutos; y, como [592] digo destos pocos, podía cotejar y parear otros muchos. No quiero en este caso hablar como hombre de sciencia, sino como hombre de esperiencia, y es que juro a ley de bueno que a menos trabajo del maestro y más utilidad del discípulo puede ser virtuoso antes que vicioso; porque mayor coraçón se requiere en un malo para ser malo que no fuerças en un bueno para ser bueno.
Otro mal suelen hazer los ayos y maestros que es peor que todos éstos, conviene a saber: que dissimulan en los discípulos algunos muy malos vicios secretos, de los quales no los pueden despegar de que son grandes; porque muchas vezes acontesce que la inclinación buena es vencida de la costumbre mala. De verdad los ayos y maestros que en tal caso fuessen tomados, como a traydores y fementidos avían de ser punidos; porque mayor trayción es dexar el maestro a su discípulo entre los vicios que no entregar una fortaleza a los enemigos. E no se maraville ninguno que llame traydor al maestro; porque el uno entregó la fortaleza, que no era sino de piedras, pero el otro entregó al hijo, que era de sus proprias entrañas. La causa de todo este mal es que, como los hijos de los príncipes han de eredar reynos, y los hijos de los grandes señores esperan de eredar grandes estados, a la verdad los ayos y maestros, como son más cobdiciosos que virtuosos, dexan a sus discípulos yr en pos de sus apetitos quando son pequeños, a fin de tenerles ganadas las voluntades para quando fueren grandes para que les hagan mercedes, por manera que oy en el mundo la desordenada avaricia de los ayos haze que los hijos de buenos se críen viciosos. ¡O!, ayos de príncipes, ¡o!, maestros de grandes señores, amonéstoos y tórnoos amonestar no os engañe vuestra cobdicia en pensar que valdréys y ternéys más siendo encubridores de vicios que no siendo zeladores de las virtudes; porque no ay viejo ni moço tan malo, que a lo menos hasta parescerle no le paresce bien lo bueno. E dígoos más en este caso, que muchas vezes permite Dios que, de que sean grandes vuestros discípulos, se les abran los ojos y conozcan el daño que les hezistes en criarlos viciosos; y desta manera, do pensastes athesorar oro para ser honrados, hallastes escoria para ser abatidos; porque justa sentencia es [593] de Dios el que haze mal no quede sin pena, y el que encubre el mal no quede sin infamia.
Cuenta Diadumeo Histórico en la Vida de Severo, xxi Emperador de Roma, que Apuleyo Rufino, el qual avía sido dos vezes cónsul, y a la sazón era tribuno del pueblo, y sobre todo varón en días ya anciano y en toda Roma de mucho crédito, vino al Emperador Severo y dixo estas palabras: «Invictíssimo y siempre Augusto Señor, sabrás que yo tenía dos hijos y dilos a un maestro para enseñarlos. Acaso el mayor dellos, cresciendo en edad y descreciendo en virtud, enamoróse de una dama romana, los amores de los quales vinieron tarde a mi noticia; porque a los hombres mal fortunados como yo primero de su casa es despedido el remedio que ellos vengan en conoscimiento del daño. La mayor lástima que tengo en este caso es que fue sabidor y encubridor dello su maestro, el qual no sólo no fue para remediarlo, pero aun concertó entre ellos el adulterio; y mi hijo diole una carta firmada por la qual se obliga que, si le trae a su poder aquella romana, le dará después de mi muerte las casas y eredad que yo tengo a la puerta Salaria. No contento con esto, él y mi hijo me han robado mucho de mi dinero; porque los amores largos siempre son a los que los tienen costosos, y los amores de los hijos siempre son a costa de los padres. Juzga, pues, tú, sereníssimo príncipe, esta causa tan criminosa y tan escandalosa; porque gran atrevimiento es que el vassallo tome vengança de ninguna injuria, sabiendo que su señor hará vengança della.»
Oýdo por el Emperador Severo el caso tan enorme, como hombre que era tan severo en el castigo como lo era en el nombre, proveyó que se tomasse de aquel hecho información muy entera y que llamassen allí en su presencia al padre y al hijo y al maestro, para que cada uno alegasse de su derecho; porque en Roma ninguno criminalmente podía ser sentenciado si los acusadores no le dixessen primero el crimen en su presencia y el acusado no tomasse tiempo para dar su escusa. Sabida, pues, la verdad, y los reos confessada su culpa, el Emperador Severo dixo por su sentencia: «Yo mando que el ayo o maestro deste moço le echen vivo a las bestias del cercado palatino; porque muy justo es le quiten las bestias la vida al [594] hombre que enseña a otro a vivir como bestia. Ítem mando que este moço totalmente de los bienes de su padre sea deseredado y en las yslas Baleares desterrado; porque el hijo que desde moço es vicioso, muy justo es que desde moço sea deseredado.»
Esto, pues, fue de lo que Apuleyo se quexó del ayo de su hijo y lo que el Emperador Severo sentenció en aquel caso. ¡O, quán varios son los casos de fortuna, y cómo muchas vezes por do no pensamos se nos quiebra el hilo de la vida! Dígolo porque si este maestro o ayo no fuera cobdicioso, ni el padre fuera privado de su hijo, ni el fijo fuera desterrado, ni la muger no fuera infamada, ni la república fuera escandalizada, ni el maestro fuera de las bestias despedaçado, ni el Emperador fuera con ellos tan crudo, ni para mayor infamia dellos en las historias no fuera puesto. No sin causa digo esto de quedar por escrito lo que los malos hazen en este mundo, ca los hombres cuerdos más han de temer la infamia de la péñola mal cortada que no la infamia de la lengua suelta; porque al fin una mala lengua no nos puede infamar sino con los que son vivos, pero la escriptura infámanos con los que son vivos y aun con los que están por nascer. Para atajar todo esto, sería mi parescer que el maestro trabaje que sea el discípulo virtuoso y no desespere si por el trabajo no fuere luego galardonado, ca si no lo fuere de la criatura, téngase por dicho que lo será del Criador; porque Dios es tan bueno que muchas vezes, apiadándose del sudor de los buenos, castiga a los ingratos y toma a su cargo de pagar los servicios. [595]


Capítulo XXXVIII

De la plática que hizo Marco quando dio su hijo a los ayos.

Cuenta Cina Histórico, libro primero De temporibus Comodi, que Marco Aurelio Emperador eligió xiiii ayos, varones doctíssimos, para que le criassen y enseñassen a su hijo Cómodo, los cinco de los quales menospreció no porque no eran sabios, sino porque no eran honestos; y quedóse con los nueve solamente, los quales eran varones muy doctos y en criar fijos de senadores expertos, aunque en la verdad en la criança de Cómodo fueron muy desdichados; porque a este malaventurado príncipe fueron ix los ayos que le criaron y fueron más de nueve mil los vicios que le perdieron. Hizo cinco libros de declamaciones Marco Aurelio Emperador, y en el iii libro, capítulo vi, so el título Ad sapientes pedagogos, introduze estos nueve ayos y persuádelos mucho que en criar a su fijo sean muy cuydadosos, y para este propósito dízeles muchas y muy graves sentencias, las palabras de las quales son éstas que se siguen:
Fama es muy notoria en Roma, y no menos divulgada en toda Italia, la solicitud que he puesto en descubrir tantos sabios para que fuessen de mi fijo Cómodo ayos, los quales todos examinados, heme quedado con los mejores. Y de verdad en semejante caso, aunque he hecho mucho, no ha sido tanto como era obligado; porque los príncipes en los muy arduos negocios no sólo han de pedir consejo a todos los buenos, pero aun trabajar de hablar con los muertos. Érades xiiii los ayos escogidos y despedimos los cinco déstos, [596] de manera que soys agora nueve los electos; y, si de verdad soys varones prudentes, de lo que yo he hecho no estaréys escandalizados; porque el enojo de las cosas malas procede de cordura, mas la admiración de cosas buenas sale de poca esperiencia. No niego yo que los hombres sabios sientan en sí las passiones de hombres como los otros hombres, pues al fin no ay arte ni sciencia que nos escuse de las miserias de hombres; pero de lo que yo me maravillo es cómo un hombre sabio es possible se maraville ni escandalize de cosa deste mundo, acordándose que el mundo al fin es mundo y todo el mundo no es sino un escándalo; porque si el sabio muestra sobresalto en cada cosa, ¿qué pregona?: no ser constante en ninguna.
Viniendo, pues, al caso de nuestro particular coloquio, yo os tomé para ayos deste moço, y mirad que entre muchos señalé a vosotros pocos, a fin que entre pocos se señale mi hijo; porque la misma obligación que tiene el padre de buscar buen maestro, aquélla tiene el maestro de sacar buen discípulo. A mi hijo Cómodo en el puerto de Hostia su ama le dio dos años de leche, y su madre Faustina en Capua le dio otros dos de regalos. Aunque fuera bien escusado, yo como padre piadoso querría darle siquiera veynte años de castigo; porque a los immortales dioses juro que al príncipe eredero más le vale un año de castigo que veynte años de regalo. Las amas que crían a los infantes, como saben poco; y las madres que los parieron, como los quieren mucho; y el niño por ventura, que no es de muy delicado juyzio, ocúpanse sólo en lo presente, no mirando quánto mejor le está al moço el castigo que no el regalo. Pero el hombre sabio y que el juyzio tiene agudo deve pensar en lo passado y con mucha cautela proveer en lo futuro; porque no se puede llamar sabio el que en sola una cosa es cuydadoso.
Nasció mi hijo Cómodo el último día del mes séxtilis en una ciudad del Danubio, y acuérdome cada año de aquel día que me le dieron los dioses. Acordarme he cada día deste día en que le doy a vosotros sus ayos; y terné más razón de acordarme del día que le di a dotrinar que no del [597] día que le vi nascer; porque los dioses a mí y yo a vosotros le di mortal por ser hombre, pero vosotros a mí y yo a los dioses le tornaremos immortal por ser sabio. ¿Qué más queréys que os diga sino que, si tenéys en algo lo dicho, tengáys en mucho más lo que os quiero dezir? Quando los dioses determinaron que yo tuviesse hijo y mis tristes hados merecieron que fuesse tal hijo, por cierto entonces los dioses le hizieron hombre entre los hombres por el ánima y yo le engendré bruto entre los brutos animales por la carne, pero vosotros si queréys le haréys dios entre los dioses por la fama; porque los príncipes la infamia alcançan de ser poderosos y voluntarios, y la fama alcançan de ser sabios y sufridos.
Tengo gran desseo que entendiéssedes bien este negocio, y por esso es necessario le desaminemos bien por menudo; porque regla general es que siempre la cosa preciosa es despreciada quando del que la possee no es conoscida. Pregúntoos una cosa: a mi hijo Cómodo, ¿yo qué le di quando los dioses me le dieron, sino carne flaca y mortal por corrupción de la qual avrá fin su vida? Pero vosotros le daréys tan alta doctrina por la qual merezca ser de immortal memoria; porque no se alcança la fama por lo que haze el cuerpo flaco, sino por lo que ordena el juyzio claro y executa el coraçón generoso. ¡O!, si su tierna edad conociesse a su carne flaca que yo le di, y su ofuscado juyzio alcançasse la sabiduría que vosotros le podéys dar, llamaría a vosotros padres buenos y a mí padrastro malo; porque aquél es verdadero padre que nos da doctrina para vivir, y aquél es injusto padrastro que nos da carne para morir. Por cierto los padres naturales de nuestros hijos no les somos sino crudos padrastros y manifiestos enemigos, pues les dimos juyzio tan torpe, memoria tan flaca, voluntad tan dañada, vida tan breve, carne tan flaca, honra tan costosa, salud tan peligrosa, hazienda tan enojosa, prosperidad tan perezosa y muerte tan sospechosa; finalmente dímosles naturaleza subjeta a infinitas mutabilidades y cativa a grandes miserias.
No es razón que tengáys en poco lo que oy cometo y fío de vuestro parecer y alvedrío, conviene a saber: que tengáys cargo de mi hijo el príncipe Cómodo; porque la cosa [598] que los príncipes con mayor madureza han de proveer es la criança de sus hijos a quién la han de encomendar. Ser ayo de príncipes en la tierra es tener oficio de los dioses que están en el cielo, a causa que rigen al que nos ha de regir, doctrinan al que nos ha de doctrinar, enseñan al que nos ha de enseñar, castigan al que nos ha de castigar, finalmente mandan a uno el qual uno ha de ser monarca y mandar el mundo. ¿Qué más queréys que os diga? Por cierto el que tiene cargo de criar príncipes y hijos de grandes señores es governalle de nao, estandarte de exército, atalaya de pueblos, guía de caminos, guión de reyes, padre de huérfanos, esperança de pupilos y thesoro de todos; porque no ay otro verdadero thesoro de la república sino el príncipe que la conserva en paz y justicia. Pues más os diré porque en más lo tengáys, que, quando os doy a criar a mi fijo, os doy más que si os diesse el señorío de un reyno; porque del maestro de quien se fía el hijo en la vida, depende la fama del padre ya muerto, de manera que no tiene el padre más gloria ni más fama de quanto su hijo es de buena y limpia vida. Assí los dioses tengáys propicios y los hados muy venturosos, que si hasta aquí velávades en enseñar a fijos agenos, de aquí adelante os desveléys con este mi hijo, pues es para provecho de muchos; porque una cosa que es común bien de muchos ha de exceder al bien particular de todos.
Mirad, amigos, que mucha diferencia ay de criar hijos de príncipes o enseñar moços de pueblos; y la causa desto es que los más de los que vienen a las academias vienen a deprender a hablar, pero yo a mi hijo Cómodo no os le doy para que le enseñéys a hablar muchas palabras, sino para que le encaminéys a hazer buenas obras; porque toda la gloria del príncipe está en que sea en las obras que ha de hazer muy cuydadoso y en las palabras que ha de dezir muy recatado. Después que los moços han gastado largos años en la academia, después que sus padres han consumido con ellos mucha hazienda, si acaso el hijo sabe disputar y bien parlar en latín o en griego, aunque sea liviano y vicioso todo lo da el padre por bien empleado; porque ya en [599] Roma más cuenta hazen de un orador parlero que no de un philósopho virtuoso. ¡O!, tristes de los que agora viven en Roma, y muy más tristes los que a nosotros suscederán en ella; porque ya no es Roma la que solía ser Roma, conviene a saber: que antiguamente los padres embiavan a sus hijos a las academias a deprender a callar, y agora embíanlos a deprender a hablar; entonces deprendían a ser recogidos, agora deprenden a ser dissolutos; y, lo peor de todo, que de las academias y estudios de do salían todos los sabios pacíficos, no salen ya sino oradores parleros y reboltosos; de manera que las sagradas leyes romanas, si los letrados las leen una vez en la semana, quebrántanlas diez vezes al día. ¿Qué más queréys que os diga, pues no os puedo dezir cosa sin que lastime a mi madre Roma, sino que oy todo el plazer de los hombres vanos es ver a sus hijos vencer a otros en disputas? Pero hágoos saber que toda mi gloria será quando mi hijo Cómodo sobrepujare a los otros no en hablar, sino en callar; no en ser porfiado, sino en ser pacífico; no en dezir sotiles palabras, sino en hazer virtuosas obras; porque la gloria de los buenos está en obrar mucho y hablar poco.
Mirad, amigos, bien, y no se os olvide que oy se fía de vosotros la honra mía, que soy su padre; el estado de Cómodo, que es mi fijo; la gloria de Roma, que es mi naturaleza; el assossiego del pueblo, que es mi súbdito; y la governación de Italia, que es vuestra patria; y, sobre todo, se fía de vosotros la paz y tranquilidad de nuestra república. Pues de quien se fía tal atalaya no es razón que se duerma; porque entre sabios y generosos a la gran confiança ha de corresponder muy gran diligencia. No quiero más dezir, sino que yo querría que de tal manera fuesse criado mi hijo Cómodo, que de los dioses tomasse el temor, de los philósophos la sciencia, de los antiguos romanos las virtudes, de los ancianos y experimentados los consejos, de la juventud romana el ánimo, de vosotros sus maestros el reposo. Finalmente querría que tomasse de todos los buenos lo bueno como de mí ha de eredar el Imperio; porque aquél es verdadero príncipe y digno del Imperio que, si mira con los ojos [600] los grandes señoríos que ha de eredar, emplea el coraçón cómo ha de governar, y él en provecho de todos ha bien de vivir.
Yo protesto a los dioses immortales con los quales tengo de yr; y protesto a la bondad de mis antepassados, a quien en la fe y lealtad soy obligado a guardar; y protesto a las leyes romanas, las quales yo juré de guardar; y protesto la conquista de Asia, la qual yo me obligué de continuar; y protesto a la amistad de los rodos, la qual me ofrecí a conservar; y protesto a la enemistad de los penos, la qual no por mí, sino por el juramento de mis predecessores yo me obligué a sustentar; y protesto a la urna del alto Capitolio do mis huessos se han de quemar, que ni Roma me lo demande siendo vivo, ni los siglos advenideros me maldigan después de muerto, si acaso mi hijo, el príncipe Cómodo, por su mala vida fuere ocasión de perderse la república, y vosotros por no le dar el castigo necessario se pierda él y se pierda el Imperio; porque no es más obligado el buen padre de destetar a su hijo de regalo y darle ayo virtuoso. [601]


Capítulo XXXIX

Que los ayos de los príncipes y maestros que tienen discípulos deven tener gran vigilancia en que los mancebos no sean desde niños viciosos. Señaladamente los deven guardar de quatro vicios. Es capítulo notable para que los padres le lean y los hijos le guarden.

Los famosos y muy expertos cirujanos en las bravas y desaforadas heridas y úlceras no sólo aplican medicinas y socrocios que las resuelvan o cierren, pero aun aplican otras que las restriñan o defiendan. Y a la verdad no se muestran menos en lo uno sabios que en lo otro espertos; porque tanta diligencia se ha de poner en conservar la carne flaca que no se corrompa, como en curar la llaga podrida para que sane y se cierre. Assimesmo vemos que los curiosos caminantes muy por menudo se informan del camino antes que anden el camino, conviene a saber: si ay en él algún lodaçal enojoso, algún barranco peligroso, algún passo que sea estrecho, algún monte sospechoso, alguna senda que descamine el camino. Y cierto el que en esto es cuydadoso, digno es de ser tenido por sabio; porque según la muchedumbre de los peligros del mundo, ninguno se ha de tener por seguro si no sabe dó está el peligro.
Declarando lo que quiero dezir por estas comparaciones, digo que los ayos y maestros de príncipes y grandes señores no se deven contentar con saber qué sciencia, qué criança, qué doctrina y qué virtud a sus discípulos han de enseñar, pero aun con muy mayor vigilancia deven saber de qué males o de qué costumbres malas los han de apartar; porque los árboles, quando son pequeños y tiernos, más necessidad tienen [602] de podaderas que corten las ramas superfluas, que no de muchas cestas para cojer sus fructas. Los que imponen en andar a las mulas de precio y los que doman cavallos de buena raça mucho trabajan en que aquellos animales sean andadores, sean ligeros, sean saltadores, sean hazedores; pero mucho más trabajan en que sean mansos, domésticos y fieles, y, sobre todo, que no tengan algunos malos resabios; porque a la verdad al animal que no es manso, sino bravo, sobra de locura es ponerle alguno en precio.
Dicho esto y presupuesto que passa assí de hecho, pregunto agora yo: si los cavallerizos de los grandes señores trabajan por quitar a los animales (siendo animales) los malos resabios, ¿quánto más deven trabajar los ayos, si son buenos ayos, que en los príncipes moços no aya ningunos siniestros de notables vicios? Porque a los moços no les aprovechan tanto todas las virtudes que aprenden como les daña un sólo vicio que les consientan. Caso que de muchas malas costumbres deven los ayos y maestros apartar a sus discípulos, entre todas quatro son las más principales, en cada una de las quales, si el príncipe fuesse notado o infamado, el ayo o maestro que le crió merescía mucho castigo; porque, según las leyes y costumbres humanas, todo el robo o daño que hazen los animales en la viña ha de pagar el viñadero que se obligó a guardarla.
Lo primero, deven los maestros enfrenar y castigar de tal manera las lenguas de sus discípulos, que en burlas ni en veras no les consientan ser mentirosos; porque la mayor falta en un bueno es ser corto en las verdades y la mayor vileza en un vil es ser largo en las mentiras. Merula, en el libro quinto De los Césares, dize que la primera guerra que hizo Ulpio Trajano fue contra Cébalo, rey de los Dacos, el qual se avía rebelado contra los romanos, y aun avía vencido (y no con pequeña victoria) al Emperador Domiciano en una batalla; porque, según dezía Nasica, no era tanto el plazer que tomava Roma en verse muchas vezes vencedora, quanto era el daño y pesar que tomava en verse una vez vencida. El buen Ulpio Trajano dio una batalla al rey Cébalo, en la qual no sólo fue vencido, mas aun preso, y assí preso le truxeron delante el Emperador Trajano, [603] y díxole estas palabras: «Di, Cébalo, ¿por qué te rebelaste contra los romanos, pues sabes que los romanos nunca pueden ser vencidos?» Respondió el rey Cébalo: «Si los romanos no pudiessen ser vencidos, ¿cómo yo vencí a Domiciano, que era Emperador de los romanos?» Tornóle el Emperador Ulpio Trajano replicar a esto y dixo: «Muy engañado vives, ¡o! rey Cébalo, en pensar que quando venciste al Emperador venciste a los romanos; porque quando Rómulo fundó a Roma ordenaron los dioses que si su Emperador en alguna batalla fuesse muerto, no por esso se entendía que el Imperio fuesse vencido.» Hazen los historiadores muy gran cuenta destas palabras que dixo Ulpio Trajano porque mostró por ellas ser invencible el Imperio Romano.
Después que fue muerto este rey Cébalo y por sus deméritos fue privado del Imperio, el Emperador Trajano, como era príncipe clementíssimo, proveyó que un hijo pequeño que dexó aquel rey Cébalo fuesse criado en su palacio, con intención que, si el moço saliesse bueno, le daría el reyno que su padre por traydor avía perdido; porque era ley entre los romanos que todo lo que el padre perdía por aver cometido trayción, todo lo recuperasse el hijo por algún acto de fidelidad. Aconteció que, estando el buen Trajano tomando plazer en los huertos Vulcanos, vio al hijo del rey Cébalo y a otros mancebos romanos saltar a furtar fructa de una huerta; y esto no es de maravillar, porque no haze en los panes más estrago la langosta que hazen los mancebos de que entran en una huerta de fruta. Como el Emperador le preguntasse después de dó venía, y él dixesse que venía de la Academia de oýr retórica, como fuesse verdad que él no venía sino de hurtar fruta; enojóse tanto el Emperador Trajano de ver que el moço era mentiroso, que proveyó y mandó que totalmente le privassen de la esperança del reyno. Fue sobre este caso muy importunado el Emperador Trajano, assí de embaxadores estranjeros como de senadores naturales, rogándole que mudasse aquella cruda sentencia; porque los príncipes muchas cosas mandan estando ayrados, las quales deshazen estando pacíficos. Respondióles el Emperador Trajano: «Si su padre deste moço, que fue el rey Cébalo, fuera príncipe verdadero, ni él [604] perdiera la vida, ni él perdiera el reyno, ni aun pusiera tantas vezes a mí y al Imperio en peligro. Y, pues el padre fue mentiroso y el hijo no es verdadero, muy injusto sería tornarle yo el reyno; porque gran infamia sería mía, y aun de nuestra madre Roma, que siendo Roma madre de verdades, diesse reynos a los hijos de mentiras.» Esto fue lo que dixo Ulpio Trajano, y lo que le aconteció con el hijo del rey Cébalo.
Marco Aurelio, decimoséptimo Emperador que fue de Roma, tuvo, según arriba diximos, dos hijos, el mayor de los quales se llamava Cómodo, y procurava mucho su padre de quitarle la erencia del Imperio, y al segundo hijo, que se llamava Veríssimo, quisiera él mucho dexar por eredero, y esto no sólo lo tenía determinado, mas aun muchas vezes lo dezía en público; porque con gran trabajo se dissimula lo que en estremo se dessea. Acaso un senador viejo y anciano y que era mucho su amigo de Marco díxole un día, saliendo que salían ambos del Senado: «Maravillado estoy de ti, excellente príncipe. ¿Por qué deseredas al hijo mayor y hazes eredero al hijo menor, pues ambos son tus hijos y los dioses no te dieron más de a ellos? Porque los buenos padres tienen obligación a sus hijos de castigarlos, mas no tienen licencia de deseredarlos.» Respondióle Marco Aurelio: «Si tú fuesses philósopho griego como eres ciudadano romano, y si tú supiesses qué cosa es tan dulce el amor de hijo, no ternías compassión a mi hijo que pierde el Imperio, pero tenerla ýas a mí su padre que se lo quito, ca el moço apenas sabe lo que pierde, pero yo que soy su padre lloro el daño que le hago; porque al fin al fin no ay oy en el mundo padre tan crudo, que si lastima a su hijo con el pomo de la espada, no la eche primero por sus mismas entrañas fasta la empuñadura. En este caso, por los dioses immortales te juro que hago lo que no querría fazer, y doy lo que no querría dar, y quito lo que no querría quitar, ca Antonio, mi señor y suegro, no me dio el Imperio sino porque jamás en mí halló mentira; y yo por esso privo a mi fijo del Imperio, porque jamás en él fallé verdad. No es justo que el Imperio que a mí me dieron por verdadero yo le dexe en erencia a un mentiroso; porque al fin más vale que el hijo pierda la hazienda, que no que el padre pierda la fama.» [605]
Por estos dos exemplos podrán ver los ayos y maestros de príncipes y grandes señores quánta solicitud deven poner en que los moços que tienen a cargo no sean mentirosos, y esto ha de ser de tal manera, que (ni de burlas proponiendo, ni de veras respondiendo) les consientan dezir ni una sola mentira; porque de mentir de burla en la mocedad viene después el mentir de veras en la vejez.
Lo segundo, deven los maestros apartar a sus discípulos que no sean jugadores, de manera que no se avezen desde niños a ser tahúres; porque gran indicio es de perder a sí y al Imperio el príncipe que desde niño se aficiona al juego. La esperiencia nos demuestra que el juego es un vicio (según dize Séneca) que tiene la propriedad del perro enconado, que al que una vez muerde siempre le haze que ravie, cuya cruda ravia siempre hasta la muerte dura. No sin causa son comparados los jugadores cossarios a los perros raviosos; porque a todos los que se allegan a su compañía a todos fazen perder la conciencia y la honra y la hazienda. Acontece muchas vezes que en aquello que los ayos y maestros avían de ser más solícitos son más descuydados y perezosos, conviene a saber: que so color de una bien escusada recreación y passatiempo consienten a sus discípulos jugar algún juego, aunque en el juego va poco precio; lo qual ni lo devrían los moços hazer, ni menos sus ayos se lo consentir; porque es de tal calidad este vicio, que el niño que se atreve a jugar una agujeta, es de pensar que en siendo hombre jugará el sayo y la capa. Aplomando más en el caso, y agraviando más este vicio, digo y afirmo que, quando juegan los príncipes y los hijos de grandes señores, no se ha de hazer cuenta de lo poco o mucho que pueden ganar o perder, que esto sería gran miseria, y aun miseria y poquedad, si por esto se lo vedasse mi pluma; porque a los moços nos les han de vedar el juego por los dineros que pierden, sino por los vicios que cobran.
Octavio, segundo emperador que fue romano, fue uno de los felicíssimos enperadores que hasta oy ha avido, y entre todas sus virtudes fue notado de una cosa sola, conviene a saber: que desde niño fue vicioso en el juego de la pelota, del qual vicio no sólo fue reprehendido, mas aun fue dél prohibido; [606] porque, según dize Cicerón en el libro De legibus, quando algún emperador era notado de algún vicio público, libremente le podían yr a la mano en el Senado. Quando fue Octavio reprehendido deste vicio en el Senado, dizen que dixo estas palabras: «Gran sinrazón me hazéys oy, Padres Conscriptos, en este Senado, en quitarme mi passatiempo; porque abasta que los príncipes sean tales que aya mucho de que loarlos y aya poco de que reprehenderlos.» Fueron estas palabras muy notables y como de tan excellente príncipe dichas; porque al fin los príncipes, según los regalos en que se crían y según la libertad que tienen, émosles de agradecer las buenas obras que hazen y mucho más los vicios de que carecen.
Tornando, pues, al propósito, entre los malditos vicios que cobran los niños quando desde niños son jugadores es que se avezan a ser ladrones y mentirosos; porque los dineros que han de jugar para pedirlos a sus padres han vergüença, para tomarlos de su hazienda no han eredado. Púedese (y aun dévese) de aquí collegir, que si los moços han de jugar, forçoso es que han de hurtar. El trigessimosexto Emperador de Roma fue Claudio Lugano, varón que fue en el comer muy tenplado, en el vestir muy honesto, en la justicia muy recto, en las armas muy venturoso, de manera que no sólo alançó a los godos del Illírico, mas aun dio una batalla a los germanos en la qual mató más de cien mil dellos. Fue esta batalla acerca del lago Veraco, en un soto que se llamava Lugano, y por memoria de aquel tan gran vencimiento le llamaron Claudio Lugano; porque era costumbre en el Senado Romano, que quales obras buenas o malas sus príncipes hazían, tal sobrenombre bueno o malo les davan. Tenía este Emperador no más de un hijo, el qual era príncipe assaz hermoso en el cuerpo, de muy claro y vivo juyzio; pero era aquel moço tan mal inclinado, que el natural bueno que le dio naturaleza más le empleava en jugar con otros mancebos, que no en deprender de los philósophos. Y esto no es de maravillar, porque todos los hombres de alto juyzio, si no ay quien los constriña a hazer actos virtuosos, luego se avezan a cometer vicios muy feos. Fue el caso que, como aquel príncipe moço no tuviesse ya qué jugar, acordó de hurtar de la recámara de su padre una muy rica [607] joya de oro; y de aquel hurto fue sabidor y encobridor su maestro; y, como lo supo el buen Emperador, al hijo totalmente privó de la erencia, y a su maestro mandó cortar la cabeça, y a todos los que halló aver jugado con su hijo a todos los desterró del reyno. Puso mucho espanto en todo el mundo este hecho; porque este bien tienen los famosos castigos, que a los buenos pone esfuerço para que sean más buenos y a los malos pone espanto para que no sean más malos. Dize Merula, libro décimo De Cesaribus, do cuenta muy por estenso este caso, que en más tuvieron los romanos aver desterrado de Roma a los jugadores, que no aver echado del Illírico a los godos. Y (hablando la verdad) ellos tuvieron razón; porque mayor corona meresce un príncipe por desterrar los vicios de su casa que no por echar a los enemigos de su tierra. [608]


Capítulo XL

Do se ponen otros dos vicios de los quales deven los ayos guardar a sus discípulos, conviene a saber: que no sean desvergonçados, ni en los vicios de la carne sueltos.

Lo tercero, deven trabajar los ayos y maestros que a los niños que tienen a cargo no les consientan que sean livianos, atrevidos ni desvergonçados. Y digo que no les dexen ser muy livianos porque el moço desassossegado muchas vezes para en viejo perdido. Digo que no les consientan ser atrevidos porque de moços atrevidos se hazen los hombres reboltosos. Digo que no les consientan ser desvergonçados porque del moço desvergonçado se haze el hombre escandaloso. En mucho deven tener los príncipes y grandes señores que los ayos de sus hijos se los críen vergonçosos y reposados, ca no da más gloria al rey la corona en la cabeça, ni la cadena en los ombros, ni el joyel en los pechos, ni el sceptro en las manos, ni el enxambre de guardas que trae en torno consigo, como el assiento y reposo que muestra el moço desde mancebo; porque un hombre, de qualquier estado que sea, la honestidad que muestra pública le encubre muchas flaquezas secretas.
En los tiempos que imperava Helio Pertinax, diez y nueve Emperador que fue de Roma, a la sazón governavan la república dos cónsules, que avían nombre Vero y Mamilo, los quales rogaron al Emperador tuviesse por bien de quererse servir de dos hijos suyos, el mayor de los quales aún no avía doze años. Y, como el Emperador les hiziesse merced de los rescebir, y los padres no fuessen perezosos de se los traer, venidos delante el Emperador, hizieron cada uno dos oraciones, una en griego y otra en latín, de las quales quedó el Emperador [609] muy contento y todos muy espantados; porque en aquellos tiempos ninguno servía a los príncipes romanos si no era muy diestro en la cavallería o muy ábile para sciencia. Estando, pues, haziendo sus oraciones estos dos niños delante el Emperador, el uno dellos tuvo puesto los ojos en el que jamás los abaxó y el otro túvolos puestos en el suelo en que nunca por nunca los alçó. Y, como el Emperador fuesse tan grave, agradóse tanto de la gravedad del niño que tuvo puestos los ojos en el suelo, que no sólo le permitió servir a la mesa, mas aun entrar en su cámara. Y esto túvose en mucho como era razón de se tener; porque los príncipes no suelen fiar sus mesas ni sus cámaras sino de parientes muy propincos o de criados muy antiguos. Al otro niño que era compañero de éste, tornóle el Emperador a su padre, diziéndole que, quando fuesse más vergonçoso, él le dava por rescebido. Y de verdad tuvo razón este buen Emperador en hazer lo que hizo; porque en la gravedad de los príncipes buenos no se sufre servirse de moços livianos. Pregunto agora yo: a los padres que quieren mucho a sus hijos y dessean que sus hijos sean muy valerosos, ¿qué les aprovecha que los niños sean muy hermosos en el rostro, sean muy dispuestos en el cuerpo, sean muy vivos en el juyzio, sean blancos en las carnes, sean roxos en los cabellos, sean facundos en la memoria, sean ábiles para la sciencia, si con todas estas gracias que les dio naturaleza son por otra parte atrevidos en lo que hazen, y desvergonçados en lo que dizen? Es auctor de lo sobredicho Patricio Senense, libro quinto De rege y regno.
Uno de los príncipes bien fortunados y virtuosos fue el gran Theodosio, el qual entre todas las otras virtudes tuvo una muy señalada, conviene a saber: que jamás en su palacio se sirvió de mancebo que fuesse desvergonçado, ni de hombre que fuesse reboltoso, ni de viejo que fuesse desonesto, ca dezía él muchas vezes que jamás los príncipes serán bienquistos si los que están cabe ellos son mentirosos y escandalosos. Como príncipe experimentado y como hombre muy cuerdo hablava este buen Emperador; porque si los privados que están cabe los príncipes son mal sufridos, escandalizan a muchos; si son mentirosos, engañan a todos; si son desonestos, [610] escandalizan los pueblos; y no se echa tanto la culpa a ellos que lo hazen, quanto a los príncipes que lo consienten. Tenía el Emperador Theodosio dos cavalleros en su casa, que se llamavan Rufino y Estellicón, por cuyo parecer y prudencia se governavan las cosas de la república y (según dize Baptista Ignacio) estos dos quedaron por tutores y ayos de sus hijos de Theodosio, los quales se llamavan Archadio y Honorio; porque (según dize Séneca) los buenos príncipes quando mueren, más cuydado han de tener en ver a sus hijos a quién los dexarán, que no qué reynos ni riquezas les dexarán. Este Rufino, y Estelicón, tenían en el palacio de Theodosio sendos hijos, los quales eran en estremo bien criados y vergonçosos, y por contrario los dos príncipes Archadio y Honorio eran mal disciplinados y no poco desonestos; y desta ocasión el buen Theodosio muchas vezes tomava aquellos niños y los assentava a su mesa, y por contrario a sus proprios hijos aun no los quería mirar a la cara. No se maraville ninguno que en un príncipe tan grave cupiesse y se abatiesse a hazer cosa tan pequeña; porque a la verdad los niños bien criados y vergonçosos no son sino ladrones que roban los coraçones agenos.
Lo quarto, deven los ayos y maestros poner gran solicitud en que, ya que los moços son crecidos, no se les desmanden a encenagar y ensuziar en los vicios torpes y carnales, de manera que la sensualidad y mala inclinación del moço se recuta y se remedie con la prudencia del bueno y casto maestro; porque es de tal qualidad esta maldita carne, que llama muy temprano al aldava y, si le abren, jamás hasta la muerte quiere que le cierren la puerta. Los árboles que antes de tiempo brotan y echan hoja no esperamos en el verano comer dellos mucha fruta. Quiero dezir que los moços que desde muy niños andan en los vicios carnales metidos ningún bien se ha de presumir dellos, sino que ellos y los que tratan con ellos quanto más fueren los veremos más viciosos y muy menos virtuosos; porque a la cresciente de los vicios siempre se sigue la menguante de las virtudes.
Aristótiles, en sus Políticas, y Platón, en el segundo libro De legibus, dizen y determinan que a lo más temprano no se deven casar los moços hasta que ayan veynte y cinco años y las [611] donzellas hasta los veynte años; porque, llegados a tal edad, resciben los padres poco daño en engendrarlos y los hijos que nacen son de muy mayor provecho. Pues si esto es verdad, como es verdad, pregunto agora yo: si casarse y procrear hijos, que es el fin del matrimonio, no lo permiten los philósophos hasta que los moços sean muy hombres, ¿quánto menos deven consentir los maestros a sus discípulos que, siendo como son moços y tiernos, anden en vicios carnales metidos? En este caso y en la guarda deste vicio no se deven los buenos padres fiar solamente de los maestros, sino que ellos deven velar y saber los passos en que andan sus hijos; porque muchas vezes les dirán que andan en romerías y andarán en ramerías.
El vicio de la carne es de tal qualidad, que no pueden los hombres darse a él sin escrúpulo de la conciencia, sin detrimento de la fama, sin pérdida de la hazienda, sin corrupción de la memoria, sin peligro de la persona, sin diminución de la vida y aun sin escándalo de la república; porque los hombres amancebados no poco escándalo suelen poner en los pueblos. Mucho me satisfaze lo que pone Séneca en el segundo De clemencia ad Neronem, do dize estas palabras: «Si supiesse que los dioses me avían de perdonar y los hombres no lo avían de saber, sólo por la vileza de la carne no pecaría en la carne.» Y a la verdad Séneca tenía razón; porque dize Aristóteles «quod omne animal post coitum tristatur dempto gallo.» ¡O!, ayos de príncipes y grandes señores, por aquel immortal Dios que nos crió vos juro, y por lo que devéys a nobleza vos ruego, que a los discípulos que tenéys a cargo los enfrenéys con freno áspero, les echéys las sueltas cortas, les afloxéys muy poco las riendas; ca, si estos moços viven, assaz de tiempo les queda para buscar, para seguir, para alcançar y aun para tropeçar en pos de las yeguas; porque por nuestra desdicha, este maldito vicio de la carne en todo lugar, en toda edad, en todo estado y en todo tiempo tiene sazón, aunque no con razón. ¿Qué os diré en este caso, sino que, passado el verde de la infancia, desbocados los moços del freno de la razón, heridos con las espuelas de la carne, sueltos de las sueltas de la razón, tocada su trompeta la sensualidad, desapoderados (o, por mejor dezir, desamparados) del temor divino, con un furioso brío [612] arremetemos por las xaras y riscos en pos de una yegua, la qual en dexar va poco y en alcançarla va mucho menos?; porque en los vicios carnales el que menos alcança de lo que la sensualidad le pide, mucho más tiene de lo que según razón le conviene.
Visto que los ayos sean descuydados, visto que los moços sean atrevidos, visto que los sentidos del todo estén ciegos, visto que los bestiales movimientos cumplen sus apetitos; pregunto agora yo: ¿qué es lo que al moço le queda, o qué es el contentamiento que de aquella torpedad saca? Por cierto el mancebo carnal y vicioso, después que de su apetito es vencido, a mejor librar yo no veo en él otro fructo sino que queda el cuerpo manco, el juyzio enclavado, la memoria ofuscada, el entendimiento corrupto, la voluntad dañada, la razón tropellada y la fama despeñada, y (lo que es peor de todo) siempre la carne se queda carne. ¡O!, quántos mancebos viven engañados, pensando que por satisfazer y entregarse una vez de los vicios, dende en adelante se apartarán y dexarán de ser viciosos, lo qual no sólo no les haze provecho, mas aun les es assaz muy dañoso; porque el huego no se amata con leña seca, sino echándole mucha agua fría. Pero ¿qué haremos?, que assí se precian oy muchos padres en que sean sus hijos de mugeres traviessos como si fuessen en las sciencias muy doctos y en las armas muy esforçados, y (lo que es peor de todo) a las vezes regalan más a los nietos hechos de adulterio condenado que no a los hijos nascidos de legítimo matrimonio. ¿Qué diremos, pues, de las madres, que a la verdad yo he vergüença dezirlo, pero más avían ellas de tener en hazerlo, las quales a escusa de sus maridos encubren las travessuras de sus hijos, dan a criar a los hijos de sus mancebas, desempéñanlos quando están empeñados, danles dineros para jugar por los tableros, reconcílianlos con sus padres quando dellos tienen enojos, buscan dineros emprestados para rescatarlos quando están presos, están siempre con sus vezinos enojadas por no yrles a la mano a sus hijos; finalmente son madres de sus cuerpos y madrastras de sus almas?
Esto he dicho incidentalmente, a causa que muchas vezes los maestros querrían castigar a los moços, y los padres y madres [613] los hazen ser en esto remissos; porque poco aprovecha que los calcañares lastimen al animal con las espuelas y por otra parte le den con las riendas sofrenadas. Tornando al propósito, ¿qué remedio tomaremos para remediar nuestro daño, conviene a saber: si viéremos a un moço en la carne vicioso? Yo no hallo otro remedio sino que al fuego rezio cárguenle de tierra, que allí morirá; y al moço vicioso apártenle de las ocasiones, y assí se remediará; porque en las guerras alcánçase la honra esperando, pero en el vicio de la carne alcánçase la victoria huyendo.


BIBLIOGRAFIE:


Sursa: http://www.filosofia.org/cla/gue/guerp.htm